Automoribundia 4

“For last year’s words belong to last year’s language / And next year’s words await another voice”, Eliot. No sé de cosas ni personas, sé de palabras, sé del sistema de representación, pero ignoro lo representado.

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“Embrear”, untar con brea los costados del buque, cables, maromas, sogas, etc. “Seda joyante”, la que es muy fina y lustrosa, “seda conchal”, la de clase superior, que se hila de los capullos escogidos. “Cuadrinomio”, expresión algebraica que consta de cuatro términos. “Peinería”, taller dedicado a fabricar los peines, o tienda donde se venden. “Tronzo”, dícese del caballo o yegua que tiene una o ambas orejas cortadas, en señal de ser considerado inútil. “Walchia”, planta conífera del Pérmico, semejante a la araucaria actual, distribuida por toda la superficie de nuestro planeta en aquel período.

Las palabras son pálidas sombras de nombres casi olvidados. Lugares donde, antiguamente, las lavanderas y sus amigas se bañaban, en un sitio donde pegaba el sol a plomo, incluso debajo de los árboles; en ese lugar la lavanderita es nuestro símbolo, el logos, el sueño de la gramática, y mirad ahora cómo se frota lúbrica contra el albornoz, y la manera en que le acarician con la lengua el cuello y los senos y los pezones, y le lamen hasta la planta múgil de los pies.

Como los nombres tienen PODER; las palabras también lo tienen. Poder, música, tacto, olores, colores y formas. Tienen doble filo, al igual que las espadas de los héroes. Pueden encender los más tiernos fuegos en las mentes de los hombres. Pero pueden arrancar lágrimas de los corazones más duros. Cabellos hermosos ondeando en la proa de un yate para viajes de recreo, familias principescas de Europa, cremas perrunamente caras, topos en los túneles de la noche, dachas clareadas con luces de velones de cera…

Una mayor conciencia de uno mismo, el distanciamiento, el sentimiento de no participar, la vergüenza y el odio para sí… no todo eso es malo. Esos demonios fueron también mis ángeles. Sin ellos nunca se habría expresado mi lenguaje, mi literatura, mi mente, mi locura, todo aquello que me hizo y deshizo. Me gustaría tener palabras para todo, un Funes con diccionario infinito, palabras para “la tristeza que inspiran los restaurantes de autopista”, “la emoción al conseguir una habitación con mini-bar”, “el arabesco del arrebol”, “el tipo de corte en los dedos que causan las hojas de un libro”, “la sombra que despiden los ángeles”, “el charco de agua que deja una adolescente recién bañada y que se estira en su toalla a tomar el sol” etc. Nunca he tenido las palabras adecuadas y exactísimas, dominadas y bien sujetas, para describir mi vida, y ahora que entro en el invierno de mí mismo, las necesito más que nunca.

Cuando no puedo ver el lenguaje enroscándose como anillos de humo a mi alrededor, estoy en la oscuridad, no soy nada. Las palabras son mis dioses, goletas sobrecogidas por terribles temporales, borceguíes en el barrio de los zapateros, río Élide que desagua su cauce en el mar más profundo. Si las siento lejos, si no las encuentro, no soy nada. Palabras de maravillosa singularidad natural, que atraviesan intactas guerras, epidemias y revoluciones.

En una carta a Anne Clarke, del 3 de julio de 1964, A. Sexton escribe: “I like you; your eyes are full of language», “Me gustas; tus ojos están llenos de lenguaje”. No hay mayor cumplido, ni menor señal de decadencia.

Automoribundia 3

(Mosaico de mi locura)

Periodos de «tiempo perdido» los de la locura. Tu nivel de energía parece cambiar de un momento a otro, y sin motivo aparente. Regresa una imperfección grave en moradas subterráneas. No entiendes por qué sientes lo que sientes y no puedes explorar esos sentimientos. Tu vida parece inconexa y a menudo confusa. Una experiencia aterradora, como si te desplazaras a orines y excrementos de cloacas. Te sientes fuera de control y probablemente notes que te estás volviendo incorregiblemente pirado e incurable. Lo cotidiano se vuelve extrañamente distante, incomprensible. Con tu pelo sucio, desgreñado, tus fuerzas no dan para más. Mudas, negrísimas playas inundan el mar océano. Y el ruido derramándose desde tu cabeza hasta cada una de las amplias estancias de la casa.

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Virginia Woolf dejó una última nota a su marido en la que le decía: «Estoy segura de que me estoy volviendo loca otra vez». En su última nota también afirmaba que temía no recuperarse de su enfermedad, que no podría soportar otro episodio depresivo y que oía Voces.

Las Voces, con sus buenas o (más frecuente) malas intenciones, deben irse a la mierda. Voces como pétalos semitransparentes de un rojo morado, de un rojo mierda enorme. Gigantes, tendidas en tu cabeza, hacen temblar y resquebrajan cristales de aflautadas copas o la salud de niños pequeños. Como regimientos de tambores tocados por soldados ciegos a punto de morir con sus turbantes descompuestos. Pugnan por salir por la trampilla de tu cabeza las frases de siempre, las “normales”, pero, pese a la insistencia, no lo logran. Las colonizan las viciosas apaches.

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Si eres una persona con una enfermedad mental, el reto es encontrar la vida adecuada para ti. Pero, en realidad, ¿no es ése el reto para todos nosotros, enfermos mentales o no? Mi suerte no es que me haya recuperado de una enfermedad mental. No lo he hecho, ni lo haré nunca. Mi suerte es haber encontrado mi vida, una vida como lector y escritor. Los libros me abruman de afabilidades, y, aún rodeándome la angustia de tiempos tan tempestuosos, la angustia de mi locura agolpada en el cerebro galopante, sé que con un libro en la mano me libero de fatales impulsos y sinsabores.

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Si caminas por un sendero lleno de zarzas y piedras, de sacrilegios y perjurios, un sendero que se retuerce y gira bruscamente, es fácil perderse, cansarse o desanimarse. Puedes sentir la tentación de abandonar por completo, las ganas de romper el espolón de bronce que guía tu barco. Pero si aparece una persona amable y paciente (“¿Me oyes, mamá?” “¿Estás ahí, Noemí?”) que te coge de la mano y te dice: «Veo que lo estás pasando mal; ven, sígueme, te ayudaré a encontrar el camino», el sendero se vuelve manejable y el viaje menos aterrador. Mamá y Noemí son colores, dulces sabores, aceites del más bello sur, vituallas. Cofres y baúles mágicos, soplos de nieve en irisados cirros de los cielos, amuletos. No sé cómo pagarles por todo lo que me ayudaron.

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Al principio, las Voces no son muy divertidas. En parte, simplemente porque incomoda oír voces, digan lo que digan. Además, yo no parezco gustarles mucho. Se dirigen a mí unilaterales, gravosas y sádicas. Pensamientos basura, al igual que la geomancia, cartomancia, heteromancia, aeromancia, demonomancia, quiromancia, necromancia, belomancia, lecanomancia. Tollinas, vapuleos y zurribandas del lado más patéticamente adivinatorio e irracional de la vida. Voces: ideas calamocanas, genetlíacas, esperpénticas, crapulosas, juyuyas, botiondas.

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Tengo un recuerdo borroso de acercarme a una persona con aspecto de médico y quedarme totalmente absorto con su pasador de corbata dorado, o bien con los broches como de verano restaurado de una rubia (y guapa) enfermera. Sospechaba que eran el botón y adminículo del fin del mundo, así que no los toqué… No sé quién más sería tan insípido o irresponsable o atrevido como para pasearse por un psiquiátrico llevando el botón del fin del mundo encima…

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Empezó con cuidado y poco a poco, y casi no me di cuenta. Era como un bonito, claro día de verano en el que la niebla se desliza lentamente sobre el cielo. Primero como un fino velo sobre el sol, luego lentamente más, pero el sol seguía brillando, y no es hasta que dejó de hacerlo, cuando de repente hizo frío y los pájaros no piaron, cuando te das cuenta de lo que está pasando. Lo que pasa es que tu conciencia se expande en colores oscuros y líneas quebradas. Que las luces de la lamparilla ya no te iluminan. Atrozmente invisible y vilipendiado. Lo que ocurre es que con el estigma te marcan a fuego la estrella de David.

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Aunque en el hospital las Voces eran mucho más intensas que antes, en cierto modo eran menos aterradoras (carcaj de monarcas vencidos y jefes teucros también rendidos) Cuando estaba en el instituto y en la universidad, me habían sorprendido a hurtadillas, saliendo casi sin avisar. Ahora me resultaban casi familiares. Las odiaba. Las sufría. Pero me parecían casi una parte normal de la vida. Las conocía. Las comprendía y las soportaba. Las Voces se quedaron. Serpientes marinas y centinelas en mi garita. Conmigo ya durante décadas.

Automoribundia 2

Pasan las horas iguales, monótonas y gemelas. Paseo algo, leo mucho, un poco de música y cine, ningún amigo, ningún amor. La ginebra bien fría, y el sabor mielado y sutilmente aromático del tabaco. Soporto mis malas horas como piedras sin desbastar. La desdicha no es necesario cultivarla, se encuentra sola (Borges). La gente me decepciona ¿Salir por ahí? Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen (Bukowski)

Aspiro a una vida menuda. Carezco de ambiciones. A veces, al igual que fogonazos, fragmentos, interpolaciones, irregulares espíritus, distendidas distancias o coágulos en el tiempo, a veces acuden a mí trozos vivos de memoria. Perfiladas colecciones de momentos pasteurizadas, conservadas en frío, en salazones ¿Sobre si me da miedo el porvenir? Poca vida tengo por delante; me gustaría ver publicada mi pentalogía, y lamentaría no gozar de la íntima alegría de la relación con mi hermanita y mi sobrinilla. Echo de menos, cómo decirlo, el especial «contorno», «halo», de cuando vivían papá y mamá, o tambien Maurici y Marta. Echo de menos los antiguos cariños y afectos.

Ahora ni rumores de conversación, ni runrún por la sala, solo silencio casi absoluto o las voces de mi locura. Desde el punto de vista de la posibilidad, de las circunstancias, mejor no puedo estar. Casi todo apuntaba a que acabara ingresado de por vida en un manicomio. Desconfiemos de la crédula -incapaz- cháchara de médicos.

Yo y la lija o rechino sin aspereza de mi biblioteca. La noble confianza clásica de convertirse en buen lector y pasable escritor. El trópico verbal en el glande abombado. La extensión del frenillo semejante a una nariz, el gladio velazqueño de la verga. Mi sexualidad solo es lingüística. Mi soledad solo es sexual. Cerca de la playa de las estrellas, a punto de ir a ese arenal, más melancólico que feliz, más enervado que sosegado, resisto.

Automoribundia 1

En los antípodas de mi tipo de prosa (expansiva, numerosa, altercada) encontramos, por citar a dos autoras jóvenes y que me gustan, la de Milena Busquets y Marta Riezu. Mi prosa, en cambio, se viste con mozzettas ribeteadas a mano, zuchettos violetas casi rojos, y fajas de seda moiré con flecos en los extremos de la frase; mi prosa se empacha o emboba de grebas, y loricas plumatas escamadas, y focales y paludamentums. Al escribir quiero una domesticación en pos del canto melodioso de formas místicas persas, un espacio como vasija o caja donde poner los confites. Yo deseo hebillar al escribir, montar y sujetar las palabras con peraltes, construir a base de esforzados presbiterios adornados con estatuas de Aspetti, ábsides y cimborrios góticos.

Entre el lenguaje y el mundo, mis significados martillean rescoldos de chimenea, aprisionan lomos plateados de sardina, portan amuletos de gatos fríos. Una teofonía hiberna en la sucesión de mis gotas o semen gramatical. La belleza del idioma es como las mejores noches de Nijinsky (raya negra en la risotada de Aristófanes)

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Palabras, «prelude charnel», famosos piratas de los mares de China, muñecas de agua, manto manchado de carmines, amarillos, naranjas y verdes, labios gruesos y embelesados y ricos, senda violácea de las mejillas y brillo de saliva en la boca. Las palabras como un buen estudiante de Eton de grandes apellidos.

Se aconseja reducir el número de adjetivos y adverbios. Pero -siempre- buscar el sonido entrecortado por imprevistos rasgueos e hipos de «s», «n», «q», «e» y «l». Buscar el implorante calor de tarta de queso de «a», «u», «t», «b» y «g». Buscar los diamantes con que se montan «y», «x», «z», y «w».

Al escribir, entre los bosquetes de la ripisilva, deben aparecer claros arenosos dondes veas palabras como escabarajos tigres y palabras como grullas coronadas. Escribe en tus momentos de sol como si cazaras cicindelas. Las palabras, en su vastedad de cielo desnudo veraniego siberiano, cambiarán en un juejo de contraluces. Déjate llevar por esa fuerza fotovoltaica.

Tractatus 35

Cerca de mi casa hay un plantío de eucaliptos. Se barraganean contiguos a la cuneta, sus troncos como ancas florlisadas de elefante, su altura propia de una embriaguez en la loca noche. Olor de flamboyanes y armonía, la erizada luz restregada que reflejan. Encarnada sangre verde la luz que absorven.

Así siento las palabras, la literatura. Lo que pertenece a las musas, a la misma música, a diversos estilos de música; un espejo de láminas superpuestas.

Cuando empiezas a escribir sueles usar una lengua de palabrejas, un argot cultista; te ocultas en la retórica vacía. Después pules y buscas una trabajada sencillez. Yo soy un escritor con funciones y alma de esponja. Puedo usar formas periodísticas, o líricas, o conceptistas, o lumpen. Mi prosa es dúctil. Escribo como si declamara arias fantasmales. Un montón de ejercicios de estilo heterónimos. Mi punto de vista es numeroso, mis personalidades lingüísticas múltiples. Voz de palimpsesto, de ventrílocuo. Así no me aburro.

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¿Quién fue Christian Sanz? Lo conocí de las redes. Era un raro, extremadamente individualista, patológicamente solitario, obsesionado consigo mismo, neurasténico orientado al control; inconformista, culto, pedante, cerebral, apenas sensitivo, analítico.

Debió de tener en otro tiempo buenas carnes; pero ya su cuerpo estaba lleno de pliegues y abolladuras como un zurrón vacío. Allí, valga la verdad, no se sabía lo que era pecho, ni lo que era barriga. La cara era hocicuda y desagradable. Un excéntrico, un anómalo de cabeza, frío de corazón, un loco, un raro, o un imbécil. Débil e inseguro ante su poder literario, un hipocondríaco inexpresivo y taciturno, distante, terriblemente indeciso y tímido en el fondo, investido de contradiccciones . Vive en una casa grande y vieja. Las paredes, construidas con ladrillos en parte cocidos, pero en general de adobe, están ahora tan deterioradas por la humedad que se filtra desde la tierra que han empezado a desmoronarse. Aislarlas de la humedad es una tarea imposible; lo mejor que puede hacerse es instalar un lienzo de hormigón impermeable alrededor del perímetro de la casa y confiar en que se sequen lentamente.

Se disponen de pocas fotos suyas. En una parece esquinado, de trato difícil, con mirada recelosa o displicente. De tanto mirarle la cara a la adversidad debía de provenirle aquel alargamiento de morros que le afeaba considerablemente. Acaso el retrato de alguien que padeció ostracismo y agravios, impacencias y brusca soledad, alguien intranquilo y vencido, poco dado a confiar, susceptible y paranoico. En otra, un selfie hecho en el bosque, se percibe la piel rugosa, como de naranja, un mentón autoacusatorio, facciones de un tipo vulgar. Se le ve relajado. Gordezuelo, también grande la calva, también grande la barba, las cejas pobladas, indicadas en arco como con la punta pincel. Los ojos miopes, castaños, pero sin asomo de coquetería. Canoso, tiene un aire aseado, cierto aire de desenfado. Aquí parece hombre suave, bondadoso, de buen -sano- genio, simpático, un poco atolondrado y semeja buena persona. Con un prurito de felicidad. En la útima fotografía, se le ve ya pesimista, acabado, destruido; no mira a la cámara, el labio inferior vehemente, como salivoso, el retrato de alguien atrapado, que sufre y no se sabe por qué anhela. Enfermizo, mirada ida, manicomial, y la ropa, aunque limpia, muy arrugada.

A este huidizo personaje , ¿le gustó Snoopy, tuvo broncas con su familia, disfrutó con «Scarface» de Hawks, Joseph Losey, Baroja, la ornitología, la riqueza, los domingos por la mañana? ¿Qué precio tenían las meretrices a las que era asiduo, cuántas veces estuvo enamorado, por qué países viajó, dónde trabajó, tenía memoria, fue en verdad esquizofrénico, cómo era su casa? Nunca lo sabremos. Tengo la sensación que ocultó y fingió mucho, un maestro mentiroso, pero alguien igual al resto, desde cierto ángulo, y muy diferente de los demás, desde otro punto de vista.

Me dijeron que fue austero en su vida y exuberante en su trabajo, discreto, ciclador rápido (humor muy cambiante), a resguardo del mundo en su casa-búnker de Orense. Se desconoció, se desconoció.

Entre sus papeles se encontraron las críticas de perfumes de Chandler Burr.

Tractatus 34

«El amor comienza por engañarse a sí mismo, y a veces logra engañar al otro», Oscar Wilde.

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La Guardia Civil decide poner un control a las puertas de Mediaset.

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No, Charlize Theron, lo siento, prefiero estar solo. Encontrarás a otro, seguro.

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Primer premio. Un fin de semana en España. Segundo premio. Dos fines de semana en España.

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Mi madre me protegía del mundo y mi padre me amenazaba con él.

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«Y se produjo un violento terremoto; el sol se volvió negro como un velo mortuorio y la luna enteramente roja como la sangre; las estrellas del cielo cayeron a la tierra, como higos sacudidos por un temporal» Leía este pasaje del Apocalipsis (6:12-13) y de repente oí la nueva sintonía de Sálvame en TVE.

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Hoy que en Gijón se reúnen adoradores del sol «per angostam viam», organizado por la escritora Becky Gijón, y ya que creo que hablé de la religión «gánica» fundada por Peralta Ramos, recuerdo otra gran religión: el pastafarismo (o religión del Monstruo del Espagueti Volador). En 2005, un gran hombre llamado Bobby Henderson mandó una carta abierta explicando que también debía enseñarse en los colegios norteamericanos una tercera ‘teoría’ alternativa a la Teoría de la evolución: el pastafarismo. La idea es que el Universo lo habría creado una especie de bola gigante de espagueti con albóndigas voladoras. Sorprendentemente, aunque todo comenzó como una broma, la astracanada fue adquiriendo notoriedad y no solo se han realizado varias conferencias sobre pastafarismo, hay un evangelio e incluso en algunos países como Nueva Zelanda ya se ha realizado la primera boda pastafari. En 2016, la Cámara de Comercio holandesa reconoció de forma oficial la religión del Monstruo de Espagueti Volador.

El fallecido Duque de Edimburgo dejó un compendio de frases políticamente incorrectas para el recuerdo. A pesar de que una de sus anécdotas más famosas cuenta que a un estudiante que había visitado Nueva Guinea le dijo aquello de: «Te las arreglaste para que no te comieran, ¿eh?», lo cierto es que en algunos lugares del mundo este curioso personaje ha sido considerado una deidad. En isla de Tanna en Vanuatu se rinden honores al príncipe Felipe como a un dios, y, al morir, afligidamente lloraron su muerte, según contó la ‘BBC’. Todo viene de una leyenda sobre «el hijo de piel pálida del espíritu de la montaña, que se casaría con una mujer poderosa». La colonización británica y una visita de la pareja a la isla en los años 70 fueron las que cobraron la magia, y desde entonces se pueden ver retratos del Duque de Edimburgo por toda la isla.

El movimiento raeliano. Otra rareza. Una ‘religión ovni’ que, por algún motivo, cuenta con muchos adeptos en Corea del Sur. La idea que defiende es que no estamos solos en el universo y no somos la civilización más avanzada ni política ni social ni económicamente, sino la creación de seres extraterrestres llamados ‘Elohim’. Fue fundada por Claude Vorilhon (o Rael) después de que (se supone) fuera abducido por extraterrestres. Un compendio de cultos disparatados entre los que hay cabida para la clonación lleva a este movimiento a ser considerado secta peligrosa en varios países.

Dentro de curiosidades, debemos consignar al Partido Froilanista. Cito:

«O Partido Froilanista é unha organización galega que se fundou o 2 de xuño de 2014, día en que Xoán Carlos I de España anunciou a súa abdicación no seu benxamín Filipe, Filipe VI, facendo valer a Lei sálica.

Os membros do Partido Froilanista consideraron un agravio que non fose sucesora do monarca a súa primoxénita Elena. Por iso decidiron auto-organizarse e constituírse como partido político comprometéndose coa reconquista dos dereitos usurpados ó Reino de Galiza. No trono de Galiza pretenden colocar a Froilán de Marichalar y Borbón, fillo da Infanta Elena de Borbón (A «Raíña Rexente»), que pasaría a reinar como Froilán III de Galiza e I de Begonte.

Entre as reivindicacións do Partido Froilanista atópanse o traslado da capital do Reino de Galiza a Lugo, pois foi historicamente a capital do Reino; o galego como lingua oficial en todo o Reino, a reinstauración do matriarcado e a recuperación das fronteiras do ano 456 baixo a coroa do rei Requiario, onde o Reino de Galiza chegara ata as portas do Algarve, Andalucía, Castelló e Cataluña.»

Personalmente me uno a tan noble ideario, y, además, exijo que se deifique al Rey Froilán. No pocos milagros hizo ya.

Tractatus 33

Me siento como con orificios en el tubo craneal. Voces cuchicheantes y burlonas, al igual que las paletadas de un ventilador, me increpan (cinturonazos en la cabeza) Voces calcinadas, herejes, de trovadores enanos, alienados y diabólicos. Oleajes de mordidas de ratas, sodomía, estupro, trizas putrescentes en el porquerizo. Resquebrajado encalado es mi ser, moho en las paredes, manicomio abandonado, un ininterrumpido bandoneo a gritos de «hijo de puta», «mátate», «moco subnormal»… Todo una orquesta pringosa cortándome la cabeza como si tuviera un cúter.

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Es importante combatir la idea de que los esquizofrénicos somos violentos. Malas series policiacas de la tele, y también algunas buenas películas, alimentan esta creencia. Yo me repliego sobre mí, abúlico, apático, sin interés ni voluntad, y siento una indiferencia «hostil» al entorno. Pero evito ceder a bruscos caprichos esotéricos o paracientíficos. Las voces y los delirios no acaban de suplantar la realidad. Pretendo calidez en el contacto, pese a mi propensión a la frialdad y al empobrecimiento afectivo. ME APARTO DEL MUNDO PARA SUFRIR MENOS. Todo se disgrega y se fragmenta. Entrecruzo el sistema de agujas y descarrilo completamente. Mi único refugio es el aislamiento moral e incluso físico. Se amplifican los ruidos, molestan los colores, noto confusa (difusa) la percepción, y las voces me atormentan.

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Gritan los fantasmas de la noche. Un pez respira con los vidrios de mi sangre. El velero ya se dirige rumbo a la Isla del Corsario Negro. Y bajo el agua se desmigajan los sueños de una adolescente. No sé. A veces vivir se hace cuesta arriba. Mañana será otro día.

Tractatus 32

Día de sol, epicúreo y cartesiano. El cielo tiene unos puntos claros y manchas de azul pavo-real que logran un aspecto lívidamente plateado, acaso bordeado de tenues naranjas. El cielo como estuchista de placidez y armonía, evitando estridencias.

Improviso unas palabras al hilo de este buen tiempo. Por cierto, si puede ser, recuérdenme como escritor, alguien que quiso subordinarse a una legalidad literaria (y que pocas veces lo consiguió) Alguien que conscientemente inyectó líquidos antisépticos en sus libros, sabedor del matraquear, de la carraca inepta de demasiados colegas. Recuérdenme como un correcto escritor judeoespañol, feliz y sin contrariedades, que quiso sacar las escrófulas de la prosa y el verso, feliz, pese al fracaso de público lector.

Sir Anthony Panizzi construyó los planos de la sala de lectura del Museo Británico, yo deseé un poquito de pigmento púrpura, un aspecto bronceado, en mi literatura.

La percepción literaria es una percepción “ex causis probabiliter praecedentibus”, y se basa, no en razones necesarias, sino en razones probables. Por mi intemperancia me acerco a Simón de Tournai -buen antecedente-, y por escritor secreto, y casi inédito.

Miro por la ventana y continúa este día de sol, irónico, musical, mundano. La luz con forma de agujas capilares cortesanas. La luz cierta, como un tónico o un jarabe. Hace buen día para quererse.

Tractatus 31

(Descripción de mi locura)

Los juicios de Dios u ordalías eran frecuentes en la Edad Media y se utilizaban como prueba judicial. Además de la prueba del fuego, existía la del agua. Ambas servían para demostrar que nada se tenía que ver con las malas artes de la brujería. La prueba del fuego consistía en someter al acusado a caminar sobre brasas o meter la mano en fuego, mientras que la prueba del agua implicaba ser sumergido, con la creencia de que Dios permitiría que un inocente no se hundiera o no sufriera quemaduras.

Me acuso Señor de loco y de bruja. De mi gangrena lunar entre estambres oscuros. De la congelada saliva debajo de mi silencio. Del pacto con Lucifer.

[Sea A el conjunto de sonidos de un universo dado U. Sea B el conjunto de proferencias o signos gestuales o textuales de un universo dado U*. Mis esquizofrénicas ideas de alusión o referencia consisten en creer que hay un subconjunto de A, A´, y de B, B´, cuyos elementos me aluden, se dirigen a mí, son actos intencionales en lugar de actos espontáneos de la naturaleza. Si A y B son vacíos, sin elementos, (A=B= ∅), puesto que A´⊆A y B´⊆B, entonces tanto A´como B´son vacíos, a saber, son conjuntos sin elemento alguno (una manera alternativa de decirlo es que la unión de U con U* también es vacía, no hay por lo tanto estímulos sonoros, ni textuales, ni sígnicos en el universo) Pues bien, tal estado de cosas también lo interpreto alusivamente, como un “falso silencio”, “un silencio expectante”, “un silencio artificial”, en lugar del silencio natural propio del funcionamiento real del mundo. Delirar es como jugar con los dados trucados, apostar a caballo ganador. En conclusión: no puedo no delirar. Dada cualquier secuencia de cosas que hay, no es que éstas sean no susceptibles de desmentido, es que son exclusivamente susceptibles de corroboración y verificación. Vives enjaulado dentro de la locura sin posibilidad de escape o fuga.

Además de estos delirios de referencia, sufro delirios de persecución, perjuicio y alucinaciones]

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Kafka: “A veces siento que comprendo la Caída del Hombre mejor que ningún otro”. Me desorganizo como un vómito en mitad del salón de la princesa de Polignac en el Hôtel Crillon de París. Un vagabundo subrepticio metido en salones lujosos y cómodos de época victoriana.

Rozo la aureola del martirio, de la falta de voluntad, del alma írrita. No me yergo en la tempestad. En la basílica de San Pedro, frente al altar de la Confesión, Canova representó a Pío VI de rodillas, absorto en la oración. El P. Morcelli, en la inscripción que redactó por orden de Pío VII, dice de Pío VI: “Magno in adversis animo vim invictus pertulit et regno spoliatus auctoritatem non amisit”.

Me acuso Señor de pecador y loco. Del chisporroteo de la bacteria tísica en mis pulmones. De los mejillones azul cuervo coloreando mi sangre. De las ratas que trepan por mi linfa como el chasquido de un rifle.

[i. Creo en mis delirios porque tienen exactamente el mismo grado de presentación en mi mente que las verdades matemáticas o los datos de los sentidos. Con su misma viveza, incorregibilidad, claridad diáfana, transparente distinción, rocallosa y definitiva certeza. A este efecto le llamo “bomba epistémica o creencial” de la esquizofrenia.

ii. Con mi encéfalo en “encendido esquizofrénico”, ¿qué ocurre? Mi encéfalo, valga la metáfora, es como un programa antivirus que genera los mismos virus que debiera eliminar. A este efecto le llamo “bomba lógica” de la esquizofrenia

iii. Los delirios no son neutros emocional o existencialmente. No son como las ideas de triángulo o mamífero. Están nimbados de tensión o angustia (por lo general) A este efecto le llamo “bomba pesadilla” de la esquizofrenia.

iv. En mi caso una gran felicidad o una gran desdicha son la vía regia a la locura y el brote. Si estoy eufórico o abatido salgo disparado de la realidad al País de Nunca Jamás. A este efecto le llamo, respectivamente, “bomba hedónica” y “bomba melancólica” de la esquizofrenia]

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El arte, los libros, la ciencia, mamá, fueron -son- redención. Los preparativos de una aristocrática “dinner party”. Un ómnibus de caballos. El salón de música del Royal Pavillon, decorado con finas columnas torneadas a ambos lados de la puerta, con un baldaquín ricamente guarnecido sobre la misma y adornos florales de todas clases; hasta la araña que pende del techo tiene la forma de una flor exótica. Por fuera, el edificio recuerda un palacio hindú; por dentro evoca una China de fábula. Redención por Hilbert, K. Menger, Neurath, Horacio, y el “Libri quattuor sententiarum ” de Pedro Lombardo, y por esa joya de la cristalografía azul, por esa delicadeza Garamond que es el “De laudibus eloquentiae. Commentum in Ciceronis Oratorem», de Ognibene Bonisoli, Vicenza, 22 diciembre 1476, “che testimonia l´interesse quattrocentesco per la classicità aurea”. Redención.

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Jornada de Liga. Terror, esa forma intensa de miedo, que puede estar justificado por una amenaza real, acompañado de palpitaciones, despersonalización, desorganización en el pensamiento y el habla, sudoración y temblores (Ver Lyness JM, Lee HB. «Psychiatric disorders in medical practice». En: Goldman L, Cooney KA, eds. Goldman-Cecil Medicine. 27th ed. Philadelphia, PA: Elsevier; 2024: cap. 36, pag. 612)

Prefiero leer «De Nola. Opusculum. Distinctum Plenum Clarum Doctum Pulcrum Verum Grave Varium et Utile», de Ambrogio Leone, Venezia, Giovanni Rosso, 1514.

Tractatus 30

FELIZ DÍA DEL LIBRO

«Les livres anciens sont pour les auteurs, les nouveaux pour les lecteurs», nos recordó Montisqueau en «Pensées diverses». Si la diversidad es fuente de asombro, su contrario, la omnipresente cultura moderna anodina, amorfa y singularmente genérica, da por sentado un entorno empobrecido y fuente de consternación. Regálenme libros antiguos, con olor a almizcle, madriguera y oloroso musgo. Permítanme grabar en el dintel de mi biblioteca: “καὶ οὗτος ἄρα καὶ ἄλλος πᾶς ὁ ἐπιθυμῶν τοῦ μὴ ἐτοίμου ἐπιθυμεῖ”. Regálenme, que se lo agradeceré de corazón:

1. La traducción del Decamerón publicada en Medina del Campo, 1543, por Pedro de Castro, conforme a la edición incunable de Estanislao Polono y Meinardo Ungut realizada en Sevilla, 1496, con el título: «Las C nouelas de Juan Bocacio». También valdrían las de Valladolid, 1539 y 1550.

2..-«La Ulyxea de Homero, traduzida de griego en lengua castellana por el secretario Gonçalo Pérez, nueuamente por él mesmo reuista y emendada, impressa en Venetia, en casa de Francisco Rampazeto», 1562, que es la versión completa y definitiva del helenista aragonés, tras las sugerencias de Juan Páez de Castro y el cardenal Mendoza y Bovadilla.

3.- «La Historia de las cosas más notables, ritos y costvmbres del gran Reyno de la China, sabidas assí por los libros de los mesmos chinas, como por relaçión de otras personas y religiosos que han estado en el dicho Reyno», de Juan González de Mendoza, publicada en Roma, 1585, a costa de Bartolomeo Grassi en la estampa de Vincentio Accolti. También valen otras de esos años, como las de Madrid, Valencia o Barcelona.

4. González Valls, Mariano, «El caballero de la almanaca, novela histórica escrita en lenguaje del siglo XIII, por Don Mariano González Valls. Publicada a expensas de Su Majestad», Madrid, 1859.

Folio marquilla (345 x 265 mms). Encuadernación heráldica original del taller de Miguel Ginesta de Haro (sucesor de Miguel Ginesta Clarós) en chagrín marrón con doble hilo dorado que encuadra un diseño geométrico gofrado sobre ambos planos, supralibros central con el escudo de Isabel II en oro, cortes dorados, ruedas en contracantos, lomo nervado con título estampado en oro, florones gofrados y firma del encuadernador (GINESTA) en su base. Sello de tinta de antiguo propietario en la anteportada. Algunos ejemplares añaden antes de la dedicatoria a la reina una dedicatoria en verso al futuro Alfonso XII en el primer aniversario de su nacimiento, que entiendo sea variante en la edición y no deficiencia en este ejemplar, dada su encuadernación.

5. Ceán Bermúdez, Juan Agustín, «Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España. Compuesto por D. Juan Agustín Ceán Bermúdez y publicado por la Real Academia de S. Fernando», Madrid, en la imprenta de la viuda de Ibarra, 1800.

Seis volúmenes en octavo, encuadernados en holandesa con planos, guardas y cortes jaspeados a juego, y lomos nervados sin tejuelos, con la identificación grabada en oro directamente sobre la piel. Todos ellos con su propia portada con el emblema de la Academia grabado, precedida de anteportada con identificación del tomo. Sobre las guardas, etiquetas antiguas de librería en distintos colores.

Los libros antiguos son hipnóticas libélulas, crenchas de ojos de ángel, laja y nube en la densa biblioteca, piedras y cojines ardiendo por donde asoman las letras que mascan semillas para el alba, ovejas solitarias balando entre vitrinas y baldas, el significado y propósito de la vida.

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Los libros pueden hacer pasar un rato agradable, al igual que el smartphone. La literatura pocas veces se escribió para hacer disquisiciones intelectuales de alto vuelo. A la principal y más numerosa familia lectora le basta con el simple entretenimiento.

El público lector se divide en dos clases antagónicas e irrenconciliables: aquellos con una sólida formación literaria y los que carecen de ella. Mi percepción es que el público tiende (aceleradamente) al gusto por una literatura cada vez más pobre, chinga y vanilocuente. Pero, ay, consolémonos: «No hay libro malo que no contenga algo bueno», Plinio el Viejo.

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La gente no se avergüenza de ignorar. Nuestros líderes son irreflexivos y con creencias infantiles. No fue el caso de Shakespeare: «Me, poor man, my library / Was dukedom large enough».

Ah la extraña magia de los libros: «Hasta entonces había pensado que cada libro hablaba de las cosas que están fuera de los libros. Ahora me daba cuenta de que no pocas veces los libros hablan de los libros: es como si hablaran entre ellos. A la luz de esta reflexión, la biblioteca me pareció aún más inquietante. Era entonces el lugar de un largo murmullo de siglos, un diálogo imperceptible entre un pergamino y otro, era un ser vivo, un receptáculo de poderes que no pueden ser gobernados por una mente humana, un tesoro de secretos emanados por muchas mentes, que sobreviven a la muerte de quienes los han producido o han sido sus transmisores…», U. Eco.

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Al hilo de nuestra lamentable actualidad política me quise evadir recordando los grabados que ilustran las ediciones parisinas de las «Relaciones» de Antonio Pérez. Y me resultó familiar un cargo que se hizo contra él:

“Que teniendo poca hacienda al tiempo que comenzó a ejercer su oficio de secretario, después acá que lo ha tenido y ejercido, a causa de las muchas dádivas y presentes que ha recibido se ha podido tratar y se ha tratado espléndida y costosamente, en su casa y fuera de ella, teniendo muchos criados y caballos, acémilas y coches para su servicio, edificando casas, haciendo banquetes, jugando cuantiosa y constantemente mucho dinero, gastando ordinariamente en cada año (según la común estimación) ocho o diez mil ducados; y con esto está muy rico y tiene mucha hacienda en casas, juros, alhajas, joyas y preseas, y ha podido emplear y ha empleado en censos más de cincuenta mil ducados, haciendo los contratos y poniendo los dichos censos para más disimulación en cabeza de tercera persona, en todo lo cual ha dado mucha nota, escándalo y murmuración al pueblo en gran deservicio de su majestad y poca reputación de sus ministros”.

La realidad. Hoy, día del libro, alejémonos de la pestilente realidad con Onetti, Amiano Marcelino, Borges, Flaubert, Auden, Bocángel o Moses ben Jacob ibn Ezra. Feliz día del libro.