«La pequeña frase de la sonata, aunque no tuviera para él un sentido intelectual preciso, había llegado a convertirse en algo así como el signo visible de su amor. No era solo música: era una idea, una idea sentida, una idea imposible de traducir en palabras, pero que parecía contener en sí toda la sustancia de una emoción. Cuando reaparecía, no le recordaba su felicidad pasada: la reanudaba […] La música da inmediatamente lo que la vida solo promete. Nos ofrece una emoción pura, liberada de las contingencias prácticas, una emoción que parece venir de un mundo más verdadero que este. Por eso su belleza nos hiere: nos muestra lo que somos incapaces de vivir», Proust.
Cuando una frase musical es perfecta, produce un estremecimiento que ningún argumento racional puede igualar. Detesto la música que se impone por el volumen, el espectáculo o por la insistencia emocional. La verdadera música no arrastra masas: persuade individuos. No invade la mente; la afina. Reina un mal gusto casi universal. El arte auténtico exige atención, no abandono sensual. La música que solicita una entrega confusa del cuerpo sin claridad formal me resulta vulgar, incluso cuando pretende ser profunda (mero cacareo ruidoso)
«Sin música, la vida sería un error. Pero precisamente por eso la música es peligrosa. Hay músicas que nos hacen más lúcidos y músicas que nos narcotizan. Yo exijo de la música claridad, aire, ligereza; no embriaguez ni espesura sentimental», Nietzsche.
Bach: un poco de violeta en los ojos maduros, caída inmensa de una placa de acero en la noche, luz y musgo pegados al silencio.
Contemplo la luna. «It´s too romantic». La luna es el espejo de nuestra mortalidad. Su mirada es tranquila, distante, como si supiera algo que nosotros no podemos recordar. Belleza ajena, como un amigo que no nos necesita. Y, sin embargo, basta mirarla para sentir que algo en nosotros se vuelve más verdadero. Noches (herrerías y granjas) sofocadas por nuestra adolescencia. Disuelta perla de agua cayendo al pozo de los cuerpos. «È proprio vero!»
Cesare Pavese, «El oficio de vivir», Seix Barral, pág. 44: «Mirar la luna es siempre volver a la infancia, pero no a una infancia feliz, sino a una en la que ya sabíamos que el mundo no iba a explicarse del todo. La luna es una costumbre antigua del espíritu».
Las fiestas, las discotecas, las kermeses, los clubes son todos iguales: música demasiado alta, coribántica, con un ritual de cartón piedra, falsamente fáustica: neón y reguetón y tontorrón. Drogas que ya no hacen nada, conversaciones que no significan nada, retretes sucios donde copular y potar. La gente sonríe creyendo que eso es vivir. Estética de garrafón. Nadie baila porque quiera, sino porque no sabe qué más hacer. Campos de selección sexual. Campos de estabulación. La música impide pensar; el alcohol impide sentir; el sexo, cuando ocurre, no redime de nada. Deseo sin poesía. Sexo conejero y luz miserable.
La música excita los nervios, no el espíritu. El ritmo insistente no invita a la contemplación, sino a una entrega confusa del cuerpo, una rendición momentánea que deja después una sensación de vacío. Copas que tintinean, fragmentos de frases sin sentido, risas que parecen surgir por obligación. Siento que esas reuniones no están hechas para comunicar nada, sino para evitar cualquier comunicación verdadera. Zumba el tedio y trigra el cansancio. Allí donde la belleza se degrada, el hombre se vuelve tosco incluso en sus gestos e ideas.
Prefiero visitar catedrales góticas e iglesias románicas. Entramos en ellas como quien penetra en la conciencia de una época. Cada piedra ha sido colocada por una mano humana, con fe, con esperanza o con miedo. Allí donde la técnica moderna busca la perfección mecánica e impersonal, la catedral conserva el temblor del hombre que cree. Brécula caliedral, tarlún aléforo, zazea la fineza en su gorgorón. Lumbra fruta. Una catedral es una metáfora del orden humano llevado al extremo, un intento de dar forma visible a lo invisible. La belleza vuelta emoción. Y esa emoción no se explica: ocurre. Cuando ocurre, sentimos que algo ha sido justificado, aunque no sepamos qué. No importa tanto la fe que las levantó como la inteligencia que las sostiene.
Lugares donde la gravitas se detiene para pensar en sí misma.
«Yo no he sido nunca un lector tranquilo ni metódico. He perseguido los libros como se persigue a un enemigo o a una amante. Los he buscado en conventos abandonados, en almonedas miserables, en librerías polvorientas donde nadie sabía lo que vendía. Muchos de los libros que poseí no los tuve para leerlos, sino para salvarlos. El libro raro es un náufrago: quien lo recoge contra la ignorancia y el descuido, cumple un deber civil», Bartolomé José Gallardo.
«No estimo los libros por su encuadernación ni por su antigüedad sola, sino por la verdad que contienen y por la fidelidad con que la transmiten. Aborrezco las ediciones corruptas y los copistas negligentes. Un libro mal impreso es un libro mentiroso. He gastado más vida en corregir libros ajenos que en escribir los míos, y no me pesa: quien restituye un texto, restituye una parte de la razón humana», Gregorio Mayans y Siscar.
«He reunido libros no por ostentación, sino por respeto. Un libro mutilado es una injuria; un libro sucio, una vergüenza. Prefiero un volumen modesto, pero íntegro, a una edición famosa estropeada. El verdadero bibliófilo no tolera la falta, el recorte ni la restauración engañosa. El libro es un testimonio, y todo testimonio exige limpieza», Vicene Salvá.
«El libro no es un ente abstracto. Cada ejemplar tiene historia, accidentes, huellas de uso. Quien habla de textos sin haber visto los libros habla en el vacío. He desconfiado siempre del erudito sin polvo en las manos. La bibliofilia no es un capricho: es una forma de conocimiento», Antonio Rodríguez-Moñino.
«He leído libros malos para defenderme de ellos, libros raros para rescatarlos del olvido y libros prohibidos para conocer el error en su fuente. Mi biblioteca no es un adorno, sino un arsenal. Entre estos volúmenes he vivido más que en el mundo, y no me arrepiento», Marcelino Menéndez Pelayo.
«Siempre me han gustado los libros usados, los libros que han pasado por manos ajenas. Un libro nuevo es un poco insolente. En cambio, un libro viejo tiene una modestia, una experiencia. No he creído nunca en las bibliotecas de lujo; me fío más de las bibliotecas desordenadas», Baroja.
«Un libro antiguo no es solo un texto; es un fragmento de tiempo detenido. Al abrirlo, sentimos la presión de las generaciones que lo han leído. Yo no puedo separar la literatura del objeto libro: el papel, el tipo, el formato influyen en la emoción intelectual», Azorín.
«He llegado a amar los libros no por su utilidad inmediata, sino por su resistencia al ruido del mundo. Una biblioteca es una forma de retiro moral. Hay días en que solo los libros me parecen personas fiables», Ridruejo.
«Centuriae Sonorum Ultimorum. Additamentum apocryphum de clade aurium et lumborum», Lugduni: Apud Guillelmum Rouillium, excudebat Stephanus Servatius, Anno MDLXXII.
8º mayor (19 × 12 cm). [12], 88 pp. Papel verjurado, filigrana “luna creciente con cruz”. Letra itálica humanística; títulos en romana.
Grabados xilográficos toscos representando danzantes deformes y tambores monstruosos. Encuadernación en pergamino rígido, nervios marcados, restos de escritura notarial en las guardas.
Obra ausente de las ediciones canónicas de las Centurias, pero citada con por Jean-Aimé de Chavigny en una nota marginal manuscrita (BNF, ms. lat. 8663): “Suspectum opus, sed stylus non alienus”.
Rarísima: se conocen dos ejemplares (Bibliothèque Mazarine, incompleto; colección privada italiana, con faltas)
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Centuria XI, Cuarteta XIII
Post cantus mollis et lyram bene doctam, Veniet pulsus obscenus ex umbilico. Verba cadent infra, mens tota subducta, Et saltans turba vocabitur ars et iudicium.
In plagis calidis regnabit sonus vilis, Iteratus, fractus, lumbos excitans. Non audient sensum, sed motum tantum, Et finis mundi fiet per rhythmum bassum.
«Tras el canto suave y la lira bien instruida, vendrá un golpe obsceno que nace del ombligo. Las palabras caerán abajo, la mente será retirada, y la muchedumbre que salta llamará a eso arte y juicio.
En las tierras cálidas reinará un sonido vil, repetido, quebrado, excitador de lomos. No oirán el sentido, sino solo el movimiento, y el fin del mundo llegará por el ritmo grave».
Profecía indubitable del advenimiento del reguetón. No fue el Apocalipsis de fuego ni de hierro, sino el de Bad Bunny en su gira mundial.
«Leer biografías es uno de los placeres más complejos que ofrece la literatura. En ellas buscamos algo que no se encuentra ni en la ficción pura ni en la historia estricta: el contacto con una vida real sometida a las presiones de la forma. Leemos biografías no solo para saber qué hicieron los grandes escritores, sino para comprender cómo soportaron el peso de su propia conciencia, cómo sobrevivieron a sus días vacíos, a sus dudas, a su trabajo. Una buena biografía nos da la sensación de haber vivido otra vida sin abandonar la nuestra», Virginia Woolf.
«Siempre he preferido las biografías a las novelas. Tal vez porque en ellas hay una modestia esencial: el autor no inventa un destino, lo recibe. Cuando leo una autobiografía de escritor -Johnson, De Quincey, Chesterton- siento que estoy leyendo la novela más honesta posible: la de una inteligencia enfrentada a su tiempo. Las biografías me parecen un género secreto, una forma oblicua de literatura fantástica donde lo increíble es verdadero», Borges.
«No leo memorias para encontrar anécdotas, sino para sorprender el momento en que un espíritu se traiciona. En las autobiografías de escritores hay páginas en las que el yo se desnuda involuntariamente, y ese desliz vale más que mil ficciones. Leer la vida de un escritor es como escucharle hablar cuando cree estar solo. Es un placer delicado, casi culpable, pero profundamente revelador», Proust.
«He sentido siempre una inclinación casi voluptuosa por las biografías. En ellas el espíritu humano se muestra en combate consigo mismo. Cuando leo la vida de un escritor, no busco su gloria, sino sus vacilaciones, sus derrotas, sus horas estériles. Nada me ha enseñado más sobre la condición humana que esas confesiones indirectas, esas verdades dichas a medias que solo una vida narrada puede ofrecer», Stefan Zweig.
«Las autobiografías de escritores son, para mí, un género indispensable. No porque expliquen la obra -casi nunca lo hacen- sino porque muestran el precio que se paga por una sensibilidad extrema. Leerlas es una forma de educación moral: enseñan hasta qué punto la inteligencia puede ser una carga y la lucidez, una herida», Susan Sontag.
«Siempre he leído con particular interés las memorias de otros escritores. Me importa menos lo que escribieron que la clase de vida que les permitió escribirlo. Las autobiografías revelan las condiciones materiales, los miedos y las pequeñas miserias que rara vez aparecen en los libros. Son un antídoto contra la mitificación literaria», Orwell.
«Las biografías son uno de los géneros que leo con mayor delectación. No por curiosidad indiscreta, sino porque en ellas se hace visible el drama radical de toda existencia: tener que ser algo determinado sin haberlo elegido. La vida de un escritor, cuando está bien contada, es una lección de filosofía concreta. Se comprende mejor un pensamiento cuando se ve el suelo vital que lo sostiene. Por eso he creído siempre que una cultura madura necesita buenas biografías», Ortega y Gasset.
«Las memorias de escritores me interesan más que sus novelas, porque en ellas aparece el estilo sin coartadas. El yo se escribe a sí mismo como puede, y ahí se ve el verdadero pulso literario. He leído autobiografías con el mismo placer con que otros leen poesía: buscando una voz, un tono, una respiración», Umbral.
«Las memorias ajenas son una de mis lecturas favoritas. Me gusta ver cómo otros escritores se recuerdan, cómo reconstruyen su pasado, cómo se equivocan incluso al hacerlo. Las autobiografías son siempre libros involuntarios: dicen más de lo que quieren decir. Por eso son tan valiosas», Andrés Trapiello.
Disfruto de un poema cuando cada palabra parece inevitable, necesaria como el aire respirado; cuando no puede ser reemplazada por otra sin que toda la arquitectura se derrumbe. El placer poético es emotivo, intelectual y muscular a la vez: es el goce de una maquinaria sensitiva exacta, donde cada sílaba cumple una función, donde cada emoción eriza la médula. El verdadero poema resiste una lectura lenta y repetida.
La poesía no se escribe con la voz con la que hablamos a nuestros amigos, sino con aquella voz con la que hablamos cuando estamos solos. Un poema verdadero nace cuando una emoción encuentra su forma rítmica justa: justicia del yo íntimo.
Decía Yeats que él no escribía para expresar emociones, sino para liberarse de ellas. En el poema bien logrado se impone una forma tan estricta que la emoción queda transfigurada. Son emociones estilizadas, destiladas, talladas, cinceladas. Pero, a mi juicio, la piedra de toque de un poema sigue siendo su encantamiento emocional, su duende, su voltaje sentimental.
Coincido con Borges: «No creo en la inspiración romántica. Creo en la corrección paciente. He rehecho poemas durante años para que parezcan escritos en una tarde. El placer está en la exactitud, en llegar a una forma tan clara que parezca inevitable, como si siempre hubiera existido».
¿Cómo me surgen los poemas? Escucho. Se impone una música en mi mente que viene de no sé dónde; una música que todavía no tiene palabras. La dejo macerar, incubar dentro de mí. Luego, al escribir -al traducir esa música-, intento no estropear demasiado con mis palabras la majestuosidad de esa melodía primordial. Y disfruto cuando siento que el lenguaje del poema tocó fondo, que hizo pie.
Mi poesía es moderadamente meditativa; me gusta prolongar en ella el placer de pensar. A veces, en cambio, mis poemas son indiscretos y maleducadamente expresionistas. Me apena cuando su lenguaje se va de vacaciones, o cuando fluye y brota con sospechosa facilidad. Sé que un solo verso puede requerir años; que los poemas llegan como órdenes implacables -inútil que uno pretenda buscarlos-. Y sé también cuán arduo es el equilibrio entre tensión y reposo, entre voluptuosidad y ley.
Hablando seriamente, no soy poeta; soy apenas un diletante aprendiz de poeta.
Soy de la generación de la televisión. Un aparato peligroso no por su contenido, que también, sino por lo que hace con el tiempo. La gente, sumándolo a ello las redes, ya no conversa, ya no discute de ideas; se siente frente a una pared parlante que no exige nada.
No odio la tecnología; odio cualquier cosa que nos impida pensar, pues lo típicamente humano es desarrollar nuestras dimensiones epistémicas. La televisión, cuando se convierte en hábito central, casi único, es una anestesia perversa del espíritu.
Yo, que nací en una familia convencional burguesa, recuerdo, en mi joven adolescencia, los programas de tertulia de Sánchez Dragó y las películas de arte y ensayo en la 2. Recuerdo a Villena y Pombo en discusiones histriónicas. Ese hoy sería rigurosa mecánica cuántica. Ahora la cultura televisiva no persuade, sino que distrae, modela, homologa, educa muy negativamente. David Foster Wallace, “E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction” (1993): «Crecí con la televisión. La televisión fue mi niñera, mi referencia cultural, mi lenguaje común. El problema no es que sea estúpida, sino que es irónicamente consciente de su propia estupidez y la utiliza como escudo. La televisión enseña a desconfiar de toda emoción sincera. Por eso resulta tan difícil escribir con honestidad en una cultura saturada de pantallas».
Borges: «Nunca he visto televisión. No la necesito. Me dicen que muestra muchas cosas interesantes, pero yo prefiero imaginarlas. Sospecho que la televisión es una forma de pereza visual. Prefiero un libro: exige más, y da más». Y Emil Cioran: «La televisión me parece una invención demoníaca por su capacidad de ocupar el tiempo sin dejar huella. Uno pasa horas frente a ella y no recuerda nada. Es el triunfo de lo insignificante elevado a sistema. Prefiero el aburrimiento: al menos el aburrimiento puede conducir al pensamiento».
«La televisión no nos informa; nos entretiene. El problema no es que la televisión nos muestre cosas falsas, sino que nos muestre todo como entretenimiento. Cuando una cultura se entrega por completo a la televisión, el discurso público se vuelve imposible», Neil Postman.
La televisión no exige atención, la simula. La caja tonta nos acostumbra a una conciencia permanentemente estimulada pero jamás comprometida. La consecuencia no es la ignorancia, sino la incapacidad de sostener una idea.
Para escribir -y para pensar- el «tempus televisivus» es tiempo tóxico.
Las ratas siempre me produjeron una repugnancia insoportable. No porque fueran feas, sino porque eran inteligentes de una manera sucia y taimada. Detesto, sí, su inteligencia puramente instrumental, orientada únicamente a la supervivencia.
En mi infancia soñaba que se introducían en mi cuerpo mientras dormía, que me roían desde dentro, no la carne, sino los intestinos y el hígado. Ahora, en mis alucinaciones visuales, las veo poblar mi habitación con una agilidad blasfema, como si aquel lugar les perteneciera desde antes de que el hombre existiera en la tierra. Al abrir o cerrar los ojos veo ratas. Ratas. Ratas enormes, de un asqueroso color casi pardo, con ojillos vítreos y pelambre pulgosa. Ratas. Repugna la idea de su sangre caliente, de su carrera súbita saliendo de los rincones de la casa, de su gorjeo agudo en mitad de la madrugada. Saben que el mundo es una cloaca, una abyección. Lo subterráneo, lo húmedo, lo clandestino, lo viscoso, la basura. Verlas es como percibir un pensamiento indigno atravesar la conciencia. Ratas en los párkings, en las aceras, entrando en las cocinas de los restaurantes y en los baños de los asilos de ancianos.
Hay animales que se temen con la cabeza; las ratas se temen desde la piel.
Michel de Montaigne, «Ensayos», II, “De la presunción”: «Mi memoria se debilita cada día, no de golpe ni por accidente, sino como se apagan las cosas que no se usan. Olvido nombres, fechas, citas que antes acudían solas. No me inquieta: es obra del tiempo, no de una enfermedad. La experiencia me enseña que la memoria es una facultad servil; el juicio, en cambio, puede mantenerse. Acepto esta merma como parte del curso natural de la vida, y procuro no forzarla».
Marcel Proust, «El tiempo recobrado»: «No es que hayamos olvidado de pronto; es que los recuerdos se han retirado a una zona menos accesible, como muebles desplazados a habitaciones que ya no frecuentamos. La memoria se vuelve caprichosa con los años: conserva lo inútil y pierde lo esencial. El tiempo no destruye tanto como dispersa».
Jorge Luis Borges, entrevista tardía: «He notado una disminución de la memoria, no dramática ni dolorosa. Se trata de una pérdida suave, casi cortés. Olvido nombres propios, detalles inmediatos. En compensación, ciertas imágenes antiguas se vuelven más nítidas. El tiempo no borra: selecciona».
Vladimir Nabokov, «Speak, Memory»: «Al revisar mi pasado descubro lagunas no atribuibles al daño, sino al desgaste. La memoria, como una fotografía antigua, pierde contraste. Algunos colores se apagan, otros sobreviven con una intensidad inexplicable. No es una ruina, es una edición».
Christian Sanz: «La memoria se me ha vuelto imprecisa, como un mapa mal plegado. No faltan territorios enteros, pero los bordes ya no encajan. Confundo nombres, mezclo lecturas, atribuyo ideas propias a libros, y libros a sueños. Distingo bien el delirio de la realidad -en eso he mejorado-, pero me cuesta distinguir el ayer del anteayer. La medicación ha puesto orden en el pensamiento, a costa de la memoria disponible».