Cyril 129

Los gallos cantan cuando todavía no se ve nada (cuando todavía no hay día del todo) Es un canto sin respuesta, como si avisaran a un mundo que aún no está despierto, como si lo inaugurasen. En los pueblos, ese canto no trae esperanza ni miedo: trae monotonía y costumbre. Cantan los gallos en la aldea con una soberbia casi teatral. Marcan la hora en que la oscuridad ya no tiene derecho a imponerse del todo. El gallo canta siempre demasiado pronto. Ese es su mérito. No espera a que el hombre esté preparado. Le recuerda que el mundo no se organiza en función de su descanso.

Cyril 128

La matanza del cerdo. Nunca se olvida. La sangre humea sobre la tierra helada y nadie parece escuchar el chillido, porque en los pueblos se aprende pronto a no oír lo que no conviene. La matanza es brutal, sí, pero es una brutalidad antigua, reglada, casi administrativa. Un acto necesario y, por ello mismo, terrible. No hay sadismo, pero sí una aceptación dura del dolor ajeno. El grito del animal quedaba suspendido en la memoria como una pregunta sin respuesta teológica. El chillido del cerdo es un recordatorio obsceno de que la vida rural no es idílica, sino exacta y despiadada.

Cyril 127

Muy a menudo, en la aldea, de noche o madrugada, oigo ladrar a los perros. Ese ladrido lejano, repetido, monótono, no anuncia peligro concreto alguno: anuncia que el mundo sigue ahí, vigilante, oscuro, inexplicable. El perro vela cuando el hombre duerme, y en su ladrido hay algo de emoción primitiva. No se sabe a quién le ladran. Tal vez a los muertos que caminan de regreso, tal vez a la soledad que anda suelta. Ese ladrido no despierta: acompaña. Es como si alguien estuviera diciendo desde lejos que uno no está del todo solo. Ladran contra la estupidez del silencio, contra la farsa del descanso humano. Ese ladrido interminable es la verdadera conciencia del lugar, más honesta que cualquier palabra.

Es el ladrido de las sombras que nunca duermen del todo.

Cyril 126

Ya no soy poeta (tras treinta años de práctica) Con frecuencia la poesía joven suele necesitar escenificación: “Soy poeta, luego algo en mí es excepcional”. Esta idea me parece hondamente errada. Mi prosa sabe cuándo tensarse, cuándo concentrarse, cuándo afilarse; eso es poesía sin género.

La prosa puedo ir a buscarla; la poesía no. Exacto. Con los años me desplacé hacia un racionalismo, hacia una visión casi ingenieril del lenguaje. Por lo que dejé de creer en la teología del poeta.

El poeta lírico es una criatura que se toma demasiado en serio. Se observa sintiendo, se espía emocionándose, se acaricia el alma como si fuera un gatito mimado. La mayoría de los poemas no son más que la crónica de esa autocomplacencia.

W. H. Auden: «La imagen romántica del poeta como un ser visitado por fuerzas misteriosas ha causado más daño que beneficio. Ha producido generaciones de escritores convencidos de que sentir intensamente equivale a escribir bien. La poesía no es un trance: es una disciplina».

Fue bonito mientras duró.

Cyril 125

Conversación con Christian Sanz. Entrevista en la revista «Razón y fe».

Periodista: En los últimos años se habla de un retorno de lo religioso entre los jóvenes. Cruces, rosarios, velos, imaginería cristiana circulan con fuerza en redes sociales, mientras los datos sociológicos siguen mostrando un descenso de la práctica. ¿Estamos ante una vuelta a la fe o ante una moda estética?

Christian: Diría que estamos ante un fenómeno doble —y quizá triple— que conviene no confundir. Por un lado, hay un regreso de los signos: lo cristiano como repertorio visual, como lenguaje simbólico reutilizable. La cruz, el latín, la santidad, el imaginario del sacrificio o de la pureza funcionan hoy como estética fuerte en un mundo saturado de imágenes débiles. Eso no implica fe; implica potencia icónica.

Por otro lado, hay un regreso del hambre, que es más serio: una sed de sentido, de comunidad, de trascendencia, que no encuentra cauce estable. Esa sed se dispersa en formas alternativas —astrología, rituales, mindfulness, tarot—, versiones pobres pero comprensibles de una metafísica mínima. No es fe dogmática; es ansia de compensación.

Y finalmente existe un tercer fenómeno, más minoritario pero real: jóvenes que no solo portan símbolos, sino que rezan, pertenecen, practican. No son mayoría, pero se notan porque venimos de décadas de desierto.

Periodista: Usted ha sido muy crítico con lo que algunos llaman christiancore o “santidad de escaparate” ¿Le molesta esa apropiación estética de lo religioso?

Christian: Me incomoda cuando el símbolo se vacía y se vuelve pegatina identitaria. No por purismo religioso, sino por honestidad intelectual. La cruz no es un accesorio neutro: es una máquina simbólica cargada de dolor, culpa, redención, muerte. Convertirla en “outfit” me parece una forma de frivolización del sufrimiento.

Ahora bien, no me burlo del fenómeno. La estetización es a veces el primer gesto torpe de una necesidad real. Prefiero una cruz mal entendida a un cinismo satisfecho. Lo que critico no es el símbolo, sino su uso como atajo emocional.

Periodista: ¿Dónde se sitúa usted personalmente ante la idea de espiritualidad?

Christian: Yo no me definiría como creyente en el sentido reglado. No pertenezco, no obedezco, no profeso un credo. Pero tampoco soy un descreído ligero. Para mí, la espiritualidad no es una doctrina: es una forma de gravedad.

Se traduce en atención, en silencio, en lectura profunda, en escritura como ejercicio de orden interior. En no traicionar la complejidad de lo real por comodidad. En vivir con conciencia de límite, de muerte, de fragilidad. Si eso es espiritualidad, entonces sí: ocupa un lugar central en mi vida diaria.

Periodista: ¿Diría entonces que es usted una persona espiritual?

Christian: A mi manera, sí. Pero desconfío de la palabra porque se ha vuelto blanda. Mi espiritualidad no tiene incienso: tiene disciplina. No busca elevación constante, sino fidelidad al matiz. No es consuelo inmediato; es resistencia a la superficialidad.

He vivido lo suficiente —y he escrito lo suficiente— como para saber que una vida sin interioridad acaba siendo una vida administrada por estímulos. Defender la vida interior hoy es casi un acto de disidencia.

Periodista: ¿Y qué lugar ocupan para usted las religiones históricas?

Christian: Las religiones son ambivalentes. Tienen una cara luminosa —comunidad, consuelo, caridad, lenguaje para el sufrimiento, tradición moral— y una cara oscura —poder, control, culpa abusiva, dogmatismo—. Negar cualquiera de las dos es intelectualmente deshonesto.

Lo que nunca he entendido es el desprecio automático hacia lo religioso por parte de cierta modernidad ilustrada. La religión no es una superstición residual: es una respuesta histórica, profunda y reiterada al hecho de que la vida duele y se acaba. Eso no desaparece con la secularización.

Periodista: ¿Defiende la libertad religiosa incluso cuando no comparte las creencias?

Christian: Absolutamente. La libertad religiosa es un logro civilizatorio. Protege tanto al creyente como al no creyente. Una sociedad decente permite creer sin burla y no creer sin castigo. El problema no es creer; el problema es cerrar el pensamiento. Y ese cierre puede darse tanto en un dogma religioso como en un dogma antirreligioso.

Periodista: Volvamos al presente. ¿Cree que estamos viviendo un auténtico repunte de la espiritualidad?

Christian: Estamos viviendo, sin duda, un repunte del mercado espiritual y de la visibilidad simbólica de lo religioso. Turismo espiritual, productos, retiros, marcas del alma. Eso es innegable.

Lo que no veo —al menos de forma masiva— es un retorno fuerte a la pertenencia religiosa reglada, especialmente en países como España. Lo que sí veo es algo más inquietante y más interesante: una mendicidad emocional creciente. Personas saturadas de estímulos pero huérfanas de sentido. Vidas muy informadas y muy poco habitadas.

Periodista: ¿De qué depende entonces que alguien crea o no crea?

Christian: De muchas cosas, y casi nunca de un razonamiento puro. Depende de la biografía, de las pérdidas, de las enfermedades, de la infancia, de los encuentros. Depende de la psicología —hay personas más permeables al asombro, otras más necesitadas de orden—. Depende del contexto social, del territorio, de la época.

Y también depende, no nos engañemos, de las propias instituciones religiosas: de su coherencia moral, de su capacidad de hospitalidad, de su relación con el poder. La fe no florece en el cinismo.

Periodista: Para terminar: si tuviera que resumir este momento histórico en una frase, ¿cuál sería?

Christian: Diría esto: no estamos volviendo a Dios; estamos volviendo a la pregunta por el alma, aunque muchas veces solo sepamos responder con vestuario.

***

“La religión, para la persona, es lo que hace con su soledad. (…) Las instituciones vienen después; primero está la experiencia viva. (…) En ciertos estados de ánimo, la vida se siente como si tuviera un ‘más’ que la desborda: una presencia, un sentido, una reconciliación. Ese ‘más’ puede nombrarse de muchas formas, pero la estructura psicológica del hecho es reconocible», William James.

“El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo muere— (…) ese es el que me importa. (…) Y el sentimiento trágico de la vida es el hambre de inmortalidad; el ansia de no morirse del todo. (…) De ese choque entre la razón que niega y el corazón que afirma nace la agonía; y esa agonía es religiosidad, aunque no sea credo», Unamuno.

“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera; y por fuera te buscaba. (…) Me retuviste, clamaste y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora suspiro por ti; gusté, y tengo hambre y sed; me tocaste, y ardí en tu paz”, Agustín de Hipona.

«La vida espiritual es una vigilancia constante contra uno mismo. No consiste en sentir, sino en no mentirse. Cada vez me resulta más claro que el mayor enemigo del alma no es el pecado, sino la dispersión. Vivir sin recogimiento es vivir fuera de sí. Y quien vive fuera de sí acaba aceptando cualquier cosa», Julien Green.

«El camino interior no conduce a la paz, sino a la claridad. Y la claridad es exigente. Aceptar la responsabilidad de uno mismo es ya una forma de oración. No se trata de ser fuerte, sino de no eludir lo que se ha visto», Dag Hammarskjöld.

Cyril 124

Me gusta rodearme de libros incluso cuando no los leo. Su sola presencia me tranquiliza. Están ahí como animales domésticos silenciosos y cariñosos. No exigen nada, no reclaman atención inmediata, pero su proximidad modifica el ánimo. Una habitación sin libros me parece incompleta, desolada, como si faltara algo esencial para que la mente pueda respirar. Los toco, los hojeo, los dejo abiertos, los cierro. Su contacto me reconcilia con el mundo.

Umberto Eco: «Una biblioteca privada no es una colección de lecturas hechas, sino de lecturas posibles. Los libros no leídos son más importantes que los leídos: representan el límite de nuestro saber. El bibliófilo vive rodeado de su ignorancia futura, y eso es saludable».

Y Alberto Manguel: «Una biblioteca es un autorretrato involuntario. En los libros que acumulamos está inscrita nuestra curiosidad, nuestra ansiedad, nuestras obsesiones. No es un archivo muerto, sino un organismo. Los libros envejecen con nosotros, cambian de lugar, adquieren marcas. Leerlos es también releer nuestra propia vida».

Cyril 123

«Leer no es simplemente adquirir conocimientos, sino aprender a pensar con rigor y a percibir las relaciones entre las ideas. Los libros educan porque obligan a la mente a sostener una atención prolongada, a seguir un razonamiento completo, a respetar la complejidad. Allí donde se prescinde del libro, la educación se empobrece y se vuelve fragmentaria», John Henry Newman.

«Educar es introducir a los jóvenes en un mundo que no han hecho, pero que deberán comprender para poder transformarlo. Los libros son los objetos privilegiados de esa transmisión, porque contienen el pasado de forma estable. Una educación sin libros es una educación sin memoria, y una sociedad sin memoria está condenada a repetir sin comprender», Hannah Arendt.

«Las redes digitales fragmentan la atención y recompensan la reacción inmediata. La lectura de libros, en cambio, cultiva la concentración profunda y la continuidad del pensamiento. No se trata de nostalgia, sino de neurociencia: los hábitos de lectura moldean el cerebro para la reflexión; los hábitos de navegación constante lo moldean para la distracción», Nicholas Carr.

«La lectura profunda que requiere un libro desarrolla procesos cognitivos —empatía, análisis crítico, inferencia— que no se activan en la lectura fragmentada de pantallas. Si la educación abandona los libros, no solo cambia el medio: cambia el tipo de mente que se forma», Maryanne Wolf.

«La verdadera educación consiste en el desarrollo interior del individuo, no en la mera adquisición de habilidades. Los libros son insustituibles porque ponen al lector en relación directa con una mente que piensa con profundidad y coherencia. Ningún otro instrumento logra esa intimidad intelectual», Wilhelm von Humboldt.

«La universidad que abandona los grandes libros abandona la idea misma de educación. Los libros no son información antigua: son conversaciones vivas con las mentes más exigentes de la historia. Ningún sustituto tecnológico puede reemplazar esa experiencia formativa», Allan Bloom.

Cyril 122

Las palabras no viven solo en los diccionarios: viven sobre todo en la mente. Y allí se cargan de asociaciones, de sonidos, de recuerdos, de ecos, de resonancias, flujos y reflujos. La belleza del lenguaje no es su corrección, sino su capacidad para captar ese flujo interior sin fijarlo del todo. Escribir bien es escuchar atentamente esa corriente eléctrica, o dimensión musical. La belleza del lenguaje consiste en resistir la banalidad, en negarse a decir las cosas del modo más pobre. Como seguir la rítmica del mar.

La belleza comienza donde termina la complacencia.

Cyril 121

Mi modo de vida me aísla de los otros, no por voluntad, sino por incompatibilidad. Vivo demasiado ensimismado debido a mi esquizofrenia. Todo lo que para los demás es natural, para mí es problemático. Así parezco extraño, pero no hago nada para parecerlo. La rareza no consiste en desviarse, sino en no poder acomodarse. El mundo exige una naturalidad, una salud, que no poseo.

Toda sensibilidad intensa o morbosa o enferma es vista como exagerada. La cultura llama ‘extravagante’ a quien se toma las cosas demasiado en serio, demasiado fuera del guion. Pero la rareza es a menudo una forma de rigor: no aceptar las convenciones emocionales prefabricadas.

Siempre he tenido la sensación de estar ligeramente fuera de sitio, como una silla colocada en una habitación que no es la suya. No hago acaso nada extravagante a propósito, pero mi simple manera de mirar y hablar parece excesiva. Me esfuerzo por ser sencillo, y sin embargo resulto complicado para los otros. Tal vez porque no sé fingir naturalidad. La naturalidad, en la mayoría de los hombres, es una costumbre aprendida; la mía es una torpeza honesta.

Me siento extraño incluso para mí mismo. Vivo como un testigo de mi propia vida, no como su actor principal. Esta distancia interior, que es mi tormento, es también mi condena social. El mundo exige afirmaciones; yo solo tengo escrúpulos y noches malas. Así me convierto en un ser lateral, inútil, excéntrico.

Cyril 120

George Steiner

«Cuando cierra una librería no desaparece solo un comercio, sino un punto de respiración del espíritu. Una librería es un lugar donde el pensamiento se ofrece sin exigir rendimiento inmediato. Su cierre indica que una ciudad ha decidido prescindir de la lentitud, de la dificultad y de la conversación con los muertos. Es una derrota discreta, pero profunda».

Jorge Luis Borges

«Siempre he creído que las librerías son una forma de paraíso modesto. Cuando una desaparece, el mundo se vuelve un poco más pobre, aunque nadie sepa decir exactamente en qué ha empobrecido. No se pierde solo un lugar: se pierde una posibilidad».

Alberto Manguel

«El cierre de una librería es una forma de amnesia urbana. Allí donde antes había diálogo, recomendación, azar, queda una superficie neutra. Las librerías enseñan a errar —a perderse entre libros—, y una ciudad que ya no permite ese extravío ha decidido reducir su imaginación».

Susan Sontag

«La desaparición de una librería no es un síntoma aislado, sino parte de una reorganización cultural más amplia: la sustitución de la experiencia profunda por el consumo rápido. El dolor que sentimos ante su cierre es la intuición de una pérdida que aún no sabemos medir».

Julien Green

«He pasado delante de una librería cerrada como se pasa ante una casa abandonada. Todo estaba en su sitio, pero la vida se había retirado. Sentí una tristeza sin objeto preciso, como si alguien hubiera muerto sin que yo lo conociera del todo».

(Para «Tipos infames»)