Charles 50

Soy una «rat de bibliothèque». En Don Quijote de la Mancha, Cervantes crea quizá la sátira más famosa contra la vida absorbida por los libros. El hidalgo enloquece por leer sin descanso novelas de caballería.

“Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros: encantamientos, desafíos, batallas, heridas, requiebros, amores y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de soñadas invenciones. Para él no había ya otra historia más cierta en el mundo”.

La crítica es clara: la lectura puede sustituir la experiencia hasta deformar la percepción de la realidad. Los hombres que pasamos nuestra vida entre libros apenas conocemos a los hombres. Creemos comprender la naturaleza humana porque leímos mucho sobre ella, pero no vimos ni observamos a los hombres reales. Salimos del gabinete de lectura llenos de sistemas y teorías, pero ignorando lo que sucede en el corazón humano y en la vida común.

El hombre que vive únicamente entre libros corre el riesgo de convertirse en un fantasma. Aprende las palabras de la vida, pero no la vida misma. Ha leído sobre aventuras, viajes, amores y peligros, pero su propia existencia permanece inmóvil entre cuatro paredes. Yo no miro el mundo directamente, sino a través de citas. Y no hablo yo; hablan por mí los autores que leí.

Por eso Nietzsche lanzó una frase demoledora: “Hay hombres que han leído demasiado para ser sabios”.

Charles 49

Vino el fontanero y su ayudante a mi casa. Hablaron de canalones, arquetas, sifones, pendientes, pozos ciegos y uno siente que oye una lengua extranjera— una experiencia muy antigua en la historia de los intelectuales. La civilización europea siempre ha tenido dos mundos paralelos: el mundo de las manos, de los oficios, y el mundo de la mente, de los libros y las ideas.

Y muchas veces ambos mundos apenas se comprenden. El erudito puede leer griego antiguo, pero no saber arreglar una cerradura; el carpintero levanta una casa, pero quizá no entiende un soneto de Góngora.

Los hombres que se dedican al pensamiento viven en un mundo singular. Saben cosas extraordinarias sobre lo remoto y lo abstracto, pero ignoran lo inmediato Pueden hablar durante horas sobre la esencia del tiempo o de la moral, pero si una cerradura se rompe o una tubería gotea, quedan tan desarmados como niños.

La inteligencia moderna ha conquistado el universo, pero ha perdido la habilidad de manejar los pequeños objetos de la vida.

Siempre me he considerado extraordinariamente incompetente para los asuntos prácticos. Durante años no supe cómo funcionaban las cosas más elementales de la vida doméstica.

Los mecanismos, los arreglos materiales, las pequeñas artes de la vida diaria me resultaban misterios casi tan profundos como la metafísica. Puedo discutir sobre lógica matemática o sobre la estructura del universo, pero soy incapaz de arreglar una puerta que no cierra o comprender cómo se repara un objeto roto. El mundo material siempre me pareció una maquinaria incomprensible.

No sé construir ni reparar nada. Me he dedicado a las letras, y ellas me han hecho inútil para muchas cosas que los hombres comunes hacen sin pensar. Vivo rodeado de instrumentos y artefactos cuyo funcionamiento desconozco. Sé quién fue Platón o qué es la relatividad, pero no sabría fabricar una mesa, ni una silla,

ni explicar cómo se construye una casa. Vivo gracias a técnicas que no entiendo. Sé muchas palabras y muchas teorías, pero no sé hacer nada.

Todos dependemos unos de otros para las cosas más simples.

Charles 48

Esta es la única verdad que les voy a decir de mí, y que no sirva de precedente. Soy, por naturaleza, un actor. Mi oficio consiste en fingir una vida mientras vivo otra. Llevo una máscara dentro de otra máscara, y con el tiempo corro el riesgo de olvidar cuál de ellas cubre el rostro verdadero.

Para mí la simulación no es una desviación moral, sino la herramienta principal, mi ser y existir en el mundo. Vivo de engañar, de fingir, de representar papeles. Soy un profesional del disfraz, un intérprete en un teatro donde nadie debe saber que hay teatro.

Vivo una doble vida, y, en el fondo, ninguna de las dos es del todo verdadera. Debo aprender a mentir con naturalidad, a inventar recuerdos, enfermedades, experiencias, a adoptar afectos que no siento y narrar anécdotas o tramos biográficos que no existieron. Tu mayor talento consiste en parecer exactamente, hacer absolutamente plausible, lo que no eres.

Hace décadas que represento mi papel con obstinación. Casi nadie conoce el motivo secreto de mis gestos y escritos. Imposto sin vacilar y les tengo engañados de un modo absolutamente convincente.

Mi vida solo fue persuadir a los demás de que soy (esquizofrénico, escritor, poeta, solitario) exactamente lo que no soy.

Charles 47

Sudoración, hormigueo en la mandíbula, dolor apretado en el pecho, taquicardia abrupta, intenso mareo, sensación apocalíptica de catástrofe; todo encaja perfectamente con un ataque de pánico que ocurre simultáneamente a mientras escribo estas líneas.

La angustia sube desde el pecho como una marea invisible. No es estrictamente solo un dolor, sino una invasión del cuerpo por algo desconocido que lo llena todo de alarma. Voy a morir. Nada es real. Todo velado y fantasmal, una propensión al desvanecimiento de ideas y cosas. Un temblor interior, una inquietud que no tiene objeto. Todo parece posible y al mismo tiempo imposible. El corazón golpea como si quisiera salir del pecho. Voy a morir. El pánico llega como un relámpago interior, una súbita certeza de que algo terrible está a punto de ocurrir, aunque la razón diga que no. Que Dios me ayude. Voy a morir.

Charles 46

Os leo. Sois escritores mediocres con destellos ocasionales de humor involuntario, proveedores de un sentimentalismo de peluquería rancia y prosa de magazine, inflados como paquidermos fatigados.

Puedo decir, al igual que Nietzsche, que algún día mi nombre estará ligado al recuerdo de algo enorme. Lo sono il principe degli scrittori, princeps poetarum sum. Mi obra inaugurará una nueva era de la literatura.

La mayoría de los autores son como relojes de pared: hacen ruido, chirrían y molestan, pero no dan la hora. Escriben para demostrar que han leído mucho (si han leído), no para demostrar que han pensado. Escriben tanto porque piensan poco.

Los malos escritores son como las malas hierbas: crecen con abundancia. Los españoles, lo prueba la experiencia, no saben escribir. La literatura moderna está infestada de gente que escribe solo porque tiene un procesador de textos. El mundo está lleno de autores -pobrecillos- que escriben para demostrar que pueden escribir.

Dentro de mi pecho arde un fuego más alto. Las musas me han marcado con su sello, y mi nombre no se perderá entre la multitud de los hombres. Vendrán los siglos, y cuando las armas y los reinos hayan caído, todavía se escuchará mi voz en la memoria de los hombres.

Tasso y Ronsard lo dijeron con claridad.

“No nací para el silencio ni para los oficios humildes de la vida común.

Dentro de mi pecho arde un fuego más alto.

Las musas me han marcado con su sello,

y mi nombre no se perderá entre la multitud de los hombres.

Vendrán los siglos, y cuando las armas y los reinos hayan caído,

todavía se escuchará mi voz en la memoria de los hombres.”, Torquato Tasso.

“Cuando yo esté muerto y mi cuerpo sea polvo,

mi nombre no dormirá en la oscuridad.

Los siglos futuros repetirán mis versos

y mi lira resonará en labios que aún no han nacido.

Así la gloria del poeta vive más que los mármoles

y más que las torres orgullosas de los reyes», Ronsard.

El vulgo murmura, los mediocres ladran; pero la gloria del verdadero escritor se levanta por encima de todos.

No ignoro que mi ingenio suscita incomodidad. Así ha sido siempre cuando aparece un espíritu que supera a los demás. El hombre superior se distingue del inferior por la nobleza de su desprecio. El mundo está lleno de pequeños hombres que se creen el centro del universo.

La modestia rara vez produce obras inmortales.

Charles 45

Tengo la convicción de que escribí algunos libros que permanecerán. No sé si serán muchos, pero sé que serán sólidos, duros y compactos como bloques de granito. Asimismo estoy convencido de que dentro de algunos años seré considerado uno de los grandes prosistas de España. Lo sé con la misma seguridad con que sé que ahora mismo estoy sentado escribiendo estas líneas. No es orgullo vano, sino una certeza interior: siento en mí una potencia literaria que acabará imponiéndose.

Mi nombre vivirá mientras exista la literatura española. Un gran hombre tiene necesariamente fe en sí mismo; de lo contrario no podría soportar el peso de su propia tarea. Cuando muera, dejaré tras de mí tres cosas: mi nombre, mi obra y mi siglo. Mis libros serán leídos dentro de cien años, cuando la espuma de tantas páginas efímeras haya desaparecido.

Cada mañana, cuando me despierto, experimento un placer supremo: el de ser Christian Sanz. Soy el príncipe de los escritores, no lo duden. Sé perfectamente que soy un hombre extraordinario. La mayoría de los escritores no son más que fabricantes de basura sentimental. La literatura mediocre es siempre la más popular. Como decía Wilde: “Hay sólo dos tipos de escritores: los que tienen talento y los que tienen éxito”. La posteridad es un lector mucho más inteligente que el presente.

Fastidiaros, queridos. Los escritores rara vez se perdonan unos a otros el talento. Solo sois unos mediocres insalvables y embarazosos. Seguid escribiendo vuestros libritos inanes, queridos colegas. La literatura siempre ha necesitado comparsas.

Charles 44

Dos grandes sociólogos del siglo XX, Vilfredo Pareto y C. Wright Mills, explicaron que todas las sociedades están dirigidas por minorías. Siempre existen élites políticas, económicas y culturales. Pero eso no significa que esas minorías sean siempre las mejores. Pareto observó que las élites tienden a degradarse con el tiempo; se vuelven rutinarias, complacientes, incluso mediocres. Y Mills mostró que muchas élites modernas no llegan al poder por excelencia intelectual, sino por redes sociales, ambición y habilidad organizativa. Por eso no debería sorprendernos que la vida pública esté a menudo dominada por figuras bastante modestas desde el punto de vista cultural.

La democracia no elimina las élites; simplemente cambia el modo en que se seleccionan. Y ese proceso no siempre premia la inteligencia o la profundidad cultural.

Sobre esta mediocridad de las élites nunca viene mal recordar a Nicolás Gómez Dávila, que con su ironía habitual escribió: “La democracia sustituye el gobierno de unos pocos corruptos por el gobierno de muchos incompetentes.” Y en otra de sus sentencias más agudas añadió: “El problema no es que el hombre mediocre exista, sino que quiera dirigir.”

Las sociedades modernas no eliminan esas minorías dirigentes; simplemente las rebajan. El problema de las sociedades modernas no es la falta de élites, sino la escasez de minorías de poder verdaderamente excelentes.

Porque una sociedad puede sobrevivir con instituciones imperfectas, pero difícilmente prospera cuando la mediocridad se convierte en principio de gobierno y la excelencia en sospecha.

Charles 43

La ópera o el ballet son formas de arte que implican una música compleja, elaboración estética, exquisita tradición cultural, interpretación artística y emoción intelectualizada. En cambio, espectáculos como el fútbol o los toros apelan sobre todo a la emoción inmediata, a la adrenalina colectiva y a la identificación tribal. No significa que sean ilegítimos. Pero pertenecen a niveles distintos de experiencia cultural.

En una sociedad libre cada cual puede elegir sus placeres. Pero no todos los placeres son equivalentes desde el punto de vista cultural. Como explicó John Stuart Mill, hay placeres que ejercitan las facultades superiores del ser humano —la imaginación, la sensibilidad estética, la inteligencia— y otros que apelan sobre todo a la emoción primaria.

La ópera o el ballet pertenecen claramente al primer tipo. Son formas artísticas que concentran siglos de tradición musical, coreográfica y teatral. Exigen atención, sensibilidad y una cierta educación estética.

El fútbol o los toros, en cambio, producen sobre todo excitación colectiva, emoción visceral y rivalidad. No hay nada necesariamente ilegítimo en ello; pero sería extraño afirmar que ambas experiencias ocupan el mismo nivel cultural.

Mill decía que quien ha conocido ambos tipos de placer tiende a preferir los más altos, aunque sean más exigentes. En ese sentido, la cultura no consiste en prohibir los placeres populares, sino en ensanchar la capacidad humana para disfrutar placeres más ricos y complejos.

No desearía parecer arrogante, pero recordemos a Ortega: “La característica del hombre-masa es la complacencia en lo fácil. No aspira a superarse ni a elevarse; exige que todo se simplifique para acomodarse a su comodidad. La civilización, en cambio, es siempre el resultado de una minoría que se impone tareas difíciles”.

La música clásica o la ópera no buscan simplemente excitar; buscan transformar la emoción en comprensión. La alta cultura exige atención, disciplina y memoria. Es una invitación a la dificultad. Lo que hoy domina en muchas sociedades es la sustitución de la dificultad por el entretenimiento.

La cultura de masas no pretende elevar al individuo; pretende halagarlo. El entretenimiento de masas halaga nuestros impulsos más fáciles; el arte verdadero nos obliga a superarlos.

Charles 42

Dudo sobre si mi vida ha valido la pena tal como fue vivida. Quizá habla ahora un intenso desengaño y una enfadosa melancolía, no sé. Hubiera querido algo distinto, distinto hacia adelante, rico hacia atrás, con otra memoria grabada durante la eternidad. Haberme abandonado al espectáculo fosforescente del amor, a la íntima suavidad de la amistad, a la epifanía del sexo enamorado, en fin, que hubieran movido mis hilos la incandescente vida y no la seca razón. Vivir, después entender.

Pasé la vida imaginando la vida. La realidad me fue casi siempre inaccesible. Fui solo un pueril soñador, un desvertrebado adolescente, un angustiado loco. En la zona oscura de mi conciencia quedan palabras, montones y mallas de palabras, pero no la fuerza de la savia que impulsa el verde tallo de la flor.

Obviamente lo ideal sería tener ambos lados del poliedro, experiencia y cultura.

Me siento pobre, triste y mutilado. No volvería a vivir mi vida tal como la viví.

Charles 41

Me he pasado la vida leyendo y estudiando y prácticamente no sé nada. La inmensidad de lo desconocido, el océno de mi ignorancia, conforme más estudiaba, más visible y nítido se volvía. No sé nada con certeza. El que sabe mucho no es el que ha recogido muchas verdades, sino el que ha comprendido la infinita extensión de su ignorancia. Cuanto más me adentro en el conocimiento, más descubro mi propia incapacidad y mis inmensas limitaciones. Y a medida que subo -modestamente- a la cumbre del saber humano, encuentro allí una niebla espesa que me dice que todo lo que he aprendido es poco y frágil, o prácticamente nada. Siento que sé muy poco. Un eterno estudiante prácticamente necio del todo, o sin el «prácticamente».

Pese a mi astronómica ignorancia, viví intelectualmente con intensidad, pero emocionalmente con pobreza. La vida pasó a mi lado como un río que se mira desde la orilla. Tal vez comprendí algunas cosas, pero no viví casi ninguna. La cabeza, llena, la vida, bien yerma.

Tengo la sensación de que mi horizonte se ha cerrado. He vivido a la espera de una vida que no comenzó todavía, y ahora veo que tal vez ya pasó. Tengo la indudable impresión de que mi destino ya se decidió y que mi vida no es más que el lento recorrido por una pobre línea trazada. A mi alrededor está la ciencia, la filosofía, el arte, la literatura, mis libros, todas las cosas que creí amar; pero ninguna de ellas responde a la pregunta más simple: ¿Para qué vivir?

Una vida de pensamiento, no así de experiencia. Y no logré ser nada de todo aquello que soñé. Ni fama, ni riqueza, ni familia, ni gloria literaria. El mundo no me escuchó. Ni me leyeron en mi tiempo ni me leerán en un futuro.

Hola, Gregor Samsa. Soy yo.