Tentativas 120

Conozco el abismo. Allí donde todo se vuelve plano, sin relieve, sin urgencia. Incluso el recuerdo de haber estado bien parece pertenecer a otra persona. La vida continúa, pero sin participación emocional. En mis ojos, visiones de enormes ratas y cucarachas.

***

INFORME CLÍNICO

Identificación del paciente: C.S.G.

Motivo de consulta: Episodio prolongado de alteración perceptiva con alucinaciones visuales y vivencia de colapso psíquico.

DESCRIPCIÓN DEL EPISODIO:

El paciente refiere haber experimentado, durante varias horas consecutivas, la percepción reiterada de animales (principalmente ratas y cucarachas) en su entorno inmediato, sin correlato objetivo verificable. Las imágenes no son descritas como meramente imaginadas, sino como fenoménicamente reales, con localización espacial definida y persistencia temporal suficiente como para generar respuesta emocional intensa.

Durante el episodio, el paciente no logra desestimar completamente la veracidad de las percepciones, oscilando entre momentos de duda crítica y momentos de adhesión parcial a la experiencia. La vivencia se acompaña de un aumento significativo de la ansiedad, con sensación de amenaza difusa y repugnancia visceral.

ESTADO MENTAL CONCOCOMITANTE:

Se observa (por autorreporte) una vivencia de “cierre del horizonte”, entendida como:

Reducción drástica de la proyección hacia el futuro.

Sensación de imposibilidad de cambio o salida.

Empobrecimiento del campo de expectativas.

El paciente describe este estado no como tristeza convencional, sino como una constricción global de la experiencia, en la que el mundo pierde amplitud y queda reducido a un espacio mental cerrado, repetitivo y sin variación.

El pensamiento aparece enlentecido en algunos momentos y, en otros, dominado por contenidos intrusivos vinculados a la experiencia perceptiva. No se evidencia organización delirante sistemática, pero sí una fragilidad en el juicio de realidad durante el pico del episodio.

VIVENCIA SUBJETIVA:

El paciente refiere haber “tocado fondo”, expresión que, en este contexto, parece corresponder a:

Pérdida de referencias internas estables.

Disminución de la confianza en la propia percepción.

Sensación de extrañeza respecto a sí mismo y al entorno.

Se constata una forma de lucidez angustiada: el paciente es parcialmente consciente de la anormalidad de la experiencia, lo cual incrementa el malestar en lugar de aliviarlo.

IMPRESIÓN CLÍNICA (NO DIAGNÓSTICA):

Episodio de desorganización perceptiva con predominio de alucinaciones visuales, asociado a un estado de intensa ansiedad y constricción existencial.

Se sugiere vulnerabilidad en los mecanismos de integración de la experiencia y del juicio de realidad en situaciones de sobrecarga psíquica.

Tentativas 119

“Quien vive entre hombres debe aprender a soportarlos: pero el que no necesita de ellos, ese es ya superior. La soledad no es una elección del débil, sino el destino del fuerte. Allí donde la multitud se siente en casa, el espíritu elevado se siente extranjero. El refinamiento del gusto separa más que cualquier doctrina: porque el gusto es instinto de jerarquía. Y allí donde hay jerarquía, hay distancia. Y donde hay distancia, hay incomprensión”, Nietzsche.

“Cuanto más sobresale un hombre por su inteligencia, tanto menos encuentra en los demás lo que le satisfaga. La vulgaridad del mundo le resulta insoportable, no por orgullo, sino por necesidad de respiración. Así, el hombre superior se ve forzado a la soledad, como el águila a las alturas: no porque desprecie la llanura, sino porque en ella no puede vivir”, Schopenhauer.

“Las personas verdaderamente refinadas no encuentran fácilmente su lugar en la sociedad, porque su sensibilidad les revela matices que los demás ignoran. Allí donde otros ven relaciones simples, ellos perciben tensiones, equívocos, falsedades delicadas. Esa lucidez los aparta, no por voluntad de singularidad, sino por incapacidad de aceptar lo que se presenta como natural y no lo es”, Proust.

“No es que uno quiera apartarse, es que la conversación común se vuelve imposible. Cuando el lenguaje se empobrece, cuando todo se simplifica hasta la caricatura, quien intenta mantener cierta precisión queda como un extravagante. Y entonces uno calla. No por prudencia, sino por hastío. Y ese silencio —que es una forma de dignidad— acaba siendo interpretado como desdén”, Javier Marías.

“Uno no se aparta del mundo: es el mundo el que se vuelve insoportable hasta el punto de expulsarlo a uno de sí mismo. Todo lo que se dice en sociedad es una deformación grosera de lo que podría decirse; todo pensamiento, reducido a consigna; toda conversación, una pantomima. El hombre que exige precisión, que no tolera la mentira cotidiana, acaba siendo considerado un enemigo público. Y entonces aprende que la soledad no es un retiro, sino la única forma de higiene”, Thomas Bernhard.

***

“La inteligencia —cuando no se somete— es siempre sospechosa. No tanto por lo que dice, sino por la forma en que lo dice: por ese rodeo, por esa lentitud, por ese rechazo a la evidencia inmediata que tanto tranquiliza a los demás. El lector refinado vive en una perpetua minoría, incluso dentro de sí mismo, y esa minoría es su única patria”, Juan Benet.

“El hombre dotado de sentido para las posibilidades no se adapta fácilmente a la realidad existente, porque la percibe como una entre muchas. Esta multiplicidad interior lo separa de quienes necesitan certezas. Y así, lo que en él es riqueza aparece ante los otros como indecisión o rareza, cuando no como una forma de inutilidad social”, Robert Musil.

“La cultura no es un ornamento, sino una forma de vida que exige disciplina y continuidad. En una época que no cree en la tradición, el hombre cultivado se convierte inevitablemente en una figura marginal: no por elección estética, sino porque su misma forma de atención resulta incomprensible para los demás”, Eliot.

“Ser fino es, en el fondo, no encajar. El hombre verdaderamente delicado no puede aceptar la grosería como norma, ni la banalidad como destino. Pero esa negativa —que es una forma de dignidad— lo condena a una especie de exilio interior: vive entre los otros, pero no con ellos”, José Bergamín.

“La cultura exige lentitud, silencio, repetición: tres virtudes que la sociedad contemporánea no solo desprecia, sino que combate activamente. Quien persevera en ellas acaba siendo visto como un anacronismo viviente, una figura excéntrica que, sin embargo, guarda —sin saberlo— la última forma de resistencia”, Jordi Llovet.

Tentativas 118

El gusto por la soledad es, en el fondo, una forma de orgullo: la negativa a rebajarse. El hombre verdaderamente libre es aquel que puede prescindir de los otros sin resentimiento. La cultura —cuando lo es— actúa como una defensa: una muralla levantada contra la vulgaridad del mundo.

Nada es más peligroso que una sociedad satisfecha de su mediocridad. La vulgaridad no necesita imponerse: le basta con no ser discutida para convertirse en norma. Entonces, todo lo excelente empieza a parecer excesivo.

Tentativas 117

Sense tradició no hi ha lectura profunda; sense lectura profunda, Hölderlin és il·legible; i sense una comunitat intel·lectual capaç de sostenir aquest esforç, la gran poesia desapareix del món viu.

No paro de donar voltes a l´article. El diagnòstic de Alvin Kernan a «The Death of Literature» sosté que la literatura no mor per manca d’obres, sinó per la descomposició del sistema que la feia possible: la tradició, el cànon, l’autoritat crítica i el lector format. En dissoldre’s aquests fonaments, la lectura deixa de ser un exercici exigent i compartit per convertir-se en consum cultural fragmentari, sotmès a la immediatesa i a la banalització. La literatura, així, perd la seva funció de coneixement i de transmissió d’una veritat elaborada en el temps.

Em sembla òbvia la connexió amb el seu article sobre Friedrich Hölderlin, que exemplifica aquest procés en el cas català: la seva pèrdua de lectors no és casual, sinó conseqüència directa de l’erosió de la tradició i de la desaparició d’una comunitat lectora capaç de sostenir-ne la dificultat. L’edició de Manuel Carbonell (enormes felicitats) apareix, en aquest context, com un intent de restitució: només des d’una lectura pacient, col·lectiva i intel·lectualment rigorosa —allò que Hölderlin concebia com a «Gesang»— pot recuperar-se una poesia que el present, dominat per la lleugeresa i la desmemòria, ja no sap llegir.

No ho sé. L´exigència va a la baixa. Dispensi´m si sóc agoserat.

***

Extraordinari i exigent article. Hom resta gairebé estupefacte davant d’una ment inesgotable (professor, sou un català de molts sabers i, a més, amb una rara aptitud per al raonament)

Friedrich Hölderlin exigeix una forma d’atenció (i corregiu-me si m’erro) que ja no és de moda: una lectura gairebé litúrgica. En una cultura accelerada cap al social i l’històric, la seva veu sona remota, com una campana en una vila abandonada.

Llegir Friedrich Hölderlin avui és un exercici d’arqueologia espiritual. Ens enfrontem a una llengua que creu en allò que diu, i aquesta fe —tan aliena a nosaltres— suscita una mescla de fascinació i d’escepticisme. No sabem ben bé si hem d’admirar o desconfiar (parafrasejo una idea que, si no m’erro, pertany a Félix de Azúa).

Si la poesia contemporània ha rebaixat la seva ambició és, en part, perquè ha deixat de mesurar-se amb figures com Friedrich Hölderlin. Davant seu, tot sembla provisional, tentatiu, fins i tot decoratiu: una mena de bijuteria. Aquests límits superiors del poeta alemany, ho confesso, em depassen com a lector. És massa alt per a la meva alçada.

No ho sé. No voldria fer més el ridícul parlant d’allò que ignoro.

Nota: Magnífic article, insisteixo, que convida als plaers difícils (que és una altra manera d’anomenar la relectura)

Tentativas 116

-Empezaré con una pregunta a bocajarro, sin medias tintas ¿Es usted un buen escritor?

-De los mejores. Y me costó mi esfuerzo. Estudié a fondo el Navarro Tomás, el Manual de fonología histórica de don Ramón, el Lapesa y aprendí a transcribir; en Sintaxis estudié el Gili Gaya. Toda esa materia la estudié en la tardoadolescencia y la tenía muy asumida cuando surgieron otras exigencias académicas. Me muevo bien en la Fonética Histórica, pero nunca me he defendido del todo con la sintaxis y la morfología: cuando en Bachillerato me explicaron los pronombres y adjetivos, me fui de viaje con mis padres a Venecia y nunca he acabado de distinguirlos… Además, estudié hasta sacarle todo el jugo la Historia de la lógica del matrimonio Kneale, tratados de teoría de conjuntos, el Manual de derecho mercantil de Garrigues, y la obra botánica de Pius Font i Quer… A ello añádase mi perfecto oído y sensibilidad lingüística para el castellano (espero no parecerle demasiado presuntuoso), y una capacidad de percepción educada en los clásicos (paladeo en ellos el temblor particular de una frase, el modo en que una imagen se enciende en la retina de la mente)

-¿Le gusta leer novelas?

-La novela de hoy, la poesía, igual que la televisión, como Internet, el cine, o la política, va toda de bajada; nada quedará de ellas, son escombros, material fungible ¿Sabe? Preferiría la nada a la existencia de algún que otro genio por siglo en la tierra. La reproducción humana es monstruosa. Nadie tiene el derecho de imponerle a quien no ha hecho daño a nadie el horror de la vida y el horror de la muerte. El planeta va directo al despeñadero; si no es por la superpoblación, lo será por una guerra nuclear.

-¿En qué momento del día lee mejor?

-En las horas que del alba serían, como insistía nuestra profesora cubana de estadística en la Universidad de Boston, la esbelta Isabel García Lladó. Una mujer muy peculiar: creía lo mismo en las ecuaciones probabilísticas que en las cartas astrales.

-¿Por qué leer?

-Leer ha sido siempre una forma de educación sentimental e intelectual inseparables. No se trata de acumular títulos como un empollón maquinal, sino de adquirir una cierta disposición del espíritu: atención, lentitud, gusto. La lectura funda una aristocracia, no basada en el dinero ni en el poder, sino en la calidad de la experiencia interior. Quien ha leído bien —y subrayo lo de bien— ha aprendido a distinguir, a desarrollar su mente, y esa facultad de distinguir es la base misma de la cultura. Sin ella, todo se vuelve vulgar. Y si cree usted que leer no ennoblece, concédame al menos que nos permite sobrevivir con un poco más de lucidez en medio de la catástrofe.

-¿Cree en el mito o idea del analfabeto sabio?

-Se habla del analfabeto sabio como de una figura admirable, pero sospecho que es una invención sentimental. Me suena a retintín alemán. La sabiduría implica memoria, y la memoria de la humanidad está -claro- en los libros. Privarse de ellos es condenarse a una forma de presente perpetuo ¿Sabe que Heidegger consideraba a los agricultores de la Selva negra casi como a pre-socráticos redivivos? Pura fantasía metafísica irracional. Tal vez haya inteligencia sin lectura, pero difícilmente habrá cultura, y sin cultura la inteligencia se vuelve estéril.

-¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?

– Sencillamente me he limitado a sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi mermada capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho. Estaba vacío. Y así he seguido, durante años y años ¿Es eso bueno o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir. La vida puede asumir infinitas formas.

-Leyendo sus libros se tiene la impresión de que es usted cultísimo

-Poseer cultura (de la alta, se entiende) está hoy completamente desacreditado: parece una superchería y un acto de soberbia despreciable. Los que están muy acreditados y afamados son los futbolistas y los concursantes de La Isla de las Tentaciones: ya me dirá usted en medio de qué panorama estamos. Como he dicho, hoy se cierne sobre todas las capas de la sociedad una enorme sospecha acerca de lo que sea un sabio, un gran profesor o un erudito, o bien un escritor de raigambre culta. Si los privilegiados que han podido realizar estudios superiores poseen ya tan sólo una vaga y muy superficial cultura, homologable con la de las capas medias y bajas de la sociedad, entonces toda la sociedad acusa este declive y se degrada.

-¿Qué hace durante el día?

-Leer, estudiar y escribir. Vivo en un pazo (que se cae a pedazos, por cierto) del siglo XVIII en la Ribeira Sacra. Prácticamente nunca salgo de casa. Y leo. Esta tarde leí a Plutarco en la edición de Gredos. Papel crema, tipografía serif clásica, encuadernación en tapa dura. Al menos no malgasté el tiempo.

Tentativas 115

Hoy compré, de Heinz-Dieter Ebbinghaus, «Einführung in Die Mathematische Logik», y, de George E. Andrews, «Number Theory».

Ebbinghaus sostiene que la matemática es, en última instancia, una práctica formalizable cuyos límites, estructura y validez solo se comprenden plenamente a través de la lógica de primer orden y la teoría de modelos. Andrews propone que la teoría de números no es un catálogo de resultados, sino un campo vivo que se comprende mejor a través de patrones, ejemplos y combinatoria.

Ideas platónicas, razón pura, axiomas, argumentos técnicos, demostraciones, deduccciones. Nada de pasiones y desamores, ni de la negra bilis de la melancolía, ni del buque fantasma del deseo humano; solo fórmulas y teoremas. La felicidad.

No quiero leer nada que me recuerde a lo humano. Quiero extirpar de mi cerebro aquel dístico elegíaco de Marbodo de Rennes: «Non ego divitias, non regna superba requiro: / unus amor nobis sufficit atque fames» (No busco riquezas ni reinos soberbios: un solo amor nos basta —y su hambre) y sustituir toda preocupación mental a una serie de conjuntos, números, funciones y estructuras.

Tentativas 114

No vivo en una casa, sino en una biblioteca. Mi casa -un pazo del siglo XVIII- es muy grande y alberga alrededor de 25.000 volúmenes. Prácticamente no salgo de casa (y eso que embobarse con un bóvido o con el cielo perfectamente pulido, sin una grieta, que parece una superficie cerrada, o una membrana de biombo japonés, son actividades nobilísimas)

Leo y escribo y estudio. A mi perra le hablo en distintos idiomas y adopté una notable colección de gatos silvestres (que ni a mí ni a la perra nos molestan) Ahora son las cuatro de la tarde y por la ventana veo nubes que parecen dibujadas con un pincel demasiado fino. Y siento la gravitación casi física de los libros (Borges)

Un libro no es nunca un objeto inerte: es una forma de conversación diferida, un artefacto de memoria que nos obliga a demorarnos en lo que no es inmediato. Leer es, en el fondo, una forma de resistencia contra la vulgaridad del presente. Quien no ha aprendido a leer despacio no ha aprendido a pensar. Los libros, cuando son verdaderos, no informan: forman. No están hechos para el consumo rápido ni para la erudición ornamental, sino para modelar el juicio, afinar el oído y templar la inteligencia. Un lector que no ha sido transformado por sus lecturas es, en rigor, un no lector. La lectura es una forma de hospitalidad: acogemos en nuestra conciencia voces que vienen de lejos, de siglos remotos, y las dejamos hablar en nosotros. El libro es una casa sin puertas donde el tiempo deja de ser una barrera y se convierte en una conversación.

«Liber non est res, sed forma vitae». Mis sueños más libidinosos son sobre libros. Sueño con un códice en cuarto mayor, con tablas de roble recubiertas de piel vacuna teñida en un rojo apagado, casi ferruginoso. La cubierta, ciega de hierros, presenta un reticulado geométrico de inspiración lombarda; en los ángulos, pequeños hierros florales apenas insinuados, como si el artesano hubiera querido contener la ornamentación. Dos broches de latón —ya oscurecidos por la mano— cierran el volumen con una presión seca. Al abrirlo, el pergamino exhala ese olor leve a grasa y polvo frío que sólo conservan los códices bien guardados. La escritura es una gótica textualis, compacta, de tinta ligeramente parda, con capitulares en azul ultramar y rojo cinabrio, algunas enriquecidas con oro bruñido que aún conserva, en los bordes, el mordisco del cuchillo.

Sueño con un ejemplar en octavo, de piel fatigada, con el lomo vencido hacia adelante, como si hubiera sido leído más veces de las que su estructura permite. No hay rigidez: el libro se adapta a la mano. El interior está vivo: márgenes llenos de anotaciones, manos distintas, tintas superpuestas. Algunas frases subrayadas con trazo nervioso; otras rodeadas con una calma casi geométrica. El texto impreso —claro, sin afectación— sirve de base a ese diálogo continuo.

Sueño mientras el cielo ahora es de un azul excesivo, un azul casi artificial (azul de Patinir), como si alguien lo hubiera esmaltado durante la noche con una capa fresca de eternidad.

Feliz Día del Libro, amigos.

Tentativas 113

En mi biblioteca tengo joyitas como: Samuel Johnson, «The Lives of the Poets» (ediciones de finales del XVIII, no la edición príncipe, que desequilibra mi magro presupuesto) Encuadernación en piel inglesa con nervios, papel verjurado, tipografía preciosa. Y, por 250 euros, también adquirí: François Fénelon, «Télémaque», muy ligado a la tradición homérica. Papel de tina, mármoles, piel jaspeada.

Una primera edición del XVII de verdad (tipo George Chapman o John Ogilby) se dispara fácilmente a los miles de euros. Y, siendo franco: lo mío —una buena piel gastada, un dorado ligeramente apagado, papel que cruje— vale más, literariamente, que muchas “primeras ediciones” sin espíritu.

En mi biblioteca también poseo un García Bacca histórico, «Introducció a la logística amb aplicacions a la filosofia i a les matemàtiques», 1934, un hito internacional en su momento. Me lo regaló mi padre cuando estudiaba. Asimismo, colecciono libros -decenas de ellos- cuyo contenido entiendo muy difusamente. Así: «Logic: The Laws of Truth», de Nicholas J. J. Smith, o el muy técnico y formal de George Tourlakis, «Mathematical Logic».

Duran y Lleida se gasta la guita en trajes de tiendas del Paseo de Gracia para ir como un pimpollo. Otros cenan en DiverXO (450 euros por persona) Mi pasión como burgués poco hacendado son los libros. No hay ya elección: la biblioteca basta.

Tentativas 112

Un latón con brillo oliváceo es el color de la «g», la «h», gomosa y vulcanizada, destella con la frialdad tensa de una katana, la «o» es un espejito manual con montura de marfil, la «s» sorda vibra como los ojos fosforescentes de un gato hambriento en la noche. La «a» francesa (leve sabor a limón), en cambio, evoca el vaho de cristales nublados, y veo la «q» más parda que la «k», más bulbosa, cercana a la «d». A la «z» -que raspa como el filo de una ostra- la confundo con el paladio salpicado de nácar.

Le pedí al ChatGPT que escribiera un texto describiendo algunas letras de modo sinestésico. Este es el resultado:

«La N es un puente estrecho. Cruza rápido, con un temblor ligero de cuerda tensada. Sabe a hierro y a viento. No se detiene: enlaza, lleva de un lado a otro con una eficacia discreta.

La O es un círculo perfecto: una fruta madura, redonda y jugosa. Suena a campana breve. Si la miras mucho, parece latir; si la pronuncias, deja en la boca una plenitud suave, como una sílaba que se cierra sobre sí misma y descansa.

La S es una serpiente de seda. Sisea, pero con elegancia. Es fresca, deslizante, casi acuática. Pasa y deja un rastro leve, como una línea de perfume que se disipa sin prisa».

¿Cuál prefieren?

Tentativas 111

La inteligencia natural, en estos tiempos de confort y anemia cultural, es meramente decorativa, como una lámpara encendida a pleno sol. Abundan inteligencias torpes, incapaces de demorarse en la belleza o la verdad razonada.

Externalizamos la memoria, delegamos el juicio y, con él, la mente, y poco a poco olvidamos cómo pensar por nosotros mismos. La cultura ha sido sustituida por la información, y la información por el dato. Este descenso no es inocente: es la forma contemporánea de la ignorancia, casi universal.