Tu quoque 89

Oigo voces que no proceden de ninguna boca, sino de mi locura. A veces hablan con autoridad, a veces con burla e insultos crueles. Me conminan a matarme, a echarme aceite hirviendo encima, me persuaden que las ratas imaginarias que veo son reales y que se lanzarán al cuello y me morderán. No puedo distinguir si soy yo quien las piensa o si me atraviesan desde fuera. El mundo pierde su continuidad: los objetos se separan, los sonidos se adelantan a las formas.

No pienso: me hablan. Me hablan dentro del cráneo, con una violencia que arde. No son metáforas. Son órdenes, injurias, acusaciones, calumnias, denegaciones e improperios. El cuerpo se convierte en escenario para ese teatro maligno.

Rara vez son voces de ángeles posados en los árboles, voces luminosas. Lo más común es la increpacion, la denigracion y el asalto a la paz cotidiana.Todo habla a la vez, y ya no puedes discernir qué pertenece al mundo y qué a tu espíritu. Hay días en los que el cielo grita y escupe baba.

A veces las voces no cesan durante horas. Comentan cada movimiento, cada pensamiento, cada paseo de ratón, incluso los más insignificantes. No dialogan: fiscalizan. Corrigen. Afirman conocer el mecanismo de tu alma mejor que tú. Hablan con un tono mecánico, sin afecto, como funcionarios sádicos. Lo peor no es solo el insulto, sino su persistencia.

Es una tortura que ya dura décadas.

Tu quoque 88

La rata no es un error de la evolución, sino uno de sus mayores éxitos. Ha aprendido a vivir con nosotros, a leer nuestros desperdicios, a prosperar en nuestras ruinas. Mientras el hombre construye sistemas que se derrumban, la rata adapta su dentadura, su comportamiento y su miedo. No necesita ideales: le basta con el mundo tal como es.

Las ratas surgen primero en los lugares donde nadie mira: sótanos húmedos, alcantarillas, patios interiores. No aparecen con estrépito, sino con una torpeza terminal, como si el mundo las hubiese expulsado a la superficie. Caminan unos metros, se detienen, parecen escuchar algo que los hombres no oyen, y finalmente aparecen, con una quietud repugnante.

Aparecen en mis alucinaciones visuales, criaturas intocables, innumerables, intolerables; nacen del subsuelo, del miedo, de lo que el hombre quiere evitar y no quiere ver. Se adaptan al desplome y basura del mundo. Si vuelve la luz, se repliegan. No ceso de ver ratas. Las ratas anuncian mi caída y súbita pudrición.

Tu quoque 87

La universidad fue para mí menos un lugar de pertenencia, camaradería y pandillaje, que un espacio de ostracismo. No aprendí allí a integrarme. Mientras otros adquirían hábitos sociales, yo adquiría manías intelectuales. No hice amigos duraderos ni ocasionales; hice lecturas duraderas. Y con el tiempo comprendí que eso, aunque empobrece la vida inmediata, enriquece la vida reflexiva de un modo intenso.

Nunca me sentí plenamente parte de la universidad. Asistía a clases como quien entra en una biblioteca ajena. Escuchaba con respeto, pero sin fervor gregario. Aprendí más en los anaqueles que en las aulas, y más conversando con autores muertos que con compañeros vivos. Tal vez por eso la universidad no fue para mí un hogar.

Parece un símbolo el hecho de que siempre esté solo. Estudié Ciencias y Letras, de modo mediocre lo primero y excelente lo segundo. «El solitario no busca compañía: huye de la mala compañía. Regresa siempre a su cueva porque sabe que su palabra no ha sido hecha para el mercado”, Nietzsche.

Mi soledad no consiste en no tener con quién hablar, sino en no poder hablar de aquello que me resulta esencial. Lo que para mí es vida, para los otros es una rareza incómoda. Así se crea una distancia que nadie ha querido, pero que nadie puede suprimir.

Hay hombres que llevan una señal invisible. No los acusa de ningún crimen concreto, pero los separa. Allí donde van, se percibe que no pertenecen. Esa señal no se borra con gestos ni con afectos: es anterior a todo. Es la marca de Caín.

Tu quoque 86

«Desde ese lugar —que no es superioridad, sino decantación— miro ahora la trayectoria de Christian S., y no lo hago con benevolencia senil ni con indulgencia amistosa, sino con reconocimiento. Porque reconozco en él los mismos mimbres: la negativa a permitirse pensamientos confusos, la resistencia al pensamiento fácil, la desconfianza hacia la vulgaridad intelectual incluso cuando se disfraza de brillantez.

Christian se permitió a veces el barroco —es cierto—, pero nunca la confusión. Y esa diferencia es capital. Su exceso no fue negligencia, sino riesgo; su densidad, elección; su tono, aun cuando se tensaba, jamás descendió a la grosería. En él, como en pocos, la cultura no fue ornamento ni coartada, sino forma de trato: con los textos, con la tradición, consigo mismo.

He conocido a muchos lectores, a no pocos eruditos, a algunos inteligentes. Rara vez he conocido a quienes entendieran que la educación del espíritu consiste menos en una cabeza repleta de perversiones ingeniosas que en una inteligencia habitada por cosas dignas. Christian pertenece a esa estirpe infrecuente. No buscó nunca el aplauso inmediato ni la comodidad del consenso; eligió la dificultad, la exactitud, el respeto al lector como a un igual.

Desde la altura que da el haber vivido —y no simplemente acumulado tiempo— puedo decirlo sin énfasis: hay vidas que honran la cultura porque la encarnan. No la proclaman, no la exhiben, no la convierten en identidad ruidosa. La practican. En ese sentido estricto, casi antiguo, Christian S. ha sido siempre un hombre civilizado.

Y eso, en cualquier época, pero especialmente en esta, no es poco», Arturo de Olavide, «Notas sobre cultura y forma «, Editorial Síntesis, 2024.

Tu quoque 85

Durante mucho tiempo creí que mi vida había sido una sucesión de fracasos y extravíos. Solo más tarde entendí que cada uno de ellos me había obligado a profundizar. No tuve una vida fácil, pero tuve una vida consciente. Y eso, al final, pesa más. No cambiaría mis tragedias por una existencia más ligera, porque en ellas se forjó mi carácter.

Sufrí, sí, pero leí a Tácito, Montaigne, Quevedo, Cantor, Galdós, y amé y fui amado por una mujer. No deseo otra vida, me jacto de tener la vida que tuve, no por orgullo narcisista, sino por identidad asumida. Si volviera a vivir, volvería a vivir mi vida tal cual fue. Incluso con los innumerables olvidos intelectuales; más importante que recordar lo leído es haberlo leído.

No bendigo mis noches peores, pero tampoco las rechazo. Son mías. No cambiaría mi fragilidad por una fuerza que me hubiera vuelto insensible. Prefiero una vida dañada que una vida distraída. No bendigo mis lagunas librescas, pero la lectura modela, y actúa aunque no se recuerde. «He sido ciego, he sido torpe, he sido lento para la vida práctica, pero no cambiaría mis limitaciones por otra biografía. Gracias a ellas leí, pensé, imaginé. La vida no me dio lo que quise, pero me dio lo que pude ser. Y eso basta», Borges.

Tu quoque 84

Durante mucho tiempo creí que mi vida había sido una sucesión de fracasos y extravíos. Solo más tarde entendí que cada uno de ellos me había obligado a profundizar. No tuve una vida fácil, pero tuve una vida consciente. Y eso, al final, pesa más. No cambiaría mis tragedias por una existencia más ligera, porque en ellas se forjó mi carácter.

Sufrí, sí, pero leí a Tácito, Montaigne, Quevedo, Cantor, Galdós, y amé y fui amado por una mujer. No deseo otra vida, me jacto de tener la vida que tuve, no por orgullo narcisista, sino por identidad asumida. Si volviera a vivir, volvería a vivir mi vida tal cual fue. Incluso con los innumerables olvidos intelectuales; más importante que recordar lo leído es haberlo leído.

No bendigo mis noches peores, pero tampoco las rechazo. Son mías. No cambiaría mi fragilidad por una fuerza que me hubiera vuelto insensible. Prefiero una vida dañada que una vida distraída. No bendigo mis lagunas librescas, pero la lectura modela, y actúa aunque no se recuerde. «He sido ciego, he sido torpe, he sido lento para la vida práctica, pero no cambiaría mis limitaciones por otra biografía. Gracias a ellas leí, pensé, imaginé. La vida no me dio lo que quise, pero me dio lo que pude ser. Y eso basta», Borges.

Tu quoque 83

Lo único que deseo es querer y ser querido. Más que alguien que no encaja, soy alguien que ya no acepta fingir que encaja. Eso es distinto. Nunca pertenecí a nada porque pertenecer exige una cesión que no supe hacer. No es que me negara al mundo: el mundo me resultó siempre excesivamente exterior. Viví rodeado de gente, pero solo en el sentido en que un extranjero vive rodeado de una lengua que no es la suya. Con los años comprendí que no estaba destinado a la convivencia, sino a la observación, y que mi destino no era compartir la vida, sino escribirla desde un margen inevitable. No me dolía la soledad; me dolía la imposibilidad de traducirme a los otros sin traicionarme.

Por otra parte, llegué a una edad en la que uno ya no espera ser aceptado. Ese fue mi alivio. El outsider verdadero no es el joven que se rebela, sino el hombre maduro que ya no mendiga un lugar. Se habita entonces una zona neutra: se comprende demasiado para participar y se participa demasiado poco para pertenecer. No hay orgullo en ello, solo una lucidez fatigada. La soledad deja de ser un drama y se convierte en un hecho.

Siempre supe que no estaba hecho para los caminos comunes. No por superioridad, sino por una sensibilidad excesiva que me volvía incompatible con la prisa, con la charla banal, con la vida gregaria. En la madurez entendí que ese desajuste no se corrige: se acepta. El hombre que profundiza demasiado termina viviendo en un mundo interior que los demás no visitan. No es culpa de nadie. Es simplemente otra forma de estar vivo.

La cultura profunda no crea mayorías; crea islas cada vez más pequeñas. El intelectual maduro vive rodeado de voces muertas que le hablan con más claridad que los vivos. Esa es su condena y su privilegio. Se vuelve extranjero en su tiempo, no por desprecio, sino por desfase. Aceptar ese exilio interior es el precio de no traicionarse.

Tu quoque 82

Las fiestas colectivas tienen algo obsceno cuando se las contempla en soledad. Mi hermana y sus amigos se han ido de fiesta. Pongo la humillante televisión: risas programadas, júbilo obligatorio, música asquerosa, estupidez amplificada. Encender la televisión fue un error, como todos los errores que uno comete de noche. Gente gritando, música idiota, una felicidad impostada hasta la náusea. El alcohol no ayuda; solo hace más visible el asco. En esas horas uno comprende que la fiesta es una forma organizada de la mayúscula imbecilidad. La Nochevieja es una ceremonia cruel para los solitarios. La televisión muestra cuerpos que fingen alegría, canciones bobas que nadie escucha, una sexualidad de supermercado y una felicidad de saldo. El individuo aislado bebe, no para celebrar, sino para soportar el espectáculo de una humanidad que se divierte sin él.

Ojalá estuviera en mi aldea leyendo o durmiendo.

Tu quoque 81

No tengo píos deseos para el nuevo año. Me bastaría con conservar la lucidez, vivir con los ojos abiertos, no volverme imbécil y no traicionar aquello que considero digno. Una disposición de ánimo para soportar lo que venga (enfermedad, decadencia) sin degradarme. Honestidad, cultura, un mundo, no el mejor de los posibles, sino uno máximamente óptimo, o mínimamente desastroso, y resistir, curiosidad, y horas de calma, y seguir leyendo, seguir escribiendo, seguir asombrándome, que quien amo esté a salvo, en resumen, un mundo menos horrible y una vida menos dañada.

Tu quoque 80

¡Cuántos finales de año pasé en manicomios! En Navidad, el hospital estaba decorado con una alegría que resultaba obscena. Guirnaldas de papel, figuras de cartón, una falsa jovialidad colgada de las paredes blancas. Mientras en el mundo la gente se reunía en torno a mesas calientes, yo estaba sentado en una sala común, impactantemente silenciosa, con hombres y mujeres que no sabían en qué día vivían. Estas fechas me recordaban lo perdido, la crueldad de mi vida. Los villancicos, forzados, sonaban como en una lengua extranjera. Las familias iban poco o nada.

Hoy cenaré con mi hermana, mi sobrina Clara y unos amigos. No es un gesto menor. No cancela el pasado, no repara el daño, no cura automáticamente el miedo, pero desmiente la condena.

Viviré la sensación de estar protegido por una conversación que no exige brillantez, solo camaradería. En esas noches comprendo que la felicidad no es intensidad, sino continuidad compartida. Una fiesta sencilla, sin aspavientos. En ese desorden afectuoso encontraré como una especie de paz. Bienvenida.