Tentativas 60

«Le moi est haïsable». Desdichadamente no sigo esa prudente observación. Soy un rentista pobre y puedo escribir sin preocupaciones pecuniarias.

Recuerdo los terciopelos carmesíes de las cortinas y la lámpara de araña de mi casa barcelonesa: cada prisma de cristal, pulido hasta una minuciosidad casi microscópica, no reflejaba simplemente la luz: la fragmentaba en epifanías. Ahora vivo en un pazo orensano desvencijado y que se cae a pedazos.

Creo que el dinero, respecto a la literatura, puede ser peligroso si contamina la forma. Balzac en «Pere Goriot»: «L’argent est la vie. L’argent fait tout. Il n’y a que l’argent qui compte. Sans argent, vous n’êtes rien; avec de l’argent, vous êtes tout», «El dinero es la vida. El dinero lo hace todo. No hay más que el dinero que importe. Sin dinero no eres nada; con dinero lo eres todo.» Pero, el dinero, sin talento, no es nada.

Follet escribe para que el lector pase páginas y para poder comprarse una mansión con varias piscinas. Nabokov porque el mundo, tal como se presenta, es insuficientemente preciso. La novela no refleja la realidad: la corrige mediante el detalle.

Mi opción es nabokoviana. Mi millón de euros es el recuerdo del esmalte de un huevo de Fabergé—de un verde que recordaba, con una precisión irritante, la superficie de ciertas hojas en mi infancia veraniega gallega— y que parecía vibrar bajo una luz íntima, como si contuviera una vida encerrada.

Tentativas 59

¿És una casualitat que un mateix país produeixi Isaac Newton, Robert Hooke, Robert Boyle i també Joseph Addison o Samuel Johnson? No ho he estudiat, i potser converteixo en veritat allò que no és sinó una conjectura; però la prevalença de l’experiment, de l’observació, del fet empíric i de l’anti-dogmatisme científic probablement influí en la «maniera» dels moralistes anglesos.

En els seus assaigs sobre la tradició anglesa (de Samuel Johnson a William Hazlitt), Frank Kermode insisteix que el moralista anglès no és un sistemàtic, sinó un observador de contingències, un lector del temps present més que no pas de l’eternitat (hi veig una nova ressonància de la ciència)

Cito:

«El moralista anglès no pretén fundar sistemes, sinó corregir il·lusions. La seva autoritat no prové d’una doctrina, sinó d’una atenció sostinguda als usos del món. […] No parla des d’una altura filosòfica, sinó des de l’experiència acumulada de la conversa, de l’assaig, de l’observació dels costums».

Kermode subratlla que aquests autors escriuen en una forma —l’assaig— que és provisional, revisable, oberta:

«La forma de l’assaig permet una moralitat que no s’imposa, sinó que se suggereix. […] Johnson, per exemple, no ofereix una ètica tancada, sinó una sèrie de judicis que han de ser constantment reconsiderats a la llum de noves circumstàncies».

Aquesta propensió empírica i conversacional, al meu entendre, prové de l’aire dels temps i de la influència de la revolució científica.

No gosaria afirmar una dependència directa, però sí una consonància profunda: la mateixa desconfiança envers els sistemes que impulsa l’experiment sembla modelar també la prosa del moralista.

Corregiu-me si m’equivoco, professor.

NOTA BENE: Gràcies per l’article, francament superb. I felicitats al professor Torralba pel llibre i pel premi.

Tentativas 58

Recomiendo la lectura u ojeo de: Stevenson, William D. Jr. «Elements of Power System Analysis». New York: McGraw-Hill, 1975. Y también: Portero Rodríguez, Juan José. «Líneas de alta tensión: ingeniería técnica industrial». Cartagena: Universidad Politécnica de Cartagena, 2009. Cubren el cálculo mecánico de apoyos (torres), el efecto corona, las cargas, las normativa y el diseño estructural. Ante las ilustraciones, ante tal irradiación de belleza de las torres eléctricas uno se queda boquiabierto y solo puede exclamar como San Buenaventura: “Pulchritudo est splendor formae super partes materiae proportionatas”, «Itinerarium mentis in Deum», II. “La belleza es el esplendor de la forma sobre las partes de la materia proporcionadas”.

También es apasionante la lectura de -escrita con una prosa de relojero prístina-: Vavilov, Nikolai I.: «The Origin, Variation, Immunity and Breeding of Cultivated Plants». Waltham, MA: Chronica Botanica, 1951. Una obra fundamental sobre el origen y la variedad del trigo.

Y, en un campo donde existe muy poca bibliografía, lean, si les apetece: Hoare, Syd. «A History of Judo». Yamagi Books, fecha variable. Obra de referencia histórica que intenta reconstruir el desarrollo del judo no solo como deporte, sino como fenómeno cultural, pedagógico y filosófico. El núcleo del libro es la interpretación de Kano: Seiryoku zen’yō (máxima eficiencia) y Jita kyōei (prosperidad mutua)

Me cuenta un amigo librero que, entre los pedidos por Internet, un día se contó uno de los libros más aburridos con los que se topó en mucho tiempo: «British Transport Film Library Catalogue since 1966» [Catálogo de películas sobre el trasporte público desde 1966] En sus páginas se incluyen títulos tan apasionantes como AC electric locomotive drivers procedures [Manual del maquinista de locomotoras eléctricas por corriente alterna], Service for Southend [Con servicio a Southend] y Snowdrift at Bleath Gill [Acumulaciones de nieve en Bleath Gill] Pese al sentir general, me comentaba, de que los libros sobre trenes son extremadamente aburridos, se encuentran entre los más vendidos en su tienda. Sus compradores son siempre hombres y la mayoría luce barba. Suelen ser clientes de lo más afables, quizá por el alborozo que sienten al descubrir el tamaño de la sección de libros sobre trenes en la librería de mi amigo, que comprende unos mil títulos.

Flaubert capta muy bien ese carácter del libro raro como objeto fuera del tiempo. Así nos dice: “Me gustan los libros extraños, raros, difíciles, aquellos que nadie lee. Hay en ellos un perfume particular, algo de moho y de eternidad, como si hubieran sido escritos para un lector que aún no ha nacido. Los libros comunes envejecen; los raros permanecen en suspenso”.

Hay una idea inquietante. La búsqueda supera a la lectura. El verdadero bibliófilo no ama los libros por su utilidad, sino por su rareza. El libro más precioso no es el que se lee, sino el que se busca. La posesión de un libro raro produce una emoción que la lectura rara vez iguala.

Es una fiebre que no conoce límites.

Tentativas 57

Freud, con acendrado sentido común, obsevó que los hombres no son criaturas apacibles, necesitadas de amor, que solo se defienden si se les ataca; al contrario, cuentan entre sus disposiciones instintivas con una buena porción de agresividad. Una agresividad que es una inclinación instintiva autónoma, originaria, que constituye el mayor obstáculo para la cultura. La cultura, insiste el vienés, se ve obligada a realizar enormes esfuerzos para poner límites a las tendencias agresivas del hombre mediante la interiorización de esa agresión. Pero esa represión no elimina la pulsión: la desplaza, la transforma, la acumula.

Nunca deberíamos olvidar el lema de Carl von Clausewitz acerca de que la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios. En su tratado clásico «De la guerra», La Esfera de los libros, escribe en la página 53: «En la guerra se entrelazan tres tendencias: la violencia original de su elemento, el odio y la enemistad; el juego del azar y la probabilidad; y su carácter de instrumento subordinado a la razón política. Estas tres tendencias están profundamente arraigadas en la naturaleza humana y no pueden ser eliminadas».

La violencia es uno de los elementos que gobierna nuestra naturaleza. La vida es esencialmente un campo de batalla. Demasiados hombres buscan necesariamente la resistencia, el peligro, el enemigo; y donde no lo encuentran, lo crean. Para nuestro oprobio, la guerra y la crueldad han sido siempre los grandes educadores de la humanidad. Mientras la naturaleza humana no cambie, el peligro de la guerra seguirá existiendo. No hay nada excepcional en la violencia colectiva: es la convergencia de mecanismos ordinarios del cerebro humano.

El gran biólogo Edward Wilson lo expresa con claridad: «La guerra, en el contexto evolutivo, no es una aberración cultural, sino una consecuencia recurrente de la forma en que la evolución ha moldeado nuestra sociabilidad. Somos, al mismo tiempo, la especie más altruista y la más destructiva».

Los seres humanos poseen múltiples sistemas psicológicos que pueden conducir a la violencia: la dominación, la venganza, el sadismo, la ideología. La paz no es el estado natural de la humanidad, sino un logro histórico muy frágil que requiere instituciones, normas y autocontrol. Sin estos frenos, las tendencias violentas pueden reaparecer con rapidez.

Las mazas, el inevitable lenguaje de los hombres.

Tentativas 56

Debiera hablar más de mi infancia; grullas coronadas (Baleiraca pavonina) Pero mucho mejor que ella, más estética, mi infancia se asemeja a la grulla siberiana, de la que habla Ánxos Eliano en «Zoología pintoresca», Ramón Sopena, Barcelona, 1950, pág. 132. De ellas es muy típica la danza nupcional, espectáculo verdaderamente excepcional.

Mi infancia, una buena tierra de labor. Como los loes arcillosos-calcáreos y limosos, continentales y de origen eólico. En esa época Iván IV disfrutaba de la compañía de mi familia.

Sitges, «bistrots» franceses y fútbol con los amigos. Por cierto, ¿por qué los deportes americanos populares no tienen portero?

Tentativas 55

Irene Montero, fascinación muy próxima al deseo, y alejada de la mera adhesión. Su figura pública -como Ayuso- no me persuade, sino que me envuelve con intensa voluptuosidad. Esa seducción de la tersura irregular y ambigua de un fruto. Y los labios cuidadosamente delineados con carmín escarlata, vibrando levemente con humedad brillante.

Me gusta cómo se mueve, cómo habla, cómo ocupa el espacio. Uno se sorprende atendiendo no a lo que dice, sino a cómo se desplaza dentro de lo que dice. La política, entonces, deja de ser una cuestión de ideas y se convierte en una euritmia. Y el espectador se descubre, en realidad, siguiendo ese ritmo, casi sin querer.

Je n’ai jamais été aussi amoureux d’une fille aussi charmante et un peu sotte.

Tentativas 54

Athanasius Kircher escribió, profético: «Malum, si rite intelligatur, non est oppositum bono, sed eius umbra necessaria; hic liber umbram in lucem convertit.», «El mal, si se comprende correctamente, no es lo opuesto al bien, sino su sombra necesaria; este libro [se refiere a un futuro libro rodeado de oros] convierte la sombra en luz».

En su obra «Mundus Subterraneus», refiere que, bajo un volcán, se encuentra un libro impreso sobre un papel de tina extraordinariamente denso, de tono marfil profundo con ligeras vetas ambarinas y encuadernación en piel oscura —no negra, sino de un marrón abisal con reflejos metálicos—, que está recorrida por bordados dorados que no responden a un motivo ornamental reconocible, sino a una suerte de cartografía simbólica: líneas sinuosas que se cruzan, se anudan, se interrumpen y reaparecen, como si trazaran el mapa de galerías invisibles. El oro no brilla de forma uniforme; en ciertas zonas parece apagarse, en otras concentrarse con una intensidad casi líquida, produciendo la impresión de un movimiento detenido.

Disculpen el barroquismo en la descripción. Me mimetizo con nuestro gran jesuita.

¿Se trata ese brillante libro del libro de Samanta Schweblin? El dictamen del doctor Ignaz von Pleyer (1813–1871), médico paracelsiano, natural de Linz, autor del tratado «De Libris Subterraneis et Morbis Imaginariis» (Viena, 1859), confirma la hipótesis.

NOTA BENE: Disculpen la fatigosa erudición.

Tentativas 53

Basta reunir a unos cuantos miles y ya no queda nadie. La persona desaparece, sustituida por un ruido continuo que no piensa, que no recuerda, que no distingue. El fútbol les ofrece lo que necesitan: un pretexto para gritar sin consecuencias, para odiar sin motivo preciso. No aman a su equipo; necesitan odiar al otro. Y en ese odio encuentran una forma de alivio, una economía miserable del sentimiento. Se insultan, se empujan, se golpean, y al día siguiente vuelven a su vida como si nada hubiera ocurrido. Es una válvula, sí, pero una válvula que no libera nada, que solo mantiene la presión.

«El estadio es una máquina de repetición. Los mismos cantos, las mismas palabras, las mismas injurias, una y otra vez, hasta que toda diferencia desaparece. No hay pensamiento posible en ese espacio: solo reiteración. Y la reiteración produce una ilusión de comunidad que no es tal, porque no está basada en nada compartido, sino en la coincidencia de una consigna. Los que participan en ese ritual creen formar parte de algo, pero en realidad se disuelven en una masa que no exige nada de ellos salvo su propia anulación», Noemí Chaudarcas.

El mal gusto no es la ausencia de gusto, sino su degradación. No consiste en no saber elegir, sino en elegir siempre lo más inmediato, lo más ruidoso, lo más evidente. En las multitudes, el gusto se simplifica hasta desaparecer: lo delicado se pierde, lo matizado se vuelve incomprensible. Solo queda lo que puede ser percibido sin esfuerzo. Y ese predominio de lo inmediato acaba por imponer una estética de la violencia, donde el exceso sustituye a la forma.

No vienen a ver el partido, vienen a vaciarse. Todo lo que han acumulado —frustración, hastío, insignificancia— lo expulsan en forma de grito. El balón es un pretexto, el estadio una cloaca autorizada. Allí pueden odiar sin consecuencias, insultar sin pensamiento, existir sin esfuerzo. Y cuanto más bajo es el grito, más satisfechos quedan. No buscan belleza ni siquiera victoria: buscan barullo, un barullo que los confirme.

La masa futbolística es especialmente reveladora porque no pretende nada. No hay en ella siquiera la ilusión de una idea. Es pura coincidencia de cuerpos, pura simultaneidad de gestos. Y sin embargo, quienes participan hablan de pasión, de identidad, de pertenencia. Palabras grandes para encubrir una experiencia mínima.

«El mal gusto no se limita a ser feo: es ofensivo. Invade, se impone, no deja espacio. En las multitudes, esa invasión se vuelve total: no hay posibilidad de retirarse, de mantener una distancia. Todo es inmediato, estridente, excesivo. Y ese exceso, lejos de ser riqueza, es pobreza concentrada», María Carballo.

Tentativas 52

-¿Cuál es tu idea de la felicidad perfecta?

-La emoción sin fisuras, la precisión de la textura y la luz, de estar con mamá en el hotel Casa Vilella de Sitges o con papá en el club náutico de Barcelona. Resucitar esos momentos me continúa dando vida.

-¿Cuál es tu mayor temor?

-El que me siga tuteando.

-¿Qué rasgo deploras más en ti mismo?

-Mi inteligencia. En cuanto uno intenta decir algo con precisión, todo se derrumba. La gente no quiere sutilezas, quiere sestear.

-¿Qué rasgo deploras más en los demás?

-Su pobreza.

-¿Cuál es la persona viva que más admiras?

-Netanyahu, y también a su hermano, uno de nuestros mejores historiadores.

-¿Cuál es tu mayor extravagancia?

-Las lenguas de flamenco. Un plato exquisito.

-¿Cuál es tu estado de ánimo actual?

-Ayer me quería suicidar.

-¿Cuál consideras que es la virtud más sobrevalorada?

-La caridad… ¡vaya palabra! Se la agitan delante de la miseria como si fuera un remedio, cuando no es más que un espectáculo.

-¿En qué ocasiones mientes?

-Nunca en mis análisis e informes al Mossad.

-¿Qué es lo que menos te gusta de tu apariencia?

-Los dedos gordezuelos. Temo que algún día me mimeticen con la prosa de Almudena Grandes.

-¿Qué persona viva te inspira mayor desprecio?

-A fuer de ser honestos, casi toda la humanidad. Por decir a uno pinturero, Rouco Varela, demonio en aspecto y en fondo.

-¿Qué cualidad te gustaría tener?

-La seguridad de un borrego como Sergio del Molino.

-¿Si pudieras cambiar una cosa de ti mismo, cuál sería?

-Tener dos falos.

-¿Cuál es tu mayor logro?

-Que me lea en secreto esa pasta de López Ibor de la reina Letizia, mujer muy dada a las veleidades del cuerpo, igual que su marido.

-¿Dónde te gustaría vivir?

-En una biblioteca.

-¿Cuál es tu posesión más preciada?

-Mis trajes. El tejido —lana peinada, a menudo worsted— presenta una superficie que no brilla, sino que absorbe la luz. Nunca en mi vida me puse un chándal.

-¿Cuál es tu ocupación favorita?

-Untarme con un delicado pincel el glande de mermelada y poner ahí una pequeña colonia de hormigas. El cosquilleo es delicioso.

-¿Cuál es tu rasgo más característico?

-La locura.

-¿Qué es lo que más valoras en tus amigos?

-No tengo amigos. Oiga, joven, además de tutearme, ¿por quién me ha tomado?

-¿Quiénes son tus escritores favoritos?

-Thomas Browne, Athanasius Kircher, Milorad Pavić, Longino, Tácito. Ellos y sus iguales. En otro tiempo, la formación literaria era inseparable de la formación del individuo; hoy es un adorno. Se lee literatura hemipléjica y mongola como la de Muñoz Molina, Aramburu, Rosa Montero, Elvira Sastre y demás detritos.

-¿Quién es tu héroe de ficción?

-Carlos Argentino Daneri

-¿Qué personajes históricos desprecias más?

-Aquiles. No es histórico, pero como si lo fuera. Era un completo hijo de puta.

-¿Qué hecho histórico aprecias más?

-La extinción de la raza humana.

-¿Cuál es tu nombre favorito?

-Alejo. La «j» golpea como una pelota de beisbol en el careto de un imbécil.

-¿Qué detestas por encima de todo?

-A los psiquiatras con pajarita. No hay duda de que ello indica que son unos completos perversos sexuales.

-¿Qué talento te gustaría tener?

-Contestar entrevistas estúpidas.

-¿Cómo te gustaría morir?

-Sobre todo con los calzoncillos limpios y en brazos de una feminista gorda.

-¿Cuál es tu lema?

-«Genoll d’aqui genoll d’allà… jo tenc caguera i no puc cagar!».

Tentativas 51

«Recuerdo el samovar no como un objeto, sino como una constelación de detalles: el brillo preciso del latón, ligeramente empañado en las zonas donde la mano lo tocaba; el sonido delicado, casi cristalino, del agua en ebullición; el aroma del té que se desplegaba lentamente, como una tinta en el agua. Había en él una exactitud que me fascinaba: cada parte cumplía su función con una elegancia silenciosa. Y sin embargo, lo que perdura en mi memoria no es su utilidad, sino su capacidad de fijar un instante, de hacerlo durar más allá de sí mismo, como si el tiempo, al pasar junto a él, se volviera momentáneamente visible», Nabokov.

Yo recuerdo el samovar de mi infancia, que papá nos trajo de San Petersburgo. El metal, pulido hasta un brillo cálido, no era uniforme: en su superficie se advertían leves variaciones, zonas donde el uso había atenuado el resplandor y otras donde la luz se concentraba con mayor intensidad. El grifo, pequeño y preciso, sobresalía con una elegancia funcional, y su llave giraba con una resistencia mínima, casi imperceptible. En la parte superior, la tapa encajaba con exactitud, coronada por un pequeño pomo oscuro, desgastado por el contacto repetido de los dedos. Todo en él estaba medido, dispuesto para durar. Cada pieza —asa, tapa, grifo— parecía haber sido concebida con una minuciosidad que rozaba la obsesión, como si el objeto aspirara a una perfección que, por su misma inutilidad, resultaba sospechosa.

Y recuerdo aquellas figuras de marfil por la precisión de sus contornos y por la particular temperatura que ofrecían al tacto: ni frías ni cálidas, sino ligeramente ajenas. Alineadas en la vitrina, ofrecían una imagen de orden y permanencia. Son obras que no se revelan de inmediato: exigen una mirada paciente, capaz de demorarse en las transiciones más delicadas.

Fui un niño muy rico. Ya tuve mi premio de un millón de euros hace cincuenta años.