Cabaleiro 191

Según Karl Kraus, un ensayista, un polemista y provocador nato que detestaba las imposturas del lenguaje y muchas otras cosas más censurables en aquella Viena suya que era testigo angustiado del fin de un imperio y el comienzo de un período estremecedor de inseguridad, muerte y horror.

La prensa, argüía, produce contenido por necesidad industrial, no por necesidad genuina de verdad. Distorsiona inevitablemente la realidad, corrompe el lenguaje y confunde la importancia con lo novísimo. También, desde su atalaya en «Die Fackel», formuló una idea muy moderna: «El periodismo es la organización del olvido», es decir, la actualidad permanente destruye la memoria histórica.

A mi juicio, leer las noticias significa algo casi opuesto a entender el mundo. Lo que admito es que sin la fiscalización de una prensa libre crece el abuso y aumenta la corrupción. Verificar, explicar -no meramente opinar-, jerarquizar, mimar el idioma, son propiedades irrenunciables de un buen periodismo.

Estamos inmersos en un periodismo industrial acelerado y lingüísticamente descuidado y esa lógica termina degradándolo. Defendamos una prensa lenta, jerárquica y responsable con el lenguaje.

Cabaleiro 190

(A Elvira Lindo)

Permítame comenzar con un tono civil antes de discrepar amablemente con usted. Es cierto que importamos lenguaje cultural de Estados Unidos, como también lo es que las etiquetas generacionales pueden simplificar en exceso la realidad social.

Sin embargo, conviene recordar —como señalaba Jean-François Revel en «La obsesión antiamericana»— que Europa ha tendido con frecuencia a reprochar a Estados Unidos rasgos que ella misma ha adoptado o producido. A menudo se culpa a América de tendencias que, en realidad, son occidentales y globales. Este argumento encaja con la idea de que términos como «boomer» o «woke» no deben interpretarse como simple colonización cultural. Internet ha acelerado la circulación del lenguaje: no estamos ante una americanización, sino ante una globalización cultural del mundo occidental.

Más discutible aún me parece la división binaria entre privilegiados y desposeídos. Procede de una tradición intelectual respetable y útil, pero hoy resulta inevitablemente simplificadora. La estructura social contemporánea es mucho más compleja y se articula en múltiples ejes simultáneos.

A mi juicio, una de las grandes fracturas actuales es tecnológica: integrados frente a desconectados del mundo digital, una división que atraviesa generaciones y clases sociales. También resulta esclarecedor el contraste entre globalizados y locales, entre quienes viven con horizonte internacional y quienes permanecen anclados a marcos estrictamente territoriales. Y sigue siendo fértil el viejo binomio entre quienes poseen capital cultural y quienes carecen de él.

La sociedad no se divide solo en generaciones ni solo en clases: se organiza en múltiples líneas divisivas que se cruzan constantemente. El esquema binario resulta moralmente atractivo, pero sociológicamente insuficiente.

Tal vez culpar a América de nuestras palabras sea, en el fondo, una forma elegante de evitar pensar nuestras propias transformaciones.

Cabaleiro 189

«No sabemos lo que nos pasa, y eso es precisamente lo que nos pasa», Ortega y Gasset.

Velázquez pinta la psicología del poder español; el Estado teatral, la corte cerrada, la jerarquía rígida, la realidad maquillada y la tristeza de fondo. España es Calabacillas: una mueca resignada en el centro del poder. Calabacillas sonríe… pero no hay alegría. Un país que se declara triunfante mientras presiente su declive. En el siglo XVII el imperio estaba exhausto tras bancarrotas y guerras interminables; en el XXI, lo que muestra fatiga es la democracia.

Hay cuadros que retratan a una persona y cuadros que retratan una civilización. El Bufón Calabacillas pertenece a esta segunda categoría: no es solo un retrato cortesano, sino una radiografía moral del poder español.

Velázquez pintó reyes, validos, infantes y generales, pero quizá ninguno de sus retratos es tan político como los de los bufones. Porque el bufón es el único habitante de la corte que no necesita fingir ser lo que no es. El rey representa la majestad, el valido representa la eficacia, el cortesano representa la obediencia; el bufón, en cambio, representa la verdad. Y la verdad, en el barroco español, adopta la forma de una sonrisa triste.

El barroco no desapareció: cambió de escenario. La corte se convirtió en parlamento, en plató televisivo, en rueda de prensa, en relato permanente. La política sigue necesitando ceremonias, gestos y personajes. El espectáculo continúa, aunque cambien los decorados.

Velázquez no ridiculizó al bufón: lo dignificó. Y al hacerlo dejó una intuición incómoda: la historia no pertenece solo a quienes gobiernan, sino también a quienes observan.

Calabacillas no ríe: amaga una sonrisa de quien ha entendido demasiado y ya no espera nada.

Cabaleiro 188

Cerca del Carnegie Hall hay un pequeño hotel con puerta giratoria de cristal, números dorados y un acogedor piano bar, que en una ocasión ella eligió a ciegas. Con un sombrero de ala amplia, ahora lee en el vestíbulo. La cortina, iluminada por el sol a su espalda, devuelve los blancos y los azul celeste de la mesa frente a ella; la escena se llena de claridad y crea una atmósfera de silencio y contemplación.

Somos vividos por fuerzas que fingimos comprender. La literatura no es magia. En la medida en que la literatura —o cualquier arte— es auténtica, es la expresión clara de sentimientos mezclados. De nuestras disputas con los otros hacemos retórica; de nuestras disputas con nosotros mismos, poesía.

Reflexiones a propósito de Henry James: “La experiencia nunca es limitada, y nunca está completa; es una inmensa sensibilidad, una especie de enorme telaraña de la más fina seda suspendida en la cámara de la conciencia. Atrapa en su tejido cada partícula de aire en suspensión. Es el trabajo del novelista sentir y registrar estas impresiones”.

Cabaleiro 187

Martin Heidegger, Carl Schmitt, Gottfried Benn, Hans Grimm, Ernst Jünger, Oswald Spengler etc., fueron intelectuales alemanes claramente comprometidos con el nazismo, o bien que mostraron cierta ambigüedad (casos más complejos y ambivalentes) Defendieron esa barbarie con justificaciones y argumentos sofisticados, para desdoro de la «intelligentsia».

Pero hubo otros que defendieron la libertad, la responsabilidad moral, criticaron la obediencia acrítica y servil, y tuvieron una visión humanista del ser humano como un individuo autónomo y responsable. Creyeron que la política empieza en la conciencia. No adoraron al Estado: defendieron la persona. No cayeron en la irracionalidad del Estado como destino histórico, ni bajo el influjo del líder carismático. No creyeron ni que la democracia liberal o la democracia fueran entes decadentes. Apostaron por el pluralismo, el individuo y la libertad, pagando a veces un precio muy alto. Honrémoslos con este pequeño trenzado de citas:

“El totalitarismo no se contenta con el poder político; busca dominar y transformar la naturaleza humana misma. Su objetivo no es la tiranía ordinaria, sino la dominación total», Hannah Arendt.

“La guerra de Hitler no es la guerra de Alemania. Es la guerra de un régimen criminal que ha secuestrado a la nación alemana y la ha conducido a la ruina moral y material. Alemania será liberada el día en que el nacionalsocialismo sea derrotado. Ese día no será una derrota alemana, sino una liberación alemana”, Thomas Mann.

“Lo sucedido en Alemania nos obliga a preguntarnos por nuestra responsabilidad. Existe una culpa criminal, una culpa política, una culpa moral y una culpa metafísica. Todos somos responsables del modo en que permitimos que se desarrollara este régimen”, Karl Jaspers.

“Nada es tan indigno de un pueblo civilizado como dejarse gobernar sin resistencia por una camarilla irresponsable que ha cedido a instintos criminales”, Sophie Scholl.

Honor y gloria para ellos.

Cabaleiro 186

Conviene decirlo sin rodeos: el capitalismo es el sistema económico más exitoso de la historia humana. No el más perfecto —ninguno lo es—, pero sí el único que ha demostrado ser compatible con la libertad individual, la prosperidad masiva y la paz entre naciones.

Durante siglos, la pobreza fue el estado natural del ser humano. Miseria, hambre, mortalidad infantil, jornadas interminables y horizontes cortísimos. La humanidad vivía atrapada en una economía de suma cero: lo que uno ganaba, otro lo perdía. La mayoría de los hombres nacían, trabajaban y morían sin abandonar jamás el radio de unos pocos kilómetros.

Y entonces apareció el capitalismo.

Aparecieron la electricidad, los antibióticos, la calefacción, el ferrocarril, la nevera, el automóvil, el avión, Internet. Lo que durante milenios fue lujo de minorías pasó a ser rutina de millones.

Libertad económica es igual a libertad política. Alexis de Tocqueville lo entendió con lucidez profética: “Quien depende del poder para su subsistencia acaba dependiendo de él para su opinión”. La dependencia económica crea dependencia política. El ciudadano que necesita permiso para prosperar necesita permiso para pensar.

El capitalismo no solo produce riqueza: produce independencia. Y la independencia es el suelo de la libertad.

El capitalismo transforma la relación entre los hombres: donde antes había enemigos, aparecen clientes; donde había saqueo, surge intercambio; donde había conquista, aparece cooperación. Cuando los hombres ven en el otro una oportunidad de ganancia, dejan de verlo como una amenaza.

La historia sugiere que el capitalismo es condición necesaria para la libertad política. Ningún sistema ha hecho tanto por mejorar la vida del hombre común. Es, además, el único basado en el reconocimiento de los derechos individuales. Como escribió Schumpeter, el capitalismo crea, destruye y vuelve a crear, elevando continuamente el nivel de vida.

Por eso conviene decirlo sin complejos y sin pedir perdón.

¡Viva el capitalismo! ¡Vivan los capitalistas!

Cabaleiro 185

Tahúr escrofuloso, ciego, mudo, miope, deshonesto, incapaz, inepto, inconsciente, insensible, cínico, mafioso, traidor a la patria, falsificador, peligroso nigromante, alquimista del mal, burlador del pueblo, ladrón, estafador, hampón, inmoral, sinvergüenza, desfachatado, corrupto, culero, irresponsable, impostor, criminal, irracional, infame, acarreado, mecanizado, robot, raquítico, exiguo, anémico, endeble, precario, indecente, chanchullero, asqueroso, tortuoso, zapatero, abusivo, pillo, charro, tramposo, falso, mentiroso, bribón, electrónico, computarizado, escoria, hijo de su madre, extraterrestre, irreal, surrealista, humanoide, acabado, en extinción, torpe, paracaidista, perverso, miedoso, indigno, débil, defraudador, cachirulo, mezquino, prepotente, represor, usurpador, vulgar, maniobrero, inconfiable, antidemocrático, liberticida, antihistórico, oligarca, vendido, entreguista, mendigo, explotador, sojuzgador, inculto, sin hormonas, sentenciado por el pueblo, y además, en escala zoológica, de manera precisa y simultánea: dinosaurio, coyote, golondrino, chimpancé, puerco, perro, mapache, borrego y rata.

La crónica negra del siglo de Oro nos evoca un ecosistema humano cuajado de sicarios, buscavidas, pícaros, pordioseros insolentes y truhanas que pululan por el oscuro laberinto de las callejuelas urbanas, asaltan a los trajinantes que hormiguean por sus caminos o estafan a los incautos que frecuentan ventas, mesones, mancebías y tablajerías. Sin embargo, las fuentes históricas hacen que las simpáticas trapacerías, los enredos e ingeniosos desplantes glosados en la novela picaresca sean un pálido reflejo de una sociedad vulnerable, que soporta altas tasas de criminalidad y una terrible violencia estructural.

“Quien no hurta en el mundo, no vive. ¿Por qué piensas que los alguaciles y jueces nos aborrecen tanto? Unas veces nos destierran, otras nos azotan y otras nos cuelgan, aunque nunca haya llegado el día de nuestro santo. No lo puedo decir sin lágrimas” (La vida del Buscón llamado Don Pablos, Francisco de Quevedo)

Todo esto lo asocio en mis imaginaciones a Sánchez, el Peter Fake.

Cabaleiro 184

(Sobre el legado de Sánchez)

Lucius Marcius Valens fue retórico y moralista latino activo ca. 180–210 d.C., en tiempos de Cómodo y Septimio Severo. Su obra principal —hoy perdida— habría sido: «De moribus principum» (Sobre las costumbres de los príncipes), en al menos 5 libros. Solo se conservan tres fragmentos transmitidos indirectamente por compiladores tardoantiguos.

En uno de ellos escribió: «Commodus serpentes aluit; ova eius futuri principes custodient», “Cómodo alimentó serpientes; sus huevos serán custodiados por los futuros emperadores”.

No es una idea menor. El mal emperador no solo gobierna mal, sino que crea las condiciones del mal futuro, idea muy típica del pensamiento romano tardío: que el mal príncipe siembra precedentes.

FUENTE: Brenner, Heinrich Karl (ed.) Fragmenta moralistarum Latinorum imperii Romani. Bibliotheca Teubneriana. Leipzig: B. G. Teubner, 1987, p. 214, frg. 2.

[Disculpen la enfadosa erudición]

Cabaleiro 183

Jacques Cazotte fue un escritor francés del siglo XVIII, hoy recordado sobre todo por su novela fantástica «Le Diable amoureux», una de las primeras obras modernas donde el demonio aparece como figura ambigua, seductora e irónica.

Trabajó en la administración colonial francesa en Martinica, frecuentó ambientes literarios parisinos y acabó abrazando posiciones místicas y monárquicas. Durante la Revolución francesa fue arrestado y guillotinado en 1792.

Además se le atribuye el pequeño opúsculo moral publicado hacia 1768, e impreso en Ámsterdam para evitar la censura parisina: «Des petits inconvénients de lire», «De los pocos inconvenientes de leer».

Extraigo del tratadito los siguientes pasajes:

«Les lecteurs fatiguent leurs yeux et s’engraissent d’assises nalgatoires à force de rester assis avec un livre; mais ils y gagnent un goût et une délicatesse d’opinion qui séduisent plus d’une demoiselle», «Los lectores cansan sus ojos y crían adiposidades nalgatorias de tanto estar sentados con un libro, pero les compensa el gusto y delicadeza de opinión que seduce a no pocas señoritas».

«Lire ne donne pas nécessairement le bonheur, mais ce n’est point un grand obstacle à lui», «Leer no da necesariamente la felicidad, pero tampoco es un gran estorbo para ella»

«Si Bach est maître des musiciens, les livres sont maîtres des meilleures mœurs», «Si Bach es maestro de músicos, los libros son maestros de las mejores costumbres»

«Un certain foie graisseux naît de l’effort lecteur; on le corrige aisément par la chicorée et le céleri», «Cierto hígado grasoso causa el esfuerzo lector, que se compensa con la ingesta de achicoria y apio».

«Trop lire dessèche le sang; ne point lire dessèche l’âme», «Leer demasiado seca la sangre; no leer nada seca el alma».

De la obra de Cazotte dijo Sainte-Beuve en «Causeries du lundi», t. XII, pág. 63: «Encontré, en un librero del muelle Voltaire, un volumen delgado titulado «De los pocos inconvenientes de leer». La obra no tiene nada de profunda, y ahí reside su encanto. Cazotte juega con la lectura como quien la practica en exceso y se complace en fingir sus peligros para saborear mejor sus dulzuras. No hay aquí sistema, menos aún doctrina: solo un talante, una sonrisa y esa ironía suave que el siglo XVIII sabía llevar incluso a las cosas serias».

FUENTE: Cazotte, Jacques. Des petits inconvénients de lire. Petit traité moral adressé aux esprits studieux. Amsterdam [= Paris], chez Marc-Michel Rey, 1768. In-12 (16,5 × 9,5 cm), viii + 94 pp. Vignette typographique au titre (lyre et corne d’abondance). Reliure postérieure en veau marbré, dos à nerfs, pièce de titre rouge.

Cabaleiro 182

Una tradición política concreta —revolucionaria, utópica o redentorista— ha tendido históricamente a someter la libertad individual. La clave está en entender la lógica interna de los proyectos “mesiánicos”, una forma secular de la idea religiosa de salvación. En este marco, la política deja de ser gestión imperfecta de conflictos e insensiblemente pasa a ser empresa de redención histórica. De ahí los múltiples encontronazos con la libertad individual.

La libertad individual implica pluralismo de valores, conflicto permanente, imperfección irreductible y diversidad de proyectos vitales El mesianismo, en cambio, afirma que existe un estado final correcto de la sociedad. La consecuencia es conocida: muchas preferencias pasan a ser “alienadas”, muchas elecciones “incorrectas”. Y el corolario termina por asomar: nuestras vidas serían, en el fondo, falsas.

Cuando la libertad se vuelve sospechosa, la tentación de corregirla aparece como deber moral. De diseñarnos y programarnos a aniquilarnos, a veces hay solo un paso sutil. Lo ha verificado la historia del siglo XX.