No hay placer como la lectura ¡Qué pronto se cansa uno de cualquier cosa antes que de un libro! Me sentiría miserable si no tuviera una excelente biblioteca en mi pazo. Bandadas de papel abigarrado y textura de miel. Estar rodeado de libros me hace sentir seguro, y del mismo modo que algunas personas necesitan árboles o montañas a su alrededor para sentirse seguras, yo no, yo no me aferro a la naturaleza. Me aferro a los libros.
Me levanto a las cinco y paseo alrededor de la biblioteca de la casa. Trance, sugestión, hermosa neurosis noógena, apasionada abreacción catártica. Los libros son mi mejores «boufflées délirantes», las rejuelas para mi soledad, mi amado «raquement» de palabras e ideas. Mi biblioteca es donde vivo una gozosa, tan distinta a la real, delusión paleofrénica. Un arte, más que por la razón, gobernado en disposición cacofónica.
Libros: diaspros sanguinos, islas para observar con prismáticos el vuelo y color de las aves migratorias, el virar en ondas de columnas de lino, las alas de mármol de ágiles pinzones, y la levadora macerada en las córneas al leerlos. Libros, pasión y camino y sentido de mi vida.
Consulto la voz «belleza» en el diccionario. En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias señala sucintamente que “Beldad” proviene del toscano «beltá», pero se explaya en las voces “Hermoso” (“Dizese de todo aquello que en sí tiene tal compostura y agrado que deleita con su vista, y lleva tras sí nuestro ánimo y voluntad”)
Detrás de todo el rencor y oprobio del mundo se yergue la belleza. Siento el placer puro, la hermosura cálida y sin mácula, el alto ser sin por qué, por innumerables palabras (a un escritor se le supone sensibilidad lingüística como valor al soldado)
Leo u oigo «guasanga» (bulla, algazara, barahúnda), y la «u» parece el oblicuo ventanal de un pequeño hotel, las aes unos huevos de gaviota, y las ges imitan henos recién cortados de un color verde brillante. Leo «sardinal» (red para pescar sardinas), y la palabra abre en mi mente tordos cantando entre la lluvia, rosáceos tubérculos, una sombra de ocas pequeñas, algo medroso y que a tientas se asoma a la noche con una música de clarinete. Oigo de unos labios jóvenes «plomizo», y la «z» abomba las choperas, rasga la electricidad, y el grupo fónico «pl» conserva en el lomo su rojizo polvo de huesos.
Las palabras son esa fuerza de las fuentes que refresca los manantiales, basílicas bizantinas submarinas, montañosos pueblos para saborear fruta confitada y unas perdices en sus tabernas, ceremoniosa corúa de arlequines. Son gatitos, lobisones, lobeznos, potrillos, lechones, chivos, pollinos, cervatillos, y áureos tulipanes, y charolados crisantemos, y satinados lirios, lagrimeando en los sueños lúbricos del tenso marfil. Las hay alegres, orgullosas, entusiasmadas, o bien taciturnas y melancólicas. Otras son rojas, magentas, turquesas, así como verdes lima, verdes helecho, y de un blanco seda, de blanco nieve. Hay palabras existencialistas, anarquistas, platónicas, algebraicas, cristianas, maternales, estoicas, como las hay también de un barroco «agitato», de un clasicismo «diminuendo», de una modernidad «piangevole».
El lenguaje, ese exótico y omnipotente predicador de incienso, oro y mirra, es al escritor lo que la luz oxigenada a las estrellas del universo.
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Muere el Papa. No podremos decir de él lo que Garin en «La cultura filosofica del Rinascimiento italiano», Milán, 1994, p.364, dice de Filippo Beroaldo «fu uomo originale, e dottissimo, fra gli ingegni più acuti del suo tempo, filologo di rara perizia»,»Fue un hombre original y muy erudito, una de las mentes más agudas de su tiempo, un filólogo de una pericia poco común».
Bergoglio pareció siempre como salido de un sórdido lavacoches industrial, un populista peronista que usaba playeras, oía reguetón, se ponía pósits de autoayuda en la nevera para pensar, y que, la verdad, no me extrañería que tuviera algún que otro tatuaje.
Defiendo los derechos de la razón frente a la fe. No creo que el cielo cristiano sea verdaderamente el centro de gravedad de todo el mundo espiritual (como lo creyó Pedro de Celle) No entiendo la fraseología patrística ni escolástica; oscuros me parecen asimismo los tropos de Guillermo de Falgar, Pedro de Trabes o Rogerio Marston. Mis gustos filosóficos se inclinan por Frege, Carnap, Dummet, Strawson, Kripke, etcétera. Por la argumentación racional y clara que cuadra con la ciencia. Pero, sea como sea, que descanse en paz.
Con frecuencia tengo la sensación de estar fuera del mundo. Casi nunca, aunque me lo proponga firmemente, soy capaz de anticipar las reacciones ajenas, entrar y conocer los intereses populares, sus prelaciones, valores, modos y manías. Quienes pueden hacerlo, y más aún quienes son capaces de ganarse la vida con ello, me producen una admiración que linda con el estupor. Yo solo estoy bien en este mundo dentro de mi biblioteca. Solo me es familiar, insisto, mi biblioteca. Mientras escribo esto, a mi lado está el volumen de Benedetto Varchi: «Lección que hizo Benedicto Varqui en la Academia florentina en tercer domingo de Quaresma del año 1546. Sobre la primacía de la artes, y qual sea más noble, la escultura o la pintura. Con una carta de Michael Angelo Buonarroti, y otras de los más célebres pintores y escultores de su tiempo sobre el mismo asumpto. Traducidas del italiano por don Phelipe de Castro, primer escultor de Cámara de S.M. director principal de la escultura del nuevo real palacio, director de la Academia de S. Fernando de las tres bellas artes, académico romano y florentino, y entre los arcades de Roma Gallesio Libadico. Quien lo dedica al excmo. señor don Joseph de Carvajal y Lancaster, etc., Madrid, en la imprenta de don Antonio Bieco», 1753, 210 páginas. Octavo, encuadernado en pergamino original sobre cartón. Ignoro olímpicamente los trabajos y días de la gente: criptomonedas, hijos, gustos irrenunciables , el Real Madrid, o las vacadas de autos de hoy cruzando España.
Mis gustos librescos me apartan del mundo. Mi raza es la de los bibliófilos, de los bibliómanos y los locos. Como el peruano José Durand. El profesor Monguió recuerda la pasión de José Durand por los libros:
«La colección de obras de los siglos XVI y XVII, sobre todo españolas e italianas, en su biblioteca particular, acompañadas de numerosas rarezas de los siglos XVIII y XIX, son las delicias (y la envidia) de cualquier estudioso. Visitar con Pepe una librería anticuaria o una buena biblioteca en venta era una lección en bibliofilia. Curiosear junto a él en una tienda de libros viejos era observar el arte de descubrir, entre montañas de morralla, el peculiar legajo, el pliego de cordel, el folleto o el libro raro»
Transfigurando a Nabokov puedo afirmar: «He cazado libros en diversos climas, países y con distintos disfraces: como guapo estudiante londinense con chaqueta de tweed y corbarta de lazo windsor, como larguirucho expatriado catalán y cosmopolita con pantalones anchos de franela, paraguas y boina; como gordo cardiópata de calzón corto, pronta fatiga, y cabeza descubierta. He pisado librerías de viejo llenas de ácaros y caoba como un fantasma cruza secretos pasadizos en un castillo».
La lógica es la higiene que practica el matemático para mantener sus ideas lozanas, sanas y fuertes, más o menos como lo es la belleza -grosso modo- cumpliendo esa asepsia en la obra de un escritor.
Einstein dijo, en frase célebre, que las matemáticas puras son, a su manera, la poesía de las ideas lógicas. En mis seminarios con Josep Pla i Carrera en la U.B., recuerdo que nos decía que la lógica es invencible, porque para combatir la lógica es necesario utilizar la lógica. Ignacio Jané, «sorneguer», nos comentaba que las matemáticas consisten en demostrar lo más obvio de la forma menos obvia.
Un escritor con formación lógico-matemática en su juventud como es mi caso, debe saber que la lógica, como la ginebra, pierde su efecto beneficioso cuando se toma en cantidades demasiado grandes. El matemático, si escribe, a veces se puede convertir en un soso y rutinario relojero; la literatura nos incita a omitir transiciones deductivas, amalgamar con un prurito caótico, buscar la paradoja mística e irracional, trocear las verdades en pedacitos de sofisma.
Recuerdo una definición, que leí no sé dónde: «La lógica es el arte de equivocarse con confianza»; sustitúyase «lógica» por «poesía» y se obtendrá una idea igual de sugerente.
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«A Dios no le importan nuestras dificultade matemáticas. Él integra empíricamente», Einstein.
«No es cierto que todo sea incierto», Pascal.
«Las matemáticas son aquella ciencia que usa palabras fáciles para ideas difíciles», Jaques Rigaut.
«Las matemáticas pueden definirse como la materia en la que nunca sabemos de qué estamos hablando, ni si lo que decimos es cierto», Janet Frame.
«Antes pensábamos que si sabíamos uno, sabíamos dos, porque uno y uno son dos. Nos estamos dando cuenta de que debemos aprender mucho más sobre «y»», Miguel Ángel Bernat.
«Contrariwise, if it was so, it might be; and if it were so, it would be; but as it isn’t, it ain’t. That’s logic», Lewis Carroll.
«Las Matemáticas consisten en el análisis de la propia Logística», Luis Leví, militar y matemático, y mi abuelo paterno.
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Miramerlindo, papamoscas, barista y escritor fracasado, estoy convencido de que la literatura es igual a una suma de ideas y forma. Y las matemáticas, al menos en alguna etapa de tu vida, auxilian para razonar y para el desarrollo del arte. Brian May es PhD. en Astrofísica, Manjul Bhargava, medalla Fields, toca muy bien la tabla, instrumento indio que le ayuda a pensar. Eugenia Cheng es matemática y pianista. Benet, Musil, Snow, Guillermo Martínez, Goethe, Dostoievski, Primo Levi, Stendhal, Joan Margarit, Boris Vian, Durrell, Rebecca Elson, António Gedeão, Luis Racionero, Salvador Pániker, Nicanor Parra, Queneau, Solchenitzin, y un enormísimo etcétera, fueron escritores con formación científica.
Ezra Pound describió la poesía como «una especie de matemática inspirada». Valéry conocía el veneno del impulso poético, el aguijón que aviva el espíritu creador y que provoca “algo semejante a un cálculo” y que sumerge al poeta en un juego que guarda similitud con la resolución de un problema matemático. Decía el físico Paul Dirac (en broma) que cuando trabajas en ciencia tienes que escribir sobre cosas que nadie sabe con palabras que todo el mundo es capaz de entender, mientras que al escribir poesía se debe expresar algo que todo el mundo sabe con palabras que nadie entiende.
Para mí las matemáticas son un chisporroteo de geiser en Uppsala, el rocío lunar por donde corre un agua escapada del laberinto, el pelo angélico de una luz enrollada en un pañuelo. Las matemáticas son lanzas de mármol echadas sobre nosotros.
Si la constante de Planck tuviera un valor diferente, esto afectaría a la escala atómica y a la forma en que brilla el sol. También podrían cambiar los tamaños geométricos de los objetos macroscópicos, el clima, la gravedad y la luminosidad. La constante literaria de Sanz es 0,1, y, si tuviera un valor mayor, afectaría al curso de la historia literaria, al catálogo de las editoriales, al número de escritores y lectores competentes, a la frecuencia en la lectura de libros por habitante, a la cantidad de dinero gastado en librerías y bibliotecas et caetera.
Se me mezclan unos polisíndetos en los cogollos de tudela con anchoas y vinagreta de pimientos, la escudella y la samfaina tienen ese típico sabor borgiano de sus lítotes. Las hojas de la ensalada flotan con el espíritu de calambures quevedescos («Son los bizcondes unos condes bizcos»), brillan con hipérbatons gongorinos («Mientras a cada labio, por cogello») Berberechos o almejas a la sartén, espardeña a la plancha o centollo cocido, están disueltos con el sabor salado de metáforas, anáforas, sinonimias y sinécdoques. Por la aceitera ruedan adjetivos verdes, el azucarero guarda como un tesoro nombres blancos, y los cuchillos cortan inmesericordamente a rodajas artículos, pronombres, adverbios, verboides, preposiciones, conjunciones e interjecciones. Me alimento de palabras, gazpachos y tortillas.
(A Marc Colell)
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Ingratas voces me acusan de liróforo ganapán, malandrín, ñiquiñaque, zamborrotudo, ñengo, paparote y sancirole, pero me emociona, ay, el aquilón, el lebeche o el gregal en la cara, doñear con doncelluecas, lambucear un plato de lentejas, los mojinetes a mi sobrina, y el petricor tras rusticar y sentir el xirimiri pamposado.
Frente al tropismo psicológico taylorista o estajanovista, el auxilio de los libros.
Carl Sagan, Cosmos, Parte 11: The Persistence of Memory,1980:
«Cómo no asombrarse frente a un libro. Un objeto plano nacido de un árbol con partes flexibles en las que están impresos montones de graciosos garabatos oscuros. Pero, con solo hojearlo, uno se encuentra dentro de la mente de otra persona, tal vez de alguien muerto hace miles de años. A través de los siglos o milenios, un autor remoto te está hablando clara y silenciosamente directamente a ti. La escritura es quizá el mayor de los inventos humanos, pues une a personas que nunca se conocieron, ciudadanos de épocas distantes. Los libros rompen las cadenas del tiempo. El libro es la prueba de que el ser humano es capaz de hacer magia».
Los libros tienen la misma belleza que esas marañas de ramitas verdes y desnudas, robustas, cortadas por su borde, con una banda transversal de color crema brillante.
Libros, pasión y perdición de mi vida. Con el lomo que cubre el cosido o encolado de los pliegos, con la sobrecubierta, denominada también «camisa», y que se trata de una funda de papel resistente, plastificado o cartulina colocada sobre las cubiertas a modo de protección. Libros, lago oblongo incrustado en el oro del asfalto. Agujero espatulado a través del cual se ven los cielos del Dante. Humedad blanca y tentacular con letras impresas color betún.
Francisco Cutanda, escritor, bibliófilo y académico, escribió una carta prólogo con unos «Consejos, o sea decálogo de un colector de libros» dirigidos al marqués de Morante aún reconociendo que aconsejar era oficio de pobres y -añadía- de necios «nueve de las diez veces, y siempre que el consejo no es pedido y no hay posibilidad de que se siga». Lo hizo utilizando el seudónimo de «Alejandro Mendiburu» en el segundo tomo del «Catalogus librorum doctoris D. Joach. Gomez de la Cortina, March. de Morante, qui in aedibus suis exstant, I-IX. Matriti: apud Eusebium Aguado», 1854-1870.
El marqués, que hacía grabar en sus tapas el escudo y la leyenda «J. Gómez de la Cortina et amicorum – fallitur hora legendo» aunque no prestaba libros a sus amigos y «solamente legendo esa horita en la biblioteca podían disfrutarlos», no prestó atención a todas las advertencias, como temía su «consejero», pero tal vez sirvan de orientación a quien tenga, o pretende tener, una biblioteca de lector o una biblioteca de bibliófilo:
Consejos, o sea decálogo de un colector de libros.
1.- Serás parco en adquirir; mira que una librería muy numerosa, de medio, de instrumento de saber, pasa a ser impedimento; repara que un hombre no es un museo, ni tampoco una Biblioteca, y a cada libro que compras cuasi-contraes la obligación de leerlo.
2.- No te fíes de catálogos ni de boletines, mira que todos sus encomios de libros prueban en sus autores casi infinito deseo de no tenerlos.
3.- Piensa siempre en que una es la bibliografía del librero y otra la del literato; que la una distrae de la otra, y que esta otra es mas lucida y sustanciosa que aquella una.
4.- Piensa en tus novísimos y postrimerías, es decir, en la brevedad de la más larga vida humana, y no atesores muchos más libros de los que podrás disfrutar. Considera lo que fue de la Biblioteca del Duque de la Valliere, de la de Mr. Hebert, de la de Mr. Renouard, de la de Luis Felipe, de la del Infante D. Gabriel, de la del Príncipe de la Paz, de la de Böhl de Faber.
5.- No adquieras tantos libros de una especie que te cause vergüenza el carecer de los muchos que siempre te han de faltar; esto es vivir pobre entre riquezas y mártir entre delicias; mira que ninguna colección ha llegado a ser completa.
6.- Viste magníficamente sólo aquellos libros que nunca hayas de leer ni consultar, los que destines a pasar de libros a relicarios; y decente, pero modestamente, los que hayan de continuar sirviéndote y a tus amigos.
7.- Usa de tus libros procurando extraer de ellos uno más, y ese bueno.
8.- No tengas dos libros enteramente idénticos, no te parezcas a cierta señora, que en prendándose de un vestido o de un pañuelo compraba la pieza.
9.- Nunca pagues por un libro lo que pueda bastar para adquirir mil mejores; a no ser que sepas de alguno en que se encierre toda la ciencia y toda la felicidad.
10.- No seas tu propio bibliotecario, ni hagas por tu mano el índice de tus libros.
NOTA BENE: Lean: «La biblia de los bibliófilos» de Víctor Infantes, o «Los libros de casa: formación y cuidado de la biblioteca» de Fernando Huarte Morton, o a Fernando Mendoza: «La pasión por los libros. Introducción a la bibliofilia», para más concertados consejos, a seguir o, tal mi caso, negar.
Escribo desde un oscuro y pequeño poblachón orensano. Publico, en cortas tiradas, modestos papeles provincianos. Creo que mi prosa no es seca academia, abyectos ilusionismos arribistas, desacreditados trucos del «trompe l´oeil» anquilosado. Sé que mis páginas no son del todo modélicas, pero, sin embargo, y como Michelet al describir el detalle del brocado rojo un poco pálido del bonete con que llevaron a la guillotina a Luis XVI, a veces acierto, doy en el blanco. Entonces hay sabor, plasticidad, invención, gracia y genio en mi lengua, por muy pueblerino que se me vea.
Deseo mi escritura con lustre y celofán de elegante ostrería. Aunque mi aislamiento gallego es digno de carolino de la Oceanía, me gustaría que mi literatura fuese perfectamente acogedora, como la salita de estar de una vicaría, como dibujos a pastel rojo de Henry Moore. Sueño con que la algarabía de mi lenguaje deje percibir algunas profundidades. Me apena que se me considere solo rural, o loco, o campesino, agrario y pedestre.
«Henry Cavendish era un gran hombre con extraordinarias particularidades: su voz era chirriante, sus modales nerviosos, tenía miedo de los extraños, vestía el traje de sus abuelos, y cuando se sentía avergonzado articulaba el habla con dificultad. Era enormemente rico, pero no hizo uso de su riqueza… Cavendish vivió severamente la vida de un solitario, recluido en su sótano. Un día fue a la cena del Club y a la Royal Society, y no se relacionó con nadie, demostrando una gran hurañería. No recibía jamás en su casa. Fijó el peso de la tierra, estableció las proporciones de los constituyentes del aire, se ocupó del estudio cuantitativo de las leyes del calor y, por último, demostró la naturaleza del agua y determinó su composición volumétrica. La tierra, el aire, el fuego y el agua, todos y cada uno de ellos fueron objeto de sus observaciones. Fue muy sagaz y profundo, y con seguridad el científico británico más consumado de su tiempo», John Hudson, «The History of Chemistry».
Henry Cavendish era extremadamente tímido, solitario y misógino. No veía a nadie, ni siquiera a su familia más cercana; se comunicaba con sus sirvientas solo a través de notas escritas y nunca tuvo interés en publicar sus geniales hallazgos. Nació en 1731 en el seno de una de las familias más ricas de Inglaterra de ese momento. Su padre, Lord Charles Cavendish, era el hijo menor del duque de Devonshire, miembro de la nobleza británica. Su madre, Lady Ann Gray, murió dos años después de que el científico naciera, al dar a luz a su hermano Frederick. A los 11 años, Henry entró a estudiar en la Escuela de Newcome en Hackney, al este de la capital inglesa. Luego, a los 18, ingresó a Peterhouse, uno de los colleges más antiguos de la famosa Universidad de Cambridge. Su timidez generó incomodidad en su entorno, donde se comentaba que estaba siempre en su propio mundo y que no interactuaba con nadie. Ello, en parte, fue la razón para que decidiera abandonar sus estudios antes de graduarse. Fue entonces cuando se aisló y se dedicó exclusivamente a lo que más lo apasionaba: la investigación en las áreas de la matemática, la física y la química. Y a pesar de que en 1773 heredó de su tío una fortuna de 1.200.000 libras esterlinas -convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de Reino Unido-, el dinero no influyó en su estilo de vida.
Personalidades como Cavendish o E. Dickinson sorprenden por su radicalidad. La soledad suele destruir la conciencia, o conducir a la locura. El aislamiento es contra-terapéutico. Pero tomar como fin la ciencia o el arte, y tomarlos con seriedad, y encima en alguien muy talentoso, genera vidas cuyo resultado nos admiran tanto como nos espantan.
Como buena regla lectora recomendaría, después de leer un libro nuevo, no disponerse nunca a leer otro libro nuevo hasta haber leído uno viejo por el medio. Los libros no son huevos, ¿saben? Que uno haya envejecido no significa que esté malo. Kafka: » Se dedica demasiado tiempo a lo efímero. La mayoría de los libros modernos son meros reflejos vacilantes del presente. Y desaparecen muy rápido. Se deberían leer más libros antiguos. Los clásicos. Goethe, Homero, Lucrecio. Lo meramente nuevo es lo más transitorio de todo. Hoy es hermoso, mañana simplemente ridículo». Los libros viejos, ay, huelen a una combinación de notas herbáceas con un toque ácido y un toque de vainilla sobre un almizcle subyacente.
«Guardo celosamente mi tiempo de investigación, y me encanta sumergirme por completo en esos libros y papeles viejos y polvorientos de los archivos, universidades y bibliotecas. Es una de las partes más gratificantes de mi trabajo», Sigbert Josef Maria Ganser.
«Bendiciones sobre la cabeza de Daniel Charles Solander, un botánico distinguido, que después de extensos viajes llegó a ser «Keeper» en el Museo Británico. Inventó el estuche de cuero que lleva su nombre, una caja con la forma exacta de un libro, en la que se puede guardar algún precioso volumen cuando se coloca en las estanterías», Manuel Pecellín Lancharro.
«El tomo pesaba más que todos sus libros de texto juntos y olía a humedad, como una tienda llena de cosas mucho más viejas que ellos. Cada página parecía a punto de romperse, y mis alumnos se esforzaban por no dañar el libro», Claude Bernard.
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Perdí pie con el mundo moderno. Me asola la impresión de que el cine es de una gran perfección técnica, pero que arropa naderías. La música (creo) apenas es tal música. El teatro no existe. En la pintura prima más la especulación que la estética. Sensaciones de un diletante intelectual que probablemente correspondan a un alma vieja y desfasada. A veces imagino si quizás no pasarían desaparcebidos, y apenas leídos, Cunqueiro o Valle-Inclán, de haber vivido en nuestra época. Acaso el ocaso no sea de los tiempos, sino mío.
Ambrosio, Agustín, Casiano, Alcuino y Bernardo, opacaron a Juan de Fécamp, «el más notable autor espiritual de la edad media antes de San Bernardo»(A. Wilmart, «Auteurs spirituels et textes dévots du moyen âge latin», París, 1932, p.127) Fécamp no dejó de aspirar a la soledad del eremitismo. A mí me gustaría leer libros raros, antiguos, en lenguas exóticas, y vivir en soledad. Leer, no a Pérez Reverte ni Sonsoles Ónega, sino «Delle Memoria historiche della città di Catania», de Pietro Carrera, o no las vaciedades de Dolores Redondo, sino «De re Grammatica hebraeorum opus, in gratiam studiosorum linguae sanctae methodo quam facilima conscriptum», de Jean Cinquarbres. En primeras y rarísimas ediciones.
Lasitud, agotamiento, astenia, desaliento, insomnio, autorreproches, culpabilidad, ralentizamiento de ideas, cerebro minado y agotado. Delirios y voces. Mi lengua se aleja de las playas de Homero. Envenenamiento por benzol o cicuta. Como estar encerrado en una habitación ferozmente recalentada, como vivir dentro de una caldera. Con monstruos de piel negra. Con pavesas de eucalipto en la garganta. Ojos acalados. Trastornos, en fin, de mi esquizofrenia cenestopática, de mi melancolía, ese aire parado de voz triste -cortinas cerradas-, ese aire de «porter le diable en terre».
Nervios embotados, vida insensible al disfrute o la excitación placentera. Ánimo insípido e indeferente. En vano busco alivio en mis libros favoritos, en aquellas palabras de nobleza y grandeza de las que siempre saqué fuerza, ánimo y consuelo. Ahora las leo sin sentimiento, despojadas de encanto. Una vida sin pulso, sofocante. El pensamiento vacilante, rumiante, indeciso y autopunitivo. Las sombras del anochecer que parecen más sombrías, las mañanas menos alegres. Entumecimiento, enervación, pero, sobre todo, una extraña fragilidad, como si mi cuerpo hipersensible se desarticule torpe, carente de la coordinación. La mente replegada sobre sí misma y los horizontes cerrados.