«Los libros son el mejor avituallamiento que he encontrado para este viaje humano. Nada conozco que alivie tanto las fatigas de la vejez como su compañía. Siempre los tengo a mano; me consuelan en la soledad, me libran del peso de la ociosidad, apartan de mí las preocupaciones importunas y, cuando el dolor o la enfermedad me asedian, encuentro en ellos un remedio. No me exigen ceremonias; puedo abandonarlos cuando quiero y volver a ellos sin queja alguna. Converso con los espíritus más excelentes de los siglos pasados, escucho su juicio, confronto el mío con el suyo y hago de esa conversación silenciosa una de las mayores felicidades de mi vida», Montaigne, Ensayos, III, 3
No basta con saber leer; importa saber qué merece ser leído. ¡Cuántos hombres han fechado una nueva época de su vida a partir de la lectura de un solo libro! La palabra escrita es la reliquia más preciosa que poseemos: algo más íntimo con nosotros y, al mismo tiempo, más universal que cualquier otra obra de arte. En ella conversan directamente las mejores inteligencias de todas las edades con quienes todavía no han nacido.
Vivir ilustradamente hoy significa aceptar que la complejidad será castigada, que la duda será tomada por debilidad y que la lentitud será interpretada como irrelevancia. Y, aun así, persistir. No por optimismo, sino por decencia intelectual.
«Cualesquiera que hayan sido los placeres que me hayan apartado del estudio, siempre he vuelto a él con mayor avidez. Me he consagrado a la antigüedad porque este tiempo presente siempre me ha desagradado de tal manera que, de no haberme impedido la piedad divina, siempre habría preferido haber nacido en cualquier otra época; y he procurado olvidar esta en la que vivo, viviendo en espíritu con los clásicos. Mis estudios han sido las bellas letras y la filosofía moral; de la poesía me serví como de un ornato, y de la historia, como de una maestra de la vida… No he buscado las riquezas sino para no depender de nadie; la soledad de mi biblioteca me ha sido siempre más dulce que los palacios de los príncipes», Petrarca.
Huyo de conversaciones llanas como acera de calle, de ideas ordinarias que no suscitan pensamiento ni ensoñación. El filisteo juzga suficiente el éxito material; la cultura, en cambio, pregunta continuamente si esa forma de vivir hace mejores a los hombres. Por eso solo converso con los muertos.
Así, leo ese compendio disparatado de Torres Villarroel donde pretende diseccionar, mediante la razón científica, temas absolutamente especulativos: el aire, las brujas, la composición física de los demonios y los fluidos corporales. O la Historia de la vida del hombre de Lorenzo Hervás y Panduro, un ensayo monumental de siete volúmenes que intenta clasificar la vida humana según el grosor de las capas de la piel, la digestión de las comidas regionales y la influencia de la fase lunar en las decisiones políticas —lomo en piel de pasta española con tejuelos de tafilete rojo y verde, cortes veteados; contiene mapas estadísticos de mortalidad en el siglo XVIII—. Y no me desagrada leer, ni mucho menos, a Tom McCarthy, Iain Sinclair o Mark Z. Danielewski.
Libros, locura de mi vida.
