Cornaro 116

Las palabras son las encarnaciones sutiles del pensamiento; son templos avivados del espíritu, y el filólogo que las ama de verdad no las mira como piezas de un mero museo zoológico o un gabinete de curiosidades, sino como seres vivos que palpitan, saltan, brincan, se enlazan, se amontonan, que tienen sangre y atrabilis, padecen y gozan. Cada palabra es un poema resumido, un monumento memorable y celestial de la historia humana, un sedimento de almas que pasaron. El verdadero amor a la gramática no es el amor a las reglas rígidas, sino el amor a la misteriosa corriente que une a los hombres a través de los siglos mediante el milagro de la voz humana vuelta letra fija.

La patria verdadera de un hombre es su biblioteca, es decir, una serie coordinada y elegante de palabras. La patria de un hombre está en el pensamiento y las palabras; un filólogo, un gramático, son custodios de lo mejor: el lenguaje. En cada palabra estudiada apuestan por la claridad y la libertad del hombre. A más palabras poseídas, más realidad.

Steiner: «El amor del filólogo por las palabras se asemeja al del amante que conoce cada línea, cada inflexión y cada secreto del cuerpo amado. Para el verdadero erudito de la lengua, no hay palabra pequeña ni término insignificante. Rastrear una etimología, comprender cómo un verbo ha cambiado de piel a lo largo de los siglos, es una de las aventuras espirituales más puras que le han sido dadas al hombre. La filología es, en última instancia, un acto de fe: la fe de que el lenguaje puede salvar la distancia entre los seres humanos, de que la palabra es el puente sobre el abismo del silencio».

Descanse en paz profesor Blecua.

Cornaro 115

«Si estás ocioso, no estés solo; si estás solo, no estés ocioso. La soledad es el caldo de cultivo de los pensamientos sombríos. El remedio para la melancolía no es la mera contemplación pasiva, sino el empleo vigoroso de la mente en tareas asignadas. La mente es como un molino: si no tiene grano que moler, se desgastará a sí misma», James Boswell, «La vida de Samuel Johnson».

El propio Johnson, en sus ensayos, insistía en que la regularidad del trabajo y el esfuerzo físico son los verdaderos diques contra la marea de la tristeza. Mañana dejo Cataluña y vuelvo a casa, a mi pazo orensano. Para sojuzgar la depresión, con voluntad férrea, me impondré jornadas maratonianas de lectura y largos paseos con la perra.

«La salud de la mente solo puede mantenerse mediante el movimiento constante. Los hombres que caen en la melancolía a menudo lo hacen porque han permitido que sus días carezcan de propósito, olvidando que la mente humana exige una tarea, un deber impuesto, un camino trazado que recorrer cada mañana, por pequeño que sea. El esfuerzo disipa las nieblas del alma», Samuel Johnson

Thoreau, el maestro de la vida rústica, describía el caminar no como un pasatiempo, sino como ejercicio espiritual:

«Creo que no puedo mantener mi salud y mis espíritus a menos que pase al menos cuatro horas al día —y a menudo más— deambulando por los bosques y por las colinas y campos, absolutamente libre de todas las obligaciones mundanas. […] Cuando caminamos, regresamos naturalmente a nosotros mismos. En la aldea y en el campo, cada rincón retiene una verdad antigua que las ciudades han olvidado.»

— Henry David Thoreau.

Y nuestro Unamuno:

«¡Qué gran purificador es el campo! Aquí, en la paz de la aldea, el alma se extiende y se sosiega. Los caminos nos llevan, no hacia la prisa del mundo, sino hacia el interior de nosotros mismos. Cada paso en la tierra húmeda, cada mirada al horizonte silencioso es un golpe de hacha contra los nudos que nos atan a la tristeza cotidiana. En el campo, el tiempo no corre, se remansa».

Y el pazo como refugio y fortaleza:

«Aquella vida de la aldea, tan uniforme y monótona en apariencia, posee una intensidad oculta que solo perciben quienes se entregan a ella. El pazo, con sus muros curtidos por el musgo y el invierno, no es una prisión, sino una fortaleza contra el ruido del siglo. Allí, entre los árboles centenarios y el lamento del viento, el hombre aprende a dialogar con su propia sombra y a encontrar la paz en la santa rutina de la tierra», Emilia Pardo Bazán.

Horarios estrictos, lecturas y paseos. Como Johnson, recordaré que la disciplina no es una cárcel, sino la armadura que elegimos para que la melancolía no gane la partida.

Cornaro 114

Las cuatro de la mañana. Vino la noche agria y jugosa de la primavera; una noche azul, con un azul denso de vidrio de hiedra, sahumada de azahar y de hierbas húmedas. Se sentía el escalofrío de la tierra que se abría para recibir el jugo de la vida nueva. La oscuridad no era negra, sino un soplo purpúreo y tibio; y las estrellas parecían temblar más cerca, bajas, doradas, casi sumergidas. Se oía el lamento nítido, de cristal roto, de los sapillos ocultos, y el fluir del agua en la acequia, un fluir que parecía llevarse el aroma de los pétalos caídos. Todo en la noche respiraba con una fijeza sagrada, una voluptuosidad madura que pesaba en los párpados y en el pecho. Una noche de primeros de junio, limpia, diáfana, de un azul profundo. Por las ventanas abiertas entra el olor fino, silvestre, de los campos de trigo verdes. El aire es blando, algo frío; trae una tibieza nueva que invita a la ensoñación. En el cielo, las estrellas centellean con una fijeza limpia, sin parpadear. En estos momentos, la vida parece detenerse; las cosas vulgares —una silla de paja, un libro abierto— adquieren una categoría misteriosa y eterna bajo la luz de la luna que empieza a platear las techumbres.

Primavera de una serenidad maravillosa. En el fondo del jardín zumban los lepidópteros, y el aire, impregnado de la fragancia de los laureles, tiene una tibieza mágica. La luna, que empieza a declinar, pone un vago resplandor de plata en las copas de los pinos. El laberinto de helechos está lleno de susurros misteriosos, de quejas sutiles. Una ráfaga de viento, blanda y aromada, hace estremecer el follaje, y caen sobre mi frente algunas gotas de rocío, frías como lágrimas. Noches de junio que no conocen la verdadera oscuridad; son más bien una prolongación crepuscular, un vidrio ahumado a través del cual el mundo aparece despojado de sus ángulos ásperos. El aire de la noche primaveral posee una cualidad líquida, casi fría, un sabor a leves nieves derretidas que estallan en la penumbra. Desde mi ventana, el jardín parece suspendido en un vacío. El silencio es tan agudo que se puede oír el leve chasquido de una hoja al desplegarse. Es una atmósfera cargada de expectación y delicia.

Cornaro 113

«La vida no consiste en respirar, sino en obrar. […] Vivir es no estar sometido a la necesidad, y la necesidad se puede romper por muchos lados. […] ¿Preguntas por el camino que lleva a la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo», Séneca.

«El suicida quiere la vida, y solo está descontento de las condiciones en que la misma se le presenta. Por consiguiente, al destruir su cuerpo no destruye en modo alguno su voluntad de vivir; al contrario, es una manifestación violenta y enérgica de esa voluntad», Schopenhauer.

«Se nos dice que el suicidio es el acto de mayor cobardía… que es un crimen, cuando resulta evidente que no hay nada en el mundo a lo que cada hombre tenga un título más inexpugnable que a su propia vida y a su propia persona. […] Cuando los terrores de la vida llegan a sobrepujar a los terrores de la muerte, el hombre pone fin a su vida. Tan pronto como las desdichas de la vida o el dolor que nos acecha superan el temor a la muerte, el suicidio se convierte en una solución natural. El hombre destruye su cuerpo porque el sufrimiento del espíritu se ha vuelto insoportable, y prefiere la nada antes que la continuación de una agonía sin sentido», Arthur Schopenhauer.

«Uno no decide morir de la noche a la mañana; es un trabajo lento, una erosión. Llega un momento en que el dolor de existir se vuelve tan monótono y predecible que la muerte aparece como la única novedad posible, la única acción pura que nos queda por realizar para recuperar el control sobre nuestro propio destino», Pavese.

«Si la vida humana fuera una posesión tan sagrada que fuera una ofensa alterarla, sería igualmente criminal preservar la vida como destruirla. Pero la providencia nos ha dejado libre albedrío. Cuando el dolor, la edad o la desgracia hacen que la vida sea una carga, el suicidio es el recurso que la naturaleza nos ofrece. Un hombre que se retira de la vida no hace daño a la sociedad; solo deja de hacerle un bien, si es que aún podía hacérselo. ¿Por qué debería prolongar mi miseria solo para no alterar el orden de las cosas? Cuando ya no soy útil, cuando mi existencia es solo un cúmulo de sufrimientos para mí y una pena para quienes me rodean, el suicidio se presenta no solo como una solución aceptable, sino como el acto más prudente y libre que un ser racional puede ejecutar», Hume.

«La muerte voluntaria existe y nos libra, nos rescata del ser convertido en fardo pesado, y del ex-sistere, que ya solo es angustia. […] Quien decide levantar la mano sobre sí mismo no lo hace por un capricho; lo hace porque el espacio de su vida se ha estrechado tanto que ya no puede respirar en él. La sociedad considera este acto como una enfermedad o una cobardía, una rebelión contra las leyes del Estado o de la naturaleza. Pero se equivocan: es el único acto en el que el ser humano, completamente despojado de su dignidad por el sufrimiento, recupera su soberanía absoluta. Es el derecho a decir «no» cuando el mundo te exige un «sí» a costa de tu propia destrucción interior», Jean Améry.

«La historia de una vida es siempre la historia de un sufrimiento ineludible y certero. Dios, sobrepasado por su propio ser, quiso la absoluta nada, el nihil negativum; deseó exterminarse completamente y dejar de existir, y de ese acto de fragmentación nació nuestro mundo. Por lo tanto, el universo entero tiene una meta clara: el no-ser. El hombre que sufre y que, con plena lucidez, decide poner fin a su vida, no está cometiendo un error ni un acto de debilidad. Al contrario, está sintonizando su voluntad con la corriente fundamental del universo. El suicidio es la vía de la redención individual; es el acto mediante el cual la criatura cansada rompe las cadenas del deseo y del dolor, devolviendo su fuerza a la santa paz de la nada original», Philipp Mainländer.

«Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado. […] El derecho a elegir el momento de la propia desaparición es el único privilegio que nos eleva por encima de los animales y de las marionetas del destino. Saber que existe esa salida, que la puerta nunca está cerrada con llave, le da a la mente una calma extraña en medio de los peores tormentos. El suicidio no es una derrota; es una victoria sobre la fatalidad de haber nacido. Es el consuelo supremo de los lúcidos: la certeza de que, si el fardo de los días se vuelve del todo intolerable, basta un solo gesto soberano para disolver el mundo entero en el olvido», Cioran.

Cornaro 112

Samuel Johnson describía su depresión como una «horrible hipocondría» y una «miseria» que paralizaba su mente. Para rehuirla, predicaba la importancia de mantener la mente ocupada para evitar el aislamiento y el desespero:

«Acumuló tal fuerza [su depresión] en mi vigésimo año, como para afligirme de una manera espantosa. Me sentí abrumado por una horrible hipocondría, con irritación perpetua… y con un abatimiento, pesadumbre y desesperación que hacían de la existencia una miseria».

Su principal antídoto era la actividad constante y la socialización. Creía firmemente en la escritura continua y en forzarse a participar activamente en la vida pública y literaria. En su diccionario y ensayos, enfatizó cómo la disciplina, el trabajo arduo y la compañía de otros logran dispersar la niebla de los pensamientos oscuros. Boswell, J. (1791). The Life of Samuel Johnson, LL.D. (Edición de G.B. Hill, 1887, reeditada). Oxford: Clarendon Press. (Sección correspondiente al año 1729 / Aetatis 20)

Leopardi:

«He llegado a perder todo sentimiento… Y lo que es peor, he perdido la esperanza. Ya no me atrevo a esperar nada… Este estado es mil veces más doloroso que las lágrimas, el dolor, la desesperación»

«He pasado años tan llenos de amargura que parece imposible que cosas peores me sucedan; sin embargo, no me desesperaré incluso si mis sufrimientos aumentan… He nacido para la resistencia.»

«A todo esto se añade la obstinada, negra y bárbara melancolía que me devora y me destruye, que se nutre del estudio y, sin embargo, aumenta cuando lo abandono. Mi mala salud me hace infeliz, porque no soy un filósofo que desprecie la vida… Otra cosa que me hace infeliz es el pensamiento», Leopardi, G. (1898). Zibaldone di pensieri (Edición crítica de F. Flora, 1947). Milán: Arnoldo Mondadori Editore.

Darwin:»Pero me siento muy mal hoy, y muy estúpido, y odio a todos y a todo. Uno vive sólo para cometer errores», Carta a Charles Lyell, 1861.

Van Gogh: «Querido hermano, como siento la necesidad de hablar con franqueza, no puedo ocultarte que estoy embargado por un sentimiento de gran ansiedad, depresión… y si no puedo encontrar consuelo, será demasiado abrumador», Carta a Theo, 1883.

«Ningún hombre puede hacer otra cosa que lo que le dicta su instinto más íntimo, su más íntimo anhelo. Pero ¡qué camino tan largo, qué confuso y lleno de errores es el que va desde la ignorancia y el sufrimiento de esa oscura aspiración hasta el reconocimiento de la propia voluntad! […] Y la verdadera desdicha del hombre estriba cabalmente en el terror ante sí mismo, en el camino que conduce a su propia interioridad», Hesse, H. (1919). Demian (trad. J. J. Solar). Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

Cornaro 111

Los animales se alimentan; el hombre come; solo el hombre inteligente sabe comer. La frase puede sonar aristocrática, pero contiene una intuición vigente: la alimentación nunca ha sido únicamente una cuestión biológica. Es también una cuestión cultural, moral y de tiempo. Hemos confundido alimentar el cuerpo con llenar el estómago. Una cultura que pierde el sentido del gusto, que confunde la velocidad con el progreso, que acepta la estandarización del alimento como una fatalidad inevitable, es una cultura que se encamina hacia su propia extinción sensorial. Hemos esclavizado el tiempo y, al hacerlo, nos hemos convertido en esclavos de la prisa, incluso a la hora de sentarnos a la mesa.

Ah el bacalao, el gran viajero de los mares fríos, el pez de plata que trajo a nuestras tierras la sal de la devoción y la necesidad. Admite tantas preparaciones que casi podríamos decir que no hay una, sino mil cocinas del bacalao. Desde el «bacallà a la llauna» hasta la clásica brandada, el bacalao tiene un sabor profundo y característico que exige nobleza. En sus preparaciones, la sal no es un mero conservante, es el alma misma que se despierta al contacto con el aceite de oliva, el ajo y el murmullo paciente del fuego lento.

O un » pa amb tomàquet», aparentemente tan elemental. Precisa un buen pan de payés elaborado con buenas harinas, fermentaciones adecuadas, procesos lentos, el saber hacer del maestro panadero y una forma de elaboración que ha permanecido inalterable durante más de cien años (el pan de Reus es aquí especialmente memorable) De tomates existen más de quinientas variedades. En esta parte del territorio, los más adecuados para preparar un buen pan con tomate son los llamados tomates de colgar: los tomacons o tomates de ramillete. Durante el invierno también se utilizan para cocinar. Son pequeños y redondeados, de color rojizo, rosado o anaranjado. Se trata de variedades autóctonas de Cataluña, Mallorca, Murcia y Almería. Se debe romper el tomate en la corteza del pan, arrastrándolo y untándolo para después poner el aceite y la sal.

Una nota erudita de mi muy admirado Néstor Luján: cita: «Ttemmpura viene de “ad tempora” de Cuaresma, o sea, que quiere decir que es pescado cuaresmal. Apenas sí ha tenido transformación la palabra, como ustedes pueden comprobar «.

Todo ello conspira contra la veloz comida ultraprocesada. A propósito de esto viene bien abotonada una cita de Wendell Berry: ​»Los ciudadanos de la era industrial ya no saben lo que comen. El consumidor medio es un ignorante pacífico, un receptor pasivo, cuyo único papel es abrir la boca y tragar. Comer se ha convertido en un acto de pura abstracción, desconectado de la tierra, de los animales y del trabajo humano. Alguien compra comida procesada en un paquete y cree que la comida viene de la fábrica. Eso es el fin de la libertad.»

Cornaro 110

No comas nada que tu bisabuela no reconocería como comida. Curiosa es nuestra época: Hemos aprendido a dedicar horas a ganar dinero y minutos a alimentarnos. Se han invertido las prioridades. Me parece evidente que debemos proteger las tradiciones alimentarias y devolver dignidad al acto de comer; aspectos ambos que soninseparables. El alimento no es una mercancía cualquiera; es cultura, identidad y memoria. La paradoja es clara: nunca hubo tanta información nutricional disponible y, sin embargo, buena parte de la población desconoce cómo cocinar un puñado de legumbres o preparar un caldo sencillo.

Nada mejor que un buen bacalao. Ah aquel bacalao que tenía un sabor característico y profundo, que se dilataba en la boca, y era pez viajero, el pez de los caminos, que subía a las villas del interior en los carros de los arrieros, salado y tieso como una tabla, y que en las cocinas recobra, al remojo, la carne viva y lascas nacaradas. Admite el ajo, el pimentón, las uvas pasas, las nueces, el aceite de oliva a raudales, la cebolla. Y eso por no hablar del aparentemente elemental «pa amb tomàquet «; ello exige una liturgia: el tomate debe ser maduro, pero de colgar, que es el único que conserva la pulpa en sazón… El pan, de payés, tostado a la brasa o sobre el fuego directo. Frotar el ajo. Luego el tomate, restregado con furia hasta que la pulpa quede incrustada en los poros del pan. Un hilo de aceite, un pellizco de sal. Y voilà….

La cocina del arroz es, generalmente, una cocina de reloj. El arroz exige una atención constante, una vigilancia activa, una mirada continua. El procedimiento es muy sencillo: se trata de hacer un buen sofrito, de poner el agua —o el caldo— en la proporción exacta (calculando más bien de más que de menos, para que el resultado sea un arroz caldoso, que es la forma más agradable y digestiva de comerlo), de echar el arroz en el momento en que el líquido hierve y de estar atento al tiempo que debe permanecer al fuego. Un arroz pasado es un arroz comestible, pero carente de cualquier interés. Esto conspira contra la moda ultraprocesada. Tipo de alimento que secuestra el paladar a través de la combinación infernal de grasa, sal y azúcar.

Carlo Petrini, lleva décadas advirtiendo que este desprecio por el tiempo destruye nuestra cultura y nuestra salud. En su obra fundamental «Bueno, limpio y justo, Petrini escribe: «Una cultura que pierde el sentido del gusto, que confunde la velocidad con el progreso, que acepta la estandarización del alimento como una fatalidad inevitable, es una cultura que se encamina hacia su propia extinción sensorial. Hemos esclavizado el tiempo y, al hacerlo, nos hemos convertido en esclavos de la prisa, incluso a la hora de sentarnos a la mesa».

Wendell Berry: «Los ciudadanos de la era industrial ya no saben lo que comen. El consumidor medio es un ignorante pacífico, un receptor pasivo, cuyo único papel es abrir la boca y tragar. Comer se ha convertido en un acto de pura abstracción, desconectado de la tierra, de los animales y del trabajo humano. Alguien compra comida procesada en un paquete y cree que la comida viene de la fábrica. Eso es el fin de la libertad».

Cornaro 109

Frater Aelredus de Rupibus Nigricantibus (c. 1090-1158), monje benedictino del priorato de San Miguel de las Rocas Negras, situado —según una crónica igualmente perdida— en una garganta boscosa junto al curso alto del río Sûre, entre la actual Luxemburgo y las Ardenas.

Patrologia Latina, vol. CCXVII, col. 1347:

«Mundus onus est et ego eius addictus servus. Quotidie ad eandem rotam redigo, et quotidie magis frangor. Nihil iam cupio nisi discedere. Non sustineo amplius vel momentum unum huius morae. Dies ipsi graviores fiunt quam lapides molendini. Si Dominus aperiret hodie portam silentii, nudis pedibus et sine respicientia intrarem. Non odio creaturae, sed lassitudine peregrinationis. Nam terra tota mihi videtur diversorium fumosum viatorum aegrotantium».

«El mundo es una carga y yo soy su siervo adicto. Cada día vuelvo a la misma rueda, y cada día me quiebro un poco más. Ya no deseo nada salvo partir. No soporto ni un instante más esta demora. Los días se vuelven más pesados que las piedras del molino. Si el Señor abriera hoy la puerta del silencio, entraría descalzo y sin volver la vista atrás. No por odio a la creación, sino por cansancio del viaje. Toda la tierra me parece una posada humeante llena de viajeros enfermos».

***

Ernest Dowson, de vida autodestructiva, no se suicidó técnicamente (murió joven tras años de alcoholismo y deterioro), pero es una de las voces más próximas al sentimiento de agotamiento del mundo. En su poema «Vitae Summa Brevis Spem Nos Vetat Incohare Longam» (1896) escribió:

They are not long, the days of wine and roses:
Out of a misty dream
Our path emerges for a while, then closes
Within a dream.

«No duran mucho los días de vino y rosas:
de un sueño nebuloso
nuestro camino emerge por un instante,
y luego vuelve a cerrarse
dentro de un sueño».

***

James Thomson, poeta escocés del siglo XIX, autor de «The City of Dreadful Night». Allí describe una ciudad metafísica donde la esperanza ha muerto y donde los hombres continúan viviendo por pura inercia. Su obra entera parece escrita desde la convicción de que la existencia es una larga fatiga.

«La luz sigue brillando sobre las calles, pero ya no ilumina nada. Los hombres caminan, hablan y comercian; sin embargo, todos parecen haber olvidado por qué continúan haciéndolo. La vida prosigue por costumbre, no por esperanza».

Cornaro 108

Disculpen lo obsesivo, lo muy quejica y llorica. La ciudad, los medios, emiten su radiación de diarrea concreta y abstracta. No puedo más.

Domingo. Calor. Hojeo sin interés alguno los montones de libros comprados: por ejemplo dos tomos de las obras completas de Azorín en Aguilar -siguen siendo una de las grandes gangas bibliográficas españolas. Encuadernación en piel flexible color burdeos o verde oscuro. Hierros dorados en lomo y planos. Papel biblia. Entre 1.500 y 2.000 páginas por volumen. Formato octavo mayor. Leo una página, media página, un párrafo, y soy derrotado.

Los movimientos anímicos son muy gravosos. Océano de dolores y sufrimientos. El sufrimiento aumenta cuando te vigilas constantemente a ti mismo. Cuanto más intentas obligarte a estar bien, más te angustias por no conseguirlo. En lugar de combatir cada emoción, debes soportar cierta cuota de oscuridad sin convertirla en el centro absoluto de la conciencia. Gravedad interior que vuelve costa arriba las cosas que se aman.

Samuel Johnson, que sufrió episodios depresivos severos durante toda su vida, hablaba de una lucha continua contra los pensamientos oscuros. Sus contemporáneos observaron que se imponía ocupaciones incesantes, caminatas obsesivas, lecturas interminables, porque detenerse significaba exponerse a la presión de sus propios pensamientos. Incluso llegó a contemplar el suicidio en algunos momentos.

Cornaro 107

«Para la persona que está bajo la campana de cristal, vacía y congelada como un bebé muerto, el mundo mismo es un mal sueño», Sylvia Plath.

«Me sentía muy quieta y vacía, tal como debe sentirse el ojo de un tornado, moviéndose pesadamente en el centro de la conmoción que lo rodea. No hay nada más agotador que la pereza mental; el no poder ordenar tus pensamientos, el no poder escribir, el sentirte excluida de todo lo demás. Y vi mi vida abriéndose ante mí como las ramas verdes de la higuera… Una rama era un marido y un hogar feliz e hijos, y otra rama era un poeta famoso, y otra era un brillante profesor. Quería cada una de ellas, pero elegir una significaba perder todas las demás, y, mientras estaba allí sentada, incapaz de decidirme, las ramas empezaron a arrugarse y a volverse negras, y, una a una, cayeron al suelo a mis pies», Plath.

«Disfruto casi de todo. Sin embargo, tengo algún buscador incansable dentro de mí ¿Por qué no hay un descubrimiento en la vida? ¿Algo que uno pueda tocar con las manos y decir ‘esto es’? Mi depresión es una sensación de acoso. Estoy buscando: pero eso no es todo, eso no es todo. ¿Qué es? ¿Y moriré antes de encontrarlo?», Virginia Woolf.

«Estoy constantemente tratando de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable, de hablar sobre algo que solo siento en mis huesos y que solo puede ser experimentado en esos huesos. Básicamente, no es más que este miedo del que hemos hablado tan a menudo, pero el miedo se extiende a todo, miedo de lo más grande como de lo más pequeño, miedo, parálisis, miedo de pronunciar una palabra», Kafka.

«La persona llamada “psicóticamente deprimida” que intenta suicidarse no lo hace por “desesperanza” o por alguna convicción abstracta de que los bienes y los débitos de la vida no cuadran. Y seguramente no porque la muerte parezca repentinamente atractiva. La persona en quien Su agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se suicidará de la misma manera que una persona atrapada eventualmente saltará desde la ventana de un rascacielos en llamas. No se equivoque acerca de las personas que saltan desde ventanas en llamas. Su terror a caer desde una gran altura sigue siendo tan grande como lo sería para ti o para mí, de pie especulativamente frente a la misma ventana, contemplando la vista; es decir, el miedo a caer sigue siendo una constante. La variable aquí es el otro terror, las llamas del fuego: cuando las llamas se acercan lo suficiente, caer hasta morir se convierte en el un poco menos terrible de dos terrores. No es desear la caída; es el terror de las llamas. Y, sin embargo, nadie que esté en la acera, mirando hacia arriba y gritando “¡No lo hagas!” y “¡Espera!”, puede entender el salto. No precisamente. Tendrías que haber estado atrapado personalmente y haber sentido las llamas para comprender realmente un terror que va mucho más allá de la caída”, Forster Wallace.

«Los sentimientos que más duelen, las emociones que más pican, son aquellas que son absurdas: el anhelo por lo imposible, precisamente porque es imposible; la nostalgia por lo que nunca fue; el deseo de lo que podría haber sido; el arrepentimiento por no ser otra persona; la insatisfacción con la existencia del mundo. Todos estos medios tonos de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje doloroso, un ocaso eterno de lo que somos», Fernando Pessoa.

«Lo peor es preguntarse cómo encontrarás la fuerza mañana para seguir haciendo lo que hiciste hoy y has estado haciendo durante demasiado tiempo, dónde encontrarás la fuerza para toda esa tonta carrera, esos proyectos que no llevan a nada, esos intentos de escapar de la necesidad aplastante, que siempre fracasan y solo sirven para convencerte una vez más de que el destino es implacable, que cada noche te encontrará abatido, aplastado por el miedo a más y más mañanas sórdidas e inseguras. Y tal vez sea la traicionera vejez que se acerca, amenazando lo peor. No queda mucha música dentro de nosotros para que la vida baile. Nuestra juventud se ha ido a los confines de la tierra para morir en el silencio de la verdad. Y ¿a dónde, te pregunto, puede escapar un hombre, cuando no le queda suficiente locura dentro? La verdad es una agonía de muerte sin fin. La verdad es la muerte. Tienes que elegir: muerte o mentiras. Nunca he podido suicidarme”, Louis-Ferdinand Céline.

“…Te doy el mausoleo de toda esperanza y deseo… Te lo doy no para que recuerdes el tiempo, sino para que puedas olvidarlo de vez en cuando por un momento y no gastes todo tu aliento tratando de conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana, dijo. Ni siquiera se libran. El campo solo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y tontos”, William Faulkner.

«Sí, de repente lo vi claro: la mayoría de la gente se engaña a sí misma con un par de creencias: creen en la memoria eterna (de personas, cosas, hechos, naciones) y en la posibilidad de reparación (de hechos, errores, pecados, injusticias). Ambas son falsas creencias. En realidad, lo contrario es cierto: todo será olvidado y nada será reparado. La tarea de obtener reparación (por venganza o por perdón) será asumida por el olvido. Nadie reparará las injusticias que se han cometido, pero todas las injusticias serán olvidadas», Kundera.