Cornaro 58

Escrita por el cartujo alemán Gregor Reisch, «Margarita Philosophica» (1503), fue una de las primeras enciclopedias impresas. Se estructuraba como un manual universitario que abarcaba las artes liberales (gramática, lógica, retórica, aritmética, geometría, música y astronomía) además de principios de filosofía natural. El libro fue concebido como un manual de estudio para los estudiantes de la Universidad de Friburgo. Está organizado en doce libros que cubren las Siete Artes Liberales y las ciencias naturales y morales. Uno de sus mayores atractivos son sus célebres grabados en xilografía (madera), que servían como alegorías visuales para explicar conceptos complejos.

Aunque no contiene un tratado autónomo sobre bibliotecas comparable al «De bibliothecis» de Lipsio o Naudé, sí aparecen varios pasajes muy reveladores acerca de los libros, los depósitos del saber y la transmisión de la ciencia. Además, las célebres xilografías de bibliotecas y estudios humanísticos asociadas a sus ediciones tuvieron enorme influencia cultural.

Uno de los pasajes más citados aparece en el prólogo general, donde el saber escrito es concebido como un tesoro acumulativo de la humanidad:

“Quicquid a priscis sapientibus subtiliter inventum, ingeniose disputatum, vel utiliter traditum est, id omne librorum custodia servatum ad nostram usque aetatem pervenit. Nam libri sunt quasi receptacula memoriae, thesauri disciplinarum, et vivorum simulacra mortuorum”.

“Todo cuanto fue descubierto sutilmente por los antiguos sabios, discutido ingeniosamente o transmitido de manera útil, ha llegado hasta nuestra época conservado por la custodia de los libros. Pues los libros son como receptáculos de la memoria, tesoros de las disciplinas y simulacros vivientes de los muertos”, Gregor Reisch, Margarita Philosophica nova, Friburgi Brisgoiae: Johannes Schottus, 1503, Prohemium generale (Edición facsimilar: Gregor Reisch, Margarita Philosophica, Basel: Michael Furter, 1504; facsímil, München: Fink Verlag, 1973)

En la sección dedicada a la gramática y las artes liberales aparece otra reflexión muy humanista sobre el estudio y los libros:

“Sine libris iacet omnis doctrina sepulta; neque enim memoria mortalium tantam rerum multitudinem continere potest. Itaque prudentes viri bibliothecas comparaverunt, in quibus reponerentur monumenta ingeniorum et labores omnium saeculorum”.

“Sin libros, toda doctrina yace sepultada; pues la memoria de los mortales no puede contener tan gran multitud de cosas. Por ello los hombres prudentes reunieron bibliotecas en las que se depositasen los monumentos del ingenio y los trabajos de todos los siglos”.

Especialmente notable es este pasaje, donde la biblioteca aparece como defensa contra la destrucción del tiempo:

“Tempus omnia consumit, urbes delet, regna mutat, memoriam hominum abolet; sed quae litteris mandata sunt diutius durant. Inde bibliothecae non tam librorum horrea quam arcis quaedam adversus oblivionem esse videntur”.

“El tiempo consume todas las cosas, destruye ciudades, transforma reinos y borra la memoria de los hombres; pero aquello que ha sido confiado a las letras perdura más largamente. Por ello las bibliotecas parecen no tanto almacenes de libros cuanto fortalezas levantadas contra el olvido”.

Y este último fragmento posee ya un tono casi monástico y contemplativo, muy coherente con la espiritualidad cartuja:

“In silentio bibliothecarum animus ad contemplationem erigitur. Ibi sine strepitu docent magistri mortui; ibi sine labore peregrinamur per omnia saecula; ibi cum sapientibus familiariter colloquimur”.

“En el silencio de las bibliotecas el espíritu se eleva hacia la contemplación. Allí enseñan sin estrépito los maestros muertos; allí viajamos sin fatiga a través de todos los siglos; allí conversamos familiarmente con los sabios”.

P.S. Texto parcialmente redactado con la ayuda de la I.A., enmascardo como un profesor de Oxford

Cornaro 57

«De Rerum Inventoribus» (1499), creada por el humanista Polidoro Virgilio, es una obra enciclopédica centrada en los «inventores» de las cosas, recopilando el origen histórico de las artes, las leyes, las religiones y las ciencias. Insiste repetidamente en que las artes, la memoria escrita y el estudio constituyen la verdadera diferencia entre la barbarie y la civilización. El libro entero es, en cierto modo, una arqueología humanista del saber humano: quién inventó las letras, las bibliotecas, la gramática, la filosofía, la enseñanza, etc.

“Ante litterarum inventionem homines vitam prope agrestem ac ferinam agebant; memoria rerum tenuis erat, neque poterant ea quae prudenter excogitata fuerant ad posteros propagari. Sed postquam litterae repertae sunt, tum demum sapientia quasi e tenebris in lucem prolata est. Nam per litteras leges conservantur, disciplinae traduntur, historiae durant, exempla virtutum servantur, et mortui quodammodo cum viventibus colloquuntur.”

“Antes de la invención de las letras, los hombres llevaban una vida casi agreste y salvaje; la memoria de las cosas era débil y no podían transmitirse a la posteridad aquellas ideas concebidas prudentemente. Pero después de que fueron descubiertas las letras, entonces la sabiduría fue sacada, por así decirlo, de las tinieblas a la luz. Pues gracias a las letras se conservan las leyes, se transmiten las disciplinas, perduran las historias, se preservan los ejemplos de virtud y los muertos, de algún modo, conversan con los vivos”, Brian P. Copenhaver (ed.), On Discovery, Cambridge (Mass.), Harvard University Press, 2002, pp. 34-37.

“Libri vero sunt thesauri memoriae humanae, quibus omnis antiquitas custoditur. In his recondita sunt monumenta ingeniorum, consilia sapientum, exempla maiorum, praecepta bene vivendi. Quamobrem nihil utilius homini datum videtur quam studium litterarum, quo et animus excolitur et vita ad humanitatem informatur”.

“Los libros son verdaderamente tesoros de la memoria humana, mediante los cuales se conserva toda la Antigüedad. En ellos están guardados los monumentos del ingenio, los consejos de los sabios, los ejemplos de los antepasados y los preceptos del buen vivir. Por ello, nada parece haber sido concedido al hombre más útil que el estudio de las letras, mediante el cual el alma se cultiva y la vida se forma para la civilización” (Véase: Beno Weiss & Louis C. Pérez (eds.), Beginnings and Discoveries: Polydore Vergil’s De inventoribus rerum, Nieuwkoop, De Graaf Publishers, 1997, pp. 52-55.)

“Per litteras non solum praesentia discimus, sed etiam superiorum saeculorum vitam intuemur. Itaque qui libros legit non unius aetatis homo est, sed multorum saeculorum civis. Magna enim est librorum vis: docent sine superbia, monent sine iniuria, comitantur sine taedio”.

“Por medio de las letras no sólo aprendemos las cosas presentes, sino que contemplamos también la vida de los siglos anteriores. Así pues, quien lee libros no es hombre de una sola edad, sino ciudadano de muchos siglos. Grande es, en efecto, el poder de los libros: enseñan sin soberbia, aconsejan sin ofender y acompañan sin hastío”, trad. moderna parcial en: On Discovery, ed. Brian P. Copenhaver, Harvard UP, 2002.

Y este último fragmento posee un tono casi petrarquista:

“Doctrina mentem erigit atque ab immanitate ad mansuetudinem traducit. Nam litterae neque solum ingenia acuunt, sed etiam mores componunt atque homines ad societatem civilem conformant”.

“El estudio eleva el espíritu y lo conduce desde la brutalidad hacia la mansedumbre. Pues las letras no sólo agudizan el ingenio, sino que también ordenan las costumbres y conforman a los hombres para la vida civil”.

P.S. El latín que pongo entre comillas no pertenece a Polidoro Virgilio. Si abres la edición de Copenhaver en las páginas 34-37, lo que dice el texto real en latín sobre la invención de las letras es radicalmente distinto en su sintaxis, vocabulario y estructura. Gracias Kathy Acker y Chatbot, por permitirme estos pastiches.

Cornaro 56

Recuerdo con fosforescente emoción las primeras lecturas: tebeos, Blyton, los clásicos -blancos y rosas- infanto-juveniles de Bruguera (Stevenson, Salgari… ) Aquella entrega a una credulidad apasionada. La felicidad consistía en acostarme temprano para poder leer sin interrupción. La lámpara encendida junto a la cama, el silencio de la casa dormida, el rumor remoto del viento o de algún automóvil lejano: todo ello formaba parte del hechizo. Todo ello parece adherido a mi imaginación sensitiva y mítica.

Algunas novelas leídas tempranamente no se olvidan jamás porque quedan mezcladas con el despertar mismo de la conciencia escarlata. Una edad de oro interior. Una forma de salvación. Aquel lector infantil que fuimos devoraba las hazañas de héroes de papel con una avidez casi salvaje, con las manos manchadas de resina de pino. Recuerdo una mimosa en la ventana del dormitorio, y un sol que recorría los espejos. Vivir para celebrar el azar y la alegría.

Cornaro 55

La lectura es el gran antídoto contra la estrechez de miras y el fanatismo. El hombre que no lee vive en una penumbra mental, esclavo de los prejuicios de su época y de su entorno, incapaz de elevarse sobre la chatura de lo cotidiano. Quien no lee es como un ciego que camina por un museo de maravillas sin enterarse de nada de lo que le rodea. Vive en un mundo pequeño, porque los límites de su lenguaje son los límites de su mundo. Al carecer de lecturas, carece de las palabras precisas para nombrar sus propios sentimientos, sus dudas, sus esperanzas. Su pensamiento se vuelve tosco, rudimentario, incapaz de matices. Condena al individuo a la repetición de los tópicos, a la aceptación sumisa de las ideas masticadas por otros. Es un ser desarmado frente a la manipulación.

«La pérdida de la imaginación literaria produce ciudadanos técnicamente competentes pero moralmente obtusos. Alguien que no lee novelas, que no se sumerge en las vidas de personajes distintos a él, carece de la ‘imaginación narrativa’. Es incapaz de comprender cómo se siente ser una persona de otra raza, de otra clase social o de otro género. El no lector tiende a ser un analfabeto emocional, alguien que juzga el mundo exclusivamente desde su propia comodidad, viendo al ‘otro’ no como un ser complejo, sino como un estereotipo o una amenaza», Martha Nussbaum.

«Quienes no leen son los perfectos súbditos de los tiranos. Una mente que no se ejercita en la lectura es una mente blanda, dispuesta a creer lo primero que se le dice con suficiente fuerza o repetición. Los libros enseñan a dudar, a comparar, a disentir; el que no lee, en cambio, acepta la realidad como algo dado e incuestionable. El analfabetismo por elección es la renuncia voluntaria a la libertad del espíritu, entregando el timón de la propia conciencia a las opiniones de la masa o al dictado de los poderosos», Voltaire.

El antiguo lector —incluso el lector mediocre— vivía acompañado por una cierta noción de jerarquía espiritual: sabía que había autores más altos que él, libros que exigían esfuerzo, obras ante las cuales convenía demorarse humildemente. El no lector contemporáneo, en cambio, suele confundir espontaneidad con inteligencia y opinión con conocimiento. La mayor parte de la gente no lee porque leer exige silencio, soledad y disciplina interior; exactamente las tres cosas que la sociedad moderna detesta. El hombre contemporáneo quiere estímulos, no contemplación. Quiere pasar rápidamente sobre las superficies, no penetrarlas. Por eso consume imágenes y consignas con una avidez casi animal, pero raramente soporta la lentitud de una página verdaderamente bella. El no lector vive condenado a un presente perpetuo y banal. Carece de muertos ilustres en su memoria. No conversa interiormente con nadie.

El lector antiguo subrayaba, copiaba, memorizaba, establecía relaciones; convivía físicamente con los libros. El lector contemporáneo tiende a deslizarse superficialmente sobre las páginas como quien hojea anuncios. Cuando una sociedad pierde el gusto por la sintaxis compleja y por el matiz verbal, pierde también capacidad de pensamiento.

Los mitos, la tragedia griega, la épica antigua, no son adornos culturales: son instrumentos para comprender las pasiones humanas. Una persona que jamás ha leído a Homero o a Sófocles quizá ignore hasta qué punto su experiencia del mundo es más pobre, más inmediata y menos consciente de sí misma. Leer a los clásicos nos libera un poco de la cárcel de nuestro tiempo. La cultura literaria ha dejado de conferir prestigio social. Antes incluso los mediocres aspiraban a parecer cultos; hoy muchos exhiben orgullosamente su ignorancia. El no lector contemporáneo no siente carencia alguna: ésa es quizá la tragedia. Vive satisfecho dentro de una pobreza espiritual cuya existencia ni siquiera sospecha.

Hay campesinos, artesanos o personas sin hábitos literarios que poseen una exacta intuición moral, profundidad afectiva o inteligencia práctica extraordinarias. No desearía identificar casi automáticamente “no leer” con “inferioridad espiritual”. Lamento si sueno socialmente estrecho o incluso involuntariamente soberbio

La gente que no lee acaba teniendo conversaciones extrañamente repetitivas. Sus ideas proceden casi siempre del ambiente inmediato, de la prensa o de lugares comunes sociales. Los libros introducen diferencias de temperatura en el espíritu. Sin literatura, la vida personal se vuelve sorprendentemente pobre en asociaciones y resonancias. No leer grandes libros produce una especie de provincialismo mental. La persona puede ser competente en asuntos prácticos y, sin embargo, permanecer intelectualmente subdesarrollada porque nunca ha aprendido a pensar fuera de su pequeño círculo temporal y social.

Cornaro 54

(Mi decadencia)

La conciencia de un insecto bulbiforme en el límite de su mezquindad. Un abismo donde gritar la falta de ternura, hundido en la somnolencia sin juicio. En el rostro macilento una especie de pudrición, como si cada falso perdón, cada ruina privada, cada palabra proferida desde la infancia, cada cobardía, cada infamia secreta hubiese ascendido lentamente a la superficie y quedado fijada allí para siempre. El hastío de una razón saturada de palabras-babosa, de palabras-hiena rojas , de frases-serpiente verdes. Un chirrido inarmónico debido a la esquizofrenia, un sobre-análisis donde la mente explota como una mina llena de grisú. La realidad insoportablemente dura. Las voces insultantes y el delirio móvil, demasiado real.

Cornaro 53

Los tontos hedimos. Olemos a caldosa sopa recalentada de puerros, a ropa húmeda y fría pegada a los muslos y a la espalda huesuda, a sudor resignado y esmegma agrio en los testículos. Los imbéciles hablamos mucho. Discutimos de moralina, politiquería y patriotismo de modo gris y pegajoso, devastando las ideas como una pared con yeso agrietado. La mayoría de vivos estamos hechos de esa materia blanda y satisfecha.

Soy un escritor adornado con una atropellada vanidad feroz. Un subnormal refranero y supersticioso. Con un cerebro que parece una habitación pobremente iluminada donde las ideas chocan unas contra otras como moscas gordas contra los cristales. Soy un retrasado que balbucea rotundos dogmas episcopales. Un mediocre sin matices ni vacilaciones, de perfume dulzón barato y pesado. Un idiota que ríe demasiado fuerte, construido enteramente por la telebasura y los lugares comunes. Alguien enfermo de incapacidad para la percepción y la lógica.

***

Éste que véis es Christian. Piel amarillenta, color de cera vieja, que apenas cubre la red de músculos fofos, descolgados, y vasos sanguíneos muy delgados; cabello castaño, casi negro, veteado de canas, corto e inconcebiblemente lustroso; y sus dientes de fumador picados, cariados, color sepia renegrida a la plancha; pero estos detalles no hacen sino confirmar de forma aterradora unos ojos aguados y ácidos que parecen casi del mismo color que las órbitas blanquecinas en que estaban hundidos. Unos labios anti-eróticos y rectos.

Proviene de la vida misma su estado de vulnerabilidad más crudo, como aquellos rostros de los moribundos de larga duración, con sus mejillas hundidas en un arrebol febril, que no eran ya humanos, sino mapas purulentos de una batalla bacteriológica. La enfermedad no era un accidente, sino una forma de existencia inferior y devastada. El cuerpo se volvía fangoso, los ojos brillaban con un agua antinatural, y el olor de la decadencia —ese aroma dulzón, parecido al de las manzanas podridas y el éter— flotaba en su covacha como un incienso de una divinidad azteca y sádica.

Voz de cripta y fiebre, como un detritus pastoso. Impulsos de conducta absurda. Cuello rígido y anfibio. Una razón donde borbotean trampas herméticas. Christian parece razonable unos pocos minutos, pero después aparece el desplante, la singularidad fatal, la frase incoherente e imposible dicha con absoluta naturalidad. Dentro de sí mismo le persigue su cráneo enfermo, como si las ideas sobre la realidad y sobre él se forjaran en una fragua a hierro candante. Un monstruo y un loco.

Cornaro 52

«El verdadero intelectual no es aquel que acumula datos en un rincón oscuro, sino aquel que, mediante el estudio de las letras humanas, logra que la sabiduría sea amable. Su función es actuar como el médico del espíritu de la sociedad, utilizando la ironía para señalar los vicios de los poderosos y la superstición del vulgo, sin perder jamás la elegancia del discurso», Erasmo.

«El filósofo [intelectual] es un hombre que camina por la noche, pero que es precedido por una antorcha. Su función es la observación y la duda. El intelectual no debe ser un esclavo de los sistemas, sino un buscador de la verdad que se atreve a decir: ‘No sé’. Su influencia radica en su capacidad para desmoronar los prejuicios que mantienen a la humanidad en la infancia», Diderot.

A mi juicio, la función del hombre de letras es pulir las aristas de la conversación social, haciendo que el conocimiento sea una moneda de cambio corriente para la mejora del ciudadano. Educar con la fuerza de su convicción, tener el coraje de contradecir la -frecuentemente equivocada- moda pública.

Frente a esta idea clásica, surgió la visión del intelectual como guardián de la belleza y, cómo expresarlo, a la forma y el pulimento individual. Nada de salvar el mundo, sino cultivar la exquisita, sedosa percepción. Una labor interna, de perfeccionamiento del espíritu. Escritores, artistas e intelectuales leales al desafío de los ojos.

Hoy los intelectuales están en las catacumbas, en celdas monacales, resistiéndose a la bastardización del lenguaje. Frente al paisaje devastado por la inmediatez, prácticamente desaparecieron, sustituidos insensiblemente por pensadores rápidos periodísticos y mediáticos.

El intelectual moderno, en resumidas cuentas, ya no es el que guía a las masas hacia la Bastilla, sino el que, en el silencio de su estudio, intenta que las palabras sigan significando algo en un mundo que solo entiende de estrépito y zambombazos.

Cornaro 51

Mi infancia fue un largo pasillo de alfombras espesas donde el cruel ruido del mundo exterior nunca llegaba. No conocía el precio de las cosas, pero conocía perfectamente el tacto del lino limpio y el brillo de la plata al atardecer. Vivíamos en una burbuja acolchada donde la única obligación era ser niño, protegidos por paredes que parecían exhalar una calma milenaria.

Era una infancia como la de Combray: una casa -más vasta para mis ojos infantiles de lo que seguramente fue en realidad- con sus techos altos y sus maderas enceradas. Había una paz -lentitud sedosa- que solo otorgan las estancias que no conocen la andrajosa celeridad. En el jardín, el tiempo no se medía en horas. El rastro del sol sobre el piso de mármol, y sobre la biblioteca, o sobre -mágicamente- los cortinajes de terciopelo. Fue una vida muy feliz, no por el oro en las molduras, sino por la luz que siempre parecía encontrar un camino hacia nosotros.

Mamá era la más bella de toda la mansión. Orden y roce de dedos en la barandilla. La recuerdo siempre envuelta en sedas que imitaban el movimiento del agua, caminando por los pasillos con una gracia que hacía que los techos altos parecieran diseñados solo para ella. No olía a cocina ni a esfuerzo; olía a nardos frescos y a ese perfume francés que se quedaba suspendido en el aire mucho después de que ella hubiera salido de la habitación. El tiempo no avanzaba. Su sola presencia era una garantía de que nada malo (que lo debió haber, pero mi memoria lo aniquiló del todo) podía cruzar el umbral de nuestra puerta.

Verla sentada largas horas en el solárium, con un libro en el regazo y esa expresión de paz absoluta, nos enseñó que la verdadera riqueza no era el dinero, sino la capacidad de habitar el tiempo con serenidad. Benevolencia. El corazón tibio del castillo. La risa cristalina que resonaba en el vestíbulo. La dignidad luminosa en su forma de querernos.

Cornaro 50

«Debes saber que el mundo ya ha envejecido y no se mantiene con el vigor de antes. Ya no tiene la fuerza ni el poder que solía tener. Esto lo dice el mundo mismo; lo proclama el declive de todas las cosas. Ya no hay tanta lluvia en invierno para alimentar las semillas, ni tanto calor en verano para madurar las cosechas. Las minas están agotadas y dan menos plata y oro; los campos están cansados y dan menos frutos. La justicia desaparece, la benevolencia se pierde, la disciplina se relaja. Todo lo que nace tiende al ocaso, y lo que ha crecido debe envejecer. No culpes a los cristianos de que las fuerzas del mundo fallen; culpa a la propia naturaleza del siglo, que se consume a sí misma, y a la impiedad de los hombres, que atrae el juicio de Dios sobre una creación que ya no tiene fuerzas para sostenerse», San Cipriano de Cartago, Patrologia Latina, Vol. 4, Col. 544-545

«Nosotros, los romanos, nos maravillamos de nuestra caída, cuando somos nosotros quienes la hemos provocado. Somos más viciosos que los bárbaros. Ellos son impuros, pero nosotros lo somos más bajo el nombre de la santidad. La civilización romana se muere, y sin embargo ríe. En las ciudades donde el enemigo acecha a las puertas, el pueblo sigue corriendo a los teatros ¿Dónde está la antigua virtud de Roma? Ha perecido la probidad, ha muerto la fe. El nombre de romano, que antes era tan respetado, es ahora algo despreciable. Nos desmoronamos bajo el peso de nuestras propias iniquidades. El Imperio se consume porque ha preferido sus placeres a su salvación; estamos muriendo y todavía pedimos pan y juegos, mientras el fuego ya consume nuestras casas», Saviano de Marsella, Patrologia Latina, Vol. 53, Col. 91-95.

«¿Dónde está el Senado? ¿Dónde está el pueblo? Los huesos se han secado, las dignidades se han desvanecido. Toda la pompa de las dignidades seculares se ha extinguido. Ya no vemos sino edificios derruidos y muros caídos. Y lo que vemos en las piedras, sucede en las almas. Ya no hay hombres que aspiren a lo grande; solo queda el rastro de una grandeza pasada. El mundo está lleno de espinas porque ya no hay quien cultive el jardín del espíritu. Roma, que antes era la señora de las naciones, es ahora como una viuda abandonada. Esta es la ley de la historia cuando se olvida lo eterno: la ciudad se convierte en un desierto, y el desierto entra en los corazones de los que quedan», San Gregorio Magno, Patrologia Latina, Vol. 76, Col. 1010.

«Llegará un tiempo en que el nombre romano, por el cual el mundo es ahora gobernado (horroriza decirlo, pero lo diré porque ha de suceder), será borrado de la tierra, y el poder volverá a Asia, y el Oriente volverá a dominar y el Occidente será reducido a servidumbre. La causa de esta desolación será que la justicia será odiada y la inocencia será perseguida. Los malvados dominarán a los buenos; no habrá ley, ni orden, ni disciplina militar. Nadie respetará las canas del anciano, ni el deber del hijo, ni la piedad del padre. Todo será confusión y guerra perpetua. Entonces el mundo estará verdaderamente exhausto, y los hombres buscarán la muerte y no la hallarán, pues la decadencia habrá llegado a su madurez amarga», Lactancio, Patrologia Latina, Vol. 6, Col. 788-789.

P.S. Mutatis mutandis, acaso valga el símil con la actualidad. Refugio en el placer ante la carencia de un propósito futuro, olvido de la tradición, manierismo (el estilo pesa más que la sustancia), reino de la cantidad frente a delicadeza de la calidad. Muere la memoria y la cultura se transforma en consumo y estéril burocracia. El lenguaje es un instrumento técnico, de mera mercadotecnia, no la «casa del ser». Vivimos en un presente amnésico: los jóvenes ya no sienten que lo que escribió Hesíodo, Tibulo, Petronio o Milton les concierna. La civilización que amo -que huele a cuero de biblioteca y a libertad- ha muerto. Como en las ruinas que pintaba Piranesi, somos enanos habitando palacios cuyas proporciones ya no comprendemos. Se lee poco y se lee mal. Perdimos la brújula de nuestra propia razón. La decadencia es el triunfo de la ignorancia satisfecha de sí misma.

Cornaro 49

No tengo talento para la escritura. Es una fatiga mental… Siento que lo que escribo es ilegible, plúmbeo, deslavazado, numeroso, sin valor. Me pregunto por qué sigo torturándome con este deseo de expresar algo que, claramente -sin asomo de duda- no sé cómo decir. Paso de la euforia al vacío más absoluto, convencido de que soy un fracaso o fraude o impostor total como artista.

Algunos de ustedes me halagan dada su generosidad, pero yo no soy un escritor. Me he estado engañando a mí mismo y a ustedes. Ojalá fuera bueno; no, no lo soy, estoy a años de luz de ser siquiera la sombra de la sombra de uno bueno. A veces, debido a esas fugas irreales de la mente y a la propia dramaturgia de la creación en crudo, creo que tengo un poquito de talento, pero luego, más reposado, apaciguado y enfriado el juicio, leo lo escrito y me doy cuenta de que es mediocre (soy una pulga en la espalda de los gigantes) Pero no sé callar, aunque el resultado, como es obvio, nunca está a la altura de lo que soñé.

Un escritor es alguien que tiene que ser muchas personas, lo que equivale a decir que no es nadie. Existe ese vacío en el centro, esa sensación de que uno es un impostor que simplemente ha aprendido a imitar las voces de los demás (o de los demás escritores) que el mundo ha terminado por creer que tiene una voz propia. A veces me siento frente al ordenador y siento que no tengo nada que decir, que todo lo anterior fue un truco de magia que ya no sé cómo hacer.