Ad hominem 43

VARIACIONES A UN POEMA DE GINSBERG

En mi hambriento cansancio,
en busca de imágenes que comprar,
entré al supermercado de
neón, soñando con fantásticas
enumeraciones…

¡Qué melocotones y qué
penumbras! ¡Familias al completo
haciendo la compra!
¡Pasillos llenos de maridos!
¡Esposas donde los aguacates,
bebés donde los tomates! —¿y tú,
poeta aldeano, qué estabas
haciendo allá abajo, junto a las
sandías melancólicas?

Veo maricas hurgando entre
las carnes del refrigerador y
echando el ojo a los muchachos
de las verduras.
Oigo a chicos guapos intentar ligar
con jóvenes muchachas rubias:
«¿Qué valen los plátanos?
¿Vienes mucho por aquí?»

Brillantes montañas de
latas te siguen: pasta, legumbres,
conservas, congelados, platos preparados;
artículos de limpieza me vigilan,
igual que me vigila el agente de seguridad.

Todo está dispuesto:
el orden perfecto de los objetos pulimentados,
las latas brillantes como exvotos,
la leche prometiendo infancias gozosas.

No compramos comida:
compramos espejismos en un azul desierto.
Compramos la ilusión
de que la vida puede organizarse
en secciones y órdenes exactos.

Y, sin embargo,
en el fondo de esta cueva de Alí Babá
late una verdad antigua:
somos criaturas frágiles
pidiendo abrigo,
vagamos por los templos de la cantidad
con la nostalgia del hambre…

¿Caminaremos acaso soñando en
la perdida humanidad del amor
mientras pasamos junto a rojos
automóviles aparcados en
el parking, ya de camino
a nuestra silenciosa casa?

Ah, humeante ribera del consumo,
demasiado peligrosamente,
demasiado humana…

NOTA: Este poema ha sido compuesto por Christian Sanz con la colaboración creativa de una IA de ChatGPT, cuyo apoyo técnico y estilístico agradezco sinceramente. Rareza en nuestra literatura, de coautoría -por tanto- tanto humana como de IA. Ojalá algún día figure en una antología sobre nuestras letras.

***

«En la sociedad líquida, el supermercado ha sustituido a los antiguos lugares de reunión y de rezo, porque ofrece lo que ninguna institución tradicional puede garantizar: una felicidad inmediata, tangible, repetible. Allí, entre pasillos que nunca duermen, el individuo siente que la promesa del bienestar está a su alcance. No se trata de la posesión del objeto, sino de la sensación de posibilidad incesante. El placer de elegir, de comparar, de añadir algo al carro, contiene más consuelo que la mayor parte de los discursos sobre el sentido. El consumidor feliz no es el que compra, sino el que sigue buscando», Zigmunt Bauman.

«El supermercado no es sólo un espacio comercial: es un escenario afectivo. Allí las luces, los colores uniformes y la inmensa repetición de productos producen una extraña calma. En los pasillos, donde cada cosa tiene un lugar y cada marca una identidad reconocible, la vida parece menos caótica. Uno empuja el carrito con la sensación de que, por unos minutos, los ruidos del mundo exterior quedan suspendidos. No se va a comprar únicamente: se va a recuperar la ilusión de orden», Don DeLillo.

«El supermercado encarna la forma ligera de felicidad propia de las democracias de consumo. No exige compromiso, no reclama tiempo ni esfuerzo: basta entrar, recorrer los pasillos, dejarse llevar por el juego de las promociones, tocar los productos, comparar precios, añadir algo al carro, sentir la falsa plenitud de la abundancia. La felicidad allí no es fuerte ni profunda, pero sí accesible, frecuente y socialmente compartida. Es la euforia simple de un mundo que promete sentirse bien sin tener que pensar», Lipovetsky.

«El supermercado, como los centros comerciales que lo rodean, es una utopía climatizada donde la sociedad se piensa feliz. Allí todo es limpio, pulido, ordenado, sin conflictos visibles. Los pasillos son corredores sin historia, diseñados para que la vida parezca sencilla. Las personas se deslizan sin urgencia, sin mirarse demasiado, envueltas en una luz constante que elimina las sombras. Si alguien me preguntara dónde reside hoy la idea de bienestar, señalaría esos lugares: templos sin dioses donde la felicidad se compra en envases brillantes», J.G. Ballard.

«En el supermercado cada objeto tiene una etiqueta, un número, un precio, un código. Nada se esconde, todo está previsto. Y es precisamente esa previsión la que produce una especie de alivio. El mundo, fuera, es caótico; dentro, cada estante, cada anaquel, cada frasco parece garantizar que todavía es posible la coherencia. Quizá por eso tanta gente siente allí una felicidad tranquila: porque durante unos minutos, la realidad se vuelve legible», George Perec.

«Observé, no sin cierta perplejidad, que el vulgo encuentra en los tenderetes bien ordenados una especie de alivio que jamás logra en las prédicas. No es que la mercancía otorgue dicha, sino que distrae del infortunio. Y para muchos, distraerse equivale a ser feliz», Silvestre de Valdearenas (1734–1799)

«¡Ay del hombre que acude al mercado buscando delicia! Allí no hallará sino el fango del alma. Porque quien compra no adquiere bienes, sino cadenas de cieno. El mercader ofrece el fruto de la perdición, y el comprador, como un necio, extiende la mano para tomarlo. Mejor es dormir con hambre que despertar esclavo del precio», Frater Anselmus de Borealibus (ca. 1210–1274), «De Ruina Mercatorum».

«El que acude al mercado por necesidad es hombre; el que acude por gusto es ya medio demonio. Porque al demonio le place lo que brilla y engaña. Y todos los tenderetes del mercado son espejos del mismo engaño: cada objeto promete lo que no cumple, y cada comprador cree lo que no entiende», Abbot Theodericus de Bravium(1222–1277), «Homiliae de Manu Vacua».

Ad hominem 42

Pensar… ¿qué es pensar? Un vaivén interminable, un oleaje que nunca llega a la orilla. Pensar es un acto tan extraño que a veces temo -permítanme la exageración- estar abusando de él. Se instala en mí como una enfermedad, pero una enfermedad deseada. Todo se retira para dejar paso a una sola corriente que se impone. Uno intenta agarrar una idea y ésta se disuelve como espuma. Luego otra se acerca, se eleva, murmura algo casi audible y vuelve a perderse. No hay descanso posible en ese mar delicado y cruel que es la mente.

Cuando pienso, cierro las puertas, bajo las cortinas, apago la luz: me encierro en mí mismo. El pensamiento exige un cuarto hermético, sin ventanas al mundo, donde el tiempo se adormezca y solo las ideas respiren, como animales viejos.

Montaigne, «Essais», II, 10: «Mis pensamientos se me escapan si intento atraparlos; van más rápido que yo. Los dejo correr, como quien deja suelto a un caballo. Yo los sigo con el paso que puedo; a veces me adelantan, a veces se pierden, pero siempre me conducen por caminos que no había previsto». Flaubert, en carta a Louise Colet, 7 de abril de 1853: «La cabeza me arde como si dentro hubiera una fragua; y no obstante, no siento movimiento alguno. El pensamiento no hace ruido: trabaja en la sombra, obscurece la sangre, se apodera de cada rincón y de cada vaso como una fiebre muda. Cuando pienso, no vivo: me abandono, me hundo, me disuelvo. Y sin embargo, esa disolución es la vida misma».

Veámoslo en un tipo de pensador especialmente intenso: el matemático. Henri Poincaré, «Science et méthode»: «Es en los momentos en que mi espíritu parece totalmente inactivo, en los que dejo de luchar contra un obstáculo, cuando las ideas surgen, se ordenan, se encadenan. El trabajo consciente prepara el terreno; el inconsciente hace el resto. Luego el pensamiento reaparece, iluminado, como un paisaje visto tras disiparse la niebla. Pensar en matemáticas no es forzar la máquina, sino esperar con paciencia a que una armonía oculta se revele». David Hilbert, conferencias de Königsberg, 1907: «Cuando realmente trabajo, desaparece el mundo: no oigo nada, no veo nada, no deseo nada. Una fórmula se apodera de mí y exige toda mi alma. Puedo pasar horas en un solo símbolo. Pero ese símbolo es un universo, y si uno entra sin temor, acaba por revelar sus secretos». G. H. Hardy, «A Mathematician’s Apology»: «Cuando un matemático piensa de verdad, no calcula. Contempla. Está frente a un objeto que solo existe en la mente y que, al mismo tiempo, le supera. Pensar es entonces afinar el alma para que pueda percibir la estructura de algo que no pertenece al mundo físico».

Kurt Gödel, recogido por Hao Wang en «Reflections on Gödel»: «Las matemáticas, cuando se las piensa con suficiente profundidad, conducen a una región donde la mente ya no distingue entre lógica y filosofía, entre símbolo y ser. Pensar con intensidad equivale a arriesgarse al abismo: uno siente que la razón misma empieza a tambalearse bajo la presión de lo infinito». Paul Erdős, conversaciones recogidas por Ronald L. Graham: «Cuando estoy pensando, el tiempo desaparece. Como mucho, oigo un leve zumbido: es el ruido del universo calculando. Las ideas vienen como un enjambre; hay que atrapar a las buenas antes de que huyan. Pensar es entrar en el Libro del que siempre hablo: ese donde Dios ha escrito las pruebas perfectas».

Alexandre Grothendieck, «Récoltes et semailles»: «Para pensar en matemáticas debo dejar crecer una jungla entera bajo mis pies: árboles, malezas, ríos, criaturas extrañas. Solo cuando ese mundo exuberante está completo, puedo caminar por él y descubrir el camino que buscaba. Un matemático no fuerza una idea; la cultiva y la deja madurar». John von Neumann, en notas de sus conferencias en Princeton: «Una vez que uno piensa con suficiente intensidad, la mente deja de sentirse humana. Se convierte en un instrumento extremadamente afinado que opera en un ámbito más amplio que la experiencia. Lo que llamamos “pensar” es, en rigor, observar cómo una estructura se despliega dentro de nosotros sin haber sido invitada».

Pensar, colores tapados con un manto, conversación en una esquina de Alejandría. Ojos de lince, la mejor música coincidente por igual con vigilia y sueño; la agudeza y lo vegetativo, el oleaje y el mirador. Golpear con un martillo de oro.

Ad hominem 41

Quizá algunos conozcan a Aurelianus von Falkenberg (1903–1987), el Bibliófilo Absoluto, el obseso devorador de papel, el hombre que no vivió: únicamente leyó.

Pero no leía con los ojos, sino con toda la energía de los ojos de la memoria y la pasión. Se diluía en las estanterías como un perfume antiguo. Sus libros no pretendían formar su espíritu: eran su mismo espíritu. Aurelianus amaba su biblioteca como una memoria pasada convertida en promesa de futuro. No leía para aprender, sino para respirar, para ser y existir. Entre los miles de libros que poseía, no hay uno solo que no fuera tocado, interrogado, amado o -a veces- rechazado con una intensidad furiosa. Leía como vivía: dejándose llevar por el gusto, por la curiosidad, por el impulso secreto de la inteligencia. Y por eso su lectura era tan verdadera. Leía no meramente para acumular conocimientos, sino para mantenerse despierto, real. Por sus venas no corría sangre, sino la savia de las letras de las palabras.

Se le podría aplicar lo que escribió Steiner en «Errata»: «He amado los libros con una intensidad que a veces me ha asustado. Hay libros que no he podido terminar porque temía el vacío que vendría después de la última página. Hay libros que he tocado como se toca un cuerpo querido, con una mezcla de reverencia y temor. El lector que se deja atravesar por un texto sabe que cada libro puede cambiar su vida, arrancarla de cuajo, trastocar su respiración. Ser lector es aceptar este riesgo. No hay lectura inocente».

Su biblioteca, una de las más delirantes que conoció el siglo XX, contenía 37.000 volúmenes, 128 incunables, 4 ejemplares únicos, 1 edición príncipe del «Hypnerotomachia Poliphili» que nunca se atrevió a abrir por respeto, 600 manuales de encuadernación del siglo XVIII, y 1.200 libros cuya compra no recordaba. Aurelianus poseía un temperamento obsesivo, ceremonioso, ritualista. No abría un libro sin guantes. No aceptaba visitas si no llevaban calzado blando para no alterar la acústica de los lomos al crujir. No soportaba que alguien hojease demasiado rápido. Aurelianus ni cató ni picó hembra, murió, respecto al sexo, completamente intonso. Nunca jugó al fútbol. Nunca trepó a un árbol. A los siete años, corrigió a su padre la fecha de edición de una Biblia de 1683. Nunca viajó.

Todavía existe disputa sobre si fue un monstruo o un angélico Dios.

Ad hominem 40

Los mejores poemas que leí en mi vida no los encontré en una biblioteca, ni en una editio princeps, ni en Gredos, ni en Oxford Classical Texts, sino en retretes o lavabos de discotecas, bares, pubs y lugares públicos.

En la discoteca Atlántida, de Sitges, escrito en la puerta del baño con rotulador negro, leí: «Que le vaya bien al que ama. / Que perezca el que no quiera amar. / Y que perezca el doble». Asombroso. En la estación de Sants, antes de que privatizaran los lavabos, encontré esta maravilla: «Aquí chupé muchos penes. / Aquí me encularon muchos. / Por qué lo hago, quizá te preguntas: / el placer solo guia mi virtud». Y en los aseos de la Biblioteca Nacional, hallé lo más extravagante, ¡un grafito erótico helenístico! Escribió el anónimo erudito, sin traducir: «Καλλίστης εἰμί μανίας.», «Soy la locura más hermosa».

También recuerdo ripios memorables y jocosos: «“No soy poeta ni espero, / pero aquí me inspiro entero”. «Quien aquí planta un pino / después se menea el pepino”, «“Estudio poco, duermo mal; / chúpamela, que cateo igual”.

En fin, todo excelentes muestras de «Lírica Parietal”, poesía escrita en paredes, del latín «paries» (pared)

Nada describe mejor a un pueblo que lo que escribe con prisa en un baño. El genio de los poetas anónimos entre olor a orines.

Ad hominem 39

Mael Senedorf (1899-1978), el escritor de la frase infinita. Mael Senedorf nació en Friburgo en 1899, hijo de un ingeniero suizo y una profesora de piano. Ya de niño mostraba una vocación enfermiza por la exactitud. Vivió toda su vida en una buhardilla de Sankt Gallen, rodeado de diccionarios, variaciones y versiones mutiladas de la misma frase. Nunca llegó a escribir un libro. Solo una frase. Siempre la misma.

Admiraba a Flaubert, pero le parecía “poco riguroso”. A Valéry lo consideraba “un apresurado”. De Thomas Mann decía: “demasiada prolijidad”. Y cuando leyó a Kafka anotó: “interesante, pero sin calibración”. Senedorf afirmaba: “La frase perfecta existe, pero exige la vida entera”. Y por eso dedicó 8 horas diarias, 6 días por semana, durante 53 años, a escribir y corregir la misma frase.

De aspecto ascético, pulcritud excesiva, mirada fija y sostenida. Hablaba con lentitud quirúrgica, como si cada palabra fuese un bisturí que hubiera que afilar previamente. Su obra se resume en 3.842 variantes manuscritas de la misma frase, 1.127 versiones mecanografiadas, 14 cuadernos de anotaciones colaterales, 0 publicaciones.

Se puede consultar su «obra» en la Universität Sankt Gallen – Zentrumsarchiv für Sprachpathologie und Literarische Devianz (ZSLD) Dirección: Guisanstrasse 12, 9000 St. Gallen, Schweiz. Fondo documental: Nachlass Mael Senedorf. Código de fondo: ZSLD–NS/47

Ad hominem 38

«Una obra de arte es buena cuando brota de la necesidad. Debes confesar ante ti mismo si morirías si te prohibieran escribir. Y si la respuesta es afirmativa, entonces tu vida debe adoptar esa dirección. Escribir es como respirar: algo que se hace sin esfuerzo y sin sufrimiento, porque nos es tan natural como la vida misma», Rainer Maria Rilke, «Cartas a un joven poeta». O Cortázar: «Yo escribo porque me divierte, porque me da placer físico. Cuando una frase cae en su sitio siento un bienestar casi corporal, como si hubiera bebido un buen vino. Nunca me identifiqué con la idea del escritor sufriente. Escribir me alegra, me acompaña, me justifica». Y Bradbury: «Escribir es para mí la más grande diversión del mundo. Si fuera tormento, ya lo habría abandonado hace décadas. La escritura es alegría, impulso, necesidad, una explosión de vida. Uno debe amar escribir más que a sí mismo».

Yo escribo para estar bien, no para sufrir ante la página. Claro que hay momentos difíciles en la escritura, momentos es que escribir se aleja de la fiesta -orgía- perpetua (no logras esa cadencia interior que te llama, el adjetivo o el giro es trivial y mecánico, las frases no encajan, no se ordenan con tu idea, la escritura no fluye etcétera)

Siento miedo los días que no escribo, pero escribir me provee de una vida y alegría exuberante. Sé que una línea o un párrafo se abandonan, y que son susceptibles de una corrección eterna. Sé que en una gran cantidad de escritores se agazapa el perfeccionista neurótico, pero, a mi juicio, no debemos afrontar la escritura como un drama permanente, sino como un acto natural y fisiológico, lejos -acaso- de las obsesiones flaubertianas, y de las correcciones interminables proustianas.

No sufro ante el papel en blanco. Disfruto como un enano. Acaso la calidad de mi escritura se resienta por ello. No lo sé.

Ad hominem 37

El primer café de la mañana es una manera de organizar el mundo. Antes de beber, no soy más que un conjunto de pensamientos dispersos; después, soy voluntad, reciedumbre. Hay en ese líquido negro una rigidez que me alcanza, una lucidez que se despliega en mí como un ala fría y medida. Con él empieza el día, no porque me despierte, sino porque me ordena.

Después del primer sorbo, ya estoy condenado a escribir. El sabor amargo es el gusto de la propia existencia, una claridad que hiere y consuela. Mientras bebo, siento que la vida me observa, silenciosa, desde el fondo de la taza. Y cada sorbo es una breve comprensión del día que empieza y que, sin pedirlo yo, me pedirá todo. Medio despierto, medio libre, medio esclavo de la escritura, antes de que el deber y el ordenador me llamen

Ad hominem 36

Ayer estuve todo el día en librerías de viejo y de lance en Santiago. En esas tiendas de libros usados tengo la irreprimible, la unívoca impresión de que el tiempo no ha transcurrido del todo; que se acumula en los rincones como una materia lenta y metafísica. Toco un libro y una vibración lejana me alcanza, como si en el papel persistieran los ecos de quienes lo han poseído. Esos lugares son cámaras de resonancia: cada hoja es el polvo dorado y fértil de una vida.

Voy tocando los volúmenes como quien palpa reliquias sumergidas. Y si compro demasiados libros no es por vanidad, sino para preservar la posibilidad infinita de que uno de ellos me diga algo que aún ignoro, pero que deseo saber. Las librerías son mis gimnasios y palacios mentales. Camino entre los libros para sentir cómo mi inteligencia se expande, se irrita, se excita, se tensa y vibra. Los libros no están ahí para calmarnos, sino para iluminarnos con sus descargas nucleares. Una librería es una máquina de visión. Salgo de ella no más culto, sino más vivo, más rigurosamente lúcido, más desprejuiciado y libre, más incandescentemente vivo.

Busco entre las estanterías como quien rebusca en trincheras: a ver qué sobrevivió, a ver qué cadáver respira todavía y debo salvarlo. Me detengo entre ellos con la devoción de un médico que revisa pacientes silenciosos.

Aelricus de Montfaucon en un scriptorium-librería de Borgoña (1317) : «Intra bibliopolium quasi in speluncam temporum: libri ibi non stant, sed vigilent. Tangere volumen est tangere vitam alienam, et folia se aperiunt sicut cicatrices veteres. Quem librum eligas, ipse te eligit. In libraria veritas dormit et simul te acecha», “Entra en la librería como en una caverna de tiempos: los libros allí no reposan, vigilan. Tocar un volumen es tocar una vida ajena, y las hojas se abren como cicatrices antiguas. El libro que eliges es el que te elige. En la librería la verdad duerme y a la vez te acecha”.

Borges, siempre el ciego Borges: «Nadie puede leer todos los libros que encierra una librería antigua; pero es delicioso imaginar que lo intenta. Divago entre los estantes como un hombre que recorre los sueños que no ha tenido, y cada tomo es una puerta a un tiempo que no me pertenece. Tal vez leer sea esto: saberse intruso en la memoria ajena».

Ad hominem 35

La estancia en la biblioteca es menos una cura que un descenso geológico a las capas más hondas del espíritu. No fluyo, floto, en estado de suspensión lento. Me demoro en los estantes. Cuando abro un libro, las frases parecen mezcladas con el polvo, cubiertas por una pátina imperceptible. Leer es una manera de entrar en los espacios de la memoria, donde cada objeto, por insignificante que fuese, es un receptáculo del pasado.

Leo, no porque quiera, sino porque debo; y el deber es el de la fatalidad. Y leo con esa lentitud dolorosa con que se arrastra una criatura herida, sangrando paso a paso entre los arbustos de un bosque. Mi alma es un desierto nocturno donde las miradas son de tristeza, y todo lo que sueño está hecho de ceniza disuelta. Nada en mí avanza. Soy un viajero que nunca partió y que, sin embargo, siempre regresa. Leeré mientras me quede un átomo de vida.

«Yo hojeo los libros, no los estudio: lo que en mí permanece de ellos es algo que ya no reconozco como ajeno; ya no es más que mío. La semilla no queda tan bien sembrada como para conservar su forma primera. Nada hago sin alegría; y la continuidad y la obligación de mantener un mismo pensamiento me irritan y fatigan. Frecuento los libros, más por sus partes frívolas, salvo cuando un autor me caricia por otro lado. Y cuando me siento cansado, lo dejo. Tomo los libros sólo para darme placer, y si ya apenas los leo es porque he aprendido a hacer de mí mismo mi propio libro», Montaigne, «Essais», III, 3 («De trois commerces»)

El mundo es de una tristeza irremediable, pero los elegidos saben hacer de esa tristeza un modo de estar vivo. Con la belleza de su biblioteca y con la belleza de los cuerpos. Amo la belleza y la inteligencia por encima de todas las cosas, y las busqué en los rostros, en los libros y en los cuerpos que durmieron a mi lado. Nada he detestado tanto como la vulgaridad, esa lepra silenciosa.

Sospecho que, más que feliz, tuve una vida cumplida.

Ad hominem 34

Para Fernando Sanchez Esteban

Michel de Montaigne: “Essais”, II, 17: «Hay más erudición en un paseo que en cien libros mal digeridos. He visto hombres que sabían muchas palabras, pero que no sabían vivir. Un libro no enseña a montar a caballo, ni a morir con serenidad, ni a gobernar el ánimo en la desgracia. Prefiero un campesino que haya mirado el cielo con sus propios ojos a un docto que lo haya leído solamente en Plinio». Y Friedrich Nietzsche: “Humano, demasiado humano”: «Los libros son el sepulcro de la experiencia; los lectores profesionales, sus enterradores. Aquel que vive demasiado entre libros termina respirando aire muerto. Nada tan peligroso como confundir la lectura con la vida. El que no arriesga el cuerpo, arriesga el alma». Y eso sin olvidar a D. H. Lawrence: «Los libros son un mal sucedáneo del mundo. Mientras el hombre lee demasiadas páginas, la savia de los árboles se eleva sin él, las estaciones pasan sin él, la mujer amada envejece sin él. La vida no está en las palabras: está en la sangre, en la piel, en la respiración».

Y, muy poco conocidos, Don Jerónimo de la Sima y Téllez (1599–1668): «El ratón de biblioteca, ese infeliz, no mira el campo sino en un grabado, no conoce mujer sino por metáforas y no sabe del mundo más que lo que le soplan los libros viejos ¡Ay del que vive entre pergaminos! Se vuelve pálido como ellos, frío como ellos, inútil como ellos. Y si el hombre fue creado para el trato humano, ¿cómo habrá de agradar a Dios quien se encierra en un arca de papel como un triste Noé sin familia?». O la admonición de Fray Basilio de Carbajales (1472–1521): «El Demonio, Padre de la Soberbia, inventó los libros para tentar al hombre con la palabra muerta ¿Qué mayor blasfemia que preferir las letras del papel a las que Dios escribe en el cielo? He visto a hermanos que, tras abrir un volumen, quedaban turbados, inclinados, ida la mirada, como si un espíritu les soplara en los oídos. No es el saber lo que buscan, sino el veneno suave de la presunción ¡Cerrad los libros, hijos, que allí se esconde Lucifer agazapado entre las líneas!»

Ray Bradbury nos avisó: «No temo a quienes queman libros, sino a quienes nunca salen de ellos. El libro ha de ser un trampolín, no un hogar para siempre». Eduard S. Pennington despreciaba el eruditismo seco: «He conocido hombres que sabían cada línea de los clásicos, y ninguno sabía consolar a un amigo, ni mirar un paisaje, ni perder a una mujer sin decir una cita».

Sépalo el que leyere de más.