Diario de Aquitania 118

Sin el invierno, la primavera no resultaría tan placentera. ¡Qué oscuros días vi! ¡qué vieja desnudez, en todo, de diciembre! En tus primeros tropiezos de aquí a allá, todo lo que encuentras, fuera del refugio, es una miserable extensión de frío. Pronto, como en el juego aquel del soplavivo corra la brasa, corra de mano en mano el fiel calor del hombre.

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Va cayendo la noche: la bruma ha bajado a los montes el cielo: una lluvia menuda y monótona humedece los árboles secos. Ancianas enfurruñadas y absortas en tejer. Adolescentes soñando con sombras soleadas. La luz lila abovedada, campanilleros y castañeras.

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Cuando las temperaturas nos dan un respiro y podemos ya lucir corbata, es el momento de otros tejidos. Para esos días en los que el verano ya se ha ido, pero el otoño no acaba de llegar, siento debilidad por el algodón “seersucker”, que en persa significa leche y azúcar, por su tacto suave a la par que granulado.

Cuando aprieta el frío, entran en escena tres tejidos espléndidos: la franela, el tweed y el cachemir. Es el momento también de reencontrarme con un querido abrigo, mi polo coat, con vueltas en las mangas y amplias solapas cruzadas.

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DE INVIERNO

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Alençón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño;
entro, sin hacer ruido; dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos, mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.

Rubén Darío, “Azul”.

Diario de Aquitania 117

«La política internacional siempre ha tenido un componente brutalista. Lean a Tucídides. Pero inventamos la diplomacia para que no lo pareciera. Hoy, por lo que parece, estamos viendo el hundimiento del noble arte de la hipocresía política», Gregorio Luri.

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Zelenski, además de sus notables limitaciones, estuvo muy mal asesorado por sus diplomáticos y servicios de inteligencia. Negociar es prever. Negociar es evitar el conflicto «público». Debiera haber sido tan invisible y activo como el mecanismo de un reloj.

Recordemos estas realistas, aunque desalentadoras, palabras de Fouché: «Uno de esos seres puros, idealistas y creyentes, que suelen causar con su fe más mal y derramar más sangre con su idealismo, que los más brutales políticos y los más feroces tiranos”.

El arte de callar, la ciencia magistral de ocultarse a sí mismo, la maestría para observar y conocer el corazón humano. Trump es obvio como el mecanismo de un yoyó.

Calígula es recordado por su frase: «Dame un ejército de perros y yo conquistaré el mundo». Bastante parecido a Putin.

«Ten presente que los hombres, hagas lo que hagas, siempre serán los mismos», Marco Aurelio.

Papiniano: «Es mas fácil cometer un fratricidio, que defenderlo». Que lo piense Europa respecto EE.UU.

Una gavilla de consejos para inspirarse: «La lealtad es simplemente una cuestión de fechas», «El artificio es loable para engañar a un rival; debemos emplear todos los medios contra nuestros enemigos», y el clásico, «Simula y disimula».

«Siempre que aparezca en público, lo más a menudo posible, intente guiarse de manera irreprochable; un solo error es suficiente para manchar una reputación, y el mal es a menudo irreversible», Bréviaire des politiciens (1684) Trump se guía por unas coordenadas diplomáticas mucho, muchísimo más silvestres y brutas.

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Enkidu y Gilgamesh, Odiseo y Circe, Fausto y Mefistófeles (o Margarita), Leopold Bloom y Stephen Dedalus, Charles Swann con Odette de Crécy, Ada y Van, Heathcliff y Catherine, Abelardo y Eloísa, Fagin y Oliver Twist, Raskolnikov y Razumikhin, D’Artagnan y los mosqueteros, don Quijote y Sancho Panza, Heidi y Pedro. Y Teseo y Pirítoo, Aquiles y Pratoclo, Orestes y Pílades, Marx y Engels, Hölderlin y Schelling, Salinas y Guillén, Russell y Wittgenstein, Gödel y Einstein, Asterix y Obelix, Christian y su bonsai.

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-Me encanta tu carácter lógico, analítico y serio

-Boomerang, boomerang, ¡viva la numeración!

Puede ser una imagen de una persona y texto que dice "COMO EDICIONREVISADA EDICION REVISADA MAS DE 15.000.000 DE EJEMPLARES VENDIDOS GANAR AMIGOS e INFLUIR SOBRE las PERSONAS 1. Cuáles son las seis maneras de gustar a gente? 2. ¿Cuáles son las doce maneras de hacer que los demás piensen como usted? 3. ¿Cuáles son las nueve maneras de cambiar a los demás sin ofenderlos ni causar resentimientos? por DALE CARNEGIE Edhasa"

Diario de Aquitania 116

Como catalán de origen gallego (mi rama paterna es toda catalana y la materna toda gallega), no puedo menos que indignarme ante el racismo supremacista de algunos catalanes. Pujol escribió: «Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, [el andaluz] destruiría Cataluña». Otras frases llamativas son «el hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho y un hombre que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual». Pujol, y muchos otros nacionalistas de su cuerda, desprecian al catalán de origen andaluz, o simplemente al catalán que no es «pura sangre», pese a que, hipócritamente, se diera un baño de masas en el Feria de Abril de Santa Coloma. Acaso este post hoy no proceda. Pero los tópicos y desaires a lo andaluz no han sido -ni son- pocos.

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ANDALUCÍA

Cádiz, salada claridad; Granada,
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén. Huelva, la orilla
de las Tres Carabelas…
y Sevilla.

M. Machado.

Diario de Aquitania 115

Una de esas palabras propias de una cultura e intraducibles es la japonesa «Komorebi» (木漏れ日), que se refiere a la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles, creando un juego de luces y sombras que es tanto visualmente impresionante como profundamente evocador.

Por cierto en gallego -en cuallquier idioma en realidad- hay muchas otras, por ejemplo, «enxebre». Desde los emblemáticos hórreos hasta las tradicionales garrafas de licor café destiladas en hogares gallegos, pasando por los entrañables furanchos de las Rías Baixas, todo lo que es enxebre es puramente gallego. «Enxebre» es una palabra enxebre.

O la catalana «deler», por decir solo una. Cito: «El diccionari de la Gran Enciclopèdia Catalana diu que deler és un ‘mot només català’. Però allò que el fa peculiar és que és molt polisèmic: el català-castellà en dóna deu traduccions, aplegades en cinc significats: ‘ardor, passió’ (Estimar algú amb deler); ‘afany, avidesa’ (L’ha perjudicat el deler de guanyar diners); ‘insistència’ (Vol sortir-se’n i hi posa deler); ‘fervor, entusiasme’ (Va sortir a jugar amb deler); ‘anhel, desig’ (No podran empresonar el deler de llibertat)»

Y en español tenemos también muchas otras: «empalagar», «sobremesa», «tocayo», «consuegro/a», «friolento», «tutear» ETCÉTERA.

«La denominación [el dar nombre a las cosas] es un instrumento que enseña y que es apto para distinguir la esencia, tal como la lanzadera separa el tejido», Platón, «Cratilo», 388b.

Diario de Aquitania 114

En una carta, el rey Luis II de Baviera escribió a un amigo:

“¡Oh! Es esencial crear estos paraísos; esos santuarios poéticos [se refiere a la construcción de sus castillos] donde uno pueda olvidar la horrenda era en que vivimos”.

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Me identifico con este rey artista, de alma suave y alada. Le gustaba deslizarse de noche en trineo por bosques y campos, y la poesía, la música, y la belleza, la arquitectura, y el lujo y las flores. Una conjura lo destronó de un reinado que siempre administró con generosidad y eficacia. Tuvo amigos, amores, sinestesias. Ante los limos turbios de la realidad se refugió en reinos artificiales. Detestó el tiempo y el espacio dimanado de la conciencia ordinaria. Pidió más, ir más allá, abordar con más intensidad la vida. Fue esa pureza rebelde como de un huésped desterrado. El oro rubio entre sueños de chambelán, consejeros o ministros. Cénit en la carne de los frutos. Frescura de corales submarinos.

Frente al rasponazo del mundo, oh tú, Rey Lunar, me acompañas. Frente al bojazo y malmatón del actual estado de cosas, usted, compañerito, Luna Roja que besa plantas nocturnas, puebla de placer mi soledad. Gracias majestad.

Diario de Aquitania 113

(Nacionalisme esbojarrat)

El presidente demócrata Lyndon Baines Johnson mintió sobre un supuesto incidente en el Golfo de Tonkin para justificar un aumento dramático de las tropas estadounidenses en Vietnam.

Mentir era algo implícito de la práctica política de Kennedy: como le dijo a Walter Heller, el presidente del Consejo de Asesores Económicos durante su presidencia, las palabras siempre se podían explicar.

Weber definió dos tipos diferentes de políticos en su tiempo: los notables ricos e independientes que podían permitirse vivir «para la política», y los políticos que vivían «de la política», que no eran ricos por otras vías y que se volcaban en la política como una ocupación a tiempo completo y una carrera de por vida de la que obtener sus principales ingresos.

El mundo político no tiene un sentido moral. La forma en que la política alcanza sus fines es la violencia y la mentira. Si un político es superior a otros políticos, es porque ha mentido más que ellos.

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Metternich: «Gobernar es prever». Y no esa cayena pastosa, improvisada, acémila y demagógica que vemos ininterrumpidamente.

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Dice para sí mismo Macbeth:

«I have no spur
To prick the sides of my intent, but only
Vaulting ambition, which o’erleaps itself
And falls on th’othe».

Ambición desmedida, política que se ve asaltada por la ambición. Ay Sánchez, Trump et caetera…

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«Mirad que así como es gran bien y felicidad un rey justo,
gran desgracia es un tirano;
como aquél es el padre público de su país,
así es éste el enemigo común».

John Milton, «El título de reyes y magistrados».

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Joyce se fue de Irlanda porque no soportaba el clima de asfixia nacionalista. Goethe pronto se deshizo del éxtasis patriótico y, en plena ocupación napoleónica, en un clima de nacionalismo agobiante, se atrevió a denunciar la adhesión del artista a su patria. Una tradición copiosa que pasa por Aristóteles, Averroes, León Hebreo y Spinoza establece que, en cualquier acto cognoscitivo, solo el «intellectus agens» puede desvelar la verdad. No la fe, ni la religión, ni la horda, ni ningún dogmatismo, y jamás el fanatismo. En Cataluña el intelecto o la racionalidad y la mesura ponderada, se ha sustituido insensiblemente por la propaganda soez, la parcialidad informativa, y el emotivismo o esa moral simplona frailuna y casi cátara. Pobre Cataluña del rebuzno y no la razón.

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El nacionalismo supone unos relatos míticos que transmiten una lejana y lancinante melancolía. Historias que, invirtiendo el orden habitual del cuento mágico, arrancan de una situación de plenitud -el pasado como paraíso terrenal- y concluyen en la desposesión o estado lastimoso de la actual patria amada debido a que la bota del país supuestamente sojuzgador, ladrón y represor -España- les oprime. Hay que darlo todo entonces en pos de la patria arrebatada, y esperar -luchar por- ese futuro mesiánico en que los «catalanets» triscarán alborozados por los montes, liberados y felices.

El nacionalismo objeta la idea de universalidad, suprime al individuo (difuminándolo en el grupo) y anula la humanidad común (diluida en una serie de etnias) Negar al individuo y a la humanidad, lo prueba la historia, conduce, condujo a guerras macabras. Finkielkraut: “Nada detiene a un Estado preso de la embriaguez del Volksgeist; ningún obstáculo ético se alza ya en su camino: sus súbditos no pueden reivindicar derechos y como sus enemigos no pertenecen a la misma especie, no hay ningún motivo para aplicarles reglas humanitarias”.

Diario de Aquitania 112

Abascal se basa en el «Führerprinzip», la idea de que el líder siempre tiene la razón, promulgado por una incesante propaganda, y reforzado por su aparente éxito -en fin- en política internacional. Sus seguidores son acríticos borregos, a qué dudarlo.

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El matemático y filósofo Frege se sorprendió un día que lo alabaron por el hecho de que SOLO usaba aquellas palabras cuyo significado conocía. El rigor diamantino debiera ser «conditio sine qua non» del periodismo. Vivimos dentro de un misticoide brebaje espiritual de autoayuda.

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«El demagogo es una figura peyorativa: es conducirlo mal (en definitiva, conducirlo mal tras fracasar en el empeño de conducirlo adecuadamente). El Demagogo se deja llevar por su propio interés, por el deseo de medrar en el PODER, enriquecerse. Para lograrlo echa ABAJO todos los principios, todo LIDERATO genuino, y MANEJA a la gente de cualquier manera (en palabras de Tucídides)”, Moses I. Finley.

Sánchez es el típico cachuchero o talabartero cara dura pronto para el engaño y la añagaza.

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Observemos: “La tiranía por lo usual se templa con asesinato, y la democracia debe ser templada con cultura. En ausencia de esto, se convierte en una representación de la locura colectiva”, J. S. Mackenzie. O bien Von Mises: «“¡No hay esperanzas para una civilización, cuando las masas están a favor de políticas nocivas”.

La democracia puede degenerar en oclocracia. A veces -muy pesamista- creo que empieza a irrumpir de forma embrionaria una especie de oclocracia o gobierno del populacho corrompido y tumultuoso.

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Aznar es el único presidente que aguantó dos horas de entrevista literaria y libresca con Sánchez Dragó. Zapatero, Rajoy y Sánchez no resistirían ni medio segundo.

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Podemos o Sumar, en el tema del feminismo, se fingen virtuosos y juzgan con severidad a los demás. Fariseos, que pretenden que cumplamos normas que ellos mismos no respetan.

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«Todavía a finales de Marzo de 1933, cuando ya Alemania -muda como aquellos ciudadanos de Londres que Buckingham le anunciaba a Ricardo- asentía al Horror… Frente a la criminal rendición de los partidos políticos ante la canalla Nazi (que tanto favoreció el entregarse de una sociedad exánime en los brazos de un Führer), frente a los ardorosos himnos de una juventud entusiasmada por la violencia, la vergonzosa claudicación de la Judicatura, el cómplice sometimiento del Ejército, muy por encima del repugnante estrechamiento de manos de von Hindenburg y Hitler, del salvajismo de las SA, de los burdos discursos de Goebbels, de volver la vista hacia otro sitio de la mayoría de la sociedad ante la trituradora salvaje del nuevo Poder… todavía en la noche de Berlin brillaba la orgullosa y desolada Libertad de un Cabaret: “La Catacumba”.

Allí, cada día, un hombre, el actor y presentador Werner Fink, salvaba sobre aquel escenario la dignidad humana. Werner Fink no defendía ideologías políticas. Sus palabras, sus inteligentísimos juegos de palabras, siempre fueron alegres, desvergonzados, la más implacable autopsia de los acontecimientos, con humor, un humor vitriólico, inapelable, inviolable para los asesinos. Mientras pudo, jamás dejó de denunciar las acciones de aquella gentuza que se había apoderado de su nación», José María Álvarez.

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¿Les suena? ¿Pablo Iglesias, Irene Montero, Yolanda Díaz..?

“El capitalismo asume formas insoportables en el momento en que los fines personales a los que sirve son contrarios al interés del conjunto del pueblo. Entonces procede de las cosas y no de las personas. El dinero es entonces el eje en torno al cual gira todo. Con el socialismo ocurre lo contrario. La visión socialista del mundo empieza por el pueblo y luego pasa a las cosas. Las cosas están subordinadas a la gente; el socialista pone a la gente por encima de todo, y las cosas son sólo medios para un fin”.

Editorial del 15 de julio de 1939 titulado “Capitalismo”, del Ministro de Propaganda, ese enano cojo y diabólico, Joseph Goebbels, publicado en el diario nacional-socialista berlinés ‘Der Angriff’ (Combate)

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La única razón posible para querer que el Estado Leviatán tenga legitimidad hoy en día es la creencia de que tú y tus amigos van a estar a cargo de él. Pero no llames a eso patriotismo. No es más que ansias de poder.

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«El principio de que cada cual es el mejor juez de sus propios intereses, interpretado como lo interpretan las personas que formulan esas objeciones, probaría que los gobiernos no deberían cumplir ninguno de los deberes que se les reconocen, es decir, que en realidad no deberían existir», J.S. Mill.

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«Los cafés son un rasgo característico de Europa. Van del establecimiento preferido de Pessoa, en Lisboa, a los cafés de Odessa donde todavía se siente la presencia de los gángsters de Isaac Babel. Se extienden desde los cafés de Copenhague, ante los cuales pasaba Kierkegaard durante sus paseos meditabundos, a los mostradores de Palermo. No hay cafés antiguos o característicos en Moscú, que es ya un suburbio asiático. Hay muy pocos en Inglaterra, luego de una moda efímera en el siglo XVIII. No hay ninguno en América del Norte, con excepción de esa sucursal francesa que es Nueva Orleáns. Si uno dibuja el mapa de los cafés obtendrá una de las referencias esenciales de la “noción de Europa”.

El café es un lugar de encuentro y complot, de debate intelectual y chismorreo, el lugar del flâneur y del poeta o del metafísico con sus infaltables cuadernos. Está abierto a todos y sin embargo también es un club, una francmasonería de reconocimiento político o artístico y literario, de presencia programática. Una taza de café, un vaso de vino, un té con ron franquean el paso a un local donde se puede trabajar, soñar, jugar ajedrez o simplemente pasar el día cómodamente. Es el club del espíritu y la “lista de correos” de los que no tienen domicilio. En el Milán de Stendhal, en la Venecia de Casanova, en el París de Baudelaire, el café albergaba a la oposición política, al liberalismo clandestino. En la Viena imperial y de entreguerras tres grandes cafés constituían el ágora, lugar para la elocuencia y la rivalidad de escuelas opositoras de estética y de economía política, de psicoanálisis y de filosofía. Las personas deseosas de encontrar a Freud o a Karl Kraus, a Musil o a Carnap, sabían con precisión en qué café buscarlos, en qué mesa sentarse. La última vez que Danton y Robespierre se entrevistaron fue en el Procope. Cuando en 1914 las luces se extinguen en Europa, Jaurès cae asesinado en un café. Y en un café de Ginebra, Lenin trabaja en su tratado sobre el empiriocri­ticismo mientras juega a ajedrez con Trotsky.

Obsérvense las diferencias ontológicas. Un pub inglés, un bar irlandés poseen un aura y una mitología particulares. ¿Qué sería la literatura irlandesa sin los bares de Dublín? ¿O dónde si no en la Museum Tavern habría encontrado el doctor Watson a Sherlock Holmes? Pero ésos no son cafés. Ahí no hay tableros ni periódicos colgando de su costilla de madera para que los clientes dispongan de ellos. No es sino hasta hace muy poco que tomar café se ha vuelto en Gran Bretaña un hábito público, envuelto aún en un halo italiano. El bar americano cumple un papel considerable en la literatura y el eros de ese país, en el carisma de figuras como Scott Fitzgerald o Humphrey Bogart. La historia del jazz es inseparable de él. Pero el bar americano es un santuario de penumbras, incluso de oscuridad, que palpita al ritmo de una música no pocas veces ensordecedora. Su sociología, su ropaje psicológico están impregnados de sexualidad, de presencias femeninas esperadas, soñadas o reales. Nadie redactaría un tratado de fenomenología en la mesa de un bar americano (cf. Sartre). Para poder permanecer, los clientes deben renovar sus consumos. Hay “desalojadores” para expulsar a los indeseables. Cada uno de estos rasgos define un genio radicalmente distinto del genio del café Central, del Deux-Magots o del Florian. “La mitología existirá mientras haya mendigos”, dijo Walter Benjamin, conocedor apasionado y peregrino de los cafés. Mientras haya cafés, la “noción de Europa” tendrá contenido», George Steiner, «Una idea de Europa», 2005.

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«Café y tertulia. Para una amplia mayoría, estas dos palabras poseen un claro sabor decimonónico, que llegaría hasta mediados del siglo XX. Ahí empieza su decadencia y casi podría asegurarse -en una primera mirada- que hoy prácticamente no existen. En verdad las tertulias, como reunión de personas que se juntan para conversar de uno o muchos temas, nacieron en la España de Felipe IV, siglo XVII. La palabra vendría del nombre de Tertuliano, famoso orador y sermoneador de los tiempos iniciales del cristianismo (160-245). Nacido en Cartago, al sabio Quinto Septimio Florente, se le apodó Tertuliano, porque se consideraba que su oratoria era tres veces mejor que la del clásico Cicerón (Marco Tulio), o sea Ter Tulio (tres veces Tulio) lo que da Tertuliano… «Tertulianos» serían después, y lo siguen siendo en su modalidad radiofónica o televisiva, quienes hablan o discuten, en los medios dichos, de cara al público.

El café -además de la bebida, originalmente árabe o turca, que sale del cafeto- será (es) un lugar donde se sirven comidas o bebidas, además del café, a gente reunida para charlar y distraerse. ¿Se nos ha olvidado, con el grito y fragor políticos, que hablar, conversar, cruzar opiniones con voluntad sensata, es un pasatiempo y un placer? Pagamos por oír hablar (conferencias, radio, televisión) incluso cuando la calidad es poco notable. En el siglo XIX, los cafés llenan muchas ciudades y habrá desde cafetuchos a salones muy elegantes. Cuando yo era estudiante y aún después, en Madrid, como en otras ciudades, los cafés abundaban. El Lyon (frente a Correos) era un genuino café, aún sin barra, pero estaban llenos de vitalidad y aún de noche con mala vida -que a veces es buena- otros como el Gijón, el Comercial, el Varela o el Teide, el último en el que escribía sus artículos César González-Ruano, hoy maldito. Muchos escritores y en múltiples ciudades están unidos a un café y a los tertulianos que acudían a ese entorno. Una de las más célebres fotos de Antonio Machado, lo muestra sentado en el café de la Plaza Mayor de Segovia. Unamuno iba al Novelty, en Salamanca, que aún existe, y es casi tópico citar el modesto café de Pombo, donde se reunía Ramón Gómez de la Serna. Valle-Inclán, Baroja o Cansinos Assens tuvieron sus cafés y tertulias, más o menos punteros o modernos. Me he quedado voluntariamente en las cercanías, pero recordemos el suntuoso Café Royal de Londres (hoy es un hotel de lujo) donde acudía Oscar Wilde, o el Cabaret Voltaire de Zurich, en parte café, donde se gestó el dadaísmo… Casi todos han desaparecido o no son lo que fueron. El café clásico en parte, ha sido sustituido por las modernas cafeterías -menor lugar para mesas- porque cierta modernidad implicaba rapidez o prisa. Quizá los cafés tuvieron su tiempo y su historia -voluminosa, por cierto- pero, ¿en verdad han muerto del todo? Se ha llegado a pensar que casi del todo, pero hoy mismo, basta que busquemos salones o cafeterías con mesas o terrazas (que desde la pandemia también son de invierno, con sus estufas) para que veamos grupos de gente charlando. En los cafés siempre había estudiantes repasando apuntes, hoy podemos observar -en mesas por lo general laterales- a estudiantes otros, con el portátil abierto, estudiando, escribiendo o repasando temas. En cuanto hay grupos de mesas, surgen estudiantes o tertulianos de diverso género. Hablar es siempre necesario y oír hablar u opinar, sobre ser un placer, puede ser una muy notable fuente de conocimiento. Se dice que, en el Madrid de principios del siglo XX, un ejemplo, muchos cafés estaban llenos porque tenían calefacción y en muchas casas de la época no la había y el frío era notable. En un café se podía comer o cenar bien (los periodistas al salir casi de madrugada de las redacciones) pero también se podía echar la tarde -y casi el día- con aquel «café y media tostada», que solía ser el alimento de muchos bohemios. Yo he visto en el Gijón al buen poeta cordobés Manuel Álvarez Ortega, que había sido veterinario militar pero que era algo tacaño, pasarse la tarde entera en el diván rojo del café, e iba todos los días, horas y horas, mirando o charlando, con la sola consumición de un café con leche.

Hay un tipo de café que ya casi no existe, pero las tertulias se siguen formando (aunque no haya un escritor al centro) en muchos lugares, pues el café se transforma, pero la muy sana voluntad de hablar continúa. Recapitulemos dos cosas: al café -en el formato que sea- se va a charlar y a mirar, espectáculo sublime. Necesitamos hablar y ver. El escritor francoegipcio Albert Cossery -escribía sin prisas en francés- se pasaba las tardes mirando o comentando desde su rincón del Café Flore, en París. Cuando se le decía qué pensaba del incesante bullir de alrededor, contestaba: Están locos. Porque lo cuerdo no es el negocio sino el ocio. Pero la segunda y principal: oír hablar más o menos bien (muchos tertulianos básicamente escuchan) es un enorme placer, y por ello existe la televisión, el cine o el teatro. Pagamos a diario por oír hablar, y si uno sabe y tanto mejor -a menudo tristemente no se paga- por escuchar una brillante conferencia de esto o aquello, amenidad y cultura. A mí me cautivó así el gran parlanchín y mago, Álvaro Cunqueiro. Hablar: cuanto mejor, mejor», Luis Antonio de Villena.

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En realidad a la globalización inevitable debieramos llamarle balcanización irrestricta.

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«En grandes extensiones de la superficie terrestre ya han desaparecido las condiciones esenciales de la dignidad y la libertad humanas. En otras, están constantemente amenazadas por el desarrollo de las tendencias políticas actuales. La posición del individuo y del grupo voluntario se ven progresivamente socavadas por extensiones de poder arbitrario»

«Nuestro grupo no aspira a hacer propaganda. No pretende establecer ninguna ortodoxia meticulosa y obstaculizadora. No se alinea con ningún partido en particular. Su objetivo es únicamente, facilitando el intercambio de opiniones entre mentes inspiradas por ciertos ideales y amplias concepciones comunes, contribuir a la preservación y mejora de la sociedad libre».

Declaración de Objetivos de la Sociedad Mont Pèlerin, reunida en Suiza en abril de 1947. Esperemos que se revitalicen esos ideales ante un mundo con un panorama cada vez más oscuro.

Diario de Aquitania 111

El nombre y obra de los intelectuales menos mediatizados o «espectaculares», son anchamente ignorados por los estudiantes de Letras.

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La rentabilidad y la mercantilización de los estudios universitarios nunca debe ser condición suficiente de los mismos.

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Un intelectual no sobresale solo en aspectos cognitivos o epistémicos; los grandes logros lo son tanto en el aspecto retórico o figurativo como en el histórico-filológico.

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Los intelectuales no pueden hacer nada más que quedarse en casa leyendo y estudiando, a no ser que hables de Montoya y Boris Izaguirre. Ponerte a explicar a Musil, Tibulo, Calderón, Cantor, Escoto Eriúgena, Gauss, Mondrian, Debussy, pero ¿alguien los conoce?

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Razonar está muy a la baja, muy de capa caída. El lema de la gente poco se diferencia de: «No pienso, compro y soy feliz». Además los medios se dirigen a ti como si fueras estúpido. La gente se entrega gozosa a pseudoideas y proyectos totalmente insensatos.

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Si tienes más conocimientos que los conocimientos paupérrimos que tiene la media, automáticamente quedas desacreditado. Acaso -no descarto la hipótesis- en un futuro no demasiado lejano, a los que saben o quieren saber, se les confine en campos de reeducación.

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Vamos hacia una división social entre una clase poderosa y un lumpenproletariado (antes, clase media) muy abundante, al que no se le habrá dado la capacidad, los medios culturales y críticos, de reaccionar contra este estado de servidumbre.

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La educación superior tiene una función científica, profesional, una política o cívica y una, jamás se olvide, función cultural, el desarrollo creativo del saber por el saber, del pensamiento en general, de una cultura desinteresada de alto nivel.

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«En la organización de instituciones de enseñanza superior todo depende de aferrarse al principio de que el conocimiento es algo no enteramente descubierto y siempre enteramente por descubrir, y que debe ser incesantemente perseguido». Así afirmaba el memorando -que debiera estar en permanente vigencia-: «Sobre la organización interna y externa de instituciones de enseñanza superior en Berlín», que Wilhelm von Humboldt redactó en 1810 y que sirvió de base para la fundación de la Universidad de Berlín.

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¿Cultura durante la universidad? Lo que hay: incultura durante y tras la universidad.

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-¿Llegaremos a prohibir libros?

-No hará falta: el libro es ya un objeto alienígena y extraño para la mayor parte de la población.

Diario de Aquitania 110

Soy un adicto -de ahí vengo- a lo que podríamos llamar la clase patricia prusiana. Nada que ver con la aristocracia de sangre, sino con la autoridad y la respetabilidad (en latín, «auctoritas» e «imperium») de -insisto- patricios señoriales (mi familia se dedicó a la milicia, la banca y la administración del Estado)

Desprecio a la pequeña burguesía o al proletariado, que prácticamente no han dado nada de valor en la historia de la cultura. A nosotros, a los míos, tanto nos interesó el dinero como los vaivanes y hechos de la política y, sobre todo, de la Alta Cultura.

Recuerden: «per què no ens governen els millors? On ha anat a raure la bona idea que el governant, o els responsables de l’art, l’educació i el pensament, han de sortir dels ciutadans de més patent, idea que travessa la història d’Europa entre Ciceró i… Thomas Mann, i d’altres homes de gran cultura del seu temps? Ara tothom enalteix “el poble”. Però al pas que van les democràcies occidentals, acabarà tenint raó Flaubert quan deia, pleonasme inclòs: “El poble sempre serà un etern menor d’edat”», Jordi Llovet.

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Lo único que es deseable es que el precio del auge de las masas, de esa auténtica “rebelión de las masas” que se está produciendo ante no ya el deterioro, sino la franca y abierta degeneración de los políticos de uno y otro signo, no finalice con el mandato de otro Lucio Cornelio Sila, y con el legado de conflictos civiles que ahogaron en sangre a la república romana. Eso sí, al igual que Marco Tulio Cicerón, esgrimamos el derecho a entonar en voz alta a nuestros más que indignos dirigentes “Quosque tándem abutere patientia nostra?”

Diario de Aquitania 109

(Ora et labora)

En la cátedra de literaturas neolatinas que impartía doña Emilia Pardo Bazán, llevaba unas notas escritas y se dedicaba a leerlas en clase. Hablaba de literatura francesa y extraía las notas del manual de Brunetière. Para que la cátedra tuviera oyentes, invitaba a muchachitas y damas de la buena sociedad amigas suyas.

A veces incurría en deliciosas ligerezas como plagiar de Melchor de Vogüé sus estudios sobre la novela rusa.

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Leí con atención “On the Creed”, “Sobre la fe”, de Pearson, y otros libros sobre literatura divina. Y no fui tan idiota de suponer, sentir o decir: “credo quia incredibile”.

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Ganduleo. En mi “chambre de débarras” se apilan libros. Me gustaría encontrar esa dimensión de lo real en que latan en mi interior instantes con brillo.

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¿Qué le pasa a esa chica? Sencillamente es una mariposa de niebla que desea ser nube.

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“Si sigue así, a Churchill a los treinta años se le habrá quedado pequeño el Parlamento, y a los cuarenta, Inglaterra”, G.W. Steevens.

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“Gastamos un millón en quince días”, escribió Góngora en un famoso soneto. Se comprende. En los banquetes, organizados por el duque de Lerma y el condestable de Castilla, se sirvieron más de mil doscientos platos de carne y pescado, sin contar los de postre, confituras y entremeses.

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Aquí floreció otrora una ciudad opulenta. Dentro de estos muros resonaban sin cesar los bullicios de las artes, y gritos de alegría y celebración. Ahora el tiempo es estéril y las costumbres ruinosas. Se huye a los caminos. Y lobos solo se alimentan de lobos.

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NIT ESTELADA

Y los árboles y la noche
ya no se mueven sino dentro
de cuevas y de silencio.