Cabaleiro 71

David Hume ya observaba que el gusto surge de la impresión inmediata, no del silogismo. Pero —y aquí está la clave— Hume no concluye que todo valga igual. Mi tesis (el gusto tiene una dimensión arbitraria y otra objetiva) coincide con una larga tradición; el gusto no es pura razón, pero tampoco simple capricho.

Existen criterios relativamente estables (complejidad formal, coherencia interna, riqueza simbólica, tradición histórica de recepción, patrones de simetría, expectativas cognitivas etc.) Esto permite que ciertas obras sobrevivan siglos mientras otras se olvidan. No es una objetividad matemática, sino intersubjetiva: se forma por la convergencia prolongada de juicios. Kant lo formula con precisión: el juicio estético es subjetivo, pero pretende validez universal.

***

David Hume: “Aunque la belleza no sea una cualidad inherente a las cosas, ciertos jueces, por delicadeza de imaginación y larga experiencia, adquieren una sensibilidad más fiable que la del vulgo”.

Kant: “El juicio de gusto no es cognoscitivo, sino estético; sin embargo, exige el asentimiento de todos como si fuese objetivo”.

Gracián: “El gusto es fruto del ingenio y del uso; se forma con trato y experiencia”.

Cabaleiro 70

Nabokov´s prose: altas yucas en flor, estilista insubordinado con trucos de prestidigitador, mago de los óvalos luminosos, director de una orquesta de cristales venecianos, sarcasmo contra los vulgares y prosaicos, belleza de óleo en cafés de rojos mármoles, paseo por la vorágine del rímel, soleado diseño de alfombra, tetera con líquidos de frascos azules de medicina.

Prosa de Pérez Reverte: mentiras sin estilo, vasos de bar mal aclarados, kitsch simplificado para no pensar, caries grotescas que desbordan sus límites, desvencijados muebles sin lacar, prosa de vanidoso imbécil que no duda, bombilla amarilla sudando moscas, manchados tablones con grafiti, exaltación que huele a colonia barata, aroma de grisalla de semilla de anís, casa ocre y mal alumbrada.

Cabaleiro 69

(Kathy Acker)

Acker vandalizaba textos canónicos, con su prosa cruda, abrasiva y musculada, corporal. Chaqueta de cuero, cabeza rapada, tatuajes: una obra de arte andante. Provocadora. Reescribió a Dickens, Cervantes, Sade y otros; más que “robar”, lo entendía como una forma de mostrar cómo la identidad se construye a partir de lenguajes heredados. Archilectora convertida en autora. Visceral a la vez que intelectual, violenta y delicada. Teatral, irónica, inquietante. Feroz, saqueadora, lírica. Bajo su agresividad latía una notable ternura.

No somos tan diferentes; Acker escribe desde la carne; yo desde la biblioteca interior. Acker piratea, yo gloso la tradición (también plagio) No soy un iclonocasta como ella, sino un continuador y comentarista. Pero en mis elegías y melancolía esperpéntica, Acker resuena en mí. De alguna manera mis «collages» tienen ecos barrocos; los suyos suenan a avenidas neoyorkinas y night-clubs.

Ambos transformamos la lectura en escritura, convertimos la identidad en material literario. Ambos construimos una figura autoral consciente de sí misma.

Kathy Acker sería una pirata que incendia la biblioteca para escribir sobre sus cenizas. Yo soy un lector que camina entre los anaqueles intentando salvar las voces y convertirlas en diario.

En la mesa del café, un cuaderno abierto, citas de Joubert y Rilke subrayadas con tinta oscura. Kathy respira a mi lado.

Cabaleiro 68

(Emil Man Martínez)

Cabe perfectamente a Emil esta observación de Borges: «El lector es posterior al escritor, pero no inferior a él. Hay un lector que reconstruye el libro cada vez que lo abre, que descubre en las páginas aquello que el autor apenas sospechaba. Ese lector —más atento que devoto— es quien termina por crear la tradición».

Es un lector modelo, un archilector. Reconstruye su mundo con las lecturas omnímodas. Me atrevo a afirmar que es un lector que a veces supera la potencia del escritor que está leyendo. Esgrimista mental.

Medido en el hablar y el callar. Prudente y bondadoso. De los que alumbran sin deslumbrar, de los que brillan, pero nunca humillan. Camina entre los hombres con ánimo sereno, acudiendo a la biblioteca, viendo a su adorado Real Madrid, paseando al hermoso perrillo, procurando ser útil sin ostentación. Su bondad no es debilidad, sino dominio de sí.

Recto sin aspereza y benigno sin blandura. Muy inteligente y con derramada ironía. Templado (los excesos se guardan en una cámara subterránea) Caballeroso. Posee un reino invisible donde no deja entrar a casi nadie. Su sabiduría es meditación de la alegría tranquila que surge del conocimiento. Conservador, creyente, pero armónico al cambio.

Su voz poética crece lentamente dentro de una tradición que primero lo reduce y luego lo eleva. El talento maduro es aquel que aprende a desaparecer para dejar hablar al poema. Voz propia que no se parece a ninguna. Su fidelidad al lenguaje es un ángulo de visión que se convierte en calidad y símbolo.

Lean a mi maestro Emil Man Martínez.

Cabaleiro 67

(Vito Quiles)

Tipo a medio hacer en el entendimiento. Camina, efectivamente, pero tropieza en el análisis, el juicio y la observación. Un quincallero, de vacías ideas angostas. De aquellos satisfechos con sus pocas luces. Entendederas precarias. Payasete. Figurón. Para mí, más que avieso, cortito. Contrahecho. Una caricatura de sí mismo. Bufón de frases hechas. Estatua mal tallada que los memos jóvenes -borriquitos de las redes- ponen en un pedestal. Ignora que ignora y exige ser oído. Bajura grotesca. Bocazas.

España, la de izquierdas y derechas, ya solo puede representarse mediante deformación esperpéntica.

Cabaleiro 66

Me humilla mi debilidad, la falta de resistencia y la vulnerabilidad ante los contratiempos. Viento y humo al que el menor accidente descompone. Soy de aquellos que sienten antes de tiempo el peso de lo que aún no ha ocurrido. Me turba mi psique esquizofrénica, y me descubro quejándome como un niño caprichoso. Deseo replegarme, no sufrir más, desaparecer. No soporto más estos días iguales con lluvia, sin sol, con frío. Carezco de la energía que sostiene a los hombres firmes. Todo me afecta demasiado; cada dificultad me parece definitiva. Me observo vacilar y quejarme, o victimizarme puerilmente. Ojalá desapareciera mi sensibilidad morbosa

Cabaleiro 65

El manicomio es el espejo en el que la sociedad no quiere mirarse. Allí encierra lo que no entiende. Pero, ¿quién está verdaderamente loco? ¿El que oye voces o el que cree que la violencia cotidiana es cordura? El miedo más grande no es perder la razón, sino perder la libertad.

***

Noto que voy a ingresar en el manicomio de Piñor. No puedo más. Hay prisiones sin barrotes donde el espíritu se vuelve opaco. El hombre habla, pero nadie escucha; vive, pero su vida se deshilacha en un silencio que nadie quiere mirar. El encierro no mata el cuerpo de golpe; lo corroe lentamente, como un ácido invisible. Disculpen el ineducado vómito de intimidad. Llego al límite de mi resistencia. Allí los días se disuelven en una monotonía fría; los pacientes caminan como sombras. No es la enfermedad lo que más destruye, sino el abandono. He visto cómo una mente lúcida empieza a marchitarse simplemente por no ser escuchada. Mamá, ayúdame.

***

Manicomio de Piñor (Orense): el hombre se acostumbra a todo; a las rejas, a la humillación, incluso a la idea de que nadie vendrá. Y cuando la esperanza se vuelve hábito muerto, el espíritu empieza a apagarse sin ruido. El frío, el silencio, la mirada perdida de quienes esperan que alguien les hable… No somos monstruos, sino existencias extraviadas. La verdadera enfermedad es el el abandono, esa sensación de que el mundo exterior ya no recuerda tu nombre. Mamá y papá, ayudadme.

***

(La soledad en el manicomio)

La peor desgracia no es el silencio de los enfermos, sino la indiferencia del mundo exterior. Allí dentro cada hombre aprende a hablar solo, porque nadie más parece dispuesto a escuchar; y así la soledad se vuelve una segunda piel.

Soledad de gato acurrucado. No tocas la vida. Habitaciones sin eco, donde las palabras caen al suelo como trastos inútiles. El mundo pequeño y reducido a una menuda circunferecia. Cada paciente encerrado en su propia cabeza. Ni pasos ni ventanas. Los días se alargan como salas vacías solo con ratas.

Cabaleiro 64

Ganas de morirme, acaso, deseo de no sufrir más. Me invade una fatiga que no es del cuerpo ni del espíritu, sino de existir. No quiero nada, ni siquiera dejar de querer; me pesa la conciencia de estar aquí. Sin embargo, sigo aquí, apenado y escribiendo en medio de un aire irrespirable. Alucinaciones. Ratas. Voces insultantes. Todo carece de sentido. Agotado por un sufrimiento que no cambia nada. Rendija donde no entra el aire, pero por donde salen ratas. Oscuridad que quema en los ojos como una mordida enferma de rata.

Cabaleiro 63

La melancolía es una especie de delirio sin fiebre, acompañada ordinariamente por el miedo y la tristeza sin causa visible. Vuelve a los hombres solitarios, lentos, pesados y suspicaces; prefieren la sombra a la luz y se complacen en permanecer a solas alimentando pensamientos sombríos. Las reflexiones más profundas nacen a menudo de un corazón ligeramente triste… Y quizá por eso reconozco en mí ese mismo clima interior, pues la alegría demasiado viva dispersa el alma, mientras que la melancolía la recoge.

Siento el peso del tiempo y la fugacidad del placer. Bruma, noche y horas lluviosas. No soy feliz ni terminantemente desgraciado; soy melancólico. Los días pasan como agua lenta, y contemplo la vida con una fatiga extraña. La soledad es para mí a veces un desierto, esas formas puntiagudas del vidrio. Solo encuentro preguntas. Una melancolía ancha, valle cubierto de niebla. Galicia vive máis no recordo ca no presente.

Cabaleiro 62

(Sobre el concepto de servidumbre)

El hombre moderno cree vivir rodeado de opciones, pero casi todas son variaciones al mismo molde. Cambia de consignas como quien cambia de traje, sin advertir que el patrón sigue siendo idéntico. La libertad proclamada por la época no es elección auténtica, sino un menú reducido que tranquiliza conciencias inquietas.

La verdadera servidumbre no se impone con cadenas visibles, sino con una educación sentimental que enseña a desear lo que todos desean. Quien habla como todos, siente como todos y repite los mismos gestos de aprobación vive convencido de su autonomía, cuando en realidad habita una prisión decorada con espejos.

La época democrática halaga al individuo diciéndole que es único, mientras lo integra en un flujo uniforme de gustos, opiniones y modas. El hombre libre no es el que participa en ese coro, sino el que aprende a escuchar una música distinta, aun a riesgo de quedarse solo.

No se trata de una cuestión de origen social, sino de espíritu: la vulgaridad nace cuando alguien desprecia todo aquello que exige esfuerzo o memoria. La masa no odia la cultura porque la desconozca, sino porque sospecha que revela su propia mediocridad.

El resentido moderno convierte la ignorancia en virtud y llama elitismo a cualquier gesto de excelencia. Prefiere derribar estatuas antes que aprender a contemplarlas, y celebra la caída de todo lo que no puede comprender.

Allí donde la conversación se reduce al eslogan y el arte se mide por su facilidad, florece esa humanidad gris que sospecha de cualquier forma de belleza exigente. No buscan elevarse, sino arrastrar hacia abajo todo lo que sobresale.

El refinamiento se vuelve una forma silenciosa de resistencia. Leer con pasión, elegir con cuidado, cultivar el gusto propio… son actos casi subversivos en una época que premia la velocidad y la aprobación inmediata.

El individuo verdaderamente libre se reconoce por su distancia interior; participa del mundo sin entregarse por completo a él. Sabe que la cultura no es un adorno social, sino una disciplina que separa a quien vive de quien simplemente se deja vivir.

Mientras la multitud busca validación en el ruido, el espíritu aristocrático aprende a habitar el margen. No aspira a convencer a todos, sino a preservar una dignidad íntima frente al espectáculo de la vulgaridad.

La vulgaridad es siempre multitudinaria.

Nada hay más triste que el resentimiento contra la excelencia.

Nada hay más moderno que la pasión por rebajar todo.

La cultura no salva al mundo; salva al individuo.

La libertad auténtica no busca convencer a la multitud.