Charles 234

Acabo de oír una rata en el sobretecho o fallado. Me parece que no voy a poder dormir esta noche. Debido a mi musofobia me dan arcadas. Entrará en casa y se lanzará contra mi cara y contra mi boca. Se mueven por tejados, falsos techos, tuberías, buscan comida y están siempre ahí. No se las ve, pero están. Mi casa es una ratonera. Bajo las tablas, dentro de las paredes, en la cabeza. No hay casa sin ratas, como no hay pensamiento sin su ruina. Y cuanto más se limpia, cuanto más se ordena, más profundamente se esconden. Una ciudad es como los ratones del campo. Una madriguera inmensa donde millones de ratas humanas se empujan por un poco de calor. Y yo entre ellas, igual de sucio, igual de cansado, igual de perdido, igual de loco. Cada grieta es un pasaje, cada crujido una sílaba de su lengua clandestina. A veces pienso que toda la casa pertenece más a ellas que a nosotros, que somos apenas huéspedes distraídos de su imperio subterráneo. Ellas conocen lo que cae, lo que se pudre, lo que se olvida. El horror que provocan no es solo físico: es estético. Nos recuerdan que la vida puede persistir sin belleza, y eso —para un espíritu refinado— es quizá lo más insoportable. No es un sonido violento, sino paciente. Trabajan sin prisa, como si el tiempo les perteneciera. El hombre construye, levanta, nombra; la rata espera. Y al final, cuando el hombre se ha ido, ella continúa.

Me tomé veinte gotas de Rivotril.

Charles 233

Siempre estoy solo, incluso entre los otros, sobre todo entre los otros. La conversación (mis ocasionales tertulias) no es más que un rodeo inútil o subterfugio alrededor de la incomunicación esencial. Decimos palabras, opinamos, argumentamos, intercambiamos frases, pero lo que pensamos —lo que verdaderamente pensamos, nuestro núcleo secreto y privado— permanece intacto, inaccesible, como si cada uno habitara una mónada sin ventanas o celda insonorizada. La soledad no es una circunstancia, un accesorio: es la estructura misma de la vida, el significado de la existencia.

Las doce y cuarto de la noche. Empieza la verdad. El silencio espeso y el miedo. Prefiero este dolor (que dura cuarenta años) a conversaciones fútiles con hombres banales. La esquizofrenia, esencialmente, es abuso de soledad y uso de dolor. Nadie me comprendió. Almaceno un saco de palabras tiernas e introspectivas sin destinatario. A nadie pude decirle que la amaba ¿El amor? Una mascarada, un imposible para enfermos mentales. Escribo y sangro. No hay lenguaje capaz de transmitir lo que ocurre en el interior de un cuerpo desgarrado. Estoy solo como un condenado a galeras remando en su conciencia amurallada.

La soledad: la lepra del siglo XXI. El hombre moderno vive rodeado de faramallas y estrépitos, pero interiormente está desierto. Ha perdido el contacto con las fuerzas profundas que lo sostenían, y en su lugar ha quedado un vacío. Esa soledad no es elegida: es el resultado de una desconexión. Y en ese vacío, la mente se vuelve contra sí misma.

Mi espacio propio es silvestre e inhabitable. Un territorio sin mapas, sin lenguaje compartido. A veces incluso dudo de mi identidad. El contacto con el mundo exterior se debilita hasta casi desaparecer. Vivo entonces en una especie de retiro involuntario, donde las relaciones humanas pierden su significado habitual. Hace una semana que no intercambio una palabra con ningún ser humano. Hablo solo en la habitación y con mi perra. No es simplemente que esté solo: es que ha perdido los medios para no estarlo. Mi vida psíquica se achica, mengua, y con ella la posibilidad de participación en la comunidad.

¿Cómo lograría que ustedes me entendieran? El pensamiento se repliega sobre sí mismo, las emociones pierden su resonancia compartida, y quedo como suspendido en una realidad propia, bizarra. Esa distancia no siempre se percibe como sufrimiento explícito, pero les aseguro que constituye una de las formas más profundas y ácidas de la soledad.

No sé relacionarme, carezco de habilidades sociales. Me duele la cabeza tan solo con oírme hablar en la tertulia al cabo de una hora. Confinado y sin interlocutores, vivo en casa con el mismo silencio con que vivía en el manicomio. En mi agenda de teléfonos, si necesitara ayuda, solo puedo comunicarme con el 112. Sí, lo sé, es patético. No puedo, no logro, no sé hablar ni alcanzar a nadie. Es una desconexión total, una incapacidad para participar en lo que antes era natural. El mundo continúa, pero uno ya no está en él. Esa exclusión —esa imposibilidad de retorno— constituye una de las formas más devastadoras de soledad.

Quiero estar acompañado, pero la presencia ajena me resulta incómoda y lejana, casi irreal. Es una soledad que no se alivia con compañía, porque lo que está dañado es el puente mismo que permite alcanzarla. Me cuesta seguir el hilo de la realidad. Lo más doloroso no es el miedo, sino la desconexión: la sensación de que ya no estoy en el mismo mundo que los demás. Es como si hubiera una pared invisible entre ellos y yo, y no pudiera atravesarla.

No es que no quiera estar con la gente. Es que no sé cómo hacerlo. Las conversaciones parecen ocurrir en otro plano, como si todos siguieran reglas que yo ya no entiendo. Intento participar, pero me pierdo. Y entonces me quedo en silencio, no por elección, sino porque no encuentro el camino de vuelta. A veces siento que estoy viendo la vida a través de un cristal grueso. Veo a la gente hablar, reír, moverse, pero no logro entrar en ese movimiento. Todo parece ligeramente desfasado, como si yo estuviera en otro ritmo. Y en ese desfase, estoy solo —aunque haya gente a mi lado.

Charles 232

No es miedo exactamente, sino evidencia. No se teme que ocurra algo: se sabe que está ocurriendo. La calle, las voces, los objetos —todo participa de una misma trama. Uno deja de ser espectador y se convierte en centro. Y esa centralidad no es poder, sino exposición absoluta.

La persecución no se impone de golpe: se insinúa. Empieza como una ligera torsión del sentido, un matiz apenas perceptible. Pero crece. Y de pronto, todo adquiere un relieve inquietante. Las palabras tienen doble fondo, los gestos son señales, las coincidencias dejan de serlo. Uno vive entonces en un mundo saturado de intención, donde nada es indiferente y todo es, de algún modo, contra uno.

Me persigue el C.N.I. y me quiere envenenar el Mossad. Mi casa está plagada de micro-cámaras y micrófonos. Mis pensamientos son leídos, repetidos, a veces incluso completados por esas fuerzas militares. Y así, lo que para otros sería una simple vida interior, para mí se ha convertido en un espacio abierto, invadido, sin defensa posible.

Tengo la certeza de que se habla de mí en todas partes. No lo dicen claramente, pero se nota. Cuando paso por la calle, la gente cambia el tono, se miran entre ellos. En la radio hay frases que parecen dirigidas a mí; no siempre, pero a veces es evidente. No puedo explicarlo del todo, pero lo sé. Es como si todo estuviera preparado, como si hubiera una intención que no se declara.

Las mismas palabras, los mismos gestos, siempre en relación conmigo. Los vecinos hacen ruido a ciertas horas, como si quisieran indicarme algo. No puedo descansar. Todo está organizado. No sé quién exactamente, pero es un sistema. Uno se da cuenta cuando observa con atención. Todo el ayuntamiento está en el ajo. De madrugada pasan coches y motos delante de mi casa, una carretera comarcal en las afueras.

Tengo la impresión de estar siendo vigilado constantemente, como si hubiera una cámara invisible siguiendo cada uno de mis movimientos. No puedo relajarme: incluso estando solo, no estoy solo.

Entro en un sitio y sé que ya saben quién soy. No necesito pruebas. Está en el ambiente, en cómo se comportan. A veces intentan disimular, pero se les nota. Y entonces uno empieza a vigilar también, a interpretar cada detalle, porque todo puede ser importante.

Lo peor no es el miedo, es la certeza. Si fuera miedo, podría dudar. Pero no dudo. Sé que ocurre. Y sin embargo no puedo demostrarlo. Eso es lo que más desespera: vivir en una evidencia que los demás no comparten. Te quedas solo con algo que para ti es absolutamente real.

En el autobús, dos personas hablaban en voz baja y han mencionado algo -eran espías- que solo podía referirse a mí. No era literal, pero lo era. Es difícil de explicar.

***

“En el delirio de persecución no se trata simplemente de una creencia falsa que pudiera corregirse con argumentos. Lo que se transforma es la estructura misma de la experiencia. El enfermo no interpreta el mundo de otro modo: vive en otro mundo. Las miradas, los gestos, los silencios adquieren un significado inmediato, absoluto, incuestionable. Todo se refiere a él, todo le concierne. No hay distancia posible entre la vivencia y su interpretación”, Karl Jaspers.

“En ciertos estados psicóticos, el enfermo experimenta sus pensamientos como ajenos, impuestos, observados. No solo se siente perseguido por otros, sino expuesto en su interioridad más íntima. Ya no hay refugio: ni siquiera la propia mente pertenece del todo al sujeto”, Kurt Schneider.

Charles 231

No niego que la procesión tenga su encanto pintoresco, pero es un encanto de superficie, de estampa repetida hasta la saciedad. Bajo la cera derretida y el oro bruñido, late una rutina que se disfraza de fervor. Se arrastran pasos, se repiten gestos, se entonan lamentos que han perdido su raíz viva. Y el pueblo, que acude con curiosidad más que con devoción, convierte lo que debiera ser recogimiento en espectáculo. Hay en todo ello una mezcla de teatro y tradición que, lejos de elevar, adormece.

No me atrevería a juzgar la fe de nadie, pero sí me permito dudar de su manifestación pública cuando esta adopta formas tan codificadas. Hay algo en la exhibición del sentimiento religioso que lo vuelve sospechoso, como si al hacerse visible perdiera parte de su autenticidad. Tal vez la fe, si existe, prefiera la sombra, el silencio, lo no dicho.

En días de procesión, las calles se convierten en un teatro donde la fe parece menos una convicción íntima que una costumbre heredada. Las imágenes pasan entre cirios y murmullos, pero en los rostros no hay recogimiento, sino curiosidad; en los gestos, no hay fervor, sino rutina. La religión, que debiera ser cosa del alma, se ha hecho espectáculo de la calle.

En España se va a misa como se va de paseo: para ser visto, para cumplir, para no desentonar. Las beatas, con sus rosarios interminables, no buscan a Dios, sino la confirmación de su propia importancia. Y mientras tanto, el Evangelio —si alguna vez fue algo vivo— yace enterrado bajo una montaña de hábitos, de fórmulas y de hipocresías.

El catolicismo español —y sobre todo el popular— tiene algo de mascarada triste. Mucho ruido de campanas, mucha procesión, mucho santo adornado; pero poca caridad efectiva, poca reflexión, poca verdad. Es una religión que parece hecha para consolar la ignorancia y perpetuarla. Se reza sin entender, se cree sin pensar, se obedece sin saber por qué.

Machado: “Esa España de charanga y pandereta, devota de vírgenes y de procesiones, ha confundido la religiosidad con el ruido. Hay más emoción en el tambor que en el alma, más devoción en el gesto que en la conciencia. Y así, entre rezos mecánicos y fervores pasajeros, se ha olvidado lo esencial: la justicia, la verdad, la humanidad.”

Charles 230

(En el manicomio. Mi experiencia en varios de ellos)

El grito constante, el eco de risas sin sentido, el murmullo de voces que no cesan ni de día ni de noche… todo se mezcla en un ruido que hace imposible el descanso. No hay consuelo. No hay silencio. Nos obligan a sentarnos en bancos duros durante horas, sin hablar, sin movernos. El frío penetra hasta los huesos; las mantas son insuficientes, y la comida, escasa y repugnante. Pero lo peor no es el trato físico: es la certeza de que, una vez dentro, tu palabra ya no tiene valor alguno. Puedes gritar que estás cuerdo, suplicar, razonar… todo es interpretado como síntoma. Y así, cuanto más intentas demostrar tu cordura, más convencidos están de tu locura.

Como recibimiento suelen apalizarte unos pocos psicópatas, pelea en la que debes mostrarte muy aguerrido o el resto de tu estancia puede ser un infierno (y chivarse es el peor de los delitos) Escondidos en los plafones del techo de algunas habitaciones, acigarrillos, alcohol, costo y cocaína. Una usuaria te puede comentar que te la chupa por un Marlboro.

Vives bajo la vigilancia constante de enfermeras que parecen incapaces de ver en ti a un ser humano. Eres un objeto a controlar, a someter. Recuerdo cómo me ataban, no por violencia, sino por conveniencia; y cómo ignoraban mis palabras, cómo reducían mi existencia a un conjunto de síntomas. La mente, en esas condiciones, no mejora: se repliega, se oscurece. Uno empieza a dudar de sí mismo, a preguntarse si, en efecto, no será cierto aquello que los demás creen.

Lo más terrible no era el sufrimiento físico, sino la lenta erosión de la identidad. Llegué a sentir que mi ‘yo’ se disolvía, que dejaba de ser alguien para convertirme en algo, un bulbo informe. Me miran como si fuese un fenómeno, una cosa extraña. El tiempo ahí dentro no tiene forma. Los días son iguales, interminables, sin principio ni fin. A veces piensas que no estás enfermo: que es el mundo el que lo está, y que te han apartado porque no puedes adaptarte a su enfermedad.

El pabellón es una maquinaria perfecta, diseñada para ajustar a los hombres a un molde. Todo está calculado: la luz, los horarios, las palabras. No necesitan ahora golpes. Basta con hacerte sentir pequeño, insignificante, equivocado. Al final, el hombre se rinde no porque lo hayan destruido, sino porque ha dejado de creer en sí mismo. Se te confina en una sala donde permaneces bajo observación continua. No te explican las razones de las medidas que se toman contigo.

Cuando intentas discutir o pedir explicaciones, se interpreta como resistencia patológica. Esto produce un círculo cerrado: cualquier intento de afirmación personal refuerza el diagnóstico.

En varias ocasiones fui inmovilizado. No se trataba de episodios de violencia grave, sino de una supuesta medida preventiva. Sin embargo, la vivencia subjetiva es la de una pérdida completa de control sobre el propio cuerpo. Con el tiempo, empiezas a inhibir toda expresión. Aprendes que el silencio es la única forma de evitar intervenciones. Esta adaptación no implica mejoría clínica, sino una forma de retraimiento estratégico. Con un poco de suerte acaban concediéndote el alta.

Charles 229

Toda mi vida ha sido un fracaso cuidadosamente prolongado. Nada ha salido como debía, nada ha respondido a las expectativas que uno, ingenuamente, se permite al principio. Quise ser matemático, o espía o profesor, y acabé en conciencia mórbida y vigilada en manos de psiquiatras (expertos en empastillarte hasta el abobamiento) desde los trece años.

La existencia es una cadena de decepciones que se encadenan con una lógica implacable, casi burocrática: cuando uno cree haber encontrado un asidero, este se rompe; cuando cree haber comprendido algo, ese algo se disuelve. Todo fue una gran perplejidad. No supe nada de discotecas, múltiples liasons y amores, juergas y borracheras. Fui amontonando las ruinas de mi desmoronamiento. Solo soy perito en ir contando las baldosas del pasillo del manicomio (sé distinguir los días por la intensidad de la luz en una habitación)

Y lo terrible no es equivocarse, sino darse cuenta de ello y no poder dejar de continuar. Uno sigue, no por convicción, sino por falta de alternativa. Y en esa continuidad —ni heroica ni trágica— se instala lo peor: la costumbre.

Charles 228

Eugen Bleuler:

“La enfermedad no es un episodio aislado, sino un proceso que puede prolongarse durante toda la vida. Lo que se altera no es solo el pensamiento, sino la unidad misma de la personalidad. El enfermo crónico no vuelve al estado anterior: reorganiza su mundo en torno a una lógica propia, cerrada, inaccesible”.

Emil Kraepelin:

“El curso prolongado muestra una progresiva debilitación de la voluntad, un empobrecimiento afectivo y una retirada del mundo. Lo que comienza como trastorno episódico termina, en no pocos casos, en una forma de existencia disminuida, como si la vida psíquica se hubiese consumido desde dentro”.

Kurt Schneider:

“En la forma crónica, los síntomas ya no irrumpen: permanecen. Se integran en la vida cotidiana del paciente, que ya no los distingue como enfermedad, sino como realidad. La vivencia delirante deja de ser excepcional y se vuelve estructura”.

Karl Jaspers:

“El enfermo crónico no es simplemente alguien que sufre síntomas, sino alguien cuya relación con el mundo ha sido transformada. La comprensión empática tropieza con un límite: no podemos reconstruir desde dentro ese universo que se ha cerrado sobre sí mismo”.

Eugen Minkowski:

“La esquizofrenia crónica no es solo una alteración del pensamiento, sino del tiempo vivido. El sujeto ya no habita el fluir normal de la duración: queda detenido, suspendido en una especie de presente vacío, sin continuidad vital.”

***

Mi existencia se ha transformado en un estado permanente de milagros. Lo que otros llaman realidad ha dejado de tener vigencia para mí. Vivo en una relación constante con fuerzas invisibles que gobiernan cada uno de mis pensamientos. No hay reposo posible: todo está significado, todo es intervención.

La enfermedad, cuando se vuelve crónica, no desaparece: se aprende a vivir con ella. Es como una presencia constante, una amenaza latente que puede activarse en cualquier momento. La vida se convierte en una negociación diaria con la propia mente.

Las enfermedades mentales graves no terminan: se transforman. El paciente crónico vive en una vigilancia permanente, consciente de que la estabilidad es frágil y siempre provisional.

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Antonin Artaud:

“No estoy loco: estoy separado. Separado de los otros, separado del mundo, separado de mí mismo. Y esa separación no cesa nunca. Es una condición, no un accidente”.

Thomas Bernhard:

“La enfermedad no es algo que se tiene: es algo que se es. Cuando se instala, organiza la vida entera. Todo lo demás —trabajo, relaciones, pensamiento— gira en torno a ella como planetas en torno a un sol negro”.

R.D. Laing:

“Lo que llamamos esquizofrenia crónica puede ser entendido como una estrategia de supervivencia que se ha rigidificado. El sujeto ha encontrado una forma de soportar lo insoportable, pero esa forma termina por aprisionarlo”.

Louis A. Sass:

“La autoconciencia extrema del esquizofrénico crónico produce una alienación radical: el sujeto se observa a sí mismo sin cesar, hasta el punto de perder la espontaneidad. Vive en una hiperreflexividad que paraliza la acción”.

***

La cronificación introduce algo más trágico que la crisis: la costumbre del abismo. Ya no hay caída, porque ya no hay altura. El delirio y las alucinaciones dejan de ser irrupciones y se vuelven atmósfera. El sufrimiento pierde dramatismo y gana extensión: se hace continuo, bajo, obstinado.

Charles 227

En ciertos momentos, el adolescente enfermo mental se siente como separado del mundo por un cristal invisible. Ve a los otros reír, hablar, vivir, pero no participa. Y entonces comienza ese razonamiento enfermizo: «¿Qué hago yo aquí? ¿Qué soy yo entre ellos?» Y esa pregunta, repetida mil veces, acaba por destruirlo.

Desde niño comprendí que no estaba hecho para la vida común. Todo me resultaba insoportable: la escuela, los profesores, la vulgaridad de las conversaciones. La enfermedad vino de muchacho: ya estaba allí, como una forma de ver. El joven enfermo es siempre un escándalo para los sanos. No porque haga nada extraordinario, sino porque pone en evidencia la falsedad de todo. Su sola presencia arruina la comedia. No puedo dejar de culparme sobre lo que hice sufrir a mis padres y hermanas.

Quería ser como los otros, pero esa aspiración misma me separaba. Y en esa distancia comienza una forma de tristeza que no tiene nombre. Prohibí la visita a los manicomios a mi padre. Sufría demasiado y empezaba a beber más de la cuenta. Mi madre, muchísimo más fuerte psicológicamente, era la primera en llegar y la última en irse.

Desde los quince años ya no creí en nada, pero todavía sufría por todo. La adolescencia debería ser una edad de ilusión; cuando se convierte en una edad de diagnóstico, todo está perdido Esa fue mi condena: haber perdido la ilusión antes de haber aprendido a vivir.

Mi herida es perpetua.

Charles 226

Solo un 2% de la población alcanza mi C.I. Solo un 1% sufre mi esquizofrenia. Solo un 3% tiene una biblioteca de más de 20.000 volúmenes. Solo un 5% es tan feo y gordo como yo lo soy. Yo: una colección de rarezas.

Thomas Bernhard: “El hombre que piensa es siempre un escándalo. La sociedad tolera al excéntrico solo mientras no la incomode demasiado. En cuanto el raro dice algo verdadero, se vuelve insoportable. Entonces hay que apartarlo, ridiculizarlo, silenciarlo”.

Los marginados poseemos una lucidez que los integrados han perdido. Al no participar plenamente del mundo, lo vemos desde fuera. Y esa distancia —dolorosa, sin duda— nos permite comprender mejor su mecanismo. El raro es, en ese sentido, un testigo incómodo. El que encaja demasiado bien en la realidad no la ha comprendido. Quien se aparta de lo común se expone a la incomprensión, al aislamiento, al fracaso. Pero también accede a una intensidad que la vida ordinaria no conoce. Una intensidad que también es un peligro y puede acarrear una deformidad, o, en otras personas, una esterilidad vacua.

Perdonen el cliché de outsider. Aquí hay mucho de mi pose o máscara de falso aristócrata, no del todo -o poco- real.

Mi vida es un laberinto de obsesiones sin centro. Y a veces sospecho que tampoco tiene salida.

Charles 225

Los imbéciles, espesos, son una plaga de ratas que lo invaden todo. No dudan, seguros de su camino insignificante por la vida. Avanzan y aplastan con su cráneo vacío. Llenan el aire de palabras como gusanos. Les bastan sus convicciones de segunda mano. La vida está organizada para ellos. Las instituciones, las universidades, la literatura, la política, la economía, los periódicos, las conversaciones …todo. Encuentras a los imbéciles en todas partes. Con su dignidad ridícula y petrificada. El estúpido no distingue entre lo esencial y lo accesorio, entre lo alto y lo bajo. Vive en un mundo plano, donde nada tiene relieve, y cree que ese mundo es el real.

Se reconoce como tal porque vive rodeado de otros iguales. La estupidez ha dejado de ser un defecto para convertirse en nuestro medio ambiente. No hay contraste, no hay resistencia: todo confirma su visión del mundo. Y así, perfectamente adaptado, el estúpido prospera. Razona al servicio de sus prejuicios. No busca la verdad, sino la confirmación. Y en esa confirmación encuentra una falsa tranquilidad que le impide pensar.

Tienen la mirada bovina, como de vidrio empañado, y una manera de hablar en la que las palabras no significan, sino que se atropellan unas a otras con una torpeza pegajosa. No dudan: esa es su fuerza. Avanzan con la seguridad de quien no ha pensado nunca nada hasta el final. Sus opiniones le vienen dadas —del bar, de las redes, del vecino— y las repite con una convicción que sería admirable si no fuera ridícula. Cree entenderlo todo porque no distingue nada. Cabeza asentada sobre los hombros como un repollo mal plantado. Las frases le salen como eructos. Se encrespa como gallo viejo y recurre pronto al insulto.

La sociedad no solo tolera la estupidez: la necesita. El estúpido es previsible, manejable, útil. No cuestiona, no incomoda, no desestabiliza. Es el ciudadano ideal de cualquier sistema que aspire a durar. Sus palabras son fórmulas, lugares comunes, ecos de otros discursos. No hay en ellas experiencia, ni riesgo, ni pensamiento. Son palabras muertas que circulan entre muertos. Nunca ha habido tanta cultura disponible y tan poca cultura real. El estúpido consume libros, películas, ideas, pero no los asimila.

El estúpido no es un error del mundo: es su forma dominante.