Tentativas 80

Informe clínico

Paciente: Varón, 24 años

Motivo de ingreso: Conducta desorganizada, ideación persecutoria estructurada, insomnio persistente, abandono de tratamiento.

Fecha: Indeterminada (el paciente refiere que “las fechas han dejado de sucederse”)

El paciente ingresa sin resistencia física, pero con una disposición vigilante que no se atenúa durante la entrevista. No muestra agitación motora marcada; por el contrario, su quietud resulta tensa, como si cada gesto hubiera sido previamente calculado para no delatarse. Mantiene la mirada fija, aunque no en el interlocutor, sino en un punto ligeramente desplazado, como si atendiera a una segunda escena superpuesta a la visible.

Refiere que “todo empezó de manera imperceptible”, y sitúa el origen no en un acontecimiento, sino en una modificación gradual de la experiencia. Describe, con precisión inquietante, una intensificación del significado de los detalles: sonidos lejanos que adquieren una cualidad dirigida, palabras ajenas que parecen incompletas si no se refieren a él, objetos cotidianos que pierden su neutralidad.

«No es que las cosas cambien —dice—, es que dejan de ser indiferentes.»

El lenguaje del paciente es correcto en su sintaxis y léxico, incluso elaborado, pero está atravesado por una lógica de implicación constante. No hay elemento que no remita a otro, ni percepción que no se inserte en un sistema de referencias. Este sistema no se presenta como hipótesis, sino como evidencia inmediata.

Refiere, por ejemplo, que la disposición de las sillas en la sala de espera no es arbitraria, sino “una forma de medir su grado de atención”; que ciertos anuncios en la televisión “no son para el público general, sino para quienes saben leerlos”; que los silencios en la conversación tienen más peso que las palabras, y que en ellos se decide “lo esencial”.

No manifiesta duda en ningún momento. La convicción no se apoya en argumentos, sino en una experiencia que describe como directa e inapelable.

Curso del trastorno (según relato del paciente):

El inicio coincide con un periodo de insomnio progresivo. El paciente describe la noche como un espacio de exposición continua:

«Dormir era una forma de protección. Cuando dejé de hacerlo, todo quedó al descubierto.»

A partir de ese momento, se intensifica la actividad interpretativa. El paciente comienza a establecer relaciones entre hechos inconexos, inicialmente de forma tentativa, luego con creciente seguridad. Refiere que durante esta fase aún podía “dudar ligeramente”, pero que esa duda se fue volviendo innecesaria.

El abandono de actividades habituales (lectura, estudio, relaciones sociales) no se presenta como una pérdida, sino como una consecuencia lógica:

«No podía seguir leyendo, porque los libros también estaban implicados.»

La progresiva retirada del mundo no es vivida como aislamiento, sino como clarificación. El paciente afirma que “la realidad se ha vuelto más precisa”, aunque reconoce que esta precisión resulta “difícil de sostener”.

Fenomenología actual:

El paciente describe experiencias compatibles con fenómenos de influencia: pensamientos que no siente como propios, aunque reconoce su contenido; sensación de ser observado sin evidencia perceptiva directa; interpretación constante del entorno como sistema de señales.

Sin embargo, lo más destacado no es la presencia de estos fenómenos aislados, sino su integración en un sistema cerrado de significación. Todo elemento encuentra su lugar en una estructura que el paciente no percibe como construida, sino como descubierta.

«No he inventado nada —insiste—. Solo he aprendido a ver.»

No se observan alucinaciones auditivas claras durante la entrevista, aunque el paciente sugiere que “el lenguaje no siempre necesita sonido”.

Afectividad:

Afecto restringido en apariencia, pero con una intensidad subyacente. No hay expresión abierta de angustia; en su lugar, se percibe una forma de concentración extrema, cercana a la fatiga.

El paciente no solicita ayuda en términos convencionales. No expresa deseo de curación, sino de comprensión:

«No quiero que me lo quiten. Quiero que alguien lo entienda.»

Insight:

Ausente en términos clínicos. El paciente no reconoce su experiencia como patológica. Sin embargo, muestra una forma de metaconciencia parcial: sabe que su percepción del mundo no es compartida, pero interpreta esta diferencia como un signo de acceso privilegiado, no de error.

Impresión diagnóstica (en lenguaje clínico):

Cuadro compatible con esquizofrenia paranoide, con predominio de ideas delirantes de referencia y posible fenómeno de influencia del pensamiento.

Observación final (en lenguaje no clínico):

El paciente no ha perdido la razón en el sentido vulgar del término. Ha perdido, más bien, la capacidad de habitar un mundo común. Su experiencia no está vacía, sino saturada; no es incoherente, sino excesivamente coherente.

Allí donde otros perciben continuidad, él percibe intención. Donde otros encuentran indiferencia, él encuentra significado.

Su sufrimiento no proviene de la ausencia de sentido, sino de su proliferación.

Vive en un mundo donde nada puede ser dejado en paz.

Tentativas 79

La mente se desgasta; en poco tiempo no somos más que un depósito de ruinas. El deterioro no ocurre en los grandes momentos, sino en los pequeños. Un día dejamos de leer una página, al siguiente no abrimos el libro, luego evitamos la luz. Cada impresión se amplifica, cada pensamiento se prolonga más allá de su límite natural. Y así, lo que en otros sería un instante, para nosotros se convierte en una duración insoportable.

La civilización también se desgasta; no es destruida únicamente por enemigos externos; a menudo se debilita por nuestros inveterados hábitos de trivialización. Nos divertimos hasta morir merced al entretenimiento, y la educación deja de transmitir contenidos intelectuales y se convierte en mero masaje empático; entonces, se inicia un proceso de degradación difícil de revertir.

Tentativas 78

Uno no vuelve a leer nunca el mismo libro, ni es nunca el mismo lector. Hay, sin embargo, un dolor peculiar en advertir que aquello que una vez nos deslumbró ya no ejerce su antiguo poder. No porque el libro haya cambiado, sino porque nuestra sensibilidad ha sufrido una modificación secreta.

Recuerdo los libros de Enid Blyton; tapas duras de colores vivos y bordes ligeramente desgastados por el uso. Las páginas, gruesas, ofrecían resistencia al pasar. Las ilustraciones, de colores saturados, dejaban paso a un texto de tipografía clara y generosa. La vida.

El placer de la lectura —ese estremecimiento de la conciencia— depende de una combinación delicadísima de atención, memoria y deseo. Cuando alguno de estos elementos se debilita, el libro permanece, pero la experiencia se empobrece. Y sin embargo, el verdadero lector no renuncia: relee, persiste, intenta reconstruir ese estado perdido, sabiendo que en esa búsqueda reside también su forma de felicidad.

Hesse: sus libros no se leían: se vivían. En la adolescencia su obra actuaba como un espejo inestable donde te reconocías, un agente provocador donde te perdías. Intensidad de solitario estepario. Una forma de iniciación hasta el estremecimiento físico.

La lectura, cuando ha sido intensa, deja tras de sí una estela de insatisfacción. No porque haya fracasado, sino porque ha revelado una medida que ya no puede abandonarse. El lector exigente se vuelve incapaz de aceptar lo que antes le bastaba. De ahí que la experiencia de haber leído —de haber leído de verdad— sea también una forma de condena: la de quien ha conocido una altura y no puede descender sin sentir el empobrecimiento.

Los libros que más amamos dejan un poso que se parece al de ciertos platos exquisitos: un sabor que no se va, pero que tampoco puede recuperarse en su forma original. Leerlos fue una fiesta íntima, irrepetible. Después, queda la memoria de ese placer, y una leve tristeza al saber que ninguna relectura podrá devolver exactamente aquel instante.

El lector experimentado desarrolla una especie de escepticismo. Ha visto demasiado, ha leído demasiado. El entusiasmo se vuelve más raro, más difícil. Pero cuando aparece, es más consciente, más exigente.

El problema de leer mucho es que uno empieza a reconocer patrones, repeticiones, fórmulas. La sorpresa se reduce. Pero esa pérdida de ingenuidad es también una ganancia: la de una mirada más lúcida.

Tentativas 77

Tantas veces me estremecí con la textura de las palabras, con la estructura de los argumentos, con la delicia de ver mi vida intensificada gracias a los libros. No pasaba meramente los ojos por las páginas; me demoraba en la armonía, en la plenitud reverente de su belleza. Una forma de voluptuosidad tranquila. Hay libros que se saborean como una cerveza fría, que dejan en la boca un regusto que no se agota en la página. El lector, entregado a ese placer, no busca otra cosa que prolongar el instante: la luz sobre el papel, el silencio, la respiración acompasada de las frases. En ese recogimiento hay una felicidad que no necesita justificarse.

El placer de la lectura no es inmediato: es un placer conquistado, elaborado, que se vuelve más intenso cuanto más profundo es el trabajo del lector. Leer es vivir más. No una vida vicaria, sino una vida intensificada. El lector es un hombre que se multiplica, que se desdobla, que se expande en otras conciencias sin perder la suya. Leer es enfrentarse a una forma de inteligencia ajena, y medir la propia en ese encuentro. De ahí su carácter casi agonístico, y también su suntuosidad.

Páginas que recuerdo de Saint-Simon, Álvarez, Michelet, Charles Moeller, Addison, Jovellanos, Quevedo: silencio, concentración, paciencia. Pero en esa exigencia reside su recompensa. Leer bien es una forma de felicidad difícil, una felicidad que no se agota en el instante, sino que se prolonga en la memoria. Un espacio donde el lenguaje es un absoluto físico.

***

Pero, conforme avanza y se cronifica mi esquizofrenia, pierdo capacidades lectoras. No porque falten las palabras, sino porque falta el hilo invisible que las une. La página, antaño dócil, se ha vuelto refractaria. No es que no sepa leer: es que lo leído no persevera. Las frases se desmoronan en el mismo instante de su aprehensión, como si carecieran de la consistencia necesaria para sostenerse en la mente. Queda una sucesión de signos —negros, alineados—, pero no un discurso. Y uno comprende entonces que la lectura no era un acto pasivo, sino una construcción delicada, una arquitectura que exige una continuidad interior que ahora falta.

Leer puede convertirse en una experiencia inquietante cuando el sentido se retira. Las palabras permanecen, pero su significado se vuelve incierto, inestable. El lector se enfrenta entonces a un lenguaje que ya no garantiza nada, que no conduce a ninguna comprensión firme. Intento leer, pero mi mirada se pierde. Paso de una línea a otra sin fijarme en ninguna. A veces me detengo en una palabra, la repito, la miro, pero no consigo integrarla en un conjunto. El texto se descompone en fragmentos que no se articulan.

Las palabras no entran. Rebotan. Se quedan en la superficie. Leo, pero es como si no leyera: como si el sentido se negara a penetrar. Hay una resistencia del lenguaje, o quizás una resistencia mía al lenguaje, que convierte cada frase en un obstáculo. Las palabras, que antes acudían dócilmente, comienzan a resistirse. Leo una frase y, al llegar al final, no recuerdo el principio. Es como si algo se interpusiera entre mi mente y el texto, una especie de niebla que disuelve las conexiones. La lectura ya no es un flujo, sino una serie de interrupciones.

En mis peores momentos, leer es imposible. Puedo mirar una página durante minutos sin absorber una sola idea. Las palabras no se fijan; se desvanecen casi instantáneamente. Es como intentar llenar un recipiente agujereado: todo lo que entra se pierde de inmediato.

***

«Los déficits en la memoria de trabajo y en la atención sostenida, ampliamente documentados en la esquizofrenia, tienen consecuencias directas sobre la capacidad de lectura. El paciente puede decodificar palabras individuales, pero fracasa al mantener activas las representaciones necesarias para comprender frases complejas o párrafos extensos. Este fenómeno se traduce en una lectura fragmentaria, caracterizada por frecuentes pérdidas del hilo argumental y la necesidad de releer repetidamente.», Nancy Andreasen, «American Psychiatric Publishing Textbook of Schizophrenia», 2006.

«La comprensión del lenguaje requiere la capacidad de generar predicciones sobre el significado en desarrollo. En la esquizofrenia, este proceso predictivo puede fallar, lo que obliga al sujeto a procesar cada elemento del discurso de manera aislada. En la lectura, esto se traduce en una experiencia laboriosa: el texto no se anticipa, no se proyecta hacia adelante, y cada palabra debe ser tratada como nueva, sin el apoyo de un contexto estable.», Christopher Frith, «The Cognitive Neuropsychology of Schizophrenia», Lawrence Erlbaum / Psychology Press, 1992 (reedición ampliada 2015)

Tentativas 76

El espía no imagina para crear, sino para ocultarse. Su imaginación es defensiva, siempre un paso por delante del otro, anticipando preguntas, sospechas, errores. No inventa mundos: inventa coartadas. Donde el novelista busca la coherencia estética, el espía busca la coherencia plausible. El primero responde a la belleza; el segundo, a la verosimilitud que salva la vida. La imaginación del novelista es centrífuga: se expande, se derrama en detalles, prolifera. La del agente secreto es centrípeta: elimina, simplifica, borra. Toda invención que no sea estrictamente necesaria es un peligro. El escritor añade; el espía sustrae.

El escritor miente para decir la verdad; el espía dice la verdad para sostener una mentira. En esa inversión reside toda la tragedia de su oficio. Uno construye ficciones que iluminan; el otro fabrica verdades parciales que oscurecen. Había aprendido, en los años de servicio, que la realidad no se presenta nunca como un relato, sino como un conjunto de fragmentos contradictorios. El espía debe organizarlos en una ficción operativa. El novelista hace lo mismo, pero con la libertad de no tener consecuencias.

El estilo, para el escritor, es una forma de destino. Para el espía, es un error. Cuanto más visible sea su estilo, más cerca estará de ser descubierto. El ideal del espía es no dejar huella; el del escritor, dejar una huella inconfundible. El novelista puede permitirse la extravagancia, incluso el exceso. El espía vive en la economía absoluta del gesto y de la palabra. Una frase de más puede costar una vida. Una frase de menos puede destruir una operación.

La imaginación del espía está sometida al miedo. No es libre: está dirigida por la necesidad de prever el peor escenario. Imagina siempre contra sí mismo. En cambio, la del escritor, cuando es auténtica, no teme: se aventura, se extravía, se demora incluso en lo inútil. El espía imagina para no ser sorprendido; el escritor imagina para sorprender. Uno reduce el azar; el otro lo cultiva.

El espía no tiene identidad: las tiene todas, pero ninguna le pertenece. Su imaginación consiste en habitar máscaras sin creer en ellas. El escritor, por el contrario, construye máscaras para descubrir una voz que, paradójicamente, sí le pertenece. Hay en el espía una forma de esquizofrenia funcional: la coexistencia simultánea de versiones de sí mismo. El novelista también se desdobla, pero ese desdoblamiento es un lujo estético, no una necesidad vital.

Tentativas 75

INFORME CLÍNICO: UNIDAD DE PSIQUIATRÍA HOSPITALARIA

MOTIVO DE LA CONSULTA

Varón de 39 años, exanalista de sistemas en una infraestructura crítica del Estado, derivado por los servicios de urgencias tras un incidente en la vía pública. Presenta un cuadro de hipervigilancia extrema, conducta de autoprotección desorganizada y discurso altamente estructurado sobre ser objeto de monitorización activa por parte del Centro Nacional de Inteligencia (CNI). El paciente fue interceptado intentando neutralizar lo que él denominaba «nodos de escucha» en el mobiliario urbano. Presenta insomnio de conciliación de cinco días de evolución y un estado de alerta que oscila entre la frialdad técnica y el pánico agudo.

ANAMNESIS E HISTORIA DE LA ENFERMEDAD

El paciente describe un inicio insidioso hace seis meses, coincidiendo con el fin de un contrato de consultoría externa para el Ministerio de Defensa. Refiere que «los protocolos de salida no fueron cerrados correctamente» y que, desde entonces, es objeto de un operativo de vigilancia integral.

A diferencia de un delirio paranoide común, el paciente no muestra un pensamiento mágico o místico. Su discurso es técnico: describe técnicas de IMSI-catching, análisis de tráfico de red y seguimientos en «punto ciego». Atribuye su agitación a la «asfixia operativa» a la que es sometido. La familia reporta que el paciente ha blindado las ventanas de su casa con papel de aluminio y ha destruido todos sus dispositivos electrónicos, alegando que han sido comprometidos mediante zero-days.

ANTECEDENTES PERSONALES Y FAMILIARES

Personales: Sin antecedentes psiquiátricos previos. Consumo ocasional de nicotina, niega consumo de otros tóxicos (confirmado por análisis). Destaca un perfil de personalidad con rasgos obsesivos y una alta capacidad intelectual (CI superior).

Familiares: Padre militar retirado, madre docente. Dinámica familiar funcional, aunque marcada por el secretismo profesional del padre. No hay antecedentes de psicosis o trastornos del ánimo en la familia.

EXPLORACIÓN PSICOPATOLÓGICA Y PRUEBAS

Exploración Psicopatológica

Paciente consciente y orientado. Discurso fluido, coherente y extremadamente detallado (hiperlogia). El afecto es tenso, con una hipervigilancia dirigida incluso al entrevistador (comprueba si el bolígrafo del médico tiene cámara).

Presenta lo que parece un delirio de persecución altamente sistematizado, pero con una verosimilitud técnica inquietante. No se aprecian alucinaciones auditivas (voces), sino más bien una interpretación del entorno basada en señales reales (ruidos en la línea telefónica, vehículos aparcados). Juicio de realidad comprometido por la autorreferencialidad.

Pruebas Complementarias

Toxicológicos: Negativos para anfetaminas, cannabis, cocaína y otros psicótropos.

Neuroimagen (RMN): Sin hallazgos patológicos.

EEG: Normal.

Nota de Trabajo Social: Se intentó contactar con su último lugar de trabajo. La empresa confirma que trabajó en proyectos de alta seguridad, pero declinan dar detalles alegando cláusulas de confidencialidad y la Ley de Secretos Oficiales. Este vacío informativo refuerza la ambigüedad del cuadro.

DIAGNÓSTICO DIFERENCIAL Y FINAL

El diagnóstico diferencial es extremadamente complejo:

Trastorno Delirante Tipo Persecutorio: Encaja por la sistematización del delirio y la ausencia de otros síntomas de esquizofrenia.

Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT): Debido a la naturaleza de su trabajo previo, el cuadro podría ser una respuesta a situaciones de estrés laboral extremo en entornos de inteligencia.

Paranoia de Base Real (Efecto Gaslighting): Se considera la posibilidad de que el paciente no sufra un delirio, sino una reacción psicótica reactiva ante una vigilancia real o percibida como tal por su conocimiento técnico de las capacidades del CNI.

Diagnóstico Final: Psicosis Reactiva Breve con Rasgos de Personalidad Paranoide. Se cataloga como psicosis debido a la desorganización conductual y la pérdida de la capacidad de autocrítica, independientemente de la veracidad parcial de sus sospechas.

TRATAMIENTO

Se busca un fármaco que reduzca la hipervigilancia sin mermar la capacidad cognitiva del paciente, quien se muestra muy reacio a «ser sedado por el sistema».

Abordaje Inicial: Se descartan dosis altas de risperidona por la reacción de rechazo del paciente al sentirse «anestesiado».

Selección de Lurasidona (Latuda®): Se inicia tratamiento con lurasidona, alcanzando dosis de 111 mg/día. Se elige por su excelente perfil de tolerancia y su baja actividad sedativa, lo que permite al paciente sentir que mantiene el control sobre sus facultades mentales, factor crítico para la alianza terapéutica.

Resultados: A las dos semanas, el paciente presenta una reducción significativa de la angustia. Aunque mantiene la convicción de que «está siendo observado», acepta que su reacción fue desproporcionada y que necesita herramientas para gestionar la ansiedad.

SEGUIMIENTO Y EVOLUCIÓN

A los tres meses, el paciente muestra:

Remisión de la agitación: Ha dejado de intervenir el mobiliario urbano.

Reintegración parcial: Ha comenzado a trabajar como consultor de ciberseguridad privada. Mantiene medidas de seguridad digital estrictas, pero ya no interfieren con su vida diaria.

Adherencia: Excelente, debido a la ausencia de efectos secundarios metabólicos y a que la lurasidona no le produce «neblina mental».

Nota Final del Facultativo: Persiste la duda razonable sobre la génesis del cuadro. Durante la última consulta, el paciente entregó al médico un informe técnico sobre vulnerabilidades en el sistema informático del hospital. Se recomienda continuar el tratamiento para evitar la progresión a un trastorno delirante crónico, manteniendo un enfoque de terapia de apoyo que no confronte directamente la «veracidad» de su persecución.

Tentativas 74

Apenas duermo. El insomnio no es simplemente la incapacidad de dormir, sino una tortura sostenida. Las horas se alargan con una elasticidad monstruosa, y la mente, privada de alivio, se ve obligada a contemplarse a sí misma sin descanso. Es un estado de exposición total, sin refugio. Convierte la noche en un laboratorio de desesperación. El cuerpo está exhausto, pero la mente permanece en alerta. La privación de sueño no solo agrava la esquizofrenia: la deforma, la intensifica, la vuelve más cerrada sobre sí misma. No dormir es no poder escapar de uno mismo. Mientras otros se entregan al olvido nocturno, el insomne permanece condenado a la repetición, a la maquinaria de su pensamiento, que gira sin producir nada salvo desgaste.



Tentativas 73

«He dedicado toda mi vida, no a enriquecerme —aunque no ignoro que la pobreza acompaña a menudo a los que aman las letras—, sino a rescatar del naufragio del tiempo las obras de los antiguos. Pues veía yo que, mientras los hombres se afanaban en negocios más lucrativos, los libros perecían, devorados por la incuria o por la ignorancia. Así, me propuse que lo que había sido pensado por los mejores ingenios no se perdiera para las generaciones futuras. Y si para ello debía trabajar noche y día entre tipos, tintas y papeles, lo hice con gusto, persuadido de que ningún esfuerzo es excesivo cuando se trata de devolver la voz a los muertos», Aldo Manucio.

«El arte de imprimir exige no solo diligencia, sino una especie de probidad que no tolera descuido alguno. Un error en una letra puede corromper una sentencia; una negligencia en la corrección puede desfigurar el pensamiento de un autor. Por ello, el impresor debe ser, en cierto modo, juez y guardián: ha de vigilar no solo la forma de las palabras, sino también su integridad. Y si bien su nombre rara vez aparece junto al del autor, su responsabilidad no es menor», Christophe Plantin.

«No basta con imprimir; es preciso imprimir bien. Y para imprimir bien, no basta con conocer el arte mecánico, sino que es necesario penetrar en el sentido de los textos, comparar los manuscritos, corregir las variantes, restituir —en la medida de lo posible— la pureza original. El impresor que descuida esto no es más que un artesano; el que lo cuida, participa del trabajo del filólogo», Robert Estienne.

«No se deben despreciar los libros por su número ni por su diversidad, pues la abundancia es la riqueza de una biblioteca. Y aunque muchos sean mediocres, sirven sin embargo de preparación o de contraste para los mejores. El librero —o el bibliotecario— ha de tener un ánimo amplio, capaz de acoger tanto lo excelente como lo imperfecto, sabiendo que el juicio se forma precisamente en esa comparación», Gabriel Naudé.

Tentativas 72

Su extraordinario texto [me refiero al artículo de Camilo de Ory en «Letras Libres»: «Torrente y el objeto ¿el objetivo? del humor»] se deja leer muy bien desde dos ejes: metacognición (la capacidad de pensar sobre el propio pensamiento) y diferencias cognitivas en la comprensión del humor (a menudo correlacionadas, aunque imperfectamente, con lo que se mide como CI)

La sátira funciona como un dispositivo metacognitivo: exige que el lector/espectador detecte la distancia entre lo dicho y lo querido decir. La metacognición implica no solo conocer, sino saber que se conoce —y saber cuándo no se conoce. Su ejemplo de Torrente es casi de manual.

Esto encaja con una idea clásica: La ironía requiere la capacidad de representar simultáneamente dos niveles de significado. Sin esa duplicidad, todo se aplana. Y entonces ocurre lo que describe:

el espectador literal no falla solo en comprender el chiste; falla en darse cuenta de que no lo comprende.

Recuerdo a Northorp Frye: «La sátira exige un lector competente; sin él, se vuelve indistinguible de aquello que pretende ridiculizar». No es solo que el espectador no entienda, sino que no sabe que no entiende. Lo que es un signo evidente de la sobreestimación del síndrome Dunning-Kruger.

La risa ya no está en el chiste, sino en la imposibilidad de comprenderlo.

Tentativas 71

Las dos de la mañana. En la oscuridad perlada de la madrugada de mi aldea, solo el sonido de un ladrido a lo lejos y el halo orgulloso de las farolas en algunos caminos que la circunvalan. Las ventanas de mi casa reflejan un negro azulado, y el huerto parece barnizado por ojos divinos, atentos. La tierra — fértil— exhala un vapor tenue que se eleva entre los cercados, y los árboles, aún en penumbra, parecen guardar el secreto de un día que ya ha sido vivido innumerables veces. Aire fresco, y ningún viento; aire ligeramente perfumado de hierba. Uno puede pensar sin interrupción. Volúmenes, líneas, superficies que el ojo debe reconstruir con un esfuerzo deliberado. Todo invita a quedarse un poco más, a alargar ese instante en que el mundo todavía no ha empezado a exigir nada.

Salgo al jardín a fumar sentado en la hamaca de hierro de tela naranja. Y pienso en lo extraordinario que es escribir, en el gozo y esta funesta manía deliciosa en que consiste la escritura. La alegría sensual, pictórica -textura y color, pincelada y composición- de la frase. La persecución interminable de un placer incomparable. Construir palabras como lugares de colores. Una necesidad tan absurda como absoluta. Goce refinado de un lenguaje. La vida pasa, pero la frase queda. Todo lo demás es accesorio.