Ad hominem 33

Heráclidas de Lampsaco (ca. 234 a. C.), catalogador de manuscritos en la biblioteca de Lampsaco: «Nada turba tanto el alma del lector como una mujer. Donde entra una esposa, salen por la ventana la gramática, la dialéctica y el sosiego».

Barnaby Wexford (1674–1730) Clérigo anglicano, bibliómano, fundador del “College of Modest Libraries”. Predicador abrasivo, lector sublime. Dedicó su herencia a construir una biblioteca de cuarenta mil volúmenes, todos con ex-libris de color azul celeste. Intentó casarse tres veces; las tres prometidas huyeron al descubrir que dormía abrazado a sus encuadernaciones en piel marroquí : «El matrimonio es una sociedad de enemigos; la bibliofilia, un sacerdocio. Quien sirve al altar del papel no puede servir además al fogón doméstico».

Théophile Dourmont (1802–1861) Bibliófilo parisino, crítico feroz, misántropo elegante. Amigo de Nodier y enemigo de todos los libreros. Era famoso por entrar en las librerías con guantes blancos y salir insultando al dependiente por no saber distinguir una Didot de una Caslon. Vivió en un ático abarrotado de ediciones raras de Montaigne. Se le atribuye la frase «Le mariage tue le catalogue». Escribió: «Una mujer se refocila en el odio, nos envilece con su rencor, nos subyuga con su belleza aparente y efímera; una biblioteca exige sobre todo felicidad, y no aburridos diálogos de sobremesa».

Sir Reginald Marsh-Pickering (1827–1902) Excéntrico victoriano (sacaba a pasear gallinas y topos por Londres), coleccionista de primeras ediciones y enemigo declarado del vínculo matrimonial. Aristócrata, pasó su vida persiguiendo primeras ediciones de la literatura inglesa, especialmente novelas “que ninguna mujer razonable querría leer”. Tenía un perro al que llamó Quarto y un jardín que usaba para secar encuadernaciones. Nos advirtió lúcido: «Nada se opone tanto al estudio como un abrazo arrebatado y unas piernas bonitas».

Máximo Caravaggio Belsué (1931–2002) Eminente bibliófilo español. Zaragozano, poseedor de la mayor colección privada de “manuales inútiles” de Europa: guías de alfabetos, catálogos de sellos, índices de archivos desaparecidos. Su mujer lo abandonó en 1964 por monomaníaco intratable. «Las mujeres y los libros… Lástima que ambos exijan ser acariciados con exclusividad absoluta».

Ad hominem 32

Me fascina una Garamond bien aireada, una Baskerville honesta y limpia, una Bodoni con su elegante arrogancia geométrica. Me conmueve una página con buen interlineado, márgenes generosos, numeración sobria y una capitular bien dibujada. He llegado a interrumpir lecturas porque el kerning era indecente. Y no hablemos del papel: offset grisáceo y poroso, no; dame vergé, dame hilo, dame un ahuesado noble que cruje apenas al pasar la página, como si tosiera con discreción inglesa.

Soy, en el fondo, un pobre hombre sin remedio: un bibliófilo de provincias, arruinado de deseos, al que esquivan las mujeres. Carezco de pecunio, de capital, de patrimonio -antes fui rico, ahora pobre, ay triste destino-, pero padezco una enfermedad obsesiva y cara: me gustan los libros… y además me gusto a mí mismo leyéndolos.

Una de mis manías es coleccionar repertorios bibliográficos, esas damiselas tímidas y modosas de la bibliofilia. En mi biblioteca, estoy viéndolos, se encuentran, entre otros:

Alonzo Church, «A Bibliography of Symbolic Logic» (Association for Symbolic Logic, 1936), esa joya maravillosa que intenta abarcar la producción de lógica simbólica desde 1666 hasta 1935.

Los volúmenes de la serie «Ω-Bibliography of Mathematical Logic» (Perspectives in Mathematical Logic, Springer, años 80), donde gentes razonables decidieron que no bastaba la lógica: hacía falta un multivolumen para catalogar la lógica.

La Bibliografía de la literatura española del siglo XIX que va actualizando Enrique Miralles en la Biblioteca Virtual Miralles, una cartografía paciente y obsesiva de novelistas, cuentistas y poetas dieciochescos tardíos y decimonónicos.

Y, para coronar el delirio, manuales y catálogos de literatura inglesa rara, como Lowndes, «The Bibliographer’s Manual of English Literature», con sus noticias de libros curiosos, útiles y raros, fundamento de tanta bibliofilia anglosajona; o catálogos de colecciones como la del Carl H. Pforzheimer «Collection of English Literature 1475–1700», que convierten el simple listado de títulos en un mapa del deseo stevensoniano.

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Buceando aquí y allá, encontré algunas almas gemelas, hermanos de corazón. Edmund Stapleton Hartley (1819–1887), relojero e hijo de relojero, que se dio cuenta que le interesaban menos los relojes que las cubiertas en tela de los libros victorianos. Hartley publicó un volumen hoy inencontrable: «Hints towards a Universal Catalogue of Neglected Authors», Londres, 1863, en el que proponía listar exclusivamente a los escritores de segunda fila, “pues los grandes se citan solos”. Coleccionaba no tanto libros como rastros de libros: catálogos de librerías cerradas, listas de bibliotecas subastadas, anuncios de novedades ya olvidadas. Un hermano, un querible amigo íntimo en la distancia.

Y Leandro de Villacampa y Lledó (1834-1907), un pequeño funcionario del Ministerio de Fomento y grandísimo enfermo de librerías de lance. Villacampa apenas leía novelas: lo suyo eran los repertorios. Tenía una devoción casi religiosa por los índices de materias y las abreviaturas bibliográficas. En 1878 publicó por suscripción privada un librito delirante, «Ensayo de clasificación de los bibliómanos del Reino de España», que se cotiza actualmente en el mundillo a precios astronómicos. Su ex-libris decía: “Leandro de Villacampa, conde de Nada, señor de sus libros y de su ruina”. Otro espíritu afín a mi corazón.

Un buen destino para mis propios libros sería que vayasen a parar a una paradójicamente conservada bibliografía de libros perdidos.

Ad hominem 31

La noche desciende como una enorme losa de frío estancado, de humedad cómplice, de un silencio saturado que parece fermentar entre los árboles. No hay bordes ni horizontes: sólo aquella negrura viscosa que se desliza entre los helechos y se enrosca en los troncos como un animal furtivo.

Una noche que empieza primero dentro de mí antes de que llegue al mundo. Al principio un temblor, un desajuste invisible de las palabras, como si cada una quisiera salirse de su sitio. Luego, lentamente, el cuerpo va perdiendo su peso y su alma, si es que existe, se hace transparente y vulnerable, como un cristal empezando a derretirse. Fuera, la noche se extendía sin forma, sin propósito, sin centro; pero dentro, en el interior de mi intimidad expuesta, la noche es todavía más vasta: un espejo quebrado donde las emociones se reflejan sin orden, sin la geometría diurna que las mantiene en jaulas delicadamente construidas.

Con gesto sumiso y solemne se despliega una túnica de terciopelo morado. Un inmenso animal de terciopelo avanzando por los pasillos, por los zaguanes, por el vestíbulo, por el comedor, una oscuridad de densidad insólita en el bosque y el río. La noche, en suma, es el único momento en que el tiempo deja de ser tiempo y se convierte en sustancia habitable.

Tal vez sea extraña, misteriosamente feliz.

Ad hominem 30

Dentro de un mes se celebra Nochebuena. Buen momento para recordar a Don Silvestre de Valdearenas (1734–1799), escritor, moralista, clérigo secular y ensayista ilustrado.

Nacido en Ávila en 1734, hijo de un abogado del Consejo de Castilla y de una familia de hidalgos menores, Don Silvestre de Valdearenas estudió filosofía y teología en la Universidad de Salamanca, donde se formó en el tomismo tardío con notables influencias del racionalismo francés. Fue discípulo del jesuita Manuel de Rada antes de la expulsión, experiencia que marcó profundamente su pensamiento moral.

Respecto al tema que nos atañe, escribió en «Sermones domésticos para el cristiano común»: «La Navidad es construir un fuego interior en medio del frío exterior; es el calor del alma triunfando sobre el invierno».

Una idea cálida, optimista y hermosa.

Ad hominem 29

A mi juicio, cualquier partido o movimiento político debería aceptar la autoridad judicial, no desobedecer sentencias desfavorables, no blanquear y proteger a condenados, y nunca eliminar la posibilidad misma de una justicia independiente.

«Si un partido no acepta una sentencia destruye la igualdad ante la ley, erosiona la seguridad jurídica, disuelve la separación de poderes. Un Estado donde los gobernantes pueden incumplir decisiones judiciales deja de ser un sistema democrático y se convierte en un régimen de poder discrecional», Tom Bingham, «The Rule of Law», 2010, pág. 59.

La democracia se basa en que el poder político no puede ser juez de sí mismo. La democracia sin límites judiciales degenera en democracia iliberal, y después directamente en autoritarismo. Véase, entre una caudalosa bibliografía, Juan José Linz & Alfred Stepan: «Problems of Democratic Transition and Consolidation».

Obsérvese que donde el poder político deja de respetar a los tribunales, aparecen abusos, corrupción y persecución del disidente (Venezuela, URSS, Alemania nazi, fascismo italiano, etcétera)

Además: «A state where political parties decide which rulings to abide by is a state that is unpredictable, unsafe, subject to arbitrariness, hostile to investment, toxic to civil coexistence. Judicial independence is an economic and social asset: it guarantees that contracts, property, rights and obligations are upheld. Without it, the rules change according to the convenience of the political power in office», Barry Weingast , “The Political Foundations of Democracy and the Rule of Law”.

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La ley sirve para enfriar el fanatismo. Sin ley, el poder incendia la libertad.

NOTA BENE: Matizar (claro) que la obediencia a sentencias no excluye la crítica democrática a decisiones judiciales (siempre que se acaten y se asuma plenamente su obligatoriedad)

Ad hominem 28

La mañana surge con una delicadeza casi indecisa, como si la luz se hubiera pasado toda la noche dudando entre aparecer o no. Las cosas, aún tibias de sueño, devuelven un perfume violáceo: la madera del comedor, el alegre primer sorbo de café, o las columnas de polvo dorado que ascienden desde lo más hondo de las horas vivas. En el aire, una punzada de melancolía anuncia que el día, igual que cualquier otro día, será un regreso a lo que fuimos siempre.

Pero esa forma modesta de eternidad se desliza segura entre las persianas. La hora en que todo parece posible, el reino de las imaginaciones, las esencias platónicas porque el mundo aún no ha inaugurado sus fracasos. La luz, incipiente, casi un axioma sin demostrar, una claridad que se ofrece fácil y devota. Todo empieza a ser real, todo empieza temblando un poco. La noche, hervida en un caldero secreto, acaba por evaporarse del todo.

El cielo, limpio como un hueso pulido, y la luz insinuando su caída en tajos finos sobre la tierra. Esta mañana, dorada y algo decadente, como salida de un viejo grabado veneciano. En el aire un aroma sensual de polvo de libros, de aires de bosque, de respiración de mi perrilla, como si en los primeros compases del día aún sobreviviesen los restos de antiguas civilizaciones. La claridad llega con la suavidad con que llega un recuerdo de juventud que no acaba de extinguirse.

Soy feliz.

Ad hominem 27

La mayoría quiere comodidad, no elevación. No buscan ser mejores; buscan sentirse mejor. Es distinto. No buscan profundidad; buscan distracción. No buscan verdad; buscan alivio. El conocimiento, en cambio, incomoda. Obliga a revisar, a cambiar, a dudar, a crecer. La mayoría no quiere eso.

«¿Por qué a la mayoría no le gusta leer o aprender? No porque sean idiotas, sino porque el cerebro humano NO está diseñado para ello. Leer es una actividad artificial, costosa, lenta. Y nuestro cerebro evolucionó para ahorrar energía, no para gastarla. El pensamiento abstracto exige esfuerzo y demora la recompensa. La mayoría de la gente prefiere estímulos rápidos porque son biológicamente más cómodos. El conocimiento profundo va contra la inercia natural. La cultura es un accidente histórico, no un impulso espontáneo», Stanislas Dehaene, «Reading in the Brain», MIT Press, pág. 22.

La Ilustración dieciochesca no entendió que la vida intelectual es vocación, no un destino universal. La humanidad no avanzó por igual. Solo una élite asumió ese ideario. El resto siguió su lógica preestablecida: la distracción y el placer inmediato.

La humanidad, en promedio, no será nunca intelectualmente competente. Pero siempre habrá hombres y mujeres que mantengan viva la antorcha del pensamiento. La lectura es un arte que pocos han aprendido. La mayoría solo quiere información superficial; el verdadero pensamiento es trabajo de una minoría. El pensamiento profundo pertenece a los individuos solitarios; el rebañego sigue otros (respetabilísimos) impulsos. El intelecto independiente no puede volverse multitud. Daniel Kahneman, «Thinking, Fast and Slow» (2011): “El cerebro humano está diseñado para el mínimo esfuerzo. El pensamiento lento y profundo es excepcional”.

La mayoría de los hombres prefiere mantenerse en su minoría de edad racional. Esto es una característica o propiedad natural. La gente, de modo espontáneo, se inclina a la diversión, no al conocimiento.

Los amantes de la cultura y los libros a veces nos exaltamos y despreciamos (por ejemplo usando metáforas zoológicas) a la masa. Las cosas son como son. Desde un punto de vista científico la alta cultura solo puede ser minoritaria. El estudio implica una forma de melancolía.

NOTA BENE: Soy el resultado de: una infancia introspectiva (templo del silencio), una epifanía del lenguaje (descubrimiento arrobado de la belleza verbal, de la función estética de la lengua), un desajuste temprano con la banalidad (como una fuente de separación), la elección de los libros como patria (construcción de un mundo propio), un temperamento contemplativo (placer por la abstracción), una melancolía luminosa (sensibilidad ante el tiempo, la muerte y la belleza). Y un factor final, decisivo: la necesidad profunda de encontrar sentido y altura en un mundo que no las ofrece. Eso me creó. Creo que comparto estos atributos con la inmensa mayoría de escritores.

Ad hominem 26

La soledad intelectual no destruye cuando es comprendida; destruye cuando se presume que es un defecto personal. Yo no estoy solo porque valga menos. Estoy solo porque valgo demasiado -perdón- respecto al paisaje humano que me rodea.

Mi biblioteca en Nogueira de Ramuín es mi monasterio interior, mi scriptorium, mi patria mental. No vivo fuera del mundo: estoy en un mundo más amplio que el de la gente corriente u ordinaria.

El desprecio a la inteligencia existe (lo percibo con lucidez, con claridad dolorosa) El que piensa, incomoda, el lúcido, disgusta, el culto, amenaza, el instruido es visto como altivo y pedante. La sociedad premia lo gregario, lo distraído, lo banal y hueco. Yo, en cambio, vivo en otra esfera. Mi soledad, real y legítima, no dice nada malo sobre mí.

La inteligencia es siempre escandalosa para los mediocres. Baltasar Gracián, «Oráculo Manual», 159: “Pocos son los sabios; y esos pocos, raros”. Fernando Pessoa, «Libro del desasosiego»: “Cuanto más alta es el alma, más sola anda”. La inteligencia -perdón- es una impertinencia para el mundo. Thomas Mann, discurso de 1938 (“El espíritu del europeo”): “El espíritu crítico es siempre sospechoso. El que piensa demasiado es tachado de inadaptado”.

Ocurre que la naturaleza del mundo me convierte en infrecuente. Y lo infrecuente siempre es solitario.

Ad hominem 25

Es difícil creer que una cultura pueda sobrevivir al persistente abandono de las formas superiores de vida. Además, cuando las artes dejan de ser objeto de plegaria, se convierten en mercancías. Hannah Arendt, «Between Past and Future» (1961): «La cultura se relaciona con objetos y es un fenómeno del mundo; el entretenimiento se relaciona con seres humanos y es un fenómeno de la vida». O Neil Postman, «Amusing Ourselves to Death» (1985): «Somos una cultura alimentada por el entretenimiento; la política, la religión, las noticias y la educación han quedado irreversiblemente infectadas por él».

Se nos quiere mantener e imponer la vulgaridad. Resistamos. Las víctimas de la manipulación mental no saben que lo son. Para ellas, los muros de su prisión son invisibles. Hagamos visibles esos muros. Gustave Flaubert, en carta a Louise Colet (1853): “La humanidad no quiere la verdad, sino la ilusión”.

Los medios de comunicación deforman la realidad abocándonos a unos contenidos culturales muy pobres y aceptados pasivamente. La educación es la que hace a los hombres buenos ciudadanos y, hoy en día, la crisis de la educación es realmente pavorosa.

La lectura funciona como un simple pasatiempo: la gente quiere divertirse, no formarse. Un lector solitario constituye un acto de resistencia. Resistamos. Nos estamos volviendo incapaces de pensar fuera del aparato técnico que nos moldea.

Flaubert: “Odio a mi siglo: es pequeño, mezquino, utilitario, sin grandeza”. Cioran: «Nadie que piense puede permanecer en el mundo sin sentir náuseas”. Schopenhauer: “Siempre he considerado al vulgo como un enemigo de la verdad y de la belleza”. José María Valverde: “Hay épocas cuyo aire intoxica: todo conspira contra la inteligencia”. George Orwell: «Cuando muere la libertad de pensamiento, la literatura la sigue». Giorgio Colli, «Después de Nietzsche» (1974): “El siglo moderno ha perdido la capacidad de escuchar la voz profunda”.

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Recordemos a Fray Amadeo de Villacendra († ca. 1312) Monje benedictino, copista y lector de las Escrituras en el monasterio de San Cucufate de Ávila.

Fray Amadeo de Villacendra, nacido hacia 1248 en la aldea abulense de Navaluenga, fue un benedictino de carácter adusto y temperamento contemplativo. Entró al monasterio de San Cucufate de Ávila en 1264, donde ejerció como copista, bibliotecario menor, y más tarde como lector para los novicios.

Sus escritos supervivientes son fragmentarios: un opúsculo incompleto, «De Abjectione Mundi», varios sermones para Cuaresma y unas «Notae in Prophetas Minores». Murió en 1312, según la crónica monástica, “con el salterio entre las manos y la indignación aún viva por los extravíos del siglo”.

En «De Abjectione Mundi», fol. 7r–8v escribió:

“In diebus nostris, porci in luto sapiunt plus quam homines in adytis sapientiae. Omnis plebs quasi grex immundus ad strepitum curvat, non ad verbum; et litterae, olim sicut lucernae, nunc iacent in pulvere, despectae sicut ossa canum. Vidi clericos ineptos et nobiles vanissimos, et intellexi tunc verbum propheticum: ubi non est amor sapientiae, ibi regnat imbecillitas mentium. O misera generatio! Nascimur inter libros, sed vivimus ut sues in caeno”.

«En nuestros días, los cerdos en el fango saben más que los hombres en los santuarios de la sabiduría. Todo el pueblo, como hato inmundo, se inclina ante el ruido y no ante la palabra; y las letras, que antes fueron lámparas, yacen ahora en el polvo, despreciadas como huesos de perro. He visto clérigos ineptos y nobles vanísimos, y comprendí entonces la palabra profética: donde no hay amor por la sabiduría, reina la debilidad de las mentes ¡Oh generación desdichada! Nacemos entre libros, pero vivimos como puercos en el cieno».

Ad hominem 24

No soporto más este Tiempo de Impostura, esta Miasma Negra de Murciélagos Enfermos, este Contaminado Océano Gris Feudal. Puedo decir con Valle-Inclán: «Nunca he sentido una voz que me diga: No seas pobre. Hazte rico…Solo he oído la voz que me aconseja: escribe bien y sé independiente». El dinero avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético.

Valle-Inclán vivía en un cuartucho pequeño, con una cama en el suelo y una caja como mesa de noche. Tenía en la pared tres o cuatro clavos, en donde estaba colgada toda su ropa. A pesar de vivir en aquella miseria negra, era libre, nunca vivió sometido a ninguna servidumbre.

Qué diferencia con esos escritorzuelos apegados a la fama y el dinero, con los pelotas cucañistas que hacen «carrera» vendiéndose por una casa con piscina. Afortunadamente yo no necesito dinero, y, si lo necesitase, nunca me humillaría por un plato de lentejas.

Siglo terrible, imposible para la belleza y la inteligencia. Se busca más la sujeción que la libertad, el ruido antes que la creación, la obediencia a la heterodoxia, la pobreza expresiva más que la exploración. Hay que hacer que se amen los buenos libros, y las ideas que duermen en ellos. La masa popular apenas reflexiona. Los políticos populistas triunfan entre seguidores incultos. Los universitarios caen en la alienación de la imagen y las redes.

Por doquier uniformidad de costumbres y pensamiento. Una especie de chicle gigantesco devoró la mente de los jóvenes y no tan jóvenes. Idiotas virtuales, viviendo una idiota realidad paralela.

¡Cuánto cambió el mundo! Cambio climático, tiranía de grandes emporios económicos, burdo catecismo tecnológico, aumento de la IA a costa de la libertad, peligroso quiste inmigratorio, metamorfosis de valores, y desaparación de la cultura libresca (disminuye la democracia si y solo si baja la cultura del libro)

Pronto moriré y me alejaré de tanta hedionda carroña. Me alegro de no haber triunfado como escritor; mi medida no se aviene con el vulgo. Espero tranquilitamente la muerte refugiado en mi biblioteca ¡Qué epoca tan hondamente estúpida!