Charles 224

(Tractatus de lo hortera)

Lo que caracteriza al mal gusto moderno no es la torpeza, sino la facilidad. Todo está ya digerido, preparado, reducido a fórmulas. El consumidor no tiene que hacer ningún esfuerzo: el producto ya piensa por él. El horterismo es el arte que ha renunciado a la tensión. Es la reconciliación falsa, la armonía impuesta. En lugar de enfrentarse a la realidad, la recubre con una capa de sentimentalismo que la vuelve soportable. Lo cursi no es lo tierno, sino lo falso: una emoción prefabricada, sin matiz, sin resistencia, sin ironía.

«El mal gusto es siempre un fracaso del estilo, pero también puede ser una forma de exceso que revela algo. Lo verdaderamente hortera no es lo exagerado, sino lo inconsciente de su exageración. El kitsch quiere ser serio y fracasa; el camp, en cambio, sabe que es artificio. Por eso el kitsch es involuntariamente cómico, mientras que el camp es deliberadamente estético”, Susan Sontag.

El mal gusto no es simplemente una cuestión de ignorancia, sino de complacencia. Es la incapacidad —o la negativa— a establecer jerarquías. Todo vale, todo se mezcla, todo se exhibe. El hortera no es quien no sabe, sino quien no quiere saber: quien prefiere la ostentación a la forma, el efecto inmediato a la elaboración.

***

Vivimos rodeados de una cultura que ha confundido la abundancia con la calidad. Todo se ofrece, todo se exhibe, todo se consume; pero casi nada se comprende. El hombre moderno cree tener gusto porque tiene opciones. Pero la multiplicación de opciones no es un signo de refinamiento, sino de dispersión. Hay algo profundamente vulgar en esa necesidad de mostrarlo todo, de convertir cada experiencia en espectáculo. La verdadera vida interior —si aún existe— no necesita exhibirse.

La modernidad ha producido una forma de fealdad tranquila, instalada, casi confortable. No es una fealdad heroica ni trágica, sino rutinaria y administrativa. La vulgaridad ya no escandaliza: organiza el mundo. Se infiltra en la arquitectura, en los cuerpos, en las relaciones humanas. Es una mediocridad sin conflicto, una insignificancia generalizada que ya ni siquiera necesita justificarse.

La cultura de masas produce una ilusión de sensibilidad. Todo parece intenso, todo parece importante, pero en realidad todo es superficial. Lo vulgar no es lo simple, sino lo simplificado: aquello que ha sido reducido hasta perder su complejidad. El peligro no es que la gente no tenga acceso a la cultura, sino que crea que lo que consume ya es cultura.

La vulgaridad moderna no es espontánea: es fabricada. El mercado produce objetos y también produce gustos. Y esos gustos tienden a lo inmediato, a lo fácil, a lo repetible.

El lenguaje se degrada cuando deja de ser una exploración y se convierte en una herramienta. La repetición de fórmulas, de imágenes gastadas, de estructuras previsibles, produce una prosa sin resistencia. Y esa facilidad —esa fluidez sin espesor— es una forma de vulgaridad.

***

El horterismo es la forma estética de la ignorancia satisfecha. Hay en lo hortera una voluntad de parecer lo que no se es, pero sin el esfuerzo de llegar a serlo. Frente a esa impostura, solo cabe la fidelidad a una tradición exigente, a una forma que no admite concesiones.

Lo cursi es siempre una impostura: una emoción exagerada, una forma hinchada, un deseo de belleza que se queda en apariencia. Pero hay en lo cursi una cierta inocencia, incluso una melancolía. Lo verdaderamente detestable no es lo cursi, sino lo vulgar consciente: aquello que sabe que es feo y no le importa.

La cultura contemporánea ha convertido el gusto en una cuestión de identidad. Ya no se trata de discernir, sino de pertenecer. Y en ese contexto, el kitsch deja de ser un error para convertirse en una elección legítima. Todo vale, porque nada importa realmente.

La pérdida de exigencia formal es uno de los rasgos más visibles de la literatura contemporánea. Se escribe como se habla, se publica como se produce, se lee como se consume. Y en ese proceso, la forma —que era el lugar de la dificultad y de la belleza— desaparece. Lo que queda es una prosa funcional, sin relieve, sin tensión, sin necesidad.

Charles 223

Eliot: “Leer no es consumir, sino someterse a una disciplina del espíritu: aprender a reconocer en una página el eco de siglos”.

Huxley: “La verdadera función de un libro no es informar, sino transformar la calidad de la conciencia”.

Robert Frost: “Leer es una forma de escuchar una voz que habla desde muy lejos, pero que, de algún modo, nos conoce”.

Robert Lowell: “Leer es entrar en la mente de otro y descubrir que esa mente también está rota”.

Pound: “El lector debe ser activo, preciso, despiadado: la literatura exige exactitud, no indulgencia”.

Bernhard: “Todo lo que leemos es mentira, pero necesitamos esas mentiras para soportar la verdad”.

Saul Bellow: “Los libros nos salvan de la trivialidad, pero no de nosotros mismos”.

Nabokov: “Un libro digno de ese nombre exige una segunda, una tercera lectura: la primera es solo un reconocimiento superficial”.

Samuel Johnson: “Leer sin reflexión es como comer sin digerir”.

Charles 222

Los políticos son muñecos de trapo, con instinto de rebaño y sin escrúpulos, sin oficio claro, mentirosos compulsivos y rapaces, muñecos de trapo, decíamos, en manos de fuerzas que no comprenden; hablan de patria, de corrupción y de economía como si fuesen hechos vivos, y no palabras gastadas en boca de comediantes.

Necesitan un mundo plano, sin ironía, sin ambigüedad, sin estilo. El arte de reducir la complejidad de la vida a consignas que puedan repetirse sin pensar. Los hombres públicos son, en su mayoría, hombres privados que han perdido su delicadeza. No buscan la verdad, sino la victoria; no buscan la razón, sino la ventaja. Actores de un teatro donde la vanidad habla más alto que la razón, actores de una farsa nauseabunda que llaman democracia.

La política es el arte de hacer creer a los imbéciles que participan en algo. Nada hay más ridículo que la solemnidad del discurso político. Oscar Wilde: “La democracia significa simplemente el apaleamiento del pueblo por el pueblo para el pueblo”.

Donde el escritor introduce matices, el político introduce consignas. Donde el estilista complica, el político aplana. Desprecio estético y sospecha moral: hablan y se conducen como simios. Mediocres que se toman en serio porque otros mediocres los escuchan. Las ideologías son jaulas para mentes perezosas. Pobreza de pensamiento bajo la abundancia de palabras.

La política no es solo una práctica degradada —es, sobre todo, un lenguaje degradado.

Charles 221

Hoy se adelanta una hora el reloj. Siento la cruel laceración y usura del paso del tiempo. Uno con él madura y se estropea. Uno junto a él envejece y se estropea. El tiempo es un flagelo, un bacilo, te crucifica, te tritura. Todo lo vivido se pudre adentro. El tiempo nos destruye con una precisión cada vez mayor. No corrige nada: lo agrava todo.

Materia blanda, maleable, que se deforma bajo el peso de la memoria. Hay días que se alargan como sombras interminables y otros que desaparecen -la inmensa mayoría- sin dejar rastro. El tiempo se encarga de demostrar que éramos menos de lo que creíamos: uñas y tobillos sucios, patíbulo, conspirador entre las grietas.

El paso del tiempo es una pedagogía cruel: nos enseña demasiado tarde aquello que solo habría sido útil aprender antes. Después de todo, todo ha sido nada, a pesar de que un día lo fue todo. Porque el tiempo no alivia los males; los cambia por otros peores. Maestro que mata a todos sus alumnos. Todo, todo es irreparable.

Calambres, sombra que golpea la carne, paperas y bocio, donde se abisma la rosa.

Tiempo: flagelo de Dios.

Charles 220

Tengo una obra extensa, exigente y nada reconocida. Quiero que sea leída y juzgada.

No me sirve de consuelo pensar que el talento no basta, ni siquiera la violencia del talento. Y que hace falta la complicidad de la época, y que la época no está de mi lado. O creer que escribir de verdad —no redactar, no entretener— es volverse ilegible para la mayoría. Y entonces viene el silencio. El gran silencio. Este tipo de opinión es la propia de los resentidos fracasados que, al carecer de recepción externa, su yo presuntuoso se convierte en el único tribunal.

Thomas Bernhard me diría, halagador, que ser ignorado no es una desgracia, es casi una condición. Lo verdaderamente sospechoso sería lo contrario: ser aceptado, celebrado, integrado en ese mecanismo nauseabundo que llaman ‘vida literaria’. Usted Christian ha hecho su obra. Eso es lo único. Lo demás —crítica, recepción, éxito— pertenece al ámbito de la estupidez organizada. Nadie lee, y los que leen no entienden, y los que entienden no soportan. Así funciona. La invisibilidad no es un fracaso: es la forma que tiene el mundo de defenderse de lo que no puede digerir.

El escritor que aspira a ser comprendido por su tiempo suele acabar escribiendo trivialidades adaptadas a la sensibilidad dominante. El que no lo hace, paga un precio: la irrelevancia pública. Pero conviene no dramatizar: la historia de la literatura está llena de escritores que no existieron en vida y existen después, y también de los que existieron demasiado en vida y hoy no existen en absoluto. La cuestión no es si le leen, sino si su obra tiene la densidad suficiente como para resistir la indiferencia. Eso me diría algún que otro colega.

Y otro: El escritor que no encuentra lectores en su tiempo debe preguntarse no solo por el mundo, sino por la naturaleza de su propuesta: ¿es exigente o es hermética?, ¿es compleja o es opaca?Pero incluso en el mejor de los casos, la recepción es siempre contingente, azarosa, históricamente limitada. La posteridad no es una garantía, pero tampoco lo es el presente. El único criterio firme sigue siendo la calidad formal.

Y aún otro más: Hay más escritores valiosos de los que el sistema literario puede admitir, y muchos quedan fuera no por falta de mérito, sino por falta de visibilidad, contactos o simple azar. Ahora bien, también hay una tendencia entre los escritores no reconocidos a sobreestimar su propia obra. No basta con sentirse incomprendido: hay que poder demostrar que se es legible, que se interesa a alguien, que se deja leer. La literatura no es solo escritura: es también lectura. Y si no hay lectores, conviene preguntarse por qué, sin caer ni en la complacencia ni en el victimismo.

La invisibilidad no invalida mi obra… pero tampoco la confirma.

El reconocimiento no es criterio de valor, pero la ausencia total de lectores sí que plantea preguntas enojosas. La literatura exigente tiende a reducir su público… pero no debería anularlo por completo.

***

Deseo fervientemente algunos lectores. El escritor escribe en soledad, pero lo hace para que alguien —aunque no sepa quién ni cuándo— entre en ese espacio verbal y lo complete. Un libro sin lectores no está muerto, pero está muy, muy incompleto. La escritura necesita de esa complicidad para realizarse plenamente: el lector no es un consumidor pasivo, es un coautor que reconstruye el libro. Por eso la aspiración a ser leído no es una vanidad, sino una dimensión constitutiva del acto literario.

El escritor trabaja en una tensión constante entre la integridad de su visión y la necesidad de ser comprendido. No se escribe para agradar, pero tampoco se escribe en el vacío. Una literatura que renuncia por completo al lector corre el riesgo de convertirse en un ejercicio privado, cerrado sobre sí mismo, y por tanto estéril en su alcance humano.

Uno escribe porque no puede vivir de otra manera, pero también porque quiere ser leído. Negarlo es una forma de hipocresía bastante extendida en los medios literarios. El escritor debe ser fiel a la vibración más íntima de su conciencia, pero no debe olvidar que escribe en una lengua compartida.

Una idea que no puede ser comunicada plenamente permanece, en cierto modo, incompleta. El propósito de escribir no es únicamente instruir o deleitar, sino entrar en conversación con la sociedad. El lector no es un adorno ni un enemigo: es la condición de realización de la obra.

Nada hay más melancólico que escribir para nadie, salvo quizá leer sin placer.

Charles 219

(Notas de lectura)

Leo a X (escritor muy consagrado) El pájaro perdió su rama; torpeza; ahí late una nostalgia por la forma. Prosa que arrastra los pies, sin música, sin color ni savia. Admitamos que hay una prosa de escribientes —seca, sin gracia— que no ha pasado por el fuego del estilo. Y esa prosa, aunque diga cosas evidentes, está muerta antes de nacer.

Áspero, sin matices; una antología de palabras mal puestas. Relleno. Usa palabras generales donde deberían estar las precisas; escribe como quien repite fórmulas; expresa mal las emociones; no me cabe en la cabeza cómo sus innumerables lectores no sienten un disgusto inmediato.

Una voz engolada que no dice nada. Escribe contra la naturaleza del pensamiento. Prosa arrítmica. Literatura asfixiada. Todo es feo, como en una gran mueca. Resuenan palabras heredadas, nunca vividas. Las imágenes son pobres, aburridas.

Todo lo que leeemos es repugnante si lo miramos el tiempo suficiente.

Charles 218

Escribo porque la realidad no me basta y también para demolerlo todo, para fijar un espesor que la vida no tiene. Porque lo vivido, tal como se da, es informe, y necesita ser elevado a una categoría estética. La vida, sin forma, es una sucesión de hechos; el arte la convierte en necesaria.

Escribo por el placer de componer con el oído, el color y la luz; para saber lo que pienso, y para pensar eso que pienso de forma articulada; para persuadir, inquirir, inquietar, aliviar, comunicar; para ser elegante más allá de la conversación; porque intento poner por escrito la verdad del mente humana en conflicto consigo mismo, la verdad de la conciencia enferma.

Es una compulsión irrefragable. Y, sobre todo, de modo simbólico y empírico, escribo para volver a la casa de mi infancia, única época en que fui indisputablemente feliz. El olor de las maderas, la frescura del jardín, el eco leve de pasos. No era un lugar, sino una sensación que vuelve siempre, intacta. El brillo de un picaporte, la textura de una cortina, el crujido de un suelo. No recuerdo la casa como un conjunto, sino como una constelación de instantes que, al ser evocados, adquieren una intensidad altamente emblemática. Riqueza y placer. Las primeras impresiones, las primeras pasiones, todo aquello que luego creemos haber olvidado.

Nada hay más agradable que volver, mediante la memoria, a las primeras escenas de la vida. La casa de la infancia aparece entonces embellecida, como si hubiera sido tocada por una luz más benigna. Un lugar de voces, de conversaciones que parecían no terminar nunca. Allí aprendí que el mundo estaba hecho de palabras tanto como de cosas. En la casa de la infancia se cruzan la memoria y la imaginación, y de ese cruce nace la poesía. Su pérdida es el primer exilio.

Charles 217

Quitar, deshacer, escamondar, pulir, limar, hasta que la frase se queda en hueso, un hueso muy cercano a la vida y a la belleza. Tocar la fruta, mordisquearla, pesarla, sopesarla, olerla. La disciplina es la más alta forma de talento. La emoción trabajada hasta que arda. Depurar, despojar, renunciar. Cada corrección es una renuncia, pero también una conquista.

Gabriel Miró: «No escribo para avanzar, sino para detenerme. La frase no se me entrega hecha: la rodeo, la pruebo, la descompongo, la vuelvo a levantar. Cada palabra debe ser mirada como si fuera la primera vez que aparece en el mundo. Y si no alcanza su plenitud, se queda fuera. Escribir es una forma de demora».

Nabokov: «He reescrito cada frase que he publicado, a menudo muchas veces. La primera versión es siempre una ilusión de fluidez; el verdadero trabajo comienza cuando uno desconfía de esa fluidez. El estilo no es un don, sino una disciplina de la atención, y la revisión es su instrumento. Quiero que cada palabra resplandezca, que cada detalle justifique su presencia, como en un cuadro donde nada puede modificarse sin destruir el conjunto».

Soy un escritor preocupantemente espontáneo. Mis frases me llegan sin vacilación, y casi no debo volver a ellas, remodelarlas, suavizar sus aristas. Mi mente descubre lo que quiere decir casi en el instante de haberlo escrito. Bentham y Bertrand Russell eran escritores de esta especie.

Suelo darle confianza a mi primer impulso; pruebo, refino y reescribo poco. Decía Hazlitt que el pensamiento adquiere su forma solo cuando se nos resiste, cuando nos obliga a volver sobre él y hacerlo responder ante sí mismo. Lo sé, pero no lo creo. Mi diligencia y composición es rápida; pero la excelencia, ay, nunca se concede a la presura y a la negligencia.

Addison: «Nada hay más engañoso que la apariencia de facilidad en una página bien escrita. Lo que parece natural suele ser el resultado de una larga corrección. La verdadera elegancia no nace de la espontaneidad, sino de la contención; se alcanza cuando el escritor ha eliminado todo lo que podría delatar el esfuerzo que hay detrás».

Faulkner: «Hay que trabajar, y trabajar duro, y luego trabajar aún más. El primer borrador es solo el comienzo. Reescribes hasta que la historia adquiere una necesidad interna, hasta que parece inevitable. Todo lo que no sea esencial debe desaparecer, por mucho que te guste. Escribir es un proceso de eliminación».

Soy un escritor que apenas vivo de revisiones. Sopeso, escucho y veo la frase mientras la escribo. Confío en esa engañifa llamada «inspiración», una inspiración francamente autista. La perfección es un refinado interminable; yo soy un escritor imperfecto de primeras. El oficio es revisar y revisar para mejorar y mejorar.

Pido disculpas a mis lectores.

O mejor: a su ausencia.

Charles 216

La cocina, un arte fabulador que cuenta historias: en una olla pueden caber mitologías enteras. No es un repertorio de recetas, sino una memoria organizada. En cada plato comparecen los siglos: el comercio, la escasez, el ingenio, la fiesta. Comer bien es, en el fondo, leer la historia con el paladar.

Porque la gastronomía es una forma de erudición sensual. No basta con saber: hay que saborear. El verdadero gourmet es un lector que ha decidido comer. Ahora la cocina contemporánea oscila entre la tradición y el espectáculo. Pero su verdad sigue estando en el sabor: todo lo demás es, a mi juicio, accesorio, meras vestiduras y farfolla.

Decía Julio Camba que comer bien es una de las pocas cosas serias que quedan. Todo lo demás —política, literatura, patriotismo— admite discusión. El buen comer, no. Estoy de acuerdo. Y Pío Baroja dijo que él siempre desconfió de quien no comía bien. La mala mesa suele ir acompañada de malas ideas. También estoy plenamente de acuerdo.

No hay plato más perfecto que el tomate con aceite y sal. Un tomate bien abierto, con su sal justa y su aceite lento, es una fábula breve. No necesita más: ya contiene el sol, la huerta y la memoria de quien lo corta. Es una alquimia doméstica: tres elementos que, al juntarse, adquieren una dignidad casi ceremonial. Lo esencial sin retórica, el examen definitivo del gusto.

Y en cada centolla, en cada ostra, hay un relato antiguo del mar, contado en silencio. La excelencia del marisco reside en su frescura. Sin ella, todo lo demás carece de sentido. El marisco es una estética del límite: entre lo crudo y lo cocido, entre la naturaleza y la cultura. Obliga a percibir matices que la vida cotidiana suele borrar. Es uno de los últimos signos de civilización: exige paciencia, gusto y medida. No puedo más que convenir con mi maestro y padre espiritual, José María Álvarez: «Una mesa con buen marisco, vino frío y conversación inteligente: pocas cosas justifican mejor la existencia».

Charles 215

«Los críticos son los enterradores de la literatura, aunque se presenten como sus médicos. Diagnostican siempre lo mismo: exceso, desmesura, incorrección. Pero lo que en realidad detestan es la vida cuando no obedece. Ninguno ha soportado jamás una obra verdadera, porque una obra verdadera es una agresión. Y el crítico, en el fondo, es un ser que se protege. Escribo contra ellos, pero también gracias a ellos: son la resistencia que confirma que algo aún late», dijo mi maestro Thomas Bernhard con cariño y benevolencia, como si hubiera tenido un flechazo o notte d´amore con una Mónica Bellucci letrada.

La verdad es que a mí me hubiera gustado que los críticos hubieran hurgado en mis libros, que los registraran, archivaran, diseccionaran y sancionaran como a una película de Almodóvar por Boyero, o como a una proferencia política de la muy esbelta Isabel Ayuso. Yo escribo con fiebre y como un delincuente por la noche -y con alevosía; a las mil maravillas me viniera la linterna de policía con la que leen los críticos.

Enamorado de ellos con una palpitación adolescente, escribió al respecto de ellos mi adorado Valle-Inclán: «¡La crítica! Ese coro de eunucos que comenta las hazañas de los héroes. Incapaces de crear una sombra, se ocupan de medir la luz ajena. Yo no escribo para esos contables de sílabas. Escribo para incendiar la lengua, para deformar el espejo hasta que devuelva la verdad grotesca del mundo. El crítico busca orden; yo busco revelación.» ¡Collons! Parece que el gallego-madrileño se haya encontrado a Fu Man Chú en versión femenina.

A mí me han ignorado, lo que es más peligroso -y molesto- que consagrar o denostar. Pero nunca pertenecí a ninguna camarilla. La literatura necesita lectores inteligentes; si un crítico lo es, bienvenida sea su función.

Mi añorado maestro y padre mágico José María Álvarez se refirió perspicazmente a la crítica: «El crítico es, en muchos casos, un administrador de prestigios. Decide qué se recuerda y qué se olvida, pero no por grandeza, sino por conveniencia. La verdadera literatura no pide permiso. Aparece, se impone, y a menudo es ignorada durante años. El crítico llega después, cuando todo ha ocurrido».

Defreds, que algunos ingenuos creen poeta o bien escritor, se queja de que antes juzgaban unos pocos, pero que ahora juzgan todos. Y añade, osado y con cerebro mitad kantiano mitad wittgensteniano: «Y a veces no leen: reaccionan. No entienden: sienten. Quizá no sea peor, pero es distinto.» Y Elvira Sastre, que no Elvira Sartre, nos deja estupefactos y patidifusos al aseverar: «La crítica sin empatía es solo agresión». ¡Trolos!, es decir, collós como touros.

Se juzga rápido, a todos …menos a mí.