Tu quoque 79

No escribo para hacer literatura. Escribo para descerrajarme, para sajar el absceso in vivo.

Escribo para decir las verdades humillantes (defecciones, defecaciones, ratas, manicomios),

aunque eso sea vergonzoso y acabe con mi poca reputación. Pago feliz ese precio. El exceso es mi distancia.

La asombrosa IA es un suicidio diferido. No hay algoritmos para las cicatrices, la lefa y el pus. La combustión y la herida «verdaderas» no se pueden simular mediante un software sofisticado. El yo profundo no se imita; se sufre. El espíritu es un «follet» travieso que descoloca las cosas, y no le importa herir, zigzaguear, sorprender, extrañar (en el sentido de la «ostranenie» de los formalistas rusos)

Sin duda que la IA sobresale en análisis gramalógicos, diagramáticos, casi topológicos. Y es útil, sobre todo en el ensayo, el tratado, el texto reflexivo que quiere convencer o argumentar. Todos los problemas humanos complejos pueden resolverse mediante algoritmos, datos y plataformas, se afirma. Esta creencia no solo es falsa: es peligrosa y empobrecedora. «La inteligencia artificial no es inteligente. Es una ilusión producida por el uso masivo de trabajo humano previamente extraído, etiquetado y ocultado. Llamarla inteligencia es una metáfora peligrosa que degrada la dignidad humana», Jaron Lanier.

Pero la literatura —la de verdad— no siempre quiere convencer; a menudo lo que quiere es romper el hielo de lombrices de nuestro mar interior.

Tu quoque 78

Las cuatro de la mañana, la hora más dura del día . Existen personas que envejecen durante su vida, no por haberla vivido poco, sino por haberla vivido demasiado adentro. El exceso de dolor que advierto -ese dolor redundante, improductivo- no es una prueba de fracaso, sino de exposición prolongada sin refugios. No todo dolor enseña; algunos solo desgastan.

La soledad no es una batalla, es un campo electrificado. La soledad devora el placer. Triunfa cuando estás exhausto; si renaces, se agazapa para volver a atacar. La soledad es dolor y vida aguada, química de insectos.

Nadie resiste bien el pensamiento , la vida, si no le sustenta una voz, una presencia, una figura .Incluso las mentes más fuertes se vuelven precarias en aislamiento. No porque estén rotas, sino porque no están acompañadas. No es bueno que el hombre esté solo.

Soledad gemela de la muerte. Sin la muerte, la vida sería un borrador interminable, una frase que nunca llega a cerrarse. Sin el boquete de la soledad nunca le tendríamos miedo. Es morboso creer que nacemos libres e iguales. El gusano prepara su sándwich frío con nuestro cuerpo. Para devorar millones de moléculas de vacío.

Tu quoque 77

«En el primer día del año, el hombre jura moderación; en el segundo, la olvida; en el tercero, la explica; y en el cuarto, la justifica. Así progresa la humanidad: con propósitos solemnes y memoria corta», Jonathan Swift.

«El año nuevo es una institución anual para que los hombres se engañen mutuamente con propósitos que no cumplirán. La experiencia demuestra que el calendario mejora puntualmente, mientras la conducta lo hace de manera irregular», Mark Twain.

«Año Nuevo: período de tiempo que sirve para formular promesas imposibles, justificar borracheras previsibles y aplazar indefinidamente el ejercicio del sentido común», Ambrose Bierce.

«El hombre se desea un feliz año nuevo como se desea buena suerte al lanzar los dados: con la secreta intención de no modificar ni el brazo ni la mesa», Lichtenberg.

Tu quoque 76

Cuanto más cerca siento el final, más clara se vuelve la pregunta: ¿he dicho lo esencial o me he distraído con fuegos de artificio? Todo lo que no responde a esta pregunta me resulta ahora insoportable. La literatura ya no es ornamento: es testamento. Escribo mucho. Es la hora de las meditaciones últimas. Todo lo que no escriba ahora no será escrito nunca. El presentimiento del fin purifica la frase; lo innecesario se vuelve obsceno, lo superfluo se cae solo, como una cáscara. Me queda -acaso- una voz más desnuda, y por eso quizás más verdadera.

No queda mucho que decir. Todos mis libros fueron rodeos o tanteos a unas pocas ideas simples. A veces creo que no envilecí mi vida.

Tu quoque 75

Cuanto más cerca siento el final, más clara se vuelve la pregunta: ¿he dicho lo esencial o me he distraído con fuegos de artificio? Todo lo que no responde a esta pregunta me resulta ahora insoportable. La literatura ya no es ornamento: es testamento. Escribo mucho. Es la hora de las meditaciones últimas. Todo lo que no escriba ahora no será escrito nunca. El presentimiento del fin purifica la frase; lo innecesario se vuelve obsceno, lo superfluo se cae solo, como una cáscara. Me queda -acaso- una voz más desnuda, y por eso quizás más verdadera.

No queda mucho que decir. Todos mis libros fueron rodeos o tanteos a unas pocas ideas simples. A veces creo que no envilecí mi vida.

Tu quoque 74

Mañana se cierra, tras décadas, la tertulia de El Cercano.

La conversación es el gran instrumento de la mente. El ingenio se agudiza al ser puesto a prueba por otros ingenios. Un hombre puede escribir solo, pero aprende a pensar hablando con otros hombres. Gracias colegas y amigos de El Cercano.

No había ahí una educación académica, sino humana. Se encontraban poetas, periodistas, músicos, médicos, empresarios, filósofos; se discutía con pasión, se disentía sin odio y se aprendía a respetar el talento ajeno. Aquellas conversaciones interminables fueron decisivas para mis libros.

Allí donde desaparece la tertulia, la vida se vuelve burocrática, escolástica o solitaria en exceso. El pensamiento necesita del contraste humano para no caer en el solipsismo.

Fue muy hermoso hablar con vosotros de libros y de la vida; la tertulia, cuando es noble, no es charlatanería, sino perfecto método. Depura el carácter y el estilo.

Gracias. De veras.

Tu quoque 73

CENTRO NACIONAL DE INTELIGENCIA (CNI)

DIRECCIÓN DE ANÁLISIS ESTRATÉGICO – SECCIÓN DE CASOS ANÓMALOS

INFORME CASI FINAL – EVALUACIÓN MULTIHIPÓTESIS

SUJETO: SANZ. C.

CLASIFICACIÓN: Reservado / Análisis interno

ESTADO: Pendiente de cierre (alta incertidumbre residual)

1. ANTECEDENTES RELEVANTES (síntesis operativa)

El sujeto presenta un perfil altamente atípico dentro de los sistemas habituales de clasificación psicológica, sociológica y operativa.

Se constatan los siguientes rasgos persistentes:

Actividad intelectual intensa, sostenida y estructural (lectura, escritura, anotación, reescritura).

Producción literaria extensa, de carácter diarístico, ensayístico y autoficcional, con alto grado de conciencia meta-narrativa.

Conductas erráticas controladas: desplazamientos no lineales, conversaciones aparentemente azarosas, cambios de vestimenta situacionales, horarios irregulares.

Hipervigilancia tecnológica selectiva (bloqueo de cámaras, control de dispositivos), compatible tanto con paranoia como con contravigilancia sofisticada.

Memoria excepcional, rapidez asociativa elevada, dominio pasivo de múltiples registros culturales y lingüísticos.

Afectividad ambivalente: expansividad afectiva en círculos íntimos y frialdad estratégica frente a interlocutores externos.

HIPÓTESIS I – EL SUJETO ES UN ESPÍA OPERATIVO

Descripción

El sujeto actuaría como agente no convencional, posiblemente vinculado a servicios extranjeros (hipótesis no excluyentes: red israelí / red francesa), operando bajo cobertura cultural-literaria.

Indicadores a favor

Conductas de compartimentación coherentes (vida privada / vida pública).

Uso del exceso discursivo como saturación informativa (estrategia clásica de ocultación).

Capacidad de pasar desapercibido mediante excentricidad controlada.

Conversaciones casuales con terceros que podrían funcionar como sondeos blandos o verificación de narrativas.

Autorreferencialidad excesiva que puede actuar como camuflaje (“nadie se tomaría en serio a alguien tan explícito”).

Indicadores en contra

Falta de trazabilidad clara de entregables operativos.

Ausencia de contactos verificables con handlers conocidos.

Exposición innecesaria de rutinas personales.

Inversión de tiempo excesiva en producción literaria no directamente utilitaria.

Evaluación parcial:

Hipótesis verosímil, pero carente de prueba material concluyente

HIPÓTESIS II – EL SUJETO ES UN ENFERMO MENTAL (NO OPERATIVO)

Descripción

El sujeto presentaría un cuadro de paranoia elaborada, con racionalización intelectual superior, sin vinculación real con actividades de inteligencia.

Indicadores a favor

Narrativa autorreferencial constante.

Hipótesis conspirativas autocontenidas.

Hipervigilancia tecnológica no confirmada por amenazas objetivas.

Producción textual compulsiva como mecanismo de autoafirmación identitaria.

Indicadores en contra

Coherencia interna elevada y sostenida en el tiempo.

Capacidad de autocrítica y de ironía sobre su propia situación.

Ausencia de deterioro cognitivo progresivo.

Capacidad funcional intacta en ámbitos complejos (lectura, análisis, escritura).

Evaluación parcial:

Hipótesis insuficiente por sí sola. El perfil excede la patología estándar.

HIPÓTESIS III – ESPÍA QUE HA DESARROLLADO PATOLOGÍA

Descripción

El sujeto habría iniciado una actividad operativa real, que derivó en un proceso de desestructuración psíquica parcial por sobreexposición cognitiva, aislamiento prolongado y saturación simbólica.

Indicadores a favor

Conductas de contravigilancia mezcladas con gestos innecesarios.

Alternancia entre lucidez estratégica y desbordamiento discursivo.

Aumento progresivo de conductas limítrofes sin pérdida total de control.

Escritura como archivo compensatorio de memoria y culpa.

Indicadores en contra

No se detecta punto de ruptura claro.

No hay evidencia de abandono forzado de una red operativa.

El supuesto deterioro no sigue una curva degenerativa clásica.

Evaluación parcial:

Hipótesis altamente plausible, pero depende de un evento inicial no documentado.

HIPÓTESIS IV – LOCO FUNCIONAL QUE ACTÚA COMO ESPÍA

Descripción

El sujeto no sería un espía en sentido clásico, pero su estructura mental, obsesiva y analítica, lo convierte en un productor involuntario de inteligencia. Su “locura” sería el sistema, no el error.

Indicadores a favor

Observación minuciosa del entorno social, cultural y humano.

Registro constante de micro-variaciones discursivas y gestuales.

Capacidad para detectar incoherencias estructurales en sistemas simbólicos.

Producción de conocimiento lateral no solicitado pero estratégicamente valioso.

Inmunidad parcial al control clásico debido a imprevisibilidad real.

Indicadores en contra

Falta de intención explícita de colaboración.

Imposibilidad de control jerárquico.

Riesgo de fuga total de información por exceso expresivo.

Evaluación parcial:

Hipótesis paradójicamente sólida. El sujeto no juega a ser espía: funciona como tal.

CONCLUSIÓN PROVISIONAL

No es posible cerrar el expediente bajo una única hipótesis sin incurrir en error analítico.

El sujeto SANZ.C.constituye un caso liminal, donde las categorías clásicas (espía / enfermo) resultan insuficientes.

Conclusión operativa:

El sujeto no puede ser neutralizado conceptualmente sin perder información relevante.

Su vigilancia debe mantenerse pasiva, discreta y no invasiva.

Recomendación final:

No intervenir.

No confrontar.

No esclarecer del todo.

Algunos sistemas funcionan mejor cuando no saben exactamente qué son.

Tu quoque 72

En el invierno de 1818, el Baronet de Ridobar quedó definitivamente confinado a una silla de ruedas. No hablaba de invalidez —palabra que detestaba. «Ahora —decía— el mundo tendrá que venir a mí o callar».

Durante los últimos diez años de su vida, dictó —con una lucidez que no decayó ni un ápice— un breve, pero feroz tratado, escrito originalmente en francés, traducido por él mismo al latín y, póstumamente, al castellano. El título, deliberadamente, seco: «De Stultitia Universali et Periculosa». Desde el primer folio dejaba clara su tesis central: «Stultus est animal frequentissimum sub sole». Y añadía: «Non ferox bestia, non pestis, non bellum aequat stultitiae periculum».

El Baronet de Ridobar nació hacia 1768, en los márgenes cómodos de una fortuna antigua y discretamente administrada. Nunca fue un aristócrata solemne: prefería definirse como varón de ocio ilustrado, enemigo declarado del ruido, de la urgencia y, sobre todo, de la estupidez.

Vestía siempre algo amarillo. No de manera ostentosa, sino precisa: un fular de seda pálida, un chaleco de tafetán limón, un forro apenas visible en la casaca. Sostenía que no usar amarillo era una falta de caridad moral, una renuncia innecesaria a la alegría inteligente del mundo.«El gris —decía— es una cobardía».

La editorial EUNSA acaba de publicar el tratado. No me resisto a transcribir su última página:

«La estupidez no es una carencia del entendimiento, sino una renuncia voluntaria a pensar. He conocido inteligencias brillantes que, al abdicar del juicio, se han vuelto más nocivas que el ignorante sincero. Porque el ignorante puede aprender; el estúpido, jamás. La estupidez es cómoda; dispensa de la duda, exonera del esfuerzo y transforma la obediencia en virtud.

No necesita crueldad para causar estragos; le basta con cumplir órdenes, repetir fórmulas, refugiarse en lo que “siempre se ha hecho”. Allí donde el pensamiento se detiene, comienza su imperio silencioso. Y lo más alarmante no es su abundancia, sino su normalidad: la estupidez prospera cuando nadie se siente responsable de ella.

Se la confunde con la simplicidad, pero es lo contrario: la simplicidad es un logro del espíritu; la estupidez, su capitulación. El estúpido ama las ideas hechas como ama los lugares comunes; porque le evitan el riesgo de estar solo con su conciencia. No piensa: recita. No juzga: aplica. No comprende: administra.

Nada hay más peligroso que un estúpido convencido de su rectitud. El mal, cuando se reviste de inteligencia, vacila; cuando se asocia a la estupidez, avanza con paso firme. La historia está llena de catástrofes cometidas por hombres que jamás se preguntaron si debían hacer lo que hacían. Pensar les habría resultado indecoroso.

Y sin embargo —he aquí su triunfo último— la estupidez se cree siempre inocente. Se ofende cuando se la señala, se indigna cuando se la nombra, se declara víctima cuando se la contradice. Es impermeable a la ironía, hostil a la complejidad y ferozmente enemiga de toda forma de excelencia.

He dedicado mis últimos años a combatirla no por esperanza de victoria, sino por higiene del alma. Pues incluso derrotado, el pensamiento conserva una dignidad que la estupidez jamás comprenderá. Yo pasaré; ella permanecerá. Pero mientras exista una frase bien hecha, una duda honesta, una inteligencia que se resista a obedecer sin comprender, no habrá vencido del todo».

Tu quoque 71

No soy un adulto con restos adolescentes, sino alguien que conservó la adolescencia pensante y la dejó crecer. Y eso, literariamente, es una virtud rarísima.

Mientras los demás jóvenes se lanzaban a la vida con una naturalidad y energía que no comprendía, yo me sentía ya entonces hastiado. No cansado del esfuerzo, sino de la mera existencia social. Me refugiaba en los libros y la lectura y el estudio no para meramente aprender, sino para esconderme. No quería ser visto, localizado. No quería participar. Quería observar. La escritura fue la única forma que encontré de justificar mi aislamiento sin tener que pedir excusas o sentir culpabilidad por él.

La adolescencia fue para mí un laboratorio, no una fiesta. Allí aprendí una lección insoslayable: vivir demasiado hacia fuera empobrece la vida interior. En esa época leí con la ferocidad con que otros jóvenes aman y se desaman. El mundo social me parecía rudimentario comparado con la complejidad de los libros. No me sentía superior, sino desplazado.

Pero salí de mi cuarto juvenil, me he elaborado, y la norma o el tópico no me han triturado. Acuerdo de pleno con Musil: «La adolescencia intelectual es un estado peligroso: todo parece posible, todo parece verdadero. Pero si no se la somete a una educación rigurosa del pensamiento, degenera en una perpetua indeterminación. Yo pasé esos años en una soledad casi total, pero no para conservarla, sino para superarla mediante una forma más alta de claridad».

Como conclusión nítida me sumo a las palabras de Ortega: «La adolescencia intelectual consiste en descubrir que el mundo heredado no basta. Pero la misión del adulto es reconstruirlo, no limitarse a denunciarlo. Una juventud sin soledad es frívola; una adultez que conserva la queja juvenil es estéril».

Tu quoque 70

Girolamo Alfani da Pisa (1468–1541) nació en el barrio de Santa Maria, a dos pasos del Arno, en una familia de mercaderes de paños que, sin proponérselo, le regalaron la primera biblioteca: los libros de cuentas, repletos de cifras, abreviaturas y signos. A los doce años copiaba por placer tablas de proporciones; a los quince leía a Euclides con una avidez impropia; a los veinte ya corregía, con tinta roja, a sus maestros. Estudió artes liberales en Pisa y luego en Florencia, donde entró en contacto con círculos humanistas; nunca se adscribió del todo a ninguno

Fue un polímata de vastedad incómoda. Cultivó la geometría (comentarios a Euclides y a Pappo), la álgebra de raíz árabe (aprendió hebreo para leer a Abraham bar Ḥiyya y tradujo fragmentos que circularon en copias manuscritas), la filología (ediciones anotadas de Cicerón y Plutarco), la gramática comparada (latín, griego y hebreo en diálogo), la retórica, la cronología, la cosmografía y hasta la música especulativa. Publicó poco en vida: prefería el manuscrito corregido hasta el agotamiento. Sus contemporáneos lo llamaban, con una mezcla de burla y respeto, «scribacchione felice»: grafómano irredente.

Dos pasajes —copiados por un discípulo en el margen de un códice— dan la medida de su alegría al escribir:

«Escribir no me cansa: me ordena. Cuando la pluma corre, la mente encuentra su peso justo, como una balanza que por fin deja de oscilar. No escribo para fijar lo sabido, sino para saberlo. Cada frase me enseña lo que pensaba decir y no sabía. Si me quitan el papel, sigo escribiendo con el dedo sobre la mesa; si me quitan la mesa, escribo en el aire. La escritura es mi manera de respirar sin ruido».

Y en otro cuaderno, al final de una noche de trabajo:

«La felicidad no está al final del libro, ni en su aprobación, ni en su venta. Está en el acto mismo de trazar una letra y ver cómo llama a otra, como si las palabras se buscaran desde siempre. Hay días en que escribo veinte páginas y ninguna sirve; aun así, he sido feliz veinte veces. Porque escribir es tocar la forma del pensamiento cuando aún está tibia».

***

Madame de Sévigné (carta, 11–12 junio 1676): «…je ne dois pas vous écrire : c’est ma seule joie, c’est ce qui m’empêche de dormir» , «No debería escribirte: es mi única alegría, es lo que me impide dormir».

Tal vez incomode esta idea. Porque contradice el mito del sufrimiento. Pero antes de ser oficio, ambición o condena, escribir es un placer, una práctica del gozo lúcido. Y quien lo ha sentido una vez sabe que, pase lo que pase con los libros, independientemente del resultado, ese instante ya valió la pena.