Cyril 88

Borges: «Subrayar es una forma de vanidad secreta. El lector marca el libro como quien deja constancia de haber estado allí. A veces no subraya lo que ha entendido, sino aquello que teme olvidar. El exceso de subrayado revela una ansiedad: la de apropiarse del texto, la de fijar lo que por naturaleza es móvil. Un libro violentamente subrayado es, con frecuencia, un libro mal leído. Leer bien exige una modestia: aceptar que no todo puede ser retenido, que la memoria también debe elegir».

Subrayar puede ser útil cuando se hace con parsimonia, como una señal en el camino; pero cuando todo está marcado, nada lo está. El subrayado excesivo no es atención, es pánico. Es el miedo de perder una frase antes de haberla realmente poseído. El lector que subraya sin cesar se engaña a sí mismo creyendo que conserva el libro. En realidad, lo que conserva es solo la ilusión de haberlo comprendido.

Cuando todo está subrayado, nada ha sido leído.

El lápiz ansioso suele pensar más rápido que el lector.

Subrayar es confesar que no se confía en la memoria.

Subrayar sin parar es leer sin respirar.

Cyril 87

Marcel Proust

«Los libros que amamos no nos enseñan tanto a vivir como a reconocer lo que ya vivíamos confusamente. En ellos aprendemos nombres para emociones que no sabíamos formular. Mi educación sentimental no vino de la experiencia directa, sino de la lectura lenta, solitaria, donde el corazón se ejercita sin riesgo».

Fernando Pessoa

«He aprendido más sobre el amor leyendo que amando. Amar es confuso, contradictorio y torpe; leer es claro, aunque ilusorio. Los libros me enseñaron a sentir con precisión lo que la vida me ofrecía de forma caótica».

Gustave Flaubert

«La educación del corazón suele venir de la lectura, no de la vida. La vida nos hiere y nos empuja; los libros, en cambio, nos detienen y nos explican. Yo aprendí a desconfiar de mis emociones viviéndolas; las comprendí leyéndolas».

Stefan Zweig

«Mucho antes de atreverme a amar, ya había amado en los libros. Mi corazón fue educado por personajes imaginarios, más delicados y más extremos que las personas reales. Cuando llegó la experiencia, ya estaba cargada de memoria literaria».

Virginia Woolf

«Los libros nos enseñan a sentir sin obligarnos a actuar. En esa distancia está su poder. La educación sentimental que ofrecen es silenciosa, paciente y profundamente formativa».

Roland Barthes

«He recibido de la literatura una educación del deseo más rigurosa que la de la vida. Los libros no me dijeron qué debía sentir, sino cómo prestar atención a lo que sentía».

Emil Cioran

«La experiencia enseña mal y tarde. Los libros, al menos, enseñan sin destruir. Mi sensibilidad se formó leyendo; la vida se limitó a confirmar, con brutalidad, lo que ya sabía».

Albert Camus

«Antes de comprender a los hombres, los había leído. La literatura me dio una educación moral y sentimental que la vida, por sí sola, no ofrece».

Julien Green

«Haber aprendido a amar en los libros vuelve torpe la experiencia real. Nada está a la altura de lo leído. Pero esa decepción también es una forma de lucidez».

Susan Sontag

«La literatura no nos prepara para la felicidad, pero sí para la complejidad. Mi educación sentimental fue literaria: aprendí a desconfiar de las emociones simples».

Joseph Joubert

«Quien no ha sido educado sentimentalmente por los libros suele confundir intensidad con verdad. La lectura enseña a sentir despacio».

Cyril 86

Gustave Flaubert: «La estupidez consiste menos en ignorar que en opinar sobre lo que no se conoce. La manía de tomar partido es el vicio de las almas sin reposo. Tener una opinión se ha convertido en una forma de respetabilidad: se exige incluso cuando no hay pensamiento».

La opinión sustituye al pensamiento del mismo modo que el ruido sustituye a la música. Se opina para existir, no para conocer. La opinión es rápida, cómoda y tranquilizadora; la conciencia es lenta, incómoda y solitaria. Por eso la primera triunfa siempre. Opinar no es pensar: es repetir con énfasis lo que ya circula.

La obligación de opinar sobre todo es una forma de tiranía. El derecho a callar, a no saber todavía, a no decidir, es una de las últimas libertades del espíritu.

Cyril 85

Los días sin acontecimientos me parecen los más cercanos a la esencia de la existencia. No hay nada que contar, y precisamente por eso todo se vuelve interior. Cuando nada sucede, el espíritu se oye a sí mismo. Lo que ocurre cada día no interesa a nadie. Los periódicos hablan de lo excepcional, de lo que irrumpe. Pero la verdadera materia de la vida es lo que no merece ser contado: lo que se repite, lo que pasa desapercibido, lo que no deja huella. Es ahí donde vivimos. La mayor parte de la vida no está hecha de crisis ni de revelaciones, sino de horas neutras. Son esas horas las que sostienen todo lo demás.

Joseph Joubert: «Nada sucede: ese es el estado normal de la vida. Lo extraordinario es una interrupción. El espíritu que no sabe habitar la monotonía está condenado a buscar ruido». O bien Michel de Montaigne: «Mi vida ha sido común y sin brillo; por eso he podido observarla. Los grandes sucesos distraen. La costumbre, en cambio, instruye».

Cyril 84

Hablar de un libro propio en público es una forma de desnudez innecesaria. El libro ya ha dicho todo lo que podía decir; el autor, cuando habla, suele estorbar. Sin embargo, hay una cortesía social que exige esta ceremonia: el escritor se deja ver para que el libro pueda volver a ocultarse, dijo aproximadamente Canetti.

Hoy se presentaron tres de mis libros. Pese a llevar dos noches sin dormir, me encontré cómodo -ayudo mucho el co-presentador, mi maestro el sabio Vicente Gracia-, cómodo aunque sin mi chispa habitual. Toda presentación de un libro es un malentendido organizado. El público cree que se le va a explicar el libro; el autor sabe que el libro no se explica. Se habla entonces de otra cosa: de circunstancias, de anécdotas, de coartadas. El libro, mientras tanto, espera en silencio a que alguien lo lea.

Publicar un libro es un acto de confianza radical: confiar en que, en algún lugar, en algún momento, una mente desconocida se detendrá, leerá despacio y responderá en silencio. Toda presentación es apenas un prólogo social a ese encuentro íntimo. Virginia Woolf: «Un libro no empieza cuando se imprime ni termina cuando se cierra. Empieza cada vez que un lector lo abre con una expectativa, y termina de un modo distinto en cada conciencia. El autor sólo inaugura una posibilidad».

Cyril 83

Nieva. El paisaje hoy ha cambiado por completo el tono del día. Todo parece amortiguado, como si el mundo hubiera sido envuelto en algodón. Incluso los pensamientos llegan con retraso. Es curioso cómo el paisaje impone una forma de sentir: la nieve no adorna, apaga, y en ese apagarse hay una calma que no es alegría, sino suspensión. Lo blanco ha impuesto una clausura delicada. Todo invita a recogerse, a quedarse dentro, no solo de la casa sino de uno mismo. Es un silencio que no oprime, sino que protege. La nieve me obliga a escuchar lo que normalmente dejo pasar. Esta nevada cae sin esfuerzo, y eso es lo que más conmueve. No lucha contra nada. Simplemente se posa. El mundo, cubierto de nieve, parece por fin dispuesto a no exigirnos nada.

Cyril 82

Recuerdo las enfermedades de la infancia sobre todo por mi madre. No por palabras, sino por gestos repetidos: la mano en la frente, el agua fresca, la espera. Estar enfermo significaba regresar a un estado primitivo en el que alguien más se ocupaba de vivir por ti. Mamá velaba el sueño como si custodiara algo frágil. La enfermedad convertía la casa en un lugar más silencioso, más atento. Todo se organizaba alrededor del cuerpo débil, y esa atención era una forma de amor sin palabras.

Proust: «Cuando estaba enfermo, mi madre se sentaba junto a la cama y su presencia bastaba para que el sufrimiento se atenuase. No era tanto lo que hacía como el modo en que estaba allí: su voz baja, sus movimientos lentos, la manera en que acomodaba las sábanas. Todo el cuerpo encontraba reposo en esa vigilancia silenciosa. Sin ella, el dolor parecía más violento, más desordenado; con ella, incluso la fiebre obedecía».

Cyril 81

Fiebre, mareos, vómitos y malestar. El cuerpo enfermo aplana la mente. El pensamiento no puede organizarse porque el dolor reclama atención constante. El cuerpo habla sin cesar y no deja hablar a la frase. La fiebre no destruye la inteligencia, pero sí el tono, y sin tono no hay prosa posible. Todo lo que se escribe suena falso, descompuesto, sin respiración interna. El organismo enfermo introduce una disonancia que arruina la música de la frase. Uno no puede sostener una línea de pensamiento. Cada frase se corta antes de alcanzar su forma. La fisiología impone pausas arbitrarias, respiraciones falsas, interrupciones sin sentido. Escribir exige continuidad; la enfermedad introduce fragmentos sin orden.

Con fiebre no se puede escribir. No porque falten ideas, sino porque el cuerpo se interpone como un muro. Cada frase exige una fuerza que ya no existe. El pensamiento intenta avanzar, pero tropieza continuamente con el dolor, con el sudor, con la respiración irregular. El cuerpo no colabora: ocupa todo el espacio. Cuando estoy enfermo, no soy alguien que no escribe; soy alguien a quien se le ha retirado el permiso para hacerlo.

Cyril 80

Estimados amigos:

Muchas gracias por vuestra presencia en esta deliciosa madriguera o escondrijo o latebra de Moncho, lugar propicio para los más nefandos conciliábulos tenebrosos, y, uno de ellos, el más fatal, la presentación de estos libros míos, libros estúpidos satisfechos de su propia mendacidad, libros que se leen con dolor y se olvidan con alegría, libros de una vanidad temeraria (recordemos a Borges: «Un libro puede ser inútil, y aun así ser admirable. Pero un libro que pretende ser importante y no lo es, resulta intolerable. La vanidad literaria es una de las formas más tediosas del error humano. Preferiría releer una página honesta que cien libros convencidos de su trascendencia»)

Nada tedioso y muy admirable resulta el gozoso presentador de los mismos, el sabio humanista y científico Dr. Vicente Gracia. Me siento profundamente honrado y feliz, más allá de lo que pueden expresar el afecto y las palabras. Permítanme citar a Spinoza para retratar fielmente al Dr. Gracia: «El sabio no se lamenta ni se indigna: comprende. Su esfuerzo no consiste en juzgar a los hombres, sino en entender las causas que los determinan. En lugar de odiar, esclarece; en lugar de condenar, explica. La sabiduría no es indignación moral, sino inteligencia de la necesidad». Gracias por su generosidad maestro.

También quisiera agradecer a la editorial Elcercano y a su director, Moncho Conde Corbal, la paciencia inhumana por publicar mis mamotretos intraducibles incluso del español al español. E invitar a que se pasen por su catálogo excelso con nombres insignes excepto el de este menda que les habla con lengua pastosa, zaraspastrosa y casi ininteligible.

***

Seré breve. Compactaré en unos breves axiomas o apotegmas lo que yo creo que logran mis libros, sus intenciones y en qué fracasan:

(i) Su principal defecto es la prolijidad o expansividad no autocontenida. Hubiera podido agruparlos en categorías temáticas y lógicas, recortar lo redundante etc y así serían mucho más legibles. Incluso los libros que pertenecen a la especie caótica tienen un orden y unas reglas de distribución secretas. La entropía sin brida es mal compañero estético. Debiera haber dosificado su técnica de mosaico, acumulación de fragmentos, monólogo de conciencia, y haberme acogido a algunas sombras de la lógica clara y distinta. Esta técnica demasiado caótica de montaje implica que la forma que menos cansa a sus lectores sea leerlos de poco a poco, unas diez páginas un día, otras diez al día siguiente, y así sucesivamente. Leer como sorbitos de un vino espumoso. Leer los libros de corrido se hace farragoso, incluso para lectores experimentados. Mea culpa.

(ii) Mis deseos más lúbricos hubieran sido no escribir para decirles a los lectores qué deben pensar, sino para acompañarlos mientras piensan. El lector no como un discípulo, sino como un cómplice silencioso. De ahí la función de los cientos de citas.

(iii) Un autor solo pide a su lector una cosa: atención. No simpatía, no indulgencia, no aplauso. Atención absoluta. Todo lo demás es literatura secundaria. Permítanme decirlo así, a bocajarro. Pido a los dioses ser leído con cuidado, no al desgaire, no en zigzag. En esto soy consciente que voy a contrapelo de la época.

(iv) ¿Mi propósito más alto con mi obra, del que no logré apenas migajas? Permítanme cobijarme bajo la égida de mi maestro Proust: «Cada lector es, cuando lee, el lector de sí mismo. El libro no es más que un instrumento óptico que el autor ofrece para permitirle discernir lo que sin él quizá no habría visto. No te pido que me comprendas; te pido que te observes. Si el libro no te devuelve una imagen transformada de tu propia vida, no ha ocurrido nada».

(v) Busco en quien leyere inteligencia y memoria. No busco lágrimas ni simpatía. Busco que se mediten y se relean, no mis propias ideas, sino las ideas y la manera verbal de expresarlas en los trenes casi infinitos de citas que aparecen en ellos.

(vi) Busco en quien me lea lealtad a mi esfuerzo, cierta comprensión de la magnitud (seguramente en el fondo fallida) de la empresa.

(vii) No escribo para todos. Escribo para un lector muy concreto —tal vez inexistente—: alguien dispuesto a leer sin prisa, a releer, a tolerar la ambigüedad, a aceptar que no todo texto está para confirmar lo que uno ya piensa. Si ese lector existe, aunque sea uno solo, la escritura ya ha cumplido su función.

(viii) En el fondo, escribo porque creo que la forma es una forma de moral. Porque ordenar una frase es una manera modesta pero real de oponerse al caos. Porque mientras escribo, el mundo —por un instante— se vuelve legible.

(ix) Mis libros tienen fallos, muchos. Son libros obsesivos, reiterativos, a veces demasiado densos. No buscan la claridad pedagógica ni la seducción inmediata. A menudo exigen más de lo que dan. Lo sé, y no me disculpo del todo: esa dificultad forma parte de su ética. Prefiero un libro que incomode a uno que tranquilice.

(x) No creo en la escritura como entretenimiento ni como mercancía emocional. Creo en la escritura como forma de resistencia. Resistencia al ruido, a la prisa, a la simplificación moral. Mis libros piden algo que hoy casi nadie concede: tiempo, atención, lentitud. No prometen consuelo rápido ni felicidad prefabricada. Prometen, si acaso (y perdonen), lucidez.

(xi) Mis libros no nacen del deseo de agradar ni de convencer. Nacen de una necesidad más primaria: entender qué me pasa cuando el mundo pesa demasiado, cuando la realidad se vuelve invasiva, cuando el yo se fragmenta. Escribo para no desaparecer del todo. Para fijar algo que, si no se escribe, se disuelve.

(xii) Escribo porque no sé vivir de otro modo. No escribo para contar mi vida, sino para hacerla habitable. Para poner distancia entre el golpe y la herida. Para convertir la experiencia —que suele ser caótica, excesiva— en una forma.

***

Disculpen las imprudencias y la logorrea. Ustedes, amigos míos, «cercanos» del corazón, son el único lugar donde mi yo puede descansar sin vigilancia. Con ustedes no hay que representar ningún papel. Uno puede mostrarse incompleto, cansado, incluso mediocre. Aceptan lo que soy aún cuando tan a menudo estoy lejos de una versión ideal y a la altura necesaria.

Gracias desde lo más hondo de mí mismo. De veras.

Cyril 79

INFORME PSIQUIÁTRICO

Servicio: Psiquiatría de Adultos

Tipo de documento: Informe clínico descriptivo–longitudinal

Carácter: Evaluación psicopatológica narrativa

Paciente: Varón adulto

Edad: 5ª década de la vida

Estado civil: —

Nivel educativo: Superior

Contexto: Evaluación clínica prolongada, basada en entrevistas y observación indirecta reiterada

1. CONSTITUCIÓN GENERAL Y RESISTENCIA ORGÁNICA

El paciente presenta una resistencia orgánica y neuropsíquica notable, desproporcionada en relación con la carga de estrés acumulado a lo largo de su biografía. No se observan signos de deterioro cognitivo estructural ni de colapso funcional irreversible, pese a haber atravesado periodos prolongados de aislamiento extremo, hiperexigencia mental, privación afectiva y sobrecarga introspectiva.

Desde un punto de vista clínico, puede afirmarse que el sujeto ha sostenido durante décadas un nivel de presión psíquica que, en otros perfiles menos dotados de recursos internos, habría derivado en desorganización grave o claudicación psíquica total. Esta resistencia no es pasiva, sino activa: implica un trabajo constante de autorregulación.

2. ANTECEDENTES EVOLUTIVOS Y DESARROLLO PSÍQUICO

Adolescencia temprana (12–13 años)

Se describe un periodo de excitación psíquica insidiosa, caracterizado por:

Aceleración ideativa

Incremento de intereses abstractos e intelectuales

Sensación de hiperclaridad cognitiva

Desajuste progresivo con el entorno social normativo

Este periodo no fue reconocido ni contenido por el medio, lo que favoreció una evolución silenciosa hacia el colapso.

Crisis mayor (19 años)

A los 19 años se produce un breakdown psíquico: ruptura de los equilibrios adaptativos previos. No se trató de un episodio psicótico clásico, sino de un agotamiento global del sistema de regulación emocional y social, con retirada defensiva masiva.

Desde ese momento se instaura un patrón de encerramiento progresivo, que el propio paciente describe con rasgos “brutalistas”: no por déficit empático primario, sino por fatiga extrema frente a la violencia simbólica del grupo.

3. HISTORIA SOCIAL Y EXPERIENCIA DE EXCLUSIÓN

Durante el instituto y la universidad, el paciente permanece aislado casi por completo, sin integración grupal significativa. Refiere:

Humillaciones

Vejaciones

Maltrato psicológico sutil y persistente

Rechazo vinculado a la diferencia intelectual y de intereses

Desde un punto de vista clínico, no se observa incapacidad social primaria, sino rechazo consciente del “teatro social”, entendido como mendicidad afectiva o forzamiento identitario. El paciente decide no traicionarse para ser aceptado.

Sus intereses se orientan de forma intensa hacia:

Libros

Matemáticas

Historia

Literatura

Estudio solitario

No hay anhedonia primaria: hay desajuste entre el sistema de valores del paciente y el del grupo. La exclusión no fue buscada inicialmente, pero sí asumida posteriormente como mal menor.

4. SOLEDAD CRÓNICA Y SU DOBLE FILO

El paciente ha vivido casi cuatro décadas de soledad extrema, mitigada de forma decisiva por la presencia sostenida de la madre y la hermana (Noemí), figuras de anclaje afectivo fundamentales.

La soledad ha tenido un efecto paradójico:

Por un lado, productiva: permite concentración, pensamiento profundo, escritura, estructuración del yo.

Por otro, erosiva: reduce progresivamente la energía psíquica disponible para el disfrute de la alta cultura.

En contextos de aislamiento prolongado (p. ej., una o dos semanas en una aldea en invierno, con lluvia persistente y ausencia casi total de estímulos humanos), se describen fenómenos clínicamente relevantes:

5. HIPERSENSIBILIDAD A LA BANALIDAD Y REACTIVIDAD IRRITATIVA

El paciente experimenta una intolerancia extrema a los contenidos de baja densidad intelectual (televisión generalista, redes sociales, radio banal). Esta exposición desencadena:

Irritación intensa

Sensación de mendacidad intelectual

Vivencia de vanidad ajena como agresión

Aumento de la tensión interna

No se trata de soberbia patológica, sino de hipersensibilidad del sistema cognitivo a estímulos percibidos como vacíos o ruidosos.

Sin embargo, el sustituto natural —la alta cultura— se vuelve inaccesible en fases de agotamiento: falta la energía psíquica necesaria para procesar literatura exigente, música compleja o filosofía.

Se produce así un estado de doble bloqueo:

No puede tolerar la cultura banal.

No puede disfrutar la cultura elevada.

Resultado: estado de tensión sostenida, irascibilidad contenida y sensación de encierro sin salida simbólica.

6. FUNCIÓN TERAPÉUTICA DE LA ACTIVIDAD SOCIAL MÍNIMA

El paciente identifica correctamente que la actividad social necesaria no es conversacional ni performativa, sino:

Presencia humana

Mirada

Circulación entre cuerpos

Contacto visual no intrusivo

Escenas de humanidad ordinaria (supermercado, cafetería, botica)

Desde el punto de vista clínico, estos micro-contactos actúan como reguladores vegetativos y psíquicos, recordando al sujeto su pertenencia a la especie humana sin exigirle representación ni máscara.

7. LA ESCRITURA COMO ÚLTIMO ASIDERO

La escritura se ha convertido en:

Un dispositivo de supervivencia

Un órgano auxiliar de la conciencia

Un refugio último contra la disolución psíquica

No es escritura expresiva, sino escritura organizadora. Permite:

Reconstrucción del yo

Descarga de tensión sin colapso

Continuidad identitaria

Desde una perspectiva clínica, puede afirmarse que sin este recurso, el paciente habría sufrido una descomposición psíquica grave. La escritura no es un lujo ni una vocación secundaria: es una prótesis vital.

8. VALORACIÓN FINAL

Nos hallamos ante un sujeto de resistencia psíquica excepcional, con:

Alta conciencia de sí

Capacidad reflexiva intacta

Integridad moral fuerte

Vulnerabilidad elevada al ruido social y a la banalidad

No presenta rasgos de deterioro cognitivo ni psicosis activa. Sí muestra fatiga existencial profunda, hipersensibilidad intelectual y una dependencia funcional —saludable— de la escritura como regulador.

El pronóstico depende menos de la farmacología que de:

Ritmos de contacto humano mínimos pero constantes

Protección frente a la sobreexposición a estímulos banales

Conservación del espacio de escritura como zona sagrada de estabilidad

Conclusión clínica:

El paciente no está “roto”: está excesivamente entero en un mundo poco hospitalario para ciertas formas de lucidez. Su historia no es la de una fragilidad, sino la de una resistencia mantenida al borde del agotamiento, sostenida por inteligencia, ética y escritura.