Cyril 119

Vivo en una aldea orensana de nueve personas; sé de la ciencia del equilibrio paciente. Aquí no nos engañan las palabras grandes. El que llega con teorías se va con humedad en el cuerpo y pocas certezas. Es un lugar que desarma al visitante por agotamiento. En la aldea todo se oye: el agua, la madera, los animales, el tiempo. La vida transcurre con una claridad brutal. Nada se oculta del todo porque no hay dónde esconderse.

Me gusta. Pero a veces, bastantes veces, sueño con Venecia. Allí donde cada idea es un oro ornamental, y la melancolía es elegante, y la belleza es una ceremonia casi museística. Sangre con regusto de vodka de luz que bebe un esteta. Donde las calles parecen copias de sí mismas. La ciudad da la impresión de haberse pensado demasiado a lo largo de los siglos, hasta volverse frágil, casi translúcida. Como caminar dentro de una fotografía demasiado perfecta. Un perfume orgulloso, más para citar que para oler.

La aldea. Una armonía demasiado menuda.

Cyril 118

Trump es el clásico psicópata extremo que no necesita violencia explícita para ejercer destrucción. Su forma de daño es fría, administrativa, sin dramatismo. Cosifica a los demás con la misma facilidad con la que otros cosifican objetos. No se percibe a sí mismo como cruel, porque la crueldad exige conciencia del sufrimiento ajeno, y esa conciencia no está disponible para él. No siente culpa, por lo tanto no se detiene. Vive en una superficie pulida donde la empatía sería una anomalía. Es el ciudadano ideal de un mundo que ha aprendido a funcionar sin sentimientos. Para ellos, el mundo es un tablero y las personas, fichas. No sufre, pero provoca sufrimiento con una constancia impecable.

Cyril 117

Autor: C. Valerius Catullus

Obra: Carmina

Lugar: Italia septentrional (atrib.)

Fecha: ca. 1695–1700

Encuadernador: Aurelius Valerius Corvinus (atribución tradicional)

Descripción física:

Volumen en octavo mayor. Encuadernación plena en piel humana finamente curtida, de tonalidad marfil ligeramente rosada, con oscurecimiento natural en bordes y nervios por oxidación del colágeno. Superficie extremadamente lisa, de grano casi imperceptible, con pátina sedosa adquirida por manipulación prolongada. Lomos sin título ni dorado. Guardas en papel verjurado italiano del siglo XVII, sin filigrana identificable. Cortes sin teñir.

Técnica de encuadernación:

Curtido al alumbre con posterior estirado en seco. Tensado uniforme sin marcas de cuchilla visibles. Costura sobre nervios ocultos. Adhesivos orgánicos de composición no determinada. Ausencia deliberada de decoración: no hierros, no gofrados, no rótulos.

Procedencia del material:

Según tradición manuscrita tardía (ms. anónimo, Mantua, s. XVIII), la piel procede de una joven fallecida antes del matrimonio. El encuadernador defendía la idoneidad técnica de este material por su finura, elasticidad intacta y “memoria no inscrita”. No existe documentación judicial ni eclesiástica concluyente que confirme o refute esta procedencia.

Estado de conservación:

Excelente para su naturaleza. Leve craquelado superficial compatible con envejecimiento natural. Elasticidad conservada. Ausencia de olores de descomposición; tenue aroma seco, próximo al pergamino antiguo.

Comentario histórico-crítico:

Esta encuadernación forma parte de un conjunto hoy disperso —o perdido— atribuido a Corvinus, que incluiría igualmente ediciones de Horacio y Virgilio. La elección del material no parece obedecer a provocación ni fetichismo, sino a una concepción radical del libro como cuerpo cerrado: texto latino clásico sellado por una piel humana “no escrita por la vida”, en palabras atribuidas al propio encuadernador.

La extrema sobriedad formal refuerza la hipótesis de una ética del oficio basada en la desaparición del gesto artesanal ante la materia.

Rareza:

Único ejemplar conocido de esta atribución. La mayoría de las encuadernaciones humanas documentadas del período son posteriores y de carácter médico o jurídico.

Cyril 116

Las cuatro y media de la mañana. Me empiezo a desregular. A habitar una habitación húmeda, una inutilidad viscosa; miedo, soledad, angustia, desesperación. Una desesperación como ruptura entre la razón y la energía vital, un miedo meticuloso: caminar de puntillas por un suelo repleto de trozos de vidrio, una soledad como un espejo empañado donde no me reconozco, una angustia igual a respirar a través de una pulmonía.

Se sigue pensando con lucidez, pero esa lucidez ya no sirve para nada. Es el momento en que comprender se vuelve una forma de tortura. Fuera hace mucho frío. Toso. Siento el calor de mi perra pegada a mi cuerpo como un milagro de transustanciación. Uno sobrevive demasiado conscientemente. Te miras como a un extraño y no logras establecer intimidad con lo que ves. Desajuste. Todo baja medio tono. Te da vértigo respirar. La gravedad no te sostiene.

No se puede continuar. Se continúa. Cruje la madera y suena la caldera. No poder continuar y continuar. Esa es la fórmula exacta. No por esperanza, no por voluntad, sino porque detenerse exigiría una energía que ya no se tiene.

Cyril 115

Nos invade algo así como una prosa periodística, trillada y funcional. No toda prosa elaborada es barroca, pero toda prosa literaria es elaborada. La elaboración no es ornamento: es trabajo innegociable sobre la materia verbal. Una frase elaborada es aquella que no podría haber sido escrita de otro modo.

La prosa funcional, mineral, eficiente y podada, suele esconder vacío conceptual. El estilo plano no garantiza claridad; a menudo garantiza que no hay nada que aclarar. Escribir “bien” con frases cortas es fácil cuando no hay conflicto sintáctico ni pensamiento en fricción. No es una prosa humilde, sino una prosa sospechosamente obediente.

La prosa periodística en la novela moderna introduce un ideal tácito, a saber, que el lector no tropiece, no relea, no se detenga. Eso es exactamente lo contrario de la literatura.

Cicerón: «No me satisfacen en absoluto aquellos discursos que, aunque correctos y claros, carecen de elevación y de ritmo. Decir lo justo y necesario puede bastar para informar, pero no para persuadir ni para conmover. La verdadera elocuencia no consiste en evitar el error, sino en alcanzar una forma tal que la frase misma parezca inevitable. Hay discursos que se entienden y se olvidan en el mismo instante; otros, en cambio, permanecen porque su estructura ha tocado algo más profundo que la mera comprensión. El oído juzga antes que el entendimiento, y allí donde el oído no halla placer, el espíritu se retira».

Y Vladimir Nabokov , en «Lectures on Literature»: «Llamar “simple” a una prosa es, con frecuencia, una manera educada de decir que no tiene estilo. La buena prosa no es transparente: es translúcida. Deja pasar la luz, pero conserva su color. El escritor que escribe como un periodista ha renunciado a la dimensión sensorial del lenguaje, que es donde comienza la literatura. Donde no hay juego verbal, donde no hay riesgo sintáctico, no hay arte».

Y también Quevedo: «Escriben algunos con tal llaneza, que más parece que cuentan que piensan. Confunden claridad con pobreza y brevedad con flaqueza. Yo no he tenido jamás por virtud decir poco, sino decir lo necesario con fuerza. La prosa que no aprieta no persuade, y la que no resiste no dura. Prefiero ser oscuro por exceso que transparente por inanidad».

El escritor que no oye lo que escribe, escribe para funcionarios del entendimiento, no para lectores.

La prosa eficaz, transparente, es una invención administrativa. Se escribe así cuando no importa lo que se dice, sino que se diga rápido y sin resistencia.

Cyril 114

Nada hay más presuntuoso que aquel que, habiendo aprendido unas pocas palabras elementales, cree dominar todas las cosas. Estos tales hablan de todo con idéntica ligereza, y cuanto menos saben, con mayor vehemencia sentencian. Exacto, tertuliano o todólogo, pura «stultitia locuaz».

Vivimos una inflación de opiniones y una deflación de conocimiento. La democracia del ruido no distingue entre el que sabe y el que simplemente reacciona. Definición perfecta del ecosistema tertuliano.

El conocimiento científico procede por demostración; la opinión, en cambio, procede sin necesidad. Por eso la ciencia engendra certeza, mientras que la opinión solo engendra persuasión para incautos. Es un error mayor creer que se sabe cuando solo se cree. Nada hay más arrogante que la ignorancia satisfecha. Roma ya conocía al contertulio de sobremesa… y de foro. Cicerón, «Tusculanae Disputationes»: «Muchos hablan con gran seguridad sobre cosas que jamás han examinado. Confunden la costumbre de oír con la capacidad de juzgar. Así, lo que se repite se vuelve creíble, y lo creíble se toma por verdadero».

Los todólogos hablan sin haber pagado el precio del estudio, de la duda, del error lento. Es el fast-thinking convertido en espectáculo. El tertuliano expropia: habla como si ya no hiciera falta el experto. El experto estorba; el tertuliano fluye. No necesita tener razón; necesita no quedarse callado. El silencio —que para cualquier persona razonable es método— para él es muerte mediática. Es un ignorante funcional. Sabe hablar, sabe activar fórmulas, sabe entonar autoridad. Ha aprendido el acento del saber, no su gramática. Por eso puede saltar sin rubor de la virología a la geopolítica, de la mecánica cuántica a la educación infantil, de la genética del trigo a la ingeniería de caminos: no porque crea que todo sea igual, sino porque todo le sirve igual. Ocupa el hueco que deja el especialista cuando el medio decide que el rigor es lento, caro o antipático.

Cyril 113

Recuerdo la tesis de Nicholas Carr sobre que Internet no nos vuelve estúpidos, pero sí nos vuelve impacientes. Reconfigura nuestro cerebro para procesar información de manera rápida y superficial. Cuanto más usamos la Red, más difícil se vuelve concentrarnos, leer de forma profunda o sostener una idea compleja sin distracciones.

Estamos cada vez más conectados y cada vez más solos. Las redes prometen compañía sin las exigencias de la intimidad. Ofrecen la ilusión de relación sin vulnerabilidad. Pero la conversación real —lenta, incómoda, imprevisible— es insustituible, y estamos perdiendo la capacidad de sostenerla.

Vivimos rodeados de dispositivos diseñados para interrumpirnos. Defender la atención hoy es un acto moral. Es la defensa de la posibilidad misma de una vida interior. La incapacidad para la contemplación es una de las enfermedades fundamentales de la época moderna. El hombre que no puede demorarse, que no puede permanecer atento sin un estímulo inmediato, se vuelve incapaz de comprender la realidad en su profundidad. La distracción permanente no es ocio: es una forma refinada de esclavitud.

Las relaciones digitales son fáciles de establecer y fáciles de abandonar. No requieren compromiso ni paciencia. Precisamente por eso educan en la fragilidad emocional. Acostumbran a conexiones reversibles, a vínculos sin peso. La soledad contemporánea no es ausencia de contacto, sino ausencia de profundidad.

Hemos entregado a los adolescentes un dispositivo que altera el sueño, fragmenta la atención y amplifica la comparación social constante, y luego nos sorprendemos de que aumenten la ansiedad y la depresión. No es una crisis individual: es un experimento social a gran escala cuyos efectos apenas empezamos a comprender.

NOTA BENE: Media de tiempo en redes: 4,8 horas al día en adolescentes estadounidenses (Gallup, datos citados en 2023). Eso equivale a ~33,6 horas/semana y a ~73 días completos al año dedicados solo a redes sociales. A nivel global, el “usuario típico” pasa ~2 h 21 min al día en redes sociales (GWI / DataReportal, 2025). Eso son ~36 días completos al año.

Cyril 112

(Leer II)

Peter Handke

«Cuando no leo, el mundo se vuelve opaco. Los objetos pierden contorno. Leer no me aleja de las cosas: me las devuelve. Después de una buena lectura, una calle, una mesa, una tarde adquieren una nitidez que antes no tenían».

Fernando Pessoa

«Leo como quien se disuelve. El libro me ofrece una conciencia suplementaria, un modo de sentir que no es el mío y, sin embargo, me pertenece mientras leo. No busco en los libros una doctrina, sino una forma alternativa de estar cansado».

Witold Gombrowicz

«La lectura obligatoria mata el libro. Cuando un texto se vuelve respetable, deja de ser legible. Leo para discutir, para burlarme, para resistirme. El lector demasiado respetuoso no lee: se arrodilla».

Sándor Márai

«Con los años he aprendido a leer más despacio y menos libros. Antes quería absorber; ahora quiero acompañar. Un libro leído en el momento justo vale más que cien leídos a destiempo».

Natalia Ginzburg

«Leo sin pensar que estoy haciendo algo importante. Tal vez por eso algunos libros me han marcado para siempre. La lectura solemne me deja indiferente; la lectura distraída, a veces, me transforma».

Julien Green

«Leer es entrar en una habitación cerrada al ruido. No importa lo que el libro diga: importa el silencio que lo rodea. En ese silencio, el alma se ordena sin darse cuenta».

E. M. Cioran

«He leído demasiado y, sin embargo, no podría dejar de leer. Los libros no nos salvan: nos contaminan. Pero esa contaminación es preferible a la higiene del espíritu. Leer es aceptar una fiebre lenta».

Christian Bobin

«Leer es prestar atención a lo frágil. Un libro no grita: espera. El lector verdadero no conquista el texto; se inclina sobre él».

Alejandra Pizarnik

«Leo para no caer del todo. El libro no me sostiene, pero me da algo a lo que agarrarme mientras dura la caída. Leer es una forma de aplazar el silencio».

Cyril 111

(Leer I)

Jules Renard

«Hay días en que no puedo escribir ni pensar. Entonces leo. Leer es una forma modesta de seguir vivo intelectualmente cuando todo lo demás falla. Un libro no exige energía creadora: basta con una atención mínima. Por eso la lectura es un refugio honesto para los días pobres».

Amiel

«Leo para hacer habitable el tiempo. Sin libros, las horas pesan; con ellos, se distribuyen. La lectura no me eleva ni me distrae: me sostiene. No me saca del mundo, me permite permanecer en él sin fatiga excesiva».

Franz Kafka

«Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Si al leer no sentimos un golpe, una sacudida, una herida leve, entonces ese libro no era necesario. No se lee para pasar el tiempo, sino para que algo pase en uno».

Elias Canetti

«La lectura exige una lentitud que el mundo ya no concede. Quien no sabe demorarse en una página no leerá jamás, solo recorrerá textos. Leer es un acto de concentración voluntaria en una época que premia la dispersión».

Cesare Pavese

«Se lee siempre a solas, incluso cuando se está rodeado de gente. El libro no elimina la soledad: la ordena. Por eso la lectura no consuela del todo, pero aclara. Leer es aceptar una forma lúcida de estar solo».

André Gide

«No leo para confirmarme, sino para inquietarme. El libro que me da la razón no me sirve; el que me obliga a dudar, sí. Leer es exponerse a una voz que no piensa como yo. Todo lo demás es consumo de páginas».

Virginia Woolf

«Leer no es obedecer un método, sino seguir una curiosidad. El lector verdaderamente libre entra y sale de los libros sin pedir permiso. Lee mal, lee tarde, lee a destiempo, pero lee con vida. Y esa vida vale más que cualquier programa».

Robert Walser

«Me gustan los libros que no quieren nada de mí. Leo sin esperar transformación ni grandeza. Un libro leído así es como un paseo breve: no lleva a ningún sitio, pero mejora el ánimo».

Georges Perros

«Leo como escribo: a saltos. Una frase basta para un día entero. El resto puede esperar. No me interesa terminar libros, sino quedarme con algo que me acompañe».

Cyril 110

(A una muchacha del Tik Tok)

Era bella de una manera oblicua, como si su hermosura hubiese sido colocada por un demiurgo caprichoso. Hermosa como una onda rumorosa de luz, delicada como sol de paja entre los encinares. No había simetría perfecta, sino un ligero desajuste que volvía inolvidable cada uno de sus gestos, esa ligerísima imperfección que excita, que atrae eróticamente. Su andar parecía una frase escrita con puntuación algo azarosa: pausas inesperadas, énfasis súbitos, un ritmo que no se dejaba anticipar. Un deambular de mar donde se bañan leopardos. La belleza de aquella muchacha no residía solo en su forma, sino en su movimiento, en sus bailes tras la pantalla, en la forma en que el tiempo (o el universo) parecen acomodarse a su paso.

Su hermosura no buscaba únicamente impactar, sino imponerse silenciosamente, como una evidencia incómoda. Se la miraba con una mezcla de admiración y cansancio, como se mira una verdad demasiado profunda. Quien se detiene a mirarla siente que algo en su interior comienza a desplazarse a las alturas.

Una estrella mojada sobre la hierba piadosa.

Senos con volumen de mediana tortuga.

Columnas con frisos donde golpean violines dorados.