Cornaro 120

Muchos bibliófilos poseen ya una Wunderkammer sin saberlo: su biblioteca. Así, a bote pronto, a mí me gustaría tener un fósil de amonites, de espiral no simplemente gris, sino de un pardo ceniciento semejante al dorso de ciertas polillas nocturnas, y con vetas de miel oscura. En el gabinete habría sin falta un astrolabio renacentista, una caja con insectos tropicales, un manuscrito de Nabokov como una maraña de tachaduras, flechas, injertos y correcciones, con una mezcla de grafito de lápiz y de tinta negra superpuesta a tinta azul.

Pero mi cuarto de maravillas rebosaría de libros. Sobre todo primeras ediciones anotadas de algún clásico olvidado. Resultaría particularmente sugestivo encontrar un ejemplar de Gibbon, de su «Historia de la decadencia y caída del Imperio romano», anotado por un eclesiástico. Los márgenes se convertirían entonces en una controversia permanente: exclamaciones indignadas, objeciones teológicas, rectificaciones doctrinales y protestas airadas ¿Un ejemplar? Londres, impreso para W. Strahan y T. Cadell, 1776–1788. Seis volúmenes en cuarto. Ejemplar con anotaciones manuscritas contemporáneas realizadas por diversas manos, incluyendo observaciones críticas dirigidas al tratamiento que el autor hace del cristianismo primitivo. Encuadernación íntegra en piel de época. Excelente ejemplar de trabajo, con abundantes testimonios de lectura erudita.

***

Ante qué digo qué maravilla. El cañón del Sil. Fragas do Eume. Praia das Catedrais. Monte Pindo. Me maravilla una página de Josep Pla describiendo Barcelona, una inteligencia excepcional expresada con sencillez, la superficie convexa de un samovar, la música verbal francesa, los lunares en el pecho de una mujer. Me maravilla Mariano Fortuny y Marsal, esos toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Me maravillan los cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos.

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POEMA DE LOS DONES

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

BORGES

Cornaro 119

Hoy regreso a casa. Volveré a mi pazo natal (donde deseo morir) con el corazón lleno de recuerdos y el alma envuelta en una vaga melancolía. Al cruzar el viejo portalón de piedra, cubierto de hiedra y líquenes, sentiré el frío abrazo de los siglos que custodian la memoria de mi linaje. Las estancias sombrías, donde flota un aroma a cera rancia y maderas nobles, parecerán despertar a mi paso. Cada rincón evoca una sombra, cada eco en el patio de armas es una voz del pasado que me da la bienvenida. Soy el señor de la casa y de la biblioteca. Hay una nobleza en estas piedras que el tiempo no puede destruir; regresar a ellas es reconciliarse con la propia sangre y aceptar que nuestro destino está indisolublemente ligado a la tierra que nos acogió.

Volver a mi biblioteca. No hay placer terrenal que se compare a la alegría del regreso al propio estudio, cuando la puerta se cierra tras de nosotros y nos deja a solas con nuestros libros. Allí están, pacientes en sus estantes. Tomar un volumen familiar, sentir el peso conocido en las manos y aspirar ese aroma inconfundible a papel antiguo y hogar es un bálsamo inmediato para el espíritu fatigado. En el mundo exterior somos extranjeros; pero aquí, rodeados por las mentes que amamos, volvemos a ser dueños de nuestro tiempo. Mi biblioteca es mi fortaleza, el único sitio donde el ruido del siglo se apaga y cede su lugar a la gran conversación de los siglos. Recordé entonces las palabras de Erasmo: «Cuando regreso a mi biblioteca, me parece que he entrado en un templo de la sabiduría. «Cuando tengo un poco de dinero, compro libros; y si me sobra algo, compro comida y ropa», solía decir. En presencia de mis libros me siento más rico que cualquier rey». Al sentarme entre ellos, aparto de mí la ambición, la envidia y los vanos afanes del mundo. Mis libros no me engañan…

En sus cartas familiares, Petrarca describía el regreso a su biblioteca de campo en Vaucluse como una liberación espiritual indispensable para su cordura: «He regresado por fin a mis libros, mis compañeros más deleitosos, aquellos que me acompañan en la soledad y me aconsejan en la incertidumbre. Al entrar de nuevo en mi estudio y verlos alineados, siento que restauro mi alma deshecha por el trato con los hombres y los negocios del siglo. Los libros nos hablan con voz viva, se introducen en nuestros afectos, nos consuelan en la tristeza y nos devuelven la templanza. Volver a ellos es como regresar a un puerto seguro tras una tormenta pavorosa. Aquí, en la quietud de mi biblioteca, rodeado de los antiguos sabios, vuelvo a ser verdaderamente yo, libre de las cadenas del mundo exterior y entregado a la inmortalidad de las letras».

Cornaro 118

La preocupación moderna por el crecimiento personal, por la autenticidad y por el bienestar psicológico no ha hecho necesariamente a las personas más felices. Ha producido individuos cada vez más preocupados por sí mismos, más dependientes de expertos y más inseguros acerca de sus propias capacidades para enfrentarse a la vida.

El hombre psicológico es aquel que ya no se pregunta cuál es su deber ni cuál es el significado de su existencia. Su preocupación principal es cómo se siente. Las categorías morales, religiosas y culturales pierden autoridad y son sustituidas por categorías terapéuticas. El sufrimiento deja de entenderse como parte inevitable de la condición humana y pasa a concebirse como un problema susceptible de tratamiento. La cultura ya no exige carácter; exige bienestar. La pregunta característica de las culturas antiguas era: ¿cómo debo vivir?

Allí donde antes se hablaba de pecado, carácter, destino, virtud o deber, ahora se habla de trauma, autoestima, bloqueo, dependencia emocional o crecimiento personal. La psicología ocupa progresivamente espacios que antes pertenecían a la religión, la moral o la filosofía.

El capitalismo contemporáneo ya no funciona únicamente mediante incentivos económicos, sino mediante emociones cuidadosamente gestionadas. El trabajador ideal debe poseer empatía, inteligencia emocional, capacidad comunicativa, autoconocimiento y flexibilidad afectiva. Las emociones dejan de ser un ámbito privado para convertirse en una competencia económica.

El hombre contemporáneo ya no se confiesa ante un sacerdote ni busca consejo en un moralista; se analiza, se diagnostica, se evalúa emocionalmente. Vive rodeado de podcasts terapéuticos, libros de autoayuda, psicología divulgativa, coaching, mindfulness y discursos de bienestar. Incluso cuando se rebela contra ese mundo, suele hacerlo utilizando el mismo vocabulario psicológico que pretende cuestionar. Ahí reside la verdadera fuerza de la cultura terapéutica: no es una doctrina, sino un lenguaje que ha llegado a parecer natural.

Cornaro 117

El autoestigma es el principal responsable de que los pacientes con esquizofrenia se marquen como una res con un yerro candente ya con solo recibir el diagnóstico. Provoca insociabilidad, tristeza, exagerada soledad, deterioro de la calidad de vida, menor interés en la consecución de metas y un peor proceso de integración. Se ha demostrado de forma concluyente que este estigma internalizado está directamente asociado a mayores tasas de suicidio y depresión, una muy menor adaptabilidad social, y una drástica disminución en la búsqueda de ayuda profesional y en la adherencia al tratamiento. En términos cartesianos claros y distintos: sin estigma público no habría autoestigma.

Un aspecto sumamente tabú es que el rechazo hacia los pacientes psicóticos no solo proviene de la población general sin formación, sino que a veces se perpetúa de forma inconsciente o bien pesimista entre los mismos profesionales de la salud. Es una realidad incómoda que, en contraste con trastornos como la depresión, los propios psiquiatras sostienen a veces opiniones más perjudiciales sobre la esquizofrenia, manifestando un mayor pesimismo sobre la recuperación total de los pacientes y un rechazo social implícito. Muchos entornos asistenciales aún consideran que los trastornos mentales graves son una barrera insalvable para la vida autónoma. Estas creencias erróneas perpetúan un ciclo de silencio y vergüenza

Para muchos pacientes y familias, el verdadero calvario no es tanto la clínica (relativamente tratable con los fármacos), sino nuestra muerte social. El estigma de la enfermedad mental es universal. No hay país, sociedad o cultura donde la gente con una enfermedad mental grave tenga el mismo valor social que las personas sin dicha enfermedad. El 80% de las personas diagnosticadas afirman con rotundidad que el estigma o la discriminación que sufren en su día a día llega a ser considerablemente peor que la propia enfermedad mental. Y más del 70% apunta directamente a los medios de comunicación como los responsables de que el estigma y la exclusión empeoren cotidianamente.

¿Por qué la misma sociedad que hoy presume en redes de «ir al psicólogo para sanar su niño interior» sigue cruzando de acera o apartando la mirada cuando se encuentra con un paciente que sufre un brote psicótico o convive con una esquizofrenia?

Cornaro 116

Las palabras son las encarnaciones sutiles del pensamiento; son templos avivados del espíritu, y el filólogo que las ama de verdad no las mira como piezas de un mero museo zoológico o un gabinete de curiosidades, sino como seres vivos que palpitan, saltan, brincan, se enlazan, se amontonan, que tienen sangre y atrabilis, padecen y gozan. Cada palabra es un poema resumido, un monumento memorable y celestial de la historia humana, un sedimento de almas que pasaron. El verdadero amor a la gramática no es el amor a las reglas rígidas, sino el amor a la misteriosa corriente que une a los hombres a través de los siglos mediante el milagro de la voz humana vuelta letra fija.

La patria verdadera de un hombre es su biblioteca, es decir, una serie coordinada y elegante de palabras. La patria de un hombre está en el pensamiento y las palabras; un filólogo, un gramático, son custodios de lo mejor: el lenguaje. En cada palabra estudiada apuestan por la claridad y la libertad del hombre. A más palabras poseídas, más realidad.

Steiner: «El amor del filólogo por las palabras se asemeja al del amante que conoce cada línea, cada inflexión y cada secreto del cuerpo amado. Para el verdadero erudito de la lengua, no hay palabra pequeña ni término insignificante. Rastrear una etimología, comprender cómo un verbo ha cambiado de piel a lo largo de los siglos, es una de las aventuras espirituales más puras que le han sido dadas al hombre. La filología es, en última instancia, un acto de fe: la fe de que el lenguaje puede salvar la distancia entre los seres humanos, de que la palabra es el puente sobre el abismo del silencio».

Descanse en paz profesor Blecua.

Cornaro 115

«Si estás ocioso, no estés solo; si estás solo, no estés ocioso. La soledad es el caldo de cultivo de los pensamientos sombríos. El remedio para la melancolía no es la mera contemplación pasiva, sino el empleo vigoroso de la mente en tareas asignadas. La mente es como un molino: si no tiene grano que moler, se desgastará a sí misma», James Boswell, «La vida de Samuel Johnson».

El propio Johnson, en sus ensayos, insistía en que la regularidad del trabajo y el esfuerzo físico son los verdaderos diques contra la marea de la tristeza. Mañana dejo Cataluña y vuelvo a casa, a mi pazo orensano. Para sojuzgar la depresión, con voluntad férrea, me impondré jornadas maratonianas de lectura y largos paseos con la perra.

«La salud de la mente solo puede mantenerse mediante el movimiento constante. Los hombres que caen en la melancolía a menudo lo hacen porque han permitido que sus días carezcan de propósito, olvidando que la mente humana exige una tarea, un deber impuesto, un camino trazado que recorrer cada mañana, por pequeño que sea. El esfuerzo disipa las nieblas del alma», Samuel Johnson

Thoreau, el maestro de la vida rústica, describía el caminar no como un pasatiempo, sino como ejercicio espiritual:

«Creo que no puedo mantener mi salud y mis espíritus a menos que pase al menos cuatro horas al día —y a menudo más— deambulando por los bosques y por las colinas y campos, absolutamente libre de todas las obligaciones mundanas. […] Cuando caminamos, regresamos naturalmente a nosotros mismos. En la aldea y en el campo, cada rincón retiene una verdad antigua que las ciudades han olvidado.»

— Henry David Thoreau.

Y nuestro Unamuno:

«¡Qué gran purificador es el campo! Aquí, en la paz de la aldea, el alma se extiende y se sosiega. Los caminos nos llevan, no hacia la prisa del mundo, sino hacia el interior de nosotros mismos. Cada paso en la tierra húmeda, cada mirada al horizonte silencioso es un golpe de hacha contra los nudos que nos atan a la tristeza cotidiana. En el campo, el tiempo no corre, se remansa».

Y el pazo como refugio y fortaleza:

«Aquella vida de la aldea, tan uniforme y monótona en apariencia, posee una intensidad oculta que solo perciben quienes se entregan a ella. El pazo, con sus muros curtidos por el musgo y el invierno, no es una prisión, sino una fortaleza contra el ruido del siglo. Allí, entre los árboles centenarios y el lamento del viento, el hombre aprende a dialogar con su propia sombra y a encontrar la paz en la santa rutina de la tierra», Emilia Pardo Bazán.

Horarios estrictos, lecturas y paseos. Como Johnson, recordaré que la disciplina no es una cárcel, sino la armadura que elegimos para que la melancolía no gane la partida.

Cornaro 114

Las cuatro de la mañana. Vino la noche agria y jugosa de la primavera; una noche azul, con un azul denso de vidrio de hiedra, sahumada de azahar y de hierbas húmedas. Se sentía el escalofrío de la tierra que se abría para recibir el jugo de la vida nueva. La oscuridad no era negra, sino un soplo purpúreo y tibio; y las estrellas parecían temblar más cerca, bajas, doradas, casi sumergidas. Se oía el lamento nítido, de cristal roto, de los sapillos ocultos, y el fluir del agua en la acequia, un fluir que parecía llevarse el aroma de los pétalos caídos. Todo en la noche respiraba con una fijeza sagrada, una voluptuosidad madura que pesaba en los párpados y en el pecho. Una noche de primeros de junio, limpia, diáfana, de un azul profundo. Por las ventanas abiertas entra el olor fino, silvestre, de los campos de trigo verdes. El aire es blando, algo frío; trae una tibieza nueva que invita a la ensoñación. En el cielo, las estrellas centellean con una fijeza limpia, sin parpadear. En estos momentos, la vida parece detenerse; las cosas vulgares —una silla de paja, un libro abierto— adquieren una categoría misteriosa y eterna bajo la luz de la luna que empieza a platear las techumbres.

Primavera de una serenidad maravillosa. En el fondo del jardín zumban los lepidópteros, y el aire, impregnado de la fragancia de los laureles, tiene una tibieza mágica. La luna, que empieza a declinar, pone un vago resplandor de plata en las copas de los pinos. El laberinto de helechos está lleno de susurros misteriosos, de quejas sutiles. Una ráfaga de viento, blanda y aromada, hace estremecer el follaje, y caen sobre mi frente algunas gotas de rocío, frías como lágrimas. Noches de junio que no conocen la verdadera oscuridad; son más bien una prolongación crepuscular, un vidrio ahumado a través del cual el mundo aparece despojado de sus ángulos ásperos. El aire de la noche primaveral posee una cualidad líquida, casi fría, un sabor a leves nieves derretidas que estallan en la penumbra. Desde mi ventana, el jardín parece suspendido en un vacío. El silencio es tan agudo que se puede oír el leve chasquido de una hoja al desplegarse. Es una atmósfera cargada de expectación y delicia.

Cornaro 113

«La vida no consiste en respirar, sino en obrar. […] Vivir es no estar sometido a la necesidad, y la necesidad se puede romper por muchos lados. […] ¿Preguntas por el camino que lleva a la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo», Séneca.

«El suicida quiere la vida, y solo está descontento de las condiciones en que la misma se le presenta. Por consiguiente, al destruir su cuerpo no destruye en modo alguno su voluntad de vivir; al contrario, es una manifestación violenta y enérgica de esa voluntad», Schopenhauer.

«Se nos dice que el suicidio es el acto de mayor cobardía… que es un crimen, cuando resulta evidente que no hay nada en el mundo a lo que cada hombre tenga un título más inexpugnable que a su propia vida y a su propia persona. […] Cuando los terrores de la vida llegan a sobrepujar a los terrores de la muerte, el hombre pone fin a su vida. Tan pronto como las desdichas de la vida o el dolor que nos acecha superan el temor a la muerte, el suicidio se convierte en una solución natural. El hombre destruye su cuerpo porque el sufrimiento del espíritu se ha vuelto insoportable, y prefiere la nada antes que la continuación de una agonía sin sentido», Arthur Schopenhauer.

«Uno no decide morir de la noche a la mañana; es un trabajo lento, una erosión. Llega un momento en que el dolor de existir se vuelve tan monótono y predecible que la muerte aparece como la única novedad posible, la única acción pura que nos queda por realizar para recuperar el control sobre nuestro propio destino», Pavese.

«Si la vida humana fuera una posesión tan sagrada que fuera una ofensa alterarla, sería igualmente criminal preservar la vida como destruirla. Pero la providencia nos ha dejado libre albedrío. Cuando el dolor, la edad o la desgracia hacen que la vida sea una carga, el suicidio es el recurso que la naturaleza nos ofrece. Un hombre que se retira de la vida no hace daño a la sociedad; solo deja de hacerle un bien, si es que aún podía hacérselo. ¿Por qué debería prolongar mi miseria solo para no alterar el orden de las cosas? Cuando ya no soy útil, cuando mi existencia es solo un cúmulo de sufrimientos para mí y una pena para quienes me rodean, el suicidio se presenta no solo como una solución aceptable, sino como el acto más prudente y libre que un ser racional puede ejecutar», Hume.

«La muerte voluntaria existe y nos libra, nos rescata del ser convertido en fardo pesado, y del ex-sistere, que ya solo es angustia. […] Quien decide levantar la mano sobre sí mismo no lo hace por un capricho; lo hace porque el espacio de su vida se ha estrechado tanto que ya no puede respirar en él. La sociedad considera este acto como una enfermedad o una cobardía, una rebelión contra las leyes del Estado o de la naturaleza. Pero se equivocan: es el único acto en el que el ser humano, completamente despojado de su dignidad por el sufrimiento, recupera su soberanía absoluta. Es el derecho a decir «no» cuando el mundo te exige un «sí» a costa de tu propia destrucción interior», Jean Améry.

«La historia de una vida es siempre la historia de un sufrimiento ineludible y certero. Dios, sobrepasado por su propio ser, quiso la absoluta nada, el nihil negativum; deseó exterminarse completamente y dejar de existir, y de ese acto de fragmentación nació nuestro mundo. Por lo tanto, el universo entero tiene una meta clara: el no-ser. El hombre que sufre y que, con plena lucidez, decide poner fin a su vida, no está cometiendo un error ni un acto de debilidad. Al contrario, está sintonizando su voluntad con la corriente fundamental del universo. El suicidio es la vía de la redención individual; es el acto mediante el cual la criatura cansada rompe las cadenas del deseo y del dolor, devolviendo su fuerza a la santa paz de la nada original», Philipp Mainländer.

«Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado. […] El derecho a elegir el momento de la propia desaparición es el único privilegio que nos eleva por encima de los animales y de las marionetas del destino. Saber que existe esa salida, que la puerta nunca está cerrada con llave, le da a la mente una calma extraña en medio de los peores tormentos. El suicidio no es una derrota; es una victoria sobre la fatalidad de haber nacido. Es el consuelo supremo de los lúcidos: la certeza de que, si el fardo de los días se vuelve del todo intolerable, basta un solo gesto soberano para disolver el mundo entero en el olvido», Cioran.

Cornaro 112

Samuel Johnson describía su depresión como una «horrible hipocondría» y una «miseria» que paralizaba su mente. Para rehuirla, predicaba la importancia de mantener la mente ocupada para evitar el aislamiento y el desespero:

«Acumuló tal fuerza [su depresión] en mi vigésimo año, como para afligirme de una manera espantosa. Me sentí abrumado por una horrible hipocondría, con irritación perpetua… y con un abatimiento, pesadumbre y desesperación que hacían de la existencia una miseria».

Su principal antídoto era la actividad constante y la socialización. Creía firmemente en la escritura continua y en forzarse a participar activamente en la vida pública y literaria. En su diccionario y ensayos, enfatizó cómo la disciplina, el trabajo arduo y la compañía de otros logran dispersar la niebla de los pensamientos oscuros. Boswell, J. (1791). The Life of Samuel Johnson, LL.D. (Edición de G.B. Hill, 1887, reeditada). Oxford: Clarendon Press. (Sección correspondiente al año 1729 / Aetatis 20)

Leopardi:

«He llegado a perder todo sentimiento… Y lo que es peor, he perdido la esperanza. Ya no me atrevo a esperar nada… Este estado es mil veces más doloroso que las lágrimas, el dolor, la desesperación»

«He pasado años tan llenos de amargura que parece imposible que cosas peores me sucedan; sin embargo, no me desesperaré incluso si mis sufrimientos aumentan… He nacido para la resistencia.»

«A todo esto se añade la obstinada, negra y bárbara melancolía que me devora y me destruye, que se nutre del estudio y, sin embargo, aumenta cuando lo abandono. Mi mala salud me hace infeliz, porque no soy un filósofo que desprecie la vida… Otra cosa que me hace infeliz es el pensamiento», Leopardi, G. (1898). Zibaldone di pensieri (Edición crítica de F. Flora, 1947). Milán: Arnoldo Mondadori Editore.

Darwin:»Pero me siento muy mal hoy, y muy estúpido, y odio a todos y a todo. Uno vive sólo para cometer errores», Carta a Charles Lyell, 1861.

Van Gogh: «Querido hermano, como siento la necesidad de hablar con franqueza, no puedo ocultarte que estoy embargado por un sentimiento de gran ansiedad, depresión… y si no puedo encontrar consuelo, será demasiado abrumador», Carta a Theo, 1883.

«Ningún hombre puede hacer otra cosa que lo que le dicta su instinto más íntimo, su más íntimo anhelo. Pero ¡qué camino tan largo, qué confuso y lleno de errores es el que va desde la ignorancia y el sufrimiento de esa oscura aspiración hasta el reconocimiento de la propia voluntad! […] Y la verdadera desdicha del hombre estriba cabalmente en el terror ante sí mismo, en el camino que conduce a su propia interioridad», Hesse, H. (1919). Demian (trad. J. J. Solar). Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.

Cornaro 111

Los animales se alimentan; el hombre come; solo el hombre inteligente sabe comer. La frase puede sonar aristocrática, pero contiene una intuición vigente: la alimentación nunca ha sido únicamente una cuestión biológica. Es también una cuestión cultural, moral y de tiempo. Hemos confundido alimentar el cuerpo con llenar el estómago. Una cultura que pierde el sentido del gusto, que confunde la velocidad con el progreso, que acepta la estandarización del alimento como una fatalidad inevitable, es una cultura que se encamina hacia su propia extinción sensorial. Hemos esclavizado el tiempo y, al hacerlo, nos hemos convertido en esclavos de la prisa, incluso a la hora de sentarnos a la mesa.

Ah el bacalao, el gran viajero de los mares fríos, el pez de plata que trajo a nuestras tierras la sal de la devoción y la necesidad. Admite tantas preparaciones que casi podríamos decir que no hay una, sino mil cocinas del bacalao. Desde el «bacallà a la llauna» hasta la clásica brandada, el bacalao tiene un sabor profundo y característico que exige nobleza. En sus preparaciones, la sal no es un mero conservante, es el alma misma que se despierta al contacto con el aceite de oliva, el ajo y el murmullo paciente del fuego lento.

O un » pa amb tomàquet», aparentemente tan elemental. Precisa un buen pan de payés elaborado con buenas harinas, fermentaciones adecuadas, procesos lentos, el saber hacer del maestro panadero y una forma de elaboración que ha permanecido inalterable durante más de cien años (el pan de Reus es aquí especialmente memorable) De tomates existen más de quinientas variedades. En esta parte del territorio, los más adecuados para preparar un buen pan con tomate son los llamados tomates de colgar: los tomacons o tomates de ramillete. Durante el invierno también se utilizan para cocinar. Son pequeños y redondeados, de color rojizo, rosado o anaranjado. Se trata de variedades autóctonas de Cataluña, Mallorca, Murcia y Almería. Se debe romper el tomate en la corteza del pan, arrastrándolo y untándolo para después poner el aceite y la sal.

Una nota erudita de mi muy admirado Néstor Luján: cita: «Ttemmpura viene de “ad tempora” de Cuaresma, o sea, que quiere decir que es pescado cuaresmal. Apenas sí ha tenido transformación la palabra, como ustedes pueden comprobar «.

Todo ello conspira contra la veloz comida ultraprocesada. A propósito de esto viene bien abotonada una cita de Wendell Berry: ​»Los ciudadanos de la era industrial ya no saben lo que comen. El consumidor medio es un ignorante pacífico, un receptor pasivo, cuyo único papel es abrir la boca y tragar. Comer se ha convertido en un acto de pura abstracción, desconectado de la tierra, de los animales y del trabajo humano. Alguien compra comida procesada en un paquete y cree que la comida viene de la fábrica. Eso es el fin de la libertad.»