Conversación con Christian Sanz. Entrevista en la revista «Razón y fe».
Periodista: En los últimos años se habla de un retorno de lo religioso entre los jóvenes. Cruces, rosarios, velos, imaginería cristiana circulan con fuerza en redes sociales, mientras los datos sociológicos siguen mostrando un descenso de la práctica. ¿Estamos ante una vuelta a la fe o ante una moda estética?
Christian: Diría que estamos ante un fenómeno doble —y quizá triple— que conviene no confundir. Por un lado, hay un regreso de los signos: lo cristiano como repertorio visual, como lenguaje simbólico reutilizable. La cruz, el latín, la santidad, el imaginario del sacrificio o de la pureza funcionan hoy como estética fuerte en un mundo saturado de imágenes débiles. Eso no implica fe; implica potencia icónica.
Por otro lado, hay un regreso del hambre, que es más serio: una sed de sentido, de comunidad, de trascendencia, que no encuentra cauce estable. Esa sed se dispersa en formas alternativas —astrología, rituales, mindfulness, tarot—, versiones pobres pero comprensibles de una metafísica mínima. No es fe dogmática; es ansia de compensación.
Y finalmente existe un tercer fenómeno, más minoritario pero real: jóvenes que no solo portan símbolos, sino que rezan, pertenecen, practican. No son mayoría, pero se notan porque venimos de décadas de desierto.
Periodista: Usted ha sido muy crítico con lo que algunos llaman christiancore o “santidad de escaparate” ¿Le molesta esa apropiación estética de lo religioso?
Christian: Me incomoda cuando el símbolo se vacía y se vuelve pegatina identitaria. No por purismo religioso, sino por honestidad intelectual. La cruz no es un accesorio neutro: es una máquina simbólica cargada de dolor, culpa, redención, muerte. Convertirla en “outfit” me parece una forma de frivolización del sufrimiento.
Ahora bien, no me burlo del fenómeno. La estetización es a veces el primer gesto torpe de una necesidad real. Prefiero una cruz mal entendida a un cinismo satisfecho. Lo que critico no es el símbolo, sino su uso como atajo emocional.
Periodista: ¿Dónde se sitúa usted personalmente ante la idea de espiritualidad?
Christian: Yo no me definiría como creyente en el sentido reglado. No pertenezco, no obedezco, no profeso un credo. Pero tampoco soy un descreído ligero. Para mí, la espiritualidad no es una doctrina: es una forma de gravedad.
Se traduce en atención, en silencio, en lectura profunda, en escritura como ejercicio de orden interior. En no traicionar la complejidad de lo real por comodidad. En vivir con conciencia de límite, de muerte, de fragilidad. Si eso es espiritualidad, entonces sí: ocupa un lugar central en mi vida diaria.
Periodista: ¿Diría entonces que es usted una persona espiritual?
Christian: A mi manera, sí. Pero desconfío de la palabra porque se ha vuelto blanda. Mi espiritualidad no tiene incienso: tiene disciplina. No busca elevación constante, sino fidelidad al matiz. No es consuelo inmediato; es resistencia a la superficialidad.
He vivido lo suficiente —y he escrito lo suficiente— como para saber que una vida sin interioridad acaba siendo una vida administrada por estímulos. Defender la vida interior hoy es casi un acto de disidencia.
Periodista: ¿Y qué lugar ocupan para usted las religiones históricas?
Christian: Las religiones son ambivalentes. Tienen una cara luminosa —comunidad, consuelo, caridad, lenguaje para el sufrimiento, tradición moral— y una cara oscura —poder, control, culpa abusiva, dogmatismo—. Negar cualquiera de las dos es intelectualmente deshonesto.
Lo que nunca he entendido es el desprecio automático hacia lo religioso por parte de cierta modernidad ilustrada. La religión no es una superstición residual: es una respuesta histórica, profunda y reiterada al hecho de que la vida duele y se acaba. Eso no desaparece con la secularización.
Periodista: ¿Defiende la libertad religiosa incluso cuando no comparte las creencias?
Christian: Absolutamente. La libertad religiosa es un logro civilizatorio. Protege tanto al creyente como al no creyente. Una sociedad decente permite creer sin burla y no creer sin castigo. El problema no es creer; el problema es cerrar el pensamiento. Y ese cierre puede darse tanto en un dogma religioso como en un dogma antirreligioso.
Periodista: Volvamos al presente. ¿Cree que estamos viviendo un auténtico repunte de la espiritualidad?
Christian: Estamos viviendo, sin duda, un repunte del mercado espiritual y de la visibilidad simbólica de lo religioso. Turismo espiritual, productos, retiros, marcas del alma. Eso es innegable.
Lo que no veo —al menos de forma masiva— es un retorno fuerte a la pertenencia religiosa reglada, especialmente en países como España. Lo que sí veo es algo más inquietante y más interesante: una mendicidad emocional creciente. Personas saturadas de estímulos pero huérfanas de sentido. Vidas muy informadas y muy poco habitadas.
Periodista: ¿De qué depende entonces que alguien crea o no crea?
Christian: De muchas cosas, y casi nunca de un razonamiento puro. Depende de la biografía, de las pérdidas, de las enfermedades, de la infancia, de los encuentros. Depende de la psicología —hay personas más permeables al asombro, otras más necesitadas de orden—. Depende del contexto social, del territorio, de la época.
Y también depende, no nos engañemos, de las propias instituciones religiosas: de su coherencia moral, de su capacidad de hospitalidad, de su relación con el poder. La fe no florece en el cinismo.
Periodista: Para terminar: si tuviera que resumir este momento histórico en una frase, ¿cuál sería?
Christian: Diría esto: no estamos volviendo a Dios; estamos volviendo a la pregunta por el alma, aunque muchas veces solo sepamos responder con vestuario.
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“La religión, para la persona, es lo que hace con su soledad. (…) Las instituciones vienen después; primero está la experiencia viva. (…) En ciertos estados de ánimo, la vida se siente como si tuviera un ‘más’ que la desborda: una presencia, un sentido, una reconciliación. Ese ‘más’ puede nombrarse de muchas formas, pero la estructura psicológica del hecho es reconocible», William James.
“El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo muere— (…) ese es el que me importa. (…) Y el sentimiento trágico de la vida es el hambre de inmortalidad; el ansia de no morirse del todo. (…) De ese choque entre la razón que niega y el corazón que afirma nace la agonía; y esa agonía es religiosidad, aunque no sea credo», Unamuno.
“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera; y por fuera te buscaba. (…) Me retuviste, clamaste y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora suspiro por ti; gusté, y tengo hambre y sed; me tocaste, y ardí en tu paz”, Agustín de Hipona.
«La vida espiritual es una vigilancia constante contra uno mismo. No consiste en sentir, sino en no mentirse. Cada vez me resulta más claro que el mayor enemigo del alma no es el pecado, sino la dispersión. Vivir sin recogimiento es vivir fuera de sí. Y quien vive fuera de sí acaba aceptando cualquier cosa», Julien Green.
«El camino interior no conduce a la paz, sino a la claridad. Y la claridad es exigente. Aceptar la responsabilidad de uno mismo es ya una forma de oración. No se trata de ser fuerte, sino de no eludir lo que se ha visto», Dag Hammarskjöld.