Tu quoque 29

Fumo mi Ducados. El cigarrillo piensa por mí durante unos minutos.Cada cigarro es siempre el último; ahí reside su encanto. Mientras el humo sube, los problemas pierden gravedad, niegan espesura. El placer del tabaco es honesto, propio de una filosofía terrestre, sin trascendencia. Acompaña el trabajo intelectual como una herramienta modesta (una azada, un rastrillo, un sombrero de paja para protegerse del sol en la siega)

Encender un cigarrillo como poner en marcha una frase. El humo ayuda a que las ideas encuentren su eufonía, el nombre su díada exacta de adjetivos, el verbo esa animación que no entorpece. Fumar es una manera de esperar sin impaciencia, porque fumar es demorarse reflexivamente en uno mismo.

Fumar: volutas y espirales helicoidales de pureza casi matemática, como si ensayara un algebrista teorías efímeras. Rizos y curvas que tiemblan y se corrigen, que inundan -perfuman- el aire. Pétalos de heliotropo que se disuelven y en la garganta se posa el sabor argentoso de un ramo quemado de alhelí.

Fumar. El más placentero y lujoso hábito.

Tu quoque 28

Mi enfermedad no es el dolor, sino la inacción. Comprendo perfectamente lo que debería hacer la geología de la voluntad, y, sin embargo, no hago nada. La voluntad, insisto, se me presenta como una lejana hipótesis teórica. Vivo en un estado de preparación permanente, esperando una energía, un arranque, una voracidad que no aparecen. Mi conciencia se fatiga solo de moverse. Mis miembros se fatigan solo de permanecer pegados al cuerpo. Sin impulso interior, los gestos me parecen tan irrelevantes como gratuitos. Puedo analizar, acaso comprender, pero no así comprometerme.

Todo me parece igualmente inútil antes incluso de empezar. La vida se me presenta como una serie de actos ya realizados por otros, y yo solo los contemplo, sin pasión y sin ganas de participar en ellos. No me falta inteligencia para comprender, sino energía para existir. Vivo sin vibración interior, como un instrumento roto. Nada me arrastra, nada me reclama, nada me subyuga. Estoy cansado antes de haber comenzado. Deseo el sueño eterno. Y todo esfuerzo me parece desproporcionado respecto a su resultado.

Muerte en vida. Una vida sísifica que se ha vuelto un gesto repetido sin entusiasmo.

Tu quoque 27

De pronto (y varias veces al día) el horror. Siento que algo se quiebra dentro de mí. No es dolor, es peor que el dolor: una presión intolerable en el pecho, como si me faltara el aire y, al mismo tiempo, me sobrara el mundo entero. El corazón late violentamente. Y sin motivo, como si hubiera sido liberado de cualquier regla. Todo adquiere una claridad monstruosa: cada ruido, cada movimiento, cada pensamiento me atormenta. Comprendo entonces que puedo morir, no de una enfermedad, sino de una dentada de «aísthesis», de una abrumadora sensación. Y en ese mismo instante.

Miedo a lo inconcreto, a nada y a todo, a las cosas y al vacío que ocupan las cosas, miedo al hecho mismo de ser y estar, de existir aquí y ahora. Y el pensamiento no ofrece consuelo ninguno; muy al contrario, multiplica la opresión, los nerviosos vidrios por la sangre.

La angustia no llega nunca como una mera emoción desnuda, sino como una proposición o tesis sobre el mundo. De pronto todo se vuelve frágil, inestable, como si lo real pudiera deshacerse al igual que un puñado de arena en la playa. El cuerpo tiembla, la mente se acelera, y uno siente que no hay refugio alguno, que llegó el fin.

En mí es una experiencia profundamente humillante y recurrente; como estar a merced de lo peor de sí mismo.

No deseo morir, pero tampoco puedo vivir así.

Tu quoque 26

Insomnio. La noche se llena de una atención inútil, tensa, color rata-betún, como si uno estuviera en guardia ante un inminente peligro. El cuerpo quiere rendirse, duelen las vértebras y la cabeza y el estómago, pero la conciencia se obstina en permanecer despierta, como si temiera que al dormir se muriera uno de golpe. El insomnio es una pesadez vertiginosa, una tenaza que te arranca los dientes; el insomnio convierte el paraíso en una cámara de tortura. Todo se vuelve problema: el hecho de existir, el hecho de respirar, el hecho de saber que morirás. El día permite acumular engaños; la noche en vela los anula todos.

Esperas que el cuerpo ceda, que el pensamiento se canse de sí mismo. Rumias como un satélite loco girando velozmente alrededor de cualquier sol harapiento. Pero el pensamiento no se cansa; te repite, te apaliza, hurga en la llaga. El insomnio no es actividad, es inmovilidad agresiva bajo un tsunami de obsesivos fantasmas interiores.

Agotador y peligroso. Y muy cruel. El insomnio no te deja en paz. Pensar es una obligación, no una elección. Piensas hasta el agotamiento y el agotamiento no te trae el sueño. Te remueves en la cama horas y horas. Un tiempo que no avanza, que se espesa, que se pega al cuerpo como una sanguijuela. El insomne no vive la noche: la padece como un veneno. La noche saca la verdad a golpes. El insomnio es como una borrachera: mareo, náusea, angustia.

El día miente; la noche, no.

Tu quoque 25

«Christian Sanz logra algo rarísimo: escribir diarios sin argumento y hacerlos inolvidables. Su verdadera acción ocurre en la conciencia. […] Comprendió que la vida interior no es caótica, sino rítmica. Su prosa no imita el pensamiento, lo ordena sin traicionarlo. Su obra es la prueba de que el rigor formal no excluye la voluptuosidad […] En él, la inteligencia se vuelve sensual. Pertenece a esa rarísima especie de escritores para quienes el estilo no es un medio, sino el tema mismo; un estilo que va perdiendo el alarde de la auto-alusión barroca, y se va centrando en una mampostería clásica […] Pocos han juzgado la vulgaridad del mundo contemporáneo con tanta lucidez amarga. No pretende enseñar, prefiere conversar (piensa sin sistema, escribe sin pose y vive sin fanatismo) Sanz llevó la apropiación hasta límites éticos. Pero su escritura no plagia textos; los somete a tortura y maniática revisión para revelar las afinidades electivas con una especie de Conciencia de Escritor Universal, de arquetipo o forma platónica de escritor. Señalemos que no es un profeta social ni un alegorista barato. Es un artista exacto. […] Christian es peligroso porque piensa demasiado bien. No acepta ninguna idea sin someterla a una disección implacable, al método hipotético-deductivo, pero naturalizado por la literatura. Su inteligencia es una forma de ascetismo y de animal racional, sí; pero racional literario […] Escribe, no para tranquilizar, sino para pensar con precisión, incluso cuando el pensamiento duele […] Donde Cioran afila sus aforismos, él construye sedimentaciones, capas de conciencia. Con Pessoa comparte algo más íntimo: la experiencia del yo como pluralidad inestable. No una heteronimia formal, sino el desdoblamiento tonal (no se multiplica para ocultarse, sino para no falsearse) […] Kafka le acompaña en la vivencia de la culpa sin delito, de la vigilancia difusa, del aparato que no necesita justificar su arbitrariedad. De Joyce toma la legitimidad del exceso, la densidad léxica, la idea de que una obra puede contenerlo todo -alto y bajo, erudición y exabrupto- siempre que exista oído. […] Tácito y Montaigne, finalmente, son sus dos polos clásicos: el primero, para la lucidez feroz ante el poder, el segundo, para la conversación honesta consigo mismo», Isabel Cabaleiro García-Merita, «Conciencia, ritmo y ascetismo formal en los diarios de Christian Sanz», Revista de Filología Contemporánea y Estudios del Yo (Universidade de Santiago de Compostela), vol. XXVII, n.º 2 (2024), pp. 317-349. ISSN: 2341-9876 (ed. impresa) ISSN-e: 2695-1124.

Tu quoque 24

«Los estudiantes, negligentes y sin freno, se acercan a los libros con manos sucias; los manchan con el sudor del cuerpo, los salpican con vino, los llenan de migas, de grasa y de manchas repugnantes. Algunos apoyan los codos sobre las páginas abiertas, otros escriben glosas impertinentes en los márgenes, no para aclarar el texto, sino para exhibir su ignorancia. He visto libros mutilados, hojas arrancadas para usos vergonzosos, volúmenes deformados como si hubieran pasado por un naufragio. Y lo peor: todo ello se hace sin culpa, como si el libro fuera un objeto vil y no un depósito del espíritu humano», Richard de Bury (s. XIV), «Philobiblon», cap. XVII.

«He conocido bibliotecas enteras reducidas a servir de forro para cofres, de papel para envolver especias o de material para encender el fuego. En algunos lugares, los libros antiguos se estiman menos que un cartón viejo, y se los sacrifica sin remordimiento para las necesidades más bajas. No es odio a las letras lo que los pierde, sino ignorancia brutal y un utilitarismo sin imaginación», Gabriel Naudé (s. XVII), «Avis pour dresser une bibliothèque».

«En aldeas enteras vi misales y cantorales convertidos en material de encuadernación, en refuerzo de puertas, en suelas improvisadas. Las iniciales iluminadas eran arrancadas para venderlas como curiosidades, y el resto del volumen se repartía sin orden ni conciencia. Lo que había tardado siglos en hacerse se destruía en una tarde de pragmatismo aldeano», Antonio Panizzi (s. XIX), memorias y cartas del British Museum.

«En la Lombardía del siglo XVIII, un notario usaba hojas de comentarios tomistas para envolver quesos, convencido de que el latín absorbía la humedad. Y en el el Rosellón, un boticario utilizaba páginas de un Plinio del XV para filtrar aguardientes, alegando que «las letras retenían las impurezas»», Étienne Mourlot, «Petite histoire des crimes contre les livres», Avignon: Chez Pierre Roux, 1821, pp. 73–81.

«Un libro exige tiempo, lentitud, cuidado, un trato moral. Allí donde estas virtudes desaparecen, el libro se convierte en estorbo pues ocupa espacio, exige atención, y recuerda jerarquías incómodas. Entonces se lo degrada, se lo despoja de dignidad hasta hacerlo materia inerte. No se destruyen libros solo por odio; se destruyen sobre todo por indiferencia. Y la indiferencia es más letal que el fanatismo, porque no deja mártires, ni siquiera enemigos claros. Cada libro maltratado es una pequeña victoria del ruido sobre la forma, de la urgencia sobre la duración, del presente obtuso sobre la memoria extensa. Que aún haya quienes se indignen por ello es una buena señal: significa que la cadena no se ha quebrado del todo. Como escribió (o pudo escribir) un bibliófilo sensato: los libros no se defienden solos; necesitan lectores que los traten como a seres vivos conscientes», Marc Cilall, «De la injuria hecha al libro. Historia secreta del maltrato bibliográfico en Europa (siglos XII–XX)», Barcelona, Editorial Minerva Libraria, 2009, 4º mayor (27 × 20 cm), XLVIII + 612 pp. Tirada numerada de 325 ejemplares, todos en papel Vergé de Rives, con filigrana diseñada ad hoc (un atril quebrado)

Tu quoque 23

Richard de Bury, «Philobiblon», s. XIV: «Los libros son los tesoros más fieles, pues no nos abandonan cuando la fortuna cambia. Su cuerpo, hecho de pergamino o de papel, no es vil envoltura, sino digna morada del espíritu. Quien desprecia el aspecto exterior de un libro demuestra no haber comprendido que el alma desea habitar en formas bellas. La letra bien trazada, el margen generoso, la encuadernación firme y honesta, no son vanidades, sino signos visibles de reverencia hacia el saber».

Gabriel Naudé: «No hay erudición verdadera sin respeto por el libro mismo. Un volumen mal impreso, con tipos confusos o papel miserable, fatiga el entendimiento y ofende el juicio antes incluso de que el texto sea leído. La claridad tipográfica y la buena disposición de la página preparan el espíritu para la inteligencia. El libro bello dispone al lector a la verdad».

Charles Nodier: «No amo solamente lo que dicen los libros, sino lo que son. El crujido leve de una hoja antigua, el tono del papel que ha envejecido con dignidad, la armonía silenciosa de una página bien compuesta, producen en mí un placer que ningún resumen podría reemplazar. El libro es un ser con fisonomía propia; algunos inspiran confianza, otros, respeto, otros, una intimidad casi amorosa».

Octave Uzanne: «El libro es un objeto de arte total: arquitectura, pintura, música silenciosa. La encuadernación no es un lujo superfluo, sino el vestido legítimo del pensamiento. Un texto noble merece una materia noble. Nada hay más triste que una gran obra confinada en una forma mezquina».

Aby Warburg: «Los libros no son simples contenedores de ideas, sino instrumentos de orientación espiritual. El orden de una biblioteca, el tamaño de los volúmenes, su disposición física, todo ello participa en la construcción del pensamiento. La materialidad del libro es una parte activa del saber».

Stefan Zweig: «Un libro bien impreso, sólidamente encuadernado, posee una gravedad que impone silencio. Antes de leerlo, ya exige una actitud. Esa autoridad no procede del texto aún desconocido, sino del objeto mismo, que parece decir: aquí no se entra con ligereza».

Georges Perec: «Hay libros que uno reconoce al tacto, antes que por el título. El peso, el formato, el grosor, determinan una expectativa. El libro es una promesa material antes de ser un discurso».

Alejandro Divisa: «Un libro mal impreso es una descortesía; un libro bien hecho es una invitación. Antes de que el pensamiento empiece a hablar, el objeto ya ha decidido el grado de atención que exigirá. El papel, la tipografía, el peso del volumen educan la mano y el ánimo. Hay libros que se leen con los ojos, y otros -los verdaderos -que se leen también con los dedos y con el silencio».

Santiago Lamas Conde: «El libro no es un receptáculo neutro, sino una forma de disciplina. Obliga a sentarse, a sostener, a volver atrás, a marcar el tiempo con el cuerpo. Quien desprecia la materialidad del libro pronto desprecia la lentitud que éste impone. Y sin lentitud no hay pensamiento que merezca ese nombre».

Vicente Gracia Corbal: «El libro es una arquitectura portátil. Sus márgenes son muros de contención del pensamiento; su encuadernación, una promesa de duración; su papel, la medida del respeto que se tiene por lo que se dice. Un texto puede sobrevivir a una mala forma, pero jamás florece en ella. Allí donde el continente es indigno, el contenido acaba por marchitarse».

Tu quoque 22

No escribo con cálamo romano en un pergamino alemán mediante tintas minerales desde una cueva de Islandia. Escribo en una red social. Pero escribir en redes no invalida la crítica misma a las redes, al contrario, la vuelve más lúcida.

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Las tecnologías digitales no solo cambian la manera en que leemos, sino que alteran la estructura misma de nuestra atención y, con ella, la profundidad de nuestra vida interior. La lectura sostenida -aquella que permite la formación de una conciencia reflexiva e histórica- se ve erosionada por una cultura de fragmentos, de estímulos inmediatos, de saltos constantes. No se trata de nostalgia, sino de una constatación: la interioridad requiere tiempo, silencio y continuidad, tres cosas que el entorno digital tiende a disolver.

Internet se ha convertido en un sistema de interrupción permanente. Nos entrena para escanear, no para profundizar; para responder, no para contemplar. Cuanto más utilizamos la red, más difícil se vuelve sostener un pensamiento largo, lineal, paciente. No es que seamos menos inteligentes; es que estamos siendo reprogramados para un tipo de inteligencia reactiva y superficial.

Neil Postman, «Tecnópolis», Ediciones El Salmón, pág. 48: «Toda tecnología es una metáfora encarnada. Reordena lo que consideramos importante, verdadero o digno de atención. Cuando una cultura se entrega sin resistencia a un nuevo medio, termina pensando como ese medio exige. No preguntamos ya si algo es verdadero, sino si es interesante, visible, compartible».

Una cultura que abandona el silencio y la dificultad abandona también la posibilidad de la grandeza. El ruido constante no es democrático, sino empobrecedor. La alta cultura siempre ha sido minoritaria, no por elitismo, sino por exigencia.

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Thomas Redgrave (1787–1833), tejedor de medias («framework knitter»), casado y con dos hijos, se relacionó con círculos luditas locales, en Loughborough, Leicestershire. Trabajó desde joven en un telar doméstico alquilado, cobrando por pieza. A partir de 1810, la introducción de nuevos telares mecánicos y el sistema de subcontratación industrial redujeron drásticamente los salarios, al tiempo que aumentaban las jornadas y empeoraban la calidad del producto.

Redgrave no fue un agitador político ni un teórico. Entre 1811 y 1813 participó en reuniones clandestinas de artesanos afectados por la mecanización. En la noche del 14 de febrero de 1820, Redgrave fue uno de los cuatro hombres implicados en la destrucción parcial de dos telares mecánicos en un pequeño taller cercano a Arnold. La acción fue torpe, mal organizada y rápidamente delatada. Redgrave fue detenido al día siguiente.

Durante el juicio -breve y sin la defensa adecuada- negó ser enemigo del progreso, afirmando únicamente que “una máquina no debe dejar a un hombre sin pan”. Esta frase fue recogida de forma hostil por la prensa local. Fue condenado a trece años de trabajos forzados por destrucción de propiedad industrial, una sentencia excepcionalmente dura incluso para la época.

Thomas Redgrave murió el 3 de noviembre de 1833, oficialmente por “debilidad general y afección pulmonar”. Tenía 46 años. No se practicó autopsia. Su cuerpo fue enterrado en una fosa común, sin lápida, en el cementerio anexo a la prisión.

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Nosotros no hablamos de telares ni de fábricas, sino de algo más profundo: la erosión de la vida interior por un entorno tecnológico que acelera y fragmenta la atención. Thomas Redgrave encarna exactamente esa pérdida, en una fase primitiva y brutal.

Donde nosotros diagnosticamos la pérdida de profundidad del lector digital, Redgrave sufre la pérdida de profundidad del artesano. En ambos casos, el individuo ya no controla el ritmo ni la forma de su atención.

Redgrave no tenía palabras para decir “neuroplasticidad”, pero su frase en el juicio -“una máquina no debe dejar a un hombre sin pan”- expresa ya nuestra intuición central: cuando la herramienta dicta la forma de vida, algo humano se empobrece.

El telar mecánico democratizó la producción, pero arruinó el valor del oficio. La red democratiza la expresión, pero arruina el valor del juicio. Asimismo en Redgrave vemos el momento exacto en que el medio -la máquina- empieza a gobernar los fines.

Neguémonos a que la técnica y las redes dictaminen el sentido de nuestra vida.

Tu quoque 21

Mi mente vagabundea, errática, de modo natural. Me estiro en el sofá, cierro luces y persianas, y, en desorden o anarquía, no me sujeta nada apremiante ni decisivo ni principal. Salto de aquí para allá como un ebrio caballo de ajedrez. Pienso; y me olvido de lo que pienso. Siento; y me olvido de los sentimientos. Sueño; y me olvido de los sueños. Un pensar sin rey. Un razonamiento poseído por una algarada popular espontánea. Pensamientos que nacen cuando no pienso. La única dirección es la de una mariposa movida por el viento. Descanso en una incoherencia libre y tibia. Imagino; y no recuerdo qué imagino. Se ordena algo en mí; y no recuerdo qué se ordenó. Asociaciones laterales en un jardín en penumbra con estatuas dieciochescas.

Pero, tras estos momentos, se dispara la conciencia creativa. Esa inutilidad o haraganería enciende unos ecos o resonancias que resultan muy útiles en tareas creativas (el oficio de pintor, escritor, matemático etcétera.) La mente errante, en mi caso, tiene unas afinidades, una memoria, unas conexiones y un ritmo que se traducen en un flujo de palabras enhebradas, esta vez sí, con lógica.

Te distraes y te pierdes para después encontrar. Un remanso para que el río recobre su caudal.

Tu quoque 20

Debemos evitar el desprecio elitista a las masas que degenera en deshumanización (cuando yo incurro en él, soy consciente de su paralogismo, y solo lo menciono a modo de provocación retórica)

La dignidad no se gradúa por capital cultural. Padecer menor formación, menor gusto o menor complejidad intelectual no equivale, «obviously», a menor valor humano.

No todos tendrán el mismo grado de conciencia cultural, no por destino, sino por desigualdad de condiciones y por la dificultad de la excelencia.

El pueblo propende a banalizar valores, piensa con impulsos afectivos y no suele salirse de los clichés. Con ingenio brillante, pero desprecio corrosivo y cínico, Mencken escribió: «La democracia es la adoración de chacales por asnos. El ciudadano medio es estúpido, y cuanto más estúpido, más convencido de su derecho a mandar».

Despreciar a la gente corriente es uno de los vicios más comunes del intelectual. Es fácil hacerlo desde una biblioteca. Más difícil es vivir con ellos, comprender sus miedos, su cansancio, sus pequeñas lealtades, sus derrotas, su lucha, enfangarse en sus limitaciones, habitar sus vidas a menudo brutales. Nada es más peligroso que creer que algunos hombres son menos humanos que otros. En ese instante, todo está permitido.

La verdadera grandeza consiste en no renunciar ni a la lucidez ni a la fraternidad. Lucidez para saber que sabios siempre serán pocos y fraternidad para no expulsar al iletrado de tu comunidad moral. Los intelectuales suelen imaginar que el error, la ilusión y la crueldad son rasgos de otros -las masas, los fanáticos, los ignorantes-, no de ellos mismos. Esta fantasía es una de las más peligrosas que ha producido la modernidad.

Nietzsche, que no era nazi, afirmó una filosofía agresiva: «La compasión por los débiles es el instinto de los decadentes. La humanidad debe aprender a sacrificar sin remordimiento aquello que la frena». Y Heidegger, que era nazi, acusó a las masas de incapaces de pensar: «La nivelación democrática destruye toda posibilidad de grandeza esencial. El hombre corriente no puede pensar el ser».

La creencia de que algunos hombres están destinados a gobernar porque ven más claro que otros es una superstición tan peligrosa como cualquier dogma religioso. Los intelectuales no están menos sujetos a la ilusión que aquellos a quienes desprecian. La diferencia es que sus ilusiones suelen venir armadas con teorías. Los proyectos políticos más crueles del siglo XX nacieron de una idea simple, que la humanidad podía dividirse entre quienes comprendían la historia y quienes debían ser arrastrados por ella.

Puedo y debo criticar la banalidad, exigir rigor, defender la alta cultura, lamentar la mediocridad dominante. Pero sé que no puedo ni debo (a menos que sea una falacia intencional) retirar humanidad al analfabeto, convertir la ignorancia en culpa o transformar desigualdad cultural en jerarquía moral.

No desprecio a las masas; desconfío de los sistemas que las simplifican. No idealizo al pueblo, pero me niego a retirarle humanidad. La banalidad no es un vicio moral, sino el resultado previsible de condiciones que premian la facilidad y castigan la dificultad. Defender la cultura no consiste en erigirse en casta, sino en sostener la exigencia sin convertirla en jerarquía moral. El intelectual no es un ser superior. Solo debe ser alguien más responsable.