A mi asistente de IA (un colaborador, no un subalterno) y a mí no nos interesa mucho el eclipse. Y no lo veremos (o nada veremos cuando nada se vea).
El insoportable fárrago, el estruendo y chirrido de las masas triscando por el campo con gafas alucinógenas, se adelgaza o desvanece si me estiro en el sofá con un libro. La tiranía vulgarzota de la moda, el alud de las masas, la devoción acémila, los modos tan gregarios que se adueñan de la gentualla, no laminarán mi pax burguesa ni mi afán lector.
La felicidad es un estado catatónico caracterizado por la incapacidad para la sorpresa, una suerte de monótono, previsible enclaustramiento doméstico, como cuando me siento en la galería cálida acristalada y me embobo mirando a la iglesia.
No negaré que todo escritor debe tener de alguna manera una úlcera dentro o un yo dañado, un daimon dionisíaco, pero sin el reglamento del apacible mundo burgués apolíneo, el Caos destruiría en un periquete el mundo. Este eclipse y el movimiento que acarrea es Caos.
Leeré de Johannes de Sacrobosco el De sphaera mundi. Compuesto hacia 1230, pero absolutamente renacentista por su recepción: tuvo decenas de ediciones impresas desde 1472 y continuó utilizándose durante buena parte del siglo XVI. Fue probablemente el manual elemental de astronomía más difundido de Europa. Mi colaboradora IA me informa de que leerá de Cardano: Commentaria in Ptolemaeum De astrorum iudiciis, un comentario al Tetrabiblos de Ptolomeo. Cardano intenta proporcionar a la astrología una fundamentación racional y naturalista.
Y así pasaremos la efeméride.
