Cyril 164

Si tuviera que poner tres titulares al siglo XX serían: (i) Máximo esplendor científico (ii) Revolucionaria innovación artística y (iii) Descomunal, aberrante barbarie moral.

Respecto a lo primero, la ciencia asombrosamente creativa e insurgente, consignemos esa explosión sin precedentes que produjo un cambio epistémico radical en nuestra milenaria visión del mundo. Vano será nombrar la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica y la cosmología moderna. O, en biología y medicina, anotemos la síntesis moderna del evolucionismo, la biología molecular, los antibióticos, las vacunas, la cirugía moderna, y eso sin desdeñar la psicofarmacología y la psiquiatría moderna.

Respecto a la revolución artística, humanística y literaria, solo me limitaré a nombrar unos pocos gigantes, entre muchos: Freud, Weber, Saussure, Proust, Joyce, Kafka, Breton, Picasso, Schoenberg.

Sobre la evidente hecatombe y monstruosidad moral del siglo XX, señalar un dato escalofriante; sumadas las guerras mundiales, el holocausto, las hambrunas y purgas estalinistas y maoístas, murieron alrededor de 150 millones de personas. Una devastación sin consuelo.

***

Durante estos 26 años de siglo XXI tuvimos, a mi juicio, una atonía, o incluso cierta mediocridad artística y literaria; en lo humano fue un siglo más pacífico, menos letal a gran escala; y, referido a la ciencia, vivimos una gran potencia científica donde se explotan los avances cruciales del XX [genómica, edición genética (CRISPR), neurociencia computacional, IA y aprendizaje automático, física de partículas, exoplanetas, ondas gravitacionales]

***

Reconstruyendo a mi manera una idea de Orwell, considero a la historia como una carrera entre la educación y la barbarie, entre la civilización y la catástrofe. A veces elijo creer en la inteligencia organizada, la claridad científica y la buena voluntad aplicada a los problemas humanos. Existir entonces tiene un tono moral positivo. Otras veces creo en el ocaso de nuestra civilización, como si estuviéramos inmersos en una adolescencia turbulenta.

¿Avanza la humanidad hacia la disolución o hacia cierto moderado esplendor? No lo sé, sinceramente no lo sé y creo que nadie puede saberlo (el cerebro humano no puede descubrir algo que no existe: las leyes históricas) La historia acumula escombros y algunas vetas de oro. El progreso es un solo un mito decimonónico.

Me gustaría la ética de una visión común, y ciencia y tecnología sin consecuencias apocalípticas. No me siento cómodo ni entre ingenuos oteadores de paraísos celestiales en la tierra, ni entre profetas del fin. El hombre y la historia son imperfectas.

Si usamos la inteligencia para ampliar la dignidad humana, la era de las máquinas acaso pueda ser una bendición. Si no, un desastre sin paliativos. El futuro todavía no está escrito.

NOTA BENE: En mis libros, por pose literaria, adopto especies melancólicas y pesimistas sobre el presente y el futuro. Pero las dos únicas palabras que puedo escribir con absoluto convencimiento son: «Nada sé».

Cyril 163

Hace unos dos días se ha publicado un nuevo Estudio sobre Cultura Científica en España de la Fundación BBVA, basado en encuestas representativas a más de 4000 adultos, que ofrece datos robustos sobre cómo piensan los españoles acerca de hechos científicos básicos, creencias conspirativas y su nivel de conocimiento y actitud hacia la ciencia.

Más del 80 % de los españoles dice estar interesado en la ciencia, especialmente por el placer de aprender, aunque solo alrededor del 23–37 % se siente bien informado sobre temas científicos.

Conceptos elementales de ciencia o metodologías científicas (como “algoritmo”, “grupo de control”, “variable independiente”, «cambio climático», «vacunas», «inercia» etc) presentan dificultades de comprensión entre una parte muy considerable de la población.

Una minoría significativa todavía sostiene ideas que van en contra de la evidencia científica:

(i) Creencias sobre extraterrestres ocultados por gobiernos: alrededor del 28 % lo considera plausible o verdadero.

(ii) Duda sobre la llegada del hombre a la Luna: aproximadamente 22 % expresa dudas o rechazo.

(iii) Negacionismo del cambio climático: cerca del 15 % cuestiona su existencia o causa humana.

(iv) Asociar vacunas con autismo (creencia sin base científica): cerca del 6 % lo cree.

(v) Terraplanismo: aproximadamente el 5 % sostiene que la Tierra es plana.

En resumen: aunque esas creencias son claramente minoritarias, no son anecdóticas — y se observan especialmente entre segmentos con menor nivel educativo o menor comprensión científica.

A mi juicio el estudio muestra datos notables de analfabetismo científico. La cultura científica no se limita a conocer hechos; implica comprender cómo se genera, valida y aplica el conocimiento científico. Sin esta comprensión, las personas son más vulnerables a creencias erróneas y a la manipulación informativa. Existe una relación no lineal entre conocimiento científico y confianza: mientras aumenta la confianza, el conocimiento real puede estancarse, lo que a menudo genera sobreconfianza sin fundamento.

***

«Vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que casi nadie sabe nada de ciencia ni de tecnología. Esta es una receta clara para el desastre. La ciencia es algo más que un conjunto de conocimientos: es una forma de pensar. Si no somos capaces de distinguir entre lo que se siente bien y lo que es cierto, si no podemos evaluar pruebas y detectar falacias, quedamos a merced de quienes tienen poder y están dispuestos a explotarlo. En una democracia, la ignorancia científica no es solo un inconveniente: es una vulnerabilidad estructural», Carl Sagan.

«El analfabetismo científico no consiste simplemente en no conocer hechos científicos, sino en no comprender cómo funciona el conocimiento científico: qué es una hipótesis, qué cuenta como evidencia, por qué los experimentos controlados importan y por qué la anécdota no sustituye a los datos. Muchas personas creen “pensar críticamente” cuando en realidad solo están racionalizando intuiciones previas. Esa ilusión de racionalidad es más peligrosa que la ignorancia franca», Steven Pinker.

«La mayoría de las personas no son ignorantes en el sentido clásico; son confiadas sin fundamento. No saben cuánto no saben. Cuando se trata de ciencia, esta combinación —ignorancia más exceso de confianza— resulta especialmente tóxica, porque genera opiniones firmes sobre cuestiones que requieren alfabetización estadística, comprensión de probabilidades y familiaridad con el método científico», Daniel Kahneman.

Cyril 162

El mundo habla demasiado y dice muy poco. Sueño con Simón el Estilita o con Antonio Abad. Uno tiene la impresión que callar es sospechoso, el silencio parece arrogancia y que quien no opina “no existe».

«El silencio no es ausencia de palabra, sino una palabra que ha decidido no prostituirse”, expresó con su habitual lucidez Cioran. Y, si me permiten la erudición (o la pedantería), recuerdo ahora a Miguel de Molinos: “Quien habla mucho de Dios, aún no ha entrado en Él. Cuando el alma llega al centro, la palabra cae como cáscara inútil, y el silencio ya no es virtud, sino estado”, «Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz», Roma: Ex Typographia Angeli Bernabò, 1675, Parte I, cap. XII, §7, pp. 96–97.

Cyril 161

Pisístrato entró en Atenas simulando haber sido atacado por sus enemigos, lleno de heridas falsas, para pedir una guardia personal “por seguridad”. Trump no fingió heridas físicas, pero sí una agresión permanente del “sistema”, de los medios, de las élites, que justificaba medidas excepcionales. Cleon, descrito con desprecio por Tucídides y Aristófanes, era alborotador, vociferante, antiintelectual y hostil a la moderación. Especialista en dividir a la polis en “ellos” y “nosotros”. Dionisio de Siracusa desconfiaba de todos, se rodeaba de fieles incompetentes, pero leales, y veía conspiraciones por doquier.

Trump no gobierna para su país, sino para oír su nombre repetido. No pocos aires de familia tiene con aquellos tiranuelos griegos.

Cyril 160

Del pastor Pujol y de doble uso y del gobierno de sus partes según la luna

En Queralbs, pueblo catalán tan estrecho que las cabras se conocían por el culo, vivía un pastor famoso no por las ovejas, sino por el manejo experto de lo que llevaba colgando —y de lo que sabía ofrecer cuando bien convenía.

Era hombre de sexo obediente y voluntad elástica, que no discutía con la naturaleza, sino que la explotaba. Decíase —y no en voz baja— que la luna le mandaba en las carnes con más autoridad que el cura en el púlpito.

Cuando la luna crecía, el pastor se ponía tieso de a propósito, con la bragueta adelantada como quien lleva la contabilidad en regla. Entonces servía a las mujeres del valle, casadas, viudas o indecisas, dejándolas con las piernas flojas y la conciencia pesada, pero satisfechas como tras buena cosecha.

Con la luna menguante, el pastor aflojaba, se volvía receptáculo, y se dejaba trabajar por mozos, arrieros y algún que otro notario curioso, que entraban en su cabaña como quien va a misa prohibida, saliendo sudados, callados y muy generosos en regalos.

Y en luna llena, ¡ah, en luna llena!, el mudable pastor no daba descanso a ningún orificio honesto o deshonesto. Aquello era feria, carnicería de cuerpos, un ir y venir de dedos, lenguas y monedas, que el hombre recibía, daba y volvía a recibir, con una sonrisa sabia, como quien entiende que Dios reparte talentos, pero él los administra.

Fuente: Smith, Jonathan L. “Lunar Bodies and Pastoral Economy: The ‘Pujol Shepherd’ Phenomenon in Sixteenth-Century Catalonia.” Journal of Early Modern Iberian Studies, Vol. 14.

Cyril 159

Iorolus Ionqerum, soldado romano de existencia probada, y fama indiscutible, pasó a la posteridad no por la amplitud de su «virtus», sino por la estrechez legendaria de su «instrumentum». Así lo consigna Lucilio, con su habitual crueldad métrica, en el libro XXVI de las «Saturae», donde escribe:

Ionqerum Iorolus, cui Mars dedit arma,

sed Natura nihil: pugnat ut umbra viri.

Lucilius, «Saturae», XXVI, vv. 143-144.

En Roma fue el hazmerreír del campamento, no solo por el tamaño microscópico de su pene —tema recurrente en los epigramas de taberna— sino por su heroica capacidad para desaparecer justo antes del combate. Cuando sonaban las trompetas, Iorolus ya estaba defendiendo la retaguardia.

En el siglo XXI, Iorolus no sería olvidado. Muy al contrario; sería viral.

Como vio con lucidez Umberto Eco, la fama contemporánea no se funda en la excelencia, sino en la viralidad, en estar en boca de todos. No importa qué seas, sino cuánto se te nombra. La gloria antigua exigía una hazaña; la moderna exige ridículo.

Cyril 158

ICE, especialmente en redadas públicas, aeropuertos o barrios concretos, operan como mensaje político: “El poder está aquí, puede tocarte, ahora”. Roma entendía perfectamente ese lenguaje. Los lictores, con sus fasces, no eran simples escoltas: materializaban la capacidad inmediata de castigar. Roma no gobernaba solo con ejércitos, sino con categorías morales: hostes (enemigos), peregrini (extranjeros), infames (indignos) El ICE de la era Trump explota esa misma lógica. ICE se convierte así en lo que Roma llamaría un instrumentum regni: una herramienta para sustituir consenso por obediencia.

El Estado moderno, en cambio, simula legalismo neutral mientras produce efectos de excepción. Eso hace que el paralelismo sea muy inquietante.

Cyril 157

Política: apariencia de solidez del puro aire. Hacer de las mentiras, verdad. Vaguedades defendiendo lo indefendible. El lenguaje político consiste en gran parte en eufemismos, paralogismos, preguntas capciosas y una nebulosa imprecisión.

«Del mismo modo que la cocina se disfraza de medicina para agradar al cuerpo sin curarlo, la retórica se disfraza de política para agradar al pueblo sin hacerlo mejor. No pregunta qué es justo, sino qué resulta convincente; no busca la verdad, sino el aplauso», Platón, «Gorgias».

Las palabras en boca de un político son puños y tóxicas dosis de arsénico. Clichés repetidos automáticamente ayunos de significado. Si el lenguaje es previsible, burocrático, entonces el pensamiento es superfluo, vacío. Hablar para no decir nada. Destrozar al adversario con mazas y no convencer con ideas.

El lenguaje político degradado no es un accidente ni una incompetencia, sino una técnica.

Los políticos no buscan describir, sino ser obedecidos.

Cyril 156

El antintelectualismo no es simplemente ignorancia ni ausencia de educación formal. Es, más bien, hostilidad activa hacia las formas complejas del pensamiento, desconfianza hacia la mediación intelectual y rechazo emocional de todo aquello que exige demora, abstracción o esfuerzo interpretativo.

No consiste en “no saber”, sino en considerar sospechoso el saber cuando no es inmediatamente utilitario, rentable o entretenido. El antiintelectualismo es un rasgo cultural de la cultura moderna. El antintelectualismo moderno no dice: “No entiendo”, sino: “Eso no sirve, eso es pedantería, eso es inútil, eso es sospechoso”. Ideal implícito: “Nadie debe saber demasiado; nadie debe complicar las cosas”.

***

Richard Hofstadter

«El antiintelectualismo ha sido una corriente constante en la vida estadounidense, alimentada por la sospecha hacia la vida de la mente y por la tendencia a equiparar la inteligencia con la falta de virilidad, de fe o de sentido práctico. El intelectual es percibido como alguien que habla en lugar de actuar, que problematiza en lugar de resolver, que duda cuando se espera obediencia. En una cultura orientada al éxito inmediato, el pensamiento crítico parece una forma de estorbo. No se odia tanto al intelecto por lo que dice como por lo que representa: una interrupción del consenso emocional».

George Orwell

«Existe una hostilidad generalizada hacia la vida intelectual, una convicción difusa de que pensar es una actividad sospechosa. El pensamiento independiente se considera antisocial, y el escritor o el intelectual son vistos como alguien que se sitúa fuera del rebaño. En tiempos de presión ideológica, no se necesita quemar libros: basta con desacreditar la inteligencia misma, convertir la complejidad en un vicio moral y la simplificación en una virtud patriótica».

Isaiah Berlin

«El antiintelectualismo surge cuando se confunde la claridad con la simplificación, y la energía moral con la negación de la duda. Allí donde se exige acción inmediata, la reflexión se percibe como cobardía; allí donde se glorifica la unanimidad, el pensamiento crítico aparece como traición. Las sociedades que desconfían de sus intelectuales suelen acabar entregándose a profetas más simples, más ruidosos y, por ello mismo, más peligrosos».

Susan Sontag

«Nuestra cultura está cada vez más orientada hacia una aversión al pensamiento. Se sospecha de la interpretación, se desprecia la teoría, se ridiculiza la abstracción. El antiintelectualismo moderno no se presenta como censura, sino como impaciencia: una alergia a todo lo que exige atención sostenida. La consigna tácita es sentir antes que pensar, reaccionar antes que comprender».

Hannah Arendt

«La hostilidad hacia el pensamiento no siempre adopta la forma de prohibición; con más frecuencia se manifiesta como banalización. Se tolera el pensamiento siempre que no piense demasiado, siempre que no interrumpa el flujo de la vida ordinaria. Pero cuando pensar significa detenerse, juzgar y recordar, entonces se convierte en una amenaza. El antiintelectualismo es, en última instancia, miedo a la responsabilidad que implica comprender».

Neil Postman

«No es necesario prohibir el pensamiento serio cuando se puede ahogarlo en entretenimiento. El antiintelectualismo contemporáneo no se basa en el odio explícito al saber, sino en su irrelevancia práctica. Cuando toda información debe ser entretenida, rápida y emocionalmente satisfactoria, el discurso racional queda automáticamente marginado. La televisión —y sus herederos digitales— no atacan al intelecto: simplemente lo vuelven innecesario».

Theodor W. Adorno

«La aversión al pensamiento complejo es uno de los síntomas más fiables de la regresión cultural. Allí donde el entendimiento exige esfuerzo, se responde con burla; donde se propone reflexión, se exige inmediatez. El antiintelectualismo no es ignorancia pasiva, sino una forma activa de resentimiento contra aquello que recuerda al individuo sus propias limitaciones».

Umberto Eco

«El antiintelectualismo moderno no consiste en negar el saber, sino en simular que todo saber es equivalente. La opinión inmediata se coloca al mismo nivel que el estudio paciente; la ocurrencia sustituye al argumento. De este modo, el intelectual deja de ser una figura incómoda y se convierte en un especialista más, despojado de su función crítica».

Pierre Bourdieu

«La lógica mediática produce un antiintelectualismo estructural: impone la urgencia, penaliza la complejidad y premia la simplificación espectacular. No se censura al intelectual; se le obliga a hablar un lenguaje que ya no le pertenece. El resultado es una desposesión simbólica del pensamiento, reducido a opinión rápida y consumible».

José Ortega y Gasset

«El hombre-masa no necesita argumentos; le basta con sentimientos. Siente que tiene derecho a opinar sin prepararse para ello, y considera ofensiva toda forma de autoridad intelectual. El antiintelectualismo no nace de la ignorancia, sino de la autosuficiencia: de la convicción de que no hay nada que aprender».

Cyril 155

La política que se presenta como expresión directa de la voluntad popular tiende inevitablemente a volverse irresponsable, porque elimina los mecanismos de corrección. El populismo desprecia la crítica, pues toda crítica es interpretada como traición. Y un sistema que no tolera la corrección está condenado a radicalizarse o a derrumbarse, nos advirtió Popper.

El populista no ofrece soluciones técnicas, sino culpables visibles. Su fuerza reside en transformar problemas complejos en relatos simples donde el líder aparece como el único mediador honesto entre el pueblo virtuoso y las élites corruptas. El populismo no ama al pueblo concreto; ama a una abstracción que solo existe mientras aplaude. Ofrece pertenencia a cambio de obediencia emocional. No necesita convencer: necesita mantener la masa unida en tensión constante.El político populista no libera a sus seguidores de la frustración; la organiza, la dosifica y la utiliza como combustible político. Así, la ira se vuelve un recurso y un capital político.

Lo inquietante de Abascal no es lo que dice, sino lo poco que parece importarle decirlo bien. Su relación con el lenguaje es instrumental y descuidada, como si las palabras no fueran herramientas de pensamiento (creo que no tiene muchas luces) En ese empobrecimiento deliberado del discurso se refleja un empobrecimiento más profundo: la renuncia a pensar. Su ignorancia no es un accidente, sino una cualidad funcional, porque lo libera de escrúpulos intelectuales.

El cero del termómetro.