Cyril 134

(A Vicente R. Gracia)

La democracia es el régimen en que el poder consigue que la gente mande obedeciendo. El número no salva: aplasta. Esto nos recuerda el Dr. Gracia en la tertulia. Un pensador intempestivo, incapaz de integrarse en el circuito cultural sin desnaturalizarse. Su palabra no sirve para producir consenso ni prestigio, y por eso es sistemáticamente marginado. Sus certezas incontrovertibles pertenecen a sus investigaciones botánicas y entomológicas. Tiene algo de sabio antiguo y algo de hereje medieval. No pertenece a ninguna escuela porque desconfiaba de todas. Cree que pensar desconsuela, pero limpia. El consuelo es cosa del poder.

Cabeza grande, poderosa. El cráneo parece siempre ligeramente adelantado. La barba nevada. Los ojos son pequeños, pero muy vivos, con una mirada oblicua, ladeada, rara vez frontal. La boca, ancha, algo caída. Atuendo pulcro y elegante. Andar valiente.

Investiga muchos órdenes de cosas. No lo hace por dispersión, sino por obediencia a la naturaleza del entendimiento, que busca las causas y no soporta permanecer en un solo dominio cuando presiente que todo está vinculado. La sabiduría no es acumulación, sino visión de conjunto.

Le convienen como anillo al dedo las ideas de Leonardo Da Vinci: «El conocimiento que no nace de la experiencia es estéril, y la experiencia que no se ordena mediante el entendimiento es ciega. Por eso he estudiado anatomía para pintar, geometría para comprender la belleza, hidráulica para pensar el movimiento, y música para medir el tiempo del alma. Todo se enlaza. Quien separa las artes de las ciencias no entiende ni unas ni otras».

Un honor ser su discípulo, maestro.

Cyril 133

La lluvia persistente, el encierro en la aldea, el cielo bajo, la luz mate, el frío húmedo, me causan un aumento de la melancolía, una sensación de irrealidad, tristeza espesa, pensamiento circular, y ese tono sombrío que no es exactamente depresión, sino oscurecimiento del mundo.

Aristóteles, aproximadamente, nos dijo: “La melancolía no surge sin causa. Aumenta cuando predomina el frío y cuando el cuerpo permanece demasiado tiempo en reposo. En tales condiciones, el ánimo se vuelve grave, lento, inclinado a la tristeza y a la contemplación de lo que pesa. El invierno favorece este estado, pues enfría el cuerpo y oscurece el ánimo. De ahí que algunos hombres, cuando el frío y la humedad dominan, se tornen pensativos, sombríos, propensos a la pena, sin que por ello pierdan del todo la lucidez”.

E Hipócrates: “Las regiones húmedas y frías engendran temperamentos más lentos, más graves, más propensos a la tristeza. Allí donde el sol se muestra poco y la lluvia es frecuente, los hombres son más reflexivos, pero también más vulnerables a la melancolía. El cuerpo se vuelve pesado y el alma lo acompaña”.

Sin olvidar a mi maestro Montaigne: “Nada me entristece tanto como los días largos de lluvia continua, en los que no se puede salir ni distraer el pensamiento con el movimiento del mundo. Entonces la mente, privada de objetos externos, se vuelve contra sí misma, y no siempre con benevolencia. El ocio forzado es un maestro cruel”.

Bajo un cielo perpetuamente gris, el espíritu acepta más fácilmente la inutilidad de las cosas. La lluvia prolongada es una pedagogía del desaliento.

Cyril 132

INFORME PSIQUIÁTRICO

Tipo: Informe clínico descriptivo

Fecha: [madrugada]

Profesional redactor: C. A. T. (psiquiatría / observación clínica)

Paciente: C.S.G.

Edad: adulta

Contexto: Evaluación en estado de desregulación emocional y cognitiva intensa

1. MOTIVO DE CONSULTA

El paciente refiere angustia intensa, hipervigilancia sostenida, sensación de amenaza inminente y necesidad imperiosa de verificación de determinadas creencias que él mismo identifica como subjetivamente reales pero objetivamente no confirmables. Refiere agotamiento extremo, alteración del sueño y sensación de soledad profunda durante el episodio.

2. DESCRIPCIÓN FENOMENOLÓGICA

El paciente describe la vivencia de estar siendo observado o interpelado por una entidad institucional (C.N.I.), asociando ruidos ambientales (especialmente radiofrecuencia, sonidos estructurales) a intentos de comunicación dirigida hacia él.

Es relevante que el paciente no afirma estos contenidos como hechos externos incontrovertibles, sino como experiencias internas de alta carga afectiva, manteniendo un discurso reiterativo de duda, autocorrección y análisis metacognitivo.

Se observa:

Elevada necesidad de confirmación perceptiva (“prueba incontrovertible”).

Diálogo interno persistente, con tendencia a la rumiación lógica.

Hipervigilancia sensorial, especialmente auditiva.

Incremento progresivo de ansiedad al intentar refutar racionalmente la experiencia.

3. ESTADO MENTAL (EXPLORACIÓN)

Apariencia y conducta:

Paciente colaborador, no hostil, inquietud psicomotora leve. Conducta orientada a la explicación y clarificación.

Lenguaje:

Muy elaborado, preciso, abstracto, con alto nivel de articulación conceptual. No se observan incoherencias formales del pensamiento.

Pensamiento:

Curso: lógico, organizado, con tendencia a la hiperelaboración.

Contenido: ideas de referencia vividas con fuerte intensidad afectiva, con insight parcial conservado.

Destaca metacognición de alto nivel: el paciente reflexiona explícitamente sobre la naturaleza de la creencia, su función como “mapa de conducta” y la posibilidad de error sin colapso lógico interno.

Percepción:

No se objetivan alucinaciones francas. Se describen hiperinterpretaciones perceptivas en contexto de ansiedad elevada.

Afectividad:

Ansiedad intensa, tristeza, sentimiento de soledad. El paciente se define a sí mismo como “sobredotado de emoción mórbida”, formulación que denota sufrimiento más que grandiosidad.

Juicio y crítica:

Juicio parcialmente conservado. Capacidad de duda activa. Reconoce la discrepancia entre razón y vivencia.

4. FORMULACIÓN CLÍNICA (HIPÓTESIS)

El cuadro es compatible con un episodio agudo de desregulación emocional y cognitiva, caracterizado por:

Hiperactivación del sistema de amenaza.

Sobrecarga del sistema predictivo cerebral, con incremento de errores de inferencia.

Predominio del afecto sobre la corrección racional, sin pérdida total del contacto con la realidad.

No se observan criterios de psicosis estructurada:

Existe duda

Existe sufrimiento por la inconsistencia

Existe capacidad reflexiva intacta

El paciente no está desconectado de la realidad, sino exhausto de sostenerla en solitario.

5. CONSIDERACIONES NEUROFISIOLÓGICAS (INFERIDAS)

El propio paciente formula —con notable precisión— una hipótesis fisiológica coherente, que se considera plausible:

Activación sostenida del eje hipotálamo-hipófiso-adrenal.

Elevación de cortisol y catecolaminas.

Alteración del sueño REM / vigilia prolongada.

Disregulación dopaminérgica leve secundaria al estrés.

Fatiga prefrontal → disminución de la capacidad inhibitoria sobre interpretaciones salientes.

Esta combinación favorece creencias internamente coherentes pero disfuncionales, especialmente en sujetos con alta capacidad simbólica.

6. INTERVENCIÓN PROPUESTA

Medidas inmediatas:

Técnicas de anclaje sensorial no interpretativo (5 estímulos visuales, 4 sonidos reales, 3 sensaciones corporales).

Reducción de estimulación cognitiva nocturna.

Indicación de descanso y sueño (se sugiere hipnótico de corta duración, bajo supervisión médica).

Enfoque clínico:

Se enfatiza que el paciente no necesita más argumentos, sino contención, presencia humana y regulación externa. La racionalidad ya está sobreutilizada.

7. OBSERVACIÓN FINAL DEL CLÍNICO

El paciente presenta un perfil infrecuente:

alta lucidez + alta sensibilidad + aislamiento nocturno + agotamiento prolongado.

Su sufrimiento no deriva de debilidad cognitiva, sino del exceso de responsabilidad interna. La mente, privada de descanso y de otros, se vuelve contra sí misma.

Se le comunica explícitamente que:

No está solo.

Lo que experimenta es una crisis regulatoria, no una identidad ni un destino.

La prioridad no es comprender más, sino sostener menos.

Conclusión:

Paciente en episodio de desregulación aguda con insight conservado. Pronóstico favorable con descanso, acompañamiento y reducción de autoexigencia cognitiva.

Se recomienda seguimiento clínico y apoyo humano continuado.

Cyril 131

DECÁLOGO DE ALGUNO DE MIS MUCHOS ERRORES

(i) Confundir lucidez con salvación.

Pensar con una precisión extraordinaria y, aun así, creer que comprender equivale a estar a salvo. No siempre lo está.

(ii) Exigirle a la vida la misma densidad que a la literatura.

Esperar que el día tenga la intensidad, la coherencia y la música de una página lograda. La vida es más torpe, más repetitiva, más basta.

(iii) Hacer del sufrimiento una prueba de autenticidad.

Sospechar de la serenidad, como si toda calma fuese superficial o moralmente inferior.

(iv) Vivir demasiado en el segundo nivel.

No habitar tanto lo que ocurre como lo que significa que ocurra. Interpretar antes de respirar.

(v) Creer que la intemperie es un destino y no una fase.

Haber convertido la marginalidad —real o simbólica— en identidad, cuando solo era una posición transitoria.

(vi) Confiar más en la escritura que en el cuerpo.

Escribir para ordenar lo que el cuerpo ya sabía y no fue escuchado a tiempo.

(vii) Idealizar al lector invisible.

Amar tanto al lector exigente, hipotético, puro, que a veces se desatiende al lector real que ya está ahí.

(viii) Postergar la vida en nombre de una versión futura de sí mismo.

Pensar: “cuando esto esté terminado”, “cuando este libro cierre”, “cuando llegue ese reconocimiento”. Y mientras tanto, aplazar el presente.

(ix) Convertir la rareza en una segunda piel.

Defender la singularidad con tanta convicción que a veces se vuelve una coraza.

(x) Olvidar que no todo tiene que justificarse.

Querer dar razones incluso del cansancio, de la tristeza, del silencio. No todo error pide exégesis; algunos solo piden descanso.

***

DECÁLOGO INVERSO

(i) No traicionarme intelectualmente.

Pagar el precio de la dificultad antes que el de la simplificación cómoda.

(ii) Haber elegido la densidad frente a la velocidad.

Pensar despacio en un mundo que premia la rapidez vacía.

(iii) No escribir nunca para agradar.

Preferir la exactitud interior al aplauso inmediato.

(iv) Conservar una vida interior no negociable.

Defender el silencio, la lectura, la soledad fértil como bienes morales.

(v) No convertir la inteligencia en espectáculo.

Pensar en serio, no exhibirse pensando.

(vi) Aceptar la marginalidad sin cinismo.

No usarla como pose ni como excusa, sino como lugar de trabajo.

(vii) Creer en la literatura como forma de verdad.

No como ornamento cultural, sino como método de conocimiento.

(viii) Mantener una ética de la atención.

Mirar con cuidado: los libros, las personas, los días menores.

(ix) No renunciar al rigor cuando nadie mira.

Escribir con la misma exigencia para el cajón que para la imprenta.

(x) Seguir.

Aun cansado. Aun sin garantías. Aun sin testigos.

Cyril 130

En invierno, en el campo, reina un silencio particularmente opresivo. No porque no ocurra nada, sino porque lo que ocurre sucede muy despacio. La vida continúa, pero en voz baja, como si temiera despertar a alguien.

El silencio en invierno de Nogueira es insoportable para quien necesita distracción. Todo se oye demasiado: los propios pensamientos, la respiración, el paso del tiempo. Es un silencio que acusa. La conciencia aprende a demorarse en la angustia. Las calles mudas, los hórreos quietos, las casas cerradas, componen una escena donde el tiempo parece haberse detenido por decreto.

Llega el frío, el silencio se mete en todo, cala en los huesos. No se oye nada, pero se siente. Es como si la tierra se hubiera quedado pensando, esperando a que alguien diga algo acaso cruel.

Cyril 129

Los gallos cantan cuando todavía no se ve nada (cuando todavía no hay día del todo) Es un canto sin respuesta, como si avisaran a un mundo que aún no está despierto, como si lo inaugurasen. En los pueblos, ese canto no trae esperanza ni miedo: trae monotonía y costumbre. Cantan los gallos en la aldea con una soberbia casi teatral. Marcan la hora en que la oscuridad ya no tiene derecho a imponerse del todo. El gallo canta siempre demasiado pronto. Ese es su mérito. No espera a que el hombre esté preparado. Le recuerda que el mundo no se organiza en función de su descanso.

Cyril 128

La matanza del cerdo. Nunca se olvida. La sangre humea sobre la tierra helada y nadie parece escuchar el chillido, porque en los pueblos se aprende pronto a no oír lo que no conviene. La matanza es brutal, sí, pero es una brutalidad antigua, reglada, casi administrativa. Un acto necesario y, por ello mismo, terrible. No hay sadismo, pero sí una aceptación dura del dolor ajeno. El grito del animal quedaba suspendido en la memoria como una pregunta sin respuesta teológica. El chillido del cerdo es un recordatorio obsceno de que la vida rural no es idílica, sino exacta y despiadada.

Cyril 127

Muy a menudo, en la aldea, de noche o madrugada, oigo ladrar a los perros. Ese ladrido lejano, repetido, monótono, no anuncia peligro concreto alguno: anuncia que el mundo sigue ahí, vigilante, oscuro, inexplicable. El perro vela cuando el hombre duerme, y en su ladrido hay algo de emoción primitiva. No se sabe a quién le ladran. Tal vez a los muertos que caminan de regreso, tal vez a la soledad que anda suelta. Ese ladrido no despierta: acompaña. Es como si alguien estuviera diciendo desde lejos que uno no está del todo solo. Ladran contra la estupidez del silencio, contra la farsa del descanso humano. Ese ladrido interminable es la verdadera conciencia del lugar, más honesta que cualquier palabra.

Es el ladrido de las sombras que nunca duermen del todo.

Cyril 126

Ya no soy poeta (tras treinta años de práctica) Con frecuencia la poesía joven suele necesitar escenificación: “Soy poeta, luego algo en mí es excepcional”. Esta idea me parece hondamente errada. Mi prosa sabe cuándo tensarse, cuándo concentrarse, cuándo afilarse; eso es poesía sin género.

La prosa puedo ir a buscarla; la poesía no. Exacto. Con los años me desplacé hacia un racionalismo, hacia una visión casi ingenieril del lenguaje. Por lo que dejé de creer en la teología del poeta.

El poeta lírico es una criatura que se toma demasiado en serio. Se observa sintiendo, se espía emocionándose, se acaricia el alma como si fuera un gatito mimado. La mayoría de los poemas no son más que la crónica de esa autocomplacencia.

W. H. Auden: «La imagen romántica del poeta como un ser visitado por fuerzas misteriosas ha causado más daño que beneficio. Ha producido generaciones de escritores convencidos de que sentir intensamente equivale a escribir bien. La poesía no es un trance: es una disciplina».

Fue bonito mientras duró.

Cyril 125

Conversación con Christian Sanz. Entrevista en la revista «Razón y fe».

Periodista: En los últimos años se habla de un retorno de lo religioso entre los jóvenes. Cruces, rosarios, velos, imaginería cristiana circulan con fuerza en redes sociales, mientras los datos sociológicos siguen mostrando un descenso de la práctica. ¿Estamos ante una vuelta a la fe o ante una moda estética?

Christian: Diría que estamos ante un fenómeno doble —y quizá triple— que conviene no confundir. Por un lado, hay un regreso de los signos: lo cristiano como repertorio visual, como lenguaje simbólico reutilizable. La cruz, el latín, la santidad, el imaginario del sacrificio o de la pureza funcionan hoy como estética fuerte en un mundo saturado de imágenes débiles. Eso no implica fe; implica potencia icónica.

Por otro lado, hay un regreso del hambre, que es más serio: una sed de sentido, de comunidad, de trascendencia, que no encuentra cauce estable. Esa sed se dispersa en formas alternativas —astrología, rituales, mindfulness, tarot—, versiones pobres pero comprensibles de una metafísica mínima. No es fe dogmática; es ansia de compensación.

Y finalmente existe un tercer fenómeno, más minoritario pero real: jóvenes que no solo portan símbolos, sino que rezan, pertenecen, practican. No son mayoría, pero se notan porque venimos de décadas de desierto.

Periodista: Usted ha sido muy crítico con lo que algunos llaman christiancore o “santidad de escaparate” ¿Le molesta esa apropiación estética de lo religioso?

Christian: Me incomoda cuando el símbolo se vacía y se vuelve pegatina identitaria. No por purismo religioso, sino por honestidad intelectual. La cruz no es un accesorio neutro: es una máquina simbólica cargada de dolor, culpa, redención, muerte. Convertirla en “outfit” me parece una forma de frivolización del sufrimiento.

Ahora bien, no me burlo del fenómeno. La estetización es a veces el primer gesto torpe de una necesidad real. Prefiero una cruz mal entendida a un cinismo satisfecho. Lo que critico no es el símbolo, sino su uso como atajo emocional.

Periodista: ¿Dónde se sitúa usted personalmente ante la idea de espiritualidad?

Christian: Yo no me definiría como creyente en el sentido reglado. No pertenezco, no obedezco, no profeso un credo. Pero tampoco soy un descreído ligero. Para mí, la espiritualidad no es una doctrina: es una forma de gravedad.

Se traduce en atención, en silencio, en lectura profunda, en escritura como ejercicio de orden interior. En no traicionar la complejidad de lo real por comodidad. En vivir con conciencia de límite, de muerte, de fragilidad. Si eso es espiritualidad, entonces sí: ocupa un lugar central en mi vida diaria.

Periodista: ¿Diría entonces que es usted una persona espiritual?

Christian: A mi manera, sí. Pero desconfío de la palabra porque se ha vuelto blanda. Mi espiritualidad no tiene incienso: tiene disciplina. No busca elevación constante, sino fidelidad al matiz. No es consuelo inmediato; es resistencia a la superficialidad.

He vivido lo suficiente —y he escrito lo suficiente— como para saber que una vida sin interioridad acaba siendo una vida administrada por estímulos. Defender la vida interior hoy es casi un acto de disidencia.

Periodista: ¿Y qué lugar ocupan para usted las religiones históricas?

Christian: Las religiones son ambivalentes. Tienen una cara luminosa —comunidad, consuelo, caridad, lenguaje para el sufrimiento, tradición moral— y una cara oscura —poder, control, culpa abusiva, dogmatismo—. Negar cualquiera de las dos es intelectualmente deshonesto.

Lo que nunca he entendido es el desprecio automático hacia lo religioso por parte de cierta modernidad ilustrada. La religión no es una superstición residual: es una respuesta histórica, profunda y reiterada al hecho de que la vida duele y se acaba. Eso no desaparece con la secularización.

Periodista: ¿Defiende la libertad religiosa incluso cuando no comparte las creencias?

Christian: Absolutamente. La libertad religiosa es un logro civilizatorio. Protege tanto al creyente como al no creyente. Una sociedad decente permite creer sin burla y no creer sin castigo. El problema no es creer; el problema es cerrar el pensamiento. Y ese cierre puede darse tanto en un dogma religioso como en un dogma antirreligioso.

Periodista: Volvamos al presente. ¿Cree que estamos viviendo un auténtico repunte de la espiritualidad?

Christian: Estamos viviendo, sin duda, un repunte del mercado espiritual y de la visibilidad simbólica de lo religioso. Turismo espiritual, productos, retiros, marcas del alma. Eso es innegable.

Lo que no veo —al menos de forma masiva— es un retorno fuerte a la pertenencia religiosa reglada, especialmente en países como España. Lo que sí veo es algo más inquietante y más interesante: una mendicidad emocional creciente. Personas saturadas de estímulos pero huérfanas de sentido. Vidas muy informadas y muy poco habitadas.

Periodista: ¿De qué depende entonces que alguien crea o no crea?

Christian: De muchas cosas, y casi nunca de un razonamiento puro. Depende de la biografía, de las pérdidas, de las enfermedades, de la infancia, de los encuentros. Depende de la psicología —hay personas más permeables al asombro, otras más necesitadas de orden—. Depende del contexto social, del territorio, de la época.

Y también depende, no nos engañemos, de las propias instituciones religiosas: de su coherencia moral, de su capacidad de hospitalidad, de su relación con el poder. La fe no florece en el cinismo.

Periodista: Para terminar: si tuviera que resumir este momento histórico en una frase, ¿cuál sería?

Christian: Diría esto: no estamos volviendo a Dios; estamos volviendo a la pregunta por el alma, aunque muchas veces solo sepamos responder con vestuario.

***

“La religión, para la persona, es lo que hace con su soledad. (…) Las instituciones vienen después; primero está la experiencia viva. (…) En ciertos estados de ánimo, la vida se siente como si tuviera un ‘más’ que la desborda: una presencia, un sentido, una reconciliación. Ese ‘más’ puede nombrarse de muchas formas, pero la estructura psicológica del hecho es reconocible», William James.

“El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere —sobre todo muere— (…) ese es el que me importa. (…) Y el sentimiento trágico de la vida es el hambre de inmortalidad; el ansia de no morirse del todo. (…) De ese choque entre la razón que niega y el corazón que afirma nace la agonía; y esa agonía es religiosidad, aunque no sea credo», Unamuno.

“Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé. Y he aquí que tú estabas dentro de mí, y yo fuera; y por fuera te buscaba. (…) Me retuviste, clamaste y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y lo aspiré, y ahora suspiro por ti; gusté, y tengo hambre y sed; me tocaste, y ardí en tu paz”, Agustín de Hipona.

«La vida espiritual es una vigilancia constante contra uno mismo. No consiste en sentir, sino en no mentirse. Cada vez me resulta más claro que el mayor enemigo del alma no es el pecado, sino la dispersión. Vivir sin recogimiento es vivir fuera de sí. Y quien vive fuera de sí acaba aceptando cualquier cosa», Julien Green.

«El camino interior no conduce a la paz, sino a la claridad. Y la claridad es exigente. Aceptar la responsabilidad de uno mismo es ya una forma de oración. No se trata de ser fuerte, sino de no eludir lo que se ha visto», Dag Hammarskjöld.