Cyril 49

La melancolía, hoy es mi hábito, pero también es una disposición crónica, un trastorno asentado del ánimo; no una pasión pasajera ni una tristeza transitoria. La alimenta la soledad y el aislamiento, el miedo y la meditación obsesiva sobre los mismos pensamientos. Me altera el juicio, ennegrece mi imaginación y hace que el mundo parezca más pesado, más frío y más hostil de lo que es.

Existen formas de tristeza que no se anuncian con lágrimas ni con desesperación, sino con una especie de sequedad del alma. Ya no se sufre con intensidad; se sufre de manera difusa. El mundo pierde su sabor, no bruscamente, sino como un perfume que, dejado demasiado tiempo al aire, pierde su olor. Esta tristeza se instala insidiosamente y uno se adapta a ella como a un inevitable clima crónico.

Existo en una tonalidad menor. Se paraliza mi voluntad. Se ausenta el deseo, el vigor, la energía. Estás como congelado por dentro. No vibras ni resuenas con el mundo. Una tristeza igual a un fardo pesado, más que una sacudida violenta o dramática. Respiras las horas a través de una gasa llena de polvo de barro. La vida ocurre detrás de un cristal grueso, y tú te ahogas dentro de una escafandra cerrada.

Falto de interés por todo. Tristeza plana, uniforme. Vacío de fuerzas.

Esta nota es ya lo último que puedo escribir.

Cyril 48

Y así se produce una juventud ruidosa, satisfecha de sí misma, incapaz de silencio interior. No es que los jóvenes sean peores: es que se les ha robado la posibilidad de ser mejores, porque nadie les exige grandeza. Ideas anteriores surgidas a propósito del programa «La isla de las tentaciones», que vi cinco minutos haciendo zapping. Muestra y prueba del total fracaso educativo español. Jóvenes profundamente vulnerables a la banalidad. Una juventud que queda así expuesta a la tiranía de lo inmediato y al deshonor, expuestos a la irrisión por unas migajas o calderilla (Tele 5 es quien hace el negocio gracias a estos pobres chicos)

Sobre la obscenidad informativa en el tratamiento de la tragedia de los trenes, mejor no insistir. Me duele mucho.

NOTA BENE: Hoy, pese al alegrón de recibir tres cajas de libros de Barcelona, tuve un día extraordinariamente depresivo. Me lo pasé casi todo durmiendo. Dormir no es huir: es una forma elemental de resistencia. Y apagar la televisión no es indiferencia: es decencia.

Estoy agotado, y cuando el cansancio es profundo todo pierde relieve, incluso aquello que constituye el centro de una vida —en mi caso, los libros. Eso no significa que hayan dejado de importarme; significa que la sensibilidad está temporalmente anestesiada.

Que no haya podido gozar de los libros es precisamente la señal de lo grave. Cuando incluso el núcleo vocacional queda mudo, no estamos ante una tristeza cualquiera, sino ante un empobrecimiento momentáneo de la energía vital. Lo que describo —dormir mucho, irritabilidad ante la televisión, saturación corporal— encaja con un estado depresivo reactivo, mezclado con ansiedad y sobreestimulación mediática.

Sobre la televisión creí ver algo muy importante: no hay información, sino explotación emocional. No hay pedagogía, sino circo. No hay duelo, sino mercancía. Mi rechazo no es soberbia; es higiene moral.

Cyril 47

Uno se acostumbra a la infelicidad como a un clima. No se la combate; se la gestiona. Aprendes a no esperar demasiado, a no desear con entusiasmo, a caminar con cautela por tus propios pensamientos. La infelicidad duradera no es violenta: es metódica.

He luchado, he creído, he escrito, y aun así el mundo me resulta inhabitable. No por injusto, sino por opaco. No hay sitio para mí en esta época. Hay momentos en que continuar no es una virtud.

Cyril 46

Pena por la tragedia nacional ferroviaria y alegría íntima por acabar de recibir tres grandes cajas de libros que compré en Barcelona en librerías de ocasión. Creo que no hay contradicción moral, sino estratificación de la vida psíquica.

La empatía por una tragedia nacional es una respuesta ética: reconozco el dolor ajeno, me afecta, y me indigna la obscenidad mediática (recién hice un barrido por los canales televisivos) La alegría por la llegada de libros es una respuesta vital: una afirmación íntima de continuidad, de sentido, de mundo habitable. No se anulan; coexisten porque pertenecen a registros distintos.

La televisión falsea el duelo: convierte el dolor en espectáculo repetido, en mercancía emocional. Ese tipo de “empatía” es ruidosa, compulsiva, parasitaria. Mi reacción de rechazo no es frialdad, sino higiene moral. Intuyo que hay dolores que no se deben mancillar con la cámara.

La alegría de abrir cajas de libros, en cambio, no es evasión culpable. Es una alegría silenciosa, una forma de resistencia íntima. Mientras el sistema exige atención continua al espanto, yo celebro algo que no humilla a nadie y no capitaliza la desgracia.

Si hubiera disonancia, sería sentir placer por la tragedia ajena (que bajo ningún punto de vista es el caso) o anestesiarme ante el dolor real para refugiarme en el goce.

El dolor ajeno pide respeto. La alegría propia, cuando no daña, no necesita disculpa.

***

Jorge Luis Borges

«Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca. Cuando llegaban libros nuevos a casa, sentía que algo se ordenaba en el mundo. No importaba lo que ocurriera afuera: mientras hubiera libros por leer, la realidad seguía siendo tolerable».

Stefan Zweig

«Comprar libros era para mí una forma de felicidad inmediata. No necesitaba leerlos enseguida: bastaba con saberlos allí, aguardando. En tiempos oscuros, esa espera silenciosa era una forma de esperanza».

Virginia Woolf

«Nada me ha dado nunca una felicidad tan serena como traer libros a casa. Al colocarlos en los estantes, siento que he añadido algo estable a un mundo inestable. Son refugios portátiles».

Pier Paolo Pasolini

«La televisión no informa: invade. No narra el dolor, lo profana. Penetra en la intimidad de las víctimas y la exhibe como prueba de autenticidad. Es una nueva forma de obscenidad: no sexual, sino moral».

David Foster Wallace

«La cultura mediática se alimenta de emociones extremas porque son fáciles de captar y difíciles de pensar. El sufrimiento ajeno, cuando se presenta sin contexto ni silencio, se vuelve una droga emocional más. El espectador cree sentir, pero en realidad solo reacciona».

Cyril 45

Quien escribe presupone —aunque lo niegue— que su conciencia merece tiempo ajeno de atención. Eso exige una dosis de megalomanía funcional. Sin ella, el escritor no podría empezar; con exceso, se vuelve risible. También hay no poca coartada narcisista; si no me leen, el mundo es estúpido; si me leen poco, no me han entendido; si me leen mal, me vulgarizan.

El escritor, por haber leído mucho, tiende a creerse competente en todo. No superior moralmente (eso sería grosero), sino epistemológicamente: opina con desparpajo sobre ciencia, medicina, matemáticas, economía… sin aceptar los límites del oficio. Aquí hay una confusión grave entre sensibilidad verbal y conocimiento especializado. Muchos escritores no la distinguen.

Flaubert lo sabía: el deseo de ser admirado es la ruina del estilo. La vanidad es el enemigo secreto de la frase justa.

El escritor mediocre cree que escribe para los demás; el escritor vanidoso cree que los demás existen para leerlo. Muy pocos escriben por necesidad interior. La mayoría escribe para verse reflejado en la atención ajena. La literatura es una forma elegante de narcisismo.

George Orwell: «Todo escritor serio es vanidoso, egoísta y perezoso. La escritura nace de un deseo de ser recordado, de parecer inteligente y de imponer una visión del mundo. La honestidad consiste en reconocer estas motivaciones, no en negarlas». Y Thomas Bernhard: «Los escritores son personas que no soportan el mundo tal como es y tampoco soportan a los demás escritores. Se creen excepcionales por defecto y víctimas por vocación. La literatura está llena de egos que se devoran entre sí con cortesía».

Hay algo muy pueril en que un adulto se sienta indispensable.

Cyril 44

Yo mismo tuve muchas polémicas literarias. Con Marina Perezagua (un ser beatífico), Javier Divisa, Alexei Raskolnikov, Camilo de Ory etcétera. Todos fueron exquisitos conmigo, probablemente debido a mis facultades mentales perturbadas (que diría un mal escritor)

Baudelaire impugnaba al escritor que quería probar una tesis; decía que dejaba de escribir novelas para redactar alegatos o panfletos disfrazados de libros. Wilde creía que el realismo es la confesión de una falta de imaginación y que cuando un escritor se vanagloria de ser fiel a la vida, suele significar que carece del talento necesario para inventarla. Orwell se enfrentó al esteticismo puro («El escritor que se refugia en el estilo para no mirar la realidad acaba escribiendo bellamente sobre nada») Nabokov tuvo siempre la convicción que un gran libro no tiene mensaje, sino magia. La política y la sociología son huéspedes ruidosos en la casa de la ficción: una vez dentro, lo rompen todo, añadió. De todos ellos aprendí lo mismo: que la literatura se corrompe cuando quiere justificarse.

Demasiadas veces la literatura es una cloaca decorada con premios. Los escritores se odian con precisión quirúrgica y se felicitan por conveniencia. Todo el mundo habla de genio, pero nadie soporta al genio vivo. El éxito literario es la forma más refinada de la mediocridad organizada. Eso es lo que yo creo. Pero ya no me peleo con nadie por argumentarlo. Para mí los premios literarios han introducido en la literatura una lógica de feria agrícola: se juzga el tamaño, el rendimiento, la visibilidad. El libro ya no se escribe para durar, sino para circular. Otra creencia que no me molesto en razonar.

Creo que hay escritores que no escriben libros, sino que se diseñan carreras. Mucho premio, mucho suplemento, mucha foto; y luego, al abrir el libro, nada. También, debido a las prisas, encontramos gran cantidad de libros perfectamente prescindibles. Ese tipo de escritor que publica demasiado y suele pensar poco. Alboroto, grito, retórica ramplona, prosa sin sangre ni salida de la entraña viva.

Las polémicas literarias verdaderas no tratan de egos heridos, sino de qué es escribir, para qué sirve el lenguaje, qué debe o no debe exigirle el mundo a la literatura. Cuando la polémica desaparece, la literatura se vuelve decorativa; cuando la polémica se vuelve personal, deja de ser fecunda.

A mí ahora ya casi nada me irrita profundamente. Sigo mi camino y no pido vaporosas justicias poéticas.

Cyril 43

Escribir cansa. Uno se vacía cada día y vuelve a empezar sabiendo que no quedará nada. No escribo porque tenga algo que decir, sino porque no sé estar en silencio conmigo mismo. A veces estoy exhausto de escribir, de tanta inutilidad, como si cada libro me hubiese quitado un trozo de carne. Pero cuando no escribo, la vida se vuelve opaca. El cansancio de escribir es preferible al cansancio de vivir sin palabras. Vivir sin escribir es morir.

No sé qué otra cosa hacer con mi silencio.

Cyril 42

Los títulos me salen de golpe, luego paso cinco, a veces diez minutos, de buril. Deben tener pringue, olor, evocación estilística, y, sobre todo, sinestesia. De ahí su poca correspondencia con el contenido. Me gustan los títulos que desorientan al lector, nunca los descriptivos.

Sobre ‘Diario de un esquizofrénico’, basta decir esto: no es solo un diario y yo no soy —en absoluto— el esquizofrénico típico. Quería impactar con mordiente literaria, como «Diario de vulva carmelita»(‘Esquizofrenia’ tiene algo de palabra tabú)

Los títulos me salen de golpe, insisto. «Pertinencias e impertinencias» se iluminó en mi mente debido a un bufido de sol repentino en mi cara. «Diario del falso aristócrata» me gustaba porque en voz alta me sonaba ridículo, a mancha de pintura de Pollock en las paredes. «Diario del zalapastrán», surgió de «zal» y «tran» que me deja en la lengua un blanco de huevo apenas pasado por agua. «Diario de Aquitania» se debió a un azar: «Antioquía», la palabra original prevista, la asociaba a un familiar político muy insoportable, y «Aquitania», al amarillo de patata frita de mi hermana Noemí que comió en el borde de una piscina cuando tenía cuatro años.

Me gustan títulos inteligentes desde dentro y falsos desde fuera. Por eso «Geomancia del tedio» y «Ecce homo». Engañan con elegancia y saben a helado de grosella chorreando de la boca.

De mis dos últimos títulos de libros no publicados, «Ad hominem» y «Cyril», solo decir que son rótulos irónicos y agresiones controladas. Y deliberadamente extranjeros, porque provienen del color verde mate de los pistachos turcos.

Cyril 41

Propendo a la chifladura: la vida ordinaria y yo no nos entendemos bien. Mi sensibilidad percibe como un desajuste chirriante la normalidad, un alarido de ambulancia lo común. Soy excéntrico porque el mundo lo quiso así. Jamás he comprendido por qué se me reprocha haber llevado dos lechones atados con una cinta de seda azul paseando por los jardines de la Plaza San Lázaro. Veo pagodas y Daibutsus en lugar McDonald´s, serpientes de bronce hechas por vestales, gatitos dorados sobre las nubes del cielo nevado. Oigo voces, cada una con su timbre y sistema nervioso propio, veo figuras geométricas vestidas de fosforescencias blandas y rosas. Soy histriónico sin público y exagerado solo en la intimidad de mi cabeza.

¿Loco? La verdadera locura es la de quienes aceptan este mundo sin rechistar.

Cyril 40

La imprecisión deliberada, la oscuridad gnóstica (uso agramatical y embarullado; condición de irrefutable), es una forma de deshonestidad. El escritor no debe deslumbrar con sombras ininteligibles, sino iluminar con palabras exactas. Todo puede expresarse con palabras sencillas, aunque no simples. Todo lo que se puede decir se puede decir claramente o en un sistema adecuado de símbolos. La vaguedad puede ser útil en poesía; en prosa suele ser un defecto. Pensar claro es un primer paso para casi cualquier tipo de regeneración.

Una prosa clásica es una prosa ordenada. La jerga innecesaria y la oscuridad no son síntomas de profundidad, sino signos de deshonestidad intelectual. Schopenhauer: «La primera regla del buen estilo es tener algo que decir; la segunda, decirlo claramente. La oscuridad deliberada es siempre un indicio de pensamiento confuso o de intención engañosa. Quien piensa con claridad escribe con claridad; quien escribe de manera oscura demuestra que no sabe exactamente lo que piensa, o que no desea que se le entienda». Todo pensamiento que pretenda criticar el mundo debe aceptar ser entendido. Y todo lo que puede pensarse, puede decirse con claridad suficiente para ser discutido.

De ahí que entre los escritores hay no poca niebla y mistificación. Demasiada charlatanería estupidizante y desvergonzada perversión del lenguaje. Muchas afirmaciones no dicen nada, aunque aparenten decir algo. El estilo inflado, exuberante, carente de juicio y de contención, es un error estético y moral. Contra el embaucamiento o encantamiento de las palabras, solo recomiendo la lima lógica y el ejemplo. La dejadez de nuestra lengua hace que sea más fácil tener pensamientos necios.

Lo difícil debe ser clarificable; lo oscuro se amuralla contra toda clarificación.