Cornaro 110

No comas nada que tu bisabuela no reconocería como comida. Curiosa es nuestra época: Hemos aprendido a dedicar horas a ganar dinero y minutos a alimentarnos. Se han invertido las prioridades. Me parece evidente que debemos proteger las tradiciones alimentarias y devolver dignidad al acto de comer; aspectos ambos que soninseparables. El alimento no es una mercancía cualquiera; es cultura, identidad y memoria. La paradoja es clara: nunca hubo tanta información nutricional disponible y, sin embargo, buena parte de la población desconoce cómo cocinar un puñado de legumbres o preparar un caldo sencillo.

Nada mejor que un buen bacalao. Ah aquel bacalao que tenía un sabor característico y profundo, que se dilataba en la boca, y era pez viajero, el pez de los caminos, que subía a las villas del interior en los carros de los arrieros, salado y tieso como una tabla, y que en las cocinas recobra, al remojo, la carne viva y lascas nacaradas. Admite el ajo, el pimentón, las uvas pasas, las nueces, el aceite de oliva a raudales, la cebolla. Y eso por no hablar del aparentemente elemental «pa amb tomàquet «; ello exige una liturgia: el tomate debe ser maduro, pero de colgar, que es el único que conserva la pulpa en sazón… El pan, de payés, tostado a la brasa o sobre el fuego directo. Frotar el ajo. Luego el tomate, restregado con furia hasta que la pulpa quede incrustada en los poros del pan. Un hilo de aceite, un pellizco de sal. Y voilà….

La cocina del arroz es, generalmente, una cocina de reloj. El arroz exige una atención constante, una vigilancia activa, una mirada continua. El procedimiento es muy sencillo: se trata de hacer un buen sofrito, de poner el agua —o el caldo— en la proporción exacta (calculando más bien de más que de menos, para que el resultado sea un arroz caldoso, que es la forma más agradable y digestiva de comerlo), de echar el arroz en el momento en que el líquido hierve y de estar atento al tiempo que debe permanecer al fuego. Un arroz pasado es un arroz comestible, pero carente de cualquier interés. Esto conspira contra la moda ultraprocesada. Tipo de alimento que secuestra el paladar a través de la combinación infernal de grasa, sal y azúcar.

Carlo Petrini, lleva décadas advirtiendo que este desprecio por el tiempo destruye nuestra cultura y nuestra salud. En su obra fundamental «Bueno, limpio y justo, Petrini escribe: «Una cultura que pierde el sentido del gusto, que confunde la velocidad con el progreso, que acepta la estandarización del alimento como una fatalidad inevitable, es una cultura que se encamina hacia su propia extinción sensorial. Hemos esclavizado el tiempo y, al hacerlo, nos hemos convertido en esclavos de la prisa, incluso a la hora de sentarnos a la mesa».

Wendell Berry: «Los ciudadanos de la era industrial ya no saben lo que comen. El consumidor medio es un ignorante pacífico, un receptor pasivo, cuyo único papel es abrir la boca y tragar. Comer se ha convertido en un acto de pura abstracción, desconectado de la tierra, de los animales y del trabajo humano. Alguien compra comida procesada en un paquete y cree que la comida viene de la fábrica. Eso es el fin de la libertad».

Cornaro 109

Frater Aelredus de Rupibus Nigricantibus (c. 1090-1158), monje benedictino del priorato de San Miguel de las Rocas Negras, situado —según una crónica igualmente perdida— en una garganta boscosa junto al curso alto del río Sûre, entre la actual Luxemburgo y las Ardenas.

Patrologia Latina, vol. CCXVII, col. 1347:

«Mundus onus est et ego eius addictus servus. Quotidie ad eandem rotam redigo, et quotidie magis frangor. Nihil iam cupio nisi discedere. Non sustineo amplius vel momentum unum huius morae. Dies ipsi graviores fiunt quam lapides molendini. Si Dominus aperiret hodie portam silentii, nudis pedibus et sine respicientia intrarem. Non odio creaturae, sed lassitudine peregrinationis. Nam terra tota mihi videtur diversorium fumosum viatorum aegrotantium».

«El mundo es una carga y yo soy su siervo adicto. Cada día vuelvo a la misma rueda, y cada día me quiebro un poco más. Ya no deseo nada salvo partir. No soporto ni un instante más esta demora. Los días se vuelven más pesados que las piedras del molino. Si el Señor abriera hoy la puerta del silencio, entraría descalzo y sin volver la vista atrás. No por odio a la creación, sino por cansancio del viaje. Toda la tierra me parece una posada humeante llena de viajeros enfermos».

***

Ernest Dowson, de vida autodestructiva, no se suicidó técnicamente (murió joven tras años de alcoholismo y deterioro), pero es una de las voces más próximas al sentimiento de agotamiento del mundo. En su poema «Vitae Summa Brevis Spem Nos Vetat Incohare Longam» (1896) escribió:

They are not long, the days of wine and roses:
Out of a misty dream
Our path emerges for a while, then closes
Within a dream.

«No duran mucho los días de vino y rosas:
de un sueño nebuloso
nuestro camino emerge por un instante,
y luego vuelve a cerrarse
dentro de un sueño».

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James Thomson, poeta escocés del siglo XIX, autor de «The City of Dreadful Night». Allí describe una ciudad metafísica donde la esperanza ha muerto y donde los hombres continúan viviendo por pura inercia. Su obra entera parece escrita desde la convicción de que la existencia es una larga fatiga.

«La luz sigue brillando sobre las calles, pero ya no ilumina nada. Los hombres caminan, hablan y comercian; sin embargo, todos parecen haber olvidado por qué continúan haciéndolo. La vida prosigue por costumbre, no por esperanza».

Cornaro 108

Disculpen lo obsesivo, lo muy quejica y llorica. La ciudad, los medios, emiten su radiación de diarrea concreta y abstracta. No puedo más.

Domingo. Calor. Hojeo sin interés alguno los montones de libros comprados: por ejemplo dos tomos de las obras completas de Azorín en Aguilar -siguen siendo una de las grandes gangas bibliográficas españolas. Encuadernación en piel flexible color burdeos o verde oscuro. Hierros dorados en lomo y planos. Papel biblia. Entre 1.500 y 2.000 páginas por volumen. Formato octavo mayor. Leo una página, media página, un párrafo, y soy derrotado.

Los movimientos anímicos son muy gravosos. Océano de dolores y sufrimientos. El sufrimiento aumenta cuando te vigilas constantemente a ti mismo. Cuanto más intentas obligarte a estar bien, más te angustias por no conseguirlo. En lugar de combatir cada emoción, debes soportar cierta cuota de oscuridad sin convertirla en el centro absoluto de la conciencia. Gravedad interior que vuelve costa arriba las cosas que se aman.

Samuel Johnson, que sufrió episodios depresivos severos durante toda su vida, hablaba de una lucha continua contra los pensamientos oscuros. Sus contemporáneos observaron que se imponía ocupaciones incesantes, caminatas obsesivas, lecturas interminables, porque detenerse significaba exponerse a la presión de sus propios pensamientos. Incluso llegó a contemplar el suicidio en algunos momentos.

Cornaro 107

«Para la persona que está bajo la campana de cristal, vacía y congelada como un bebé muerto, el mundo mismo es un mal sueño», Sylvia Plath.

«Me sentía muy quieta y vacía, tal como debe sentirse el ojo de un tornado, moviéndose pesadamente en el centro de la conmoción que lo rodea. No hay nada más agotador que la pereza mental; el no poder ordenar tus pensamientos, el no poder escribir, el sentirte excluida de todo lo demás. Y vi mi vida abriéndose ante mí como las ramas verdes de la higuera… Una rama era un marido y un hogar feliz e hijos, y otra rama era un poeta famoso, y otra era un brillante profesor. Quería cada una de ellas, pero elegir una significaba perder todas las demás, y, mientras estaba allí sentada, incapaz de decidirme, las ramas empezaron a arrugarse y a volverse negras, y, una a una, cayeron al suelo a mis pies», Plath.

«Disfruto casi de todo. Sin embargo, tengo algún buscador incansable dentro de mí ¿Por qué no hay un descubrimiento en la vida? ¿Algo que uno pueda tocar con las manos y decir ‘esto es’? Mi depresión es una sensación de acoso. Estoy buscando: pero eso no es todo, eso no es todo. ¿Qué es? ¿Y moriré antes de encontrarlo?», Virginia Woolf.

«Estoy constantemente tratando de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable, de hablar sobre algo que solo siento en mis huesos y que solo puede ser experimentado en esos huesos. Básicamente, no es más que este miedo del que hemos hablado tan a menudo, pero el miedo se extiende a todo, miedo de lo más grande como de lo más pequeño, miedo, parálisis, miedo de pronunciar una palabra», Kafka.

«La persona llamada “psicóticamente deprimida” que intenta suicidarse no lo hace por “desesperanza” o por alguna convicción abstracta de que los bienes y los débitos de la vida no cuadran. Y seguramente no porque la muerte parezca repentinamente atractiva. La persona en quien Su agonía invisible alcanza un cierto nivel insoportable se suicidará de la misma manera que una persona atrapada eventualmente saltará desde la ventana de un rascacielos en llamas. No se equivoque acerca de las personas que saltan desde ventanas en llamas. Su terror a caer desde una gran altura sigue siendo tan grande como lo sería para ti o para mí, de pie especulativamente frente a la misma ventana, contemplando la vista; es decir, el miedo a caer sigue siendo una constante. La variable aquí es el otro terror, las llamas del fuego: cuando las llamas se acercan lo suficiente, caer hasta morir se convierte en el un poco menos terrible de dos terrores. No es desear la caída; es el terror de las llamas. Y, sin embargo, nadie que esté en la acera, mirando hacia arriba y gritando “¡No lo hagas!” y “¡Espera!”, puede entender el salto. No precisamente. Tendrías que haber estado atrapado personalmente y haber sentido las llamas para comprender realmente un terror que va mucho más allá de la caída”, Forster Wallace.

«Los sentimientos que más duelen, las emociones que más pican, son aquellas que son absurdas: el anhelo por lo imposible, precisamente porque es imposible; la nostalgia por lo que nunca fue; el deseo de lo que podría haber sido; el arrepentimiento por no ser otra persona; la insatisfacción con la existencia del mundo. Todos estos medios tonos de la conciencia del alma crean en nosotros un paisaje doloroso, un ocaso eterno de lo que somos», Fernando Pessoa.

«Lo peor es preguntarse cómo encontrarás la fuerza mañana para seguir haciendo lo que hiciste hoy y has estado haciendo durante demasiado tiempo, dónde encontrarás la fuerza para toda esa tonta carrera, esos proyectos que no llevan a nada, esos intentos de escapar de la necesidad aplastante, que siempre fracasan y solo sirven para convencerte una vez más de que el destino es implacable, que cada noche te encontrará abatido, aplastado por el miedo a más y más mañanas sórdidas e inseguras. Y tal vez sea la traicionera vejez que se acerca, amenazando lo peor. No queda mucha música dentro de nosotros para que la vida baile. Nuestra juventud se ha ido a los confines de la tierra para morir en el silencio de la verdad. Y ¿a dónde, te pregunto, puede escapar un hombre, cuando no le queda suficiente locura dentro? La verdad es una agonía de muerte sin fin. La verdad es la muerte. Tienes que elegir: muerte o mentiras. Nunca he podido suicidarme”, Louis-Ferdinand Céline.

“…Te doy el mausoleo de toda esperanza y deseo… Te lo doy no para que recuerdes el tiempo, sino para que puedas olvidarlo de vez en cuando por un momento y no gastes todo tu aliento tratando de conquistarlo. Porque ninguna batalla se gana, dijo. Ni siquiera se libran. El campo solo revela al hombre su propia locura y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos y tontos”, William Faulkner.

«Sí, de repente lo vi claro: la mayoría de la gente se engaña a sí misma con un par de creencias: creen en la memoria eterna (de personas, cosas, hechos, naciones) y en la posibilidad de reparación (de hechos, errores, pecados, injusticias). Ambas son falsas creencias. En realidad, lo contrario es cierto: todo será olvidado y nada será reparado. La tarea de obtener reparación (por venganza o por perdón) será asumida por el olvido. Nadie reparará las injusticias que se han cometido, pero todas las injusticias serán olvidadas», Kundera.

Cornaro 106

Niccolò Ziani fue un mercader veneciano de finales del siglo XV que se quebrantó la salud negociando seda y especias con los turcos. A cambio, reunió una fortuna en oro macizo, esmeraldas, perlas y letras de cambio. El viejo desconfiaba de los usureros de la Plaza de San Marcos y, todavía más, de sus tres hijos; sabía de sobra que lo que a él le había costado décadas amasar, ellos lo dilapidarían en un tris.

Por eso se llevó parte de la riqueza a un bosque de hayas, allá donde Treviso empieza a empinarse buscando las estribaciones de los Alpes. No dejó mapas ni confesó el secreto a nadie. En su lugar, escribió un pequeño cuaderno dedicado a sus viajes y observaciones comerciales que todo el mundo tomó por unas curiosas memorias de mercader.

Hubo que esperar mucho tiempo para que alguien sospechara de aquellas páginas. Las cifras de los sacos repetían patrones extraños y los nombres de las islas griegas formaban frases sin sentido comercial. Hoy ya no hay duda: el libro era, en realidad, la clave para localizar el tesoro.

Cornaro 105

En el «Pro instaurandis scholis» (297 d.C.), dedicado a Constancio Cloro, el emperador es descrito como protector providencial de la civilización. Eumenio sostiene que allí donde aparece el emperador florecen las ciudades, regresan las artes, renace la educación y se restauran las costumbres. La paz misma parece acompañar sus pasos. Las escuelas no se reconstruyen gracias al dinero, sino gracias a la virtud imperial que inspira toda prosperidad. El gobernante es presentado como una fuerza fecundadora que devuelve la vida a provincias enteras.

Los discursos dedicados a Constantino I contienen algunas de las exageraciones más espectaculares de la Antigüedad tardía. Un pasaje afirma: «Te iubente vincimus, te duce vincimus», «Por tu mandato vencemos; bajo tu guia vencemos».

Aunque no pertenece estrictamente a los Panegyrici Latini, Claudiano es uno de los mayores panegiristas de Roma. En sus poemas sobre el general Estilicón lo presenta como el último sostén del mundo civilizado.

P.S. Recordemos por último a La Rochefoucauld. Aunque murió antes de la plenitud de su reinado, su análisis del amor propio parece escrito para explicar a Luis XIV. «L’amour-propre est le plus grand de tous les flatteurs», «El amor propio es el mayor de todos los aduladores».

Gran artículo Sra. Vallejo.

Cornaro 104

«Es cosa digna de gran compasión observar al hombre entregado a las letras cuando es asaltado por este negro humor del abatimiento. Despierta en su alma un vivísimo deseo de acudir a sus libros, como quien busca la fuente de agua clara en medio de la sed; abre los volúmenes, dispone sus papeles y se sienta con la firme determinación de leer y escudriñar los misterios del saber. Mas, ¡ay!, apenas sus ojos se posan sobre los caracteres impresos, una niebla densa y fría, nacida de los vapores de la bilis negra, asciende hasta el alcázar de su cerebro. Los ojos se le vuelven pesados y fijos; las letras danzan ante su vista como sombras confusas y, aunque sus manos sostienen la página con desespero, el entendimiento permanece sellado. Quiere avanzar en la lectura, mas se descubre leyendo una y otra vez la misma línea sin aprehender su sentido, pues la memoria flaquea y el ánimo, sepultado bajo el peso de un plomo invisible, se cansa al primer paso. El melancólico se duele entonces doblemente: por la tristeza que lo embarga y por ver convertido su mayor deleite, que es el libro, en un espejo de su propia impotencia y mudez», Lemnio, Levino (2019). De los milagros ocultos de la naturaleza (Edición y estudio de J. Martínez). Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) (Original publicado en latín en 1559 como De habitu et constitutione corporis)

«Ningún dolor es comparable al del estudioso que, amando la sabiduría por encima de todas las cosas de la tierra, se ve privado de su uso por la tiranía de este abatimiento. Se acerca a su biblioteca, que antes era su paraíso y su refugio, con el ansia de perderse en la lectura; mas encuentra las puertas del templo cerradas para su mente. Sostiene el libro, pasa las hojas con dedos trémulos, pero su atención vuela dispersa, arrastrada por mil pensamientos fúnebres y sospechas vanas. Intenta fijar la mente en un poema, en una crónica o en una sutil filosofía, pero el entendimiento está embotado, seco, estéril como el desierto. Siente un querer ardiente por saber, un remordimiento punzante por el tiempo que se escapa, pero la voluntad está rota. El libro permanece abierto sobre la mesa como un reproche mudo; el desdichado fija la mirada en el papel durante horas enteras, sin leer una sola palabra, atrapado en un letargo del que no puede despertar, suspirando por una claridad mental que la bilis negra le niega», Burton, Robert (2002). Anatomía de la melancolía (3 Volúmenes). Traducción y edición excelente de J. M. Álvarez Flórez. Madrid: Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN). (El pasaje específico pertenece a la Primera Partición, Sección 2, Miembro 3: «La melancolía de los estudiosos»)

Cornaro 103

«Consideré con lágrimas de qué está hecho el hombre: engendrado en el ardor de la lujuria, en el fetiche de la carne y en la inmundicia de la sangre; concebido en la culpa, nacido para el dolor, viviendo en el temor y muriendo en la angustia. […] Formado sanamente de la tierra, concebido en la culpa, nacido para el dolor, vuelve depravadas las cosas no sólo por sus costumbres, sino también por sus obras, convirtiéndose en ceniza, alimento de fuego y pasto de los gusanos», Inocencio.III. De contemptu mundi sive de miseria conditionis humanae (Libro II, cap. 9). En: Migne, J.-P. (Ed.), Patrologia Latina, vol. 217, col. 741.

«¿Qué hará la humana fragilidad ante esto? ¿Qué camino tomará si no es huir hacia el abismo de la misericordia, la cual sostiene nuestras almas afligidas y nos levanta en medio del desaliento?» Gerson, J. De mystica theologia practica. En: Glorieux, P. (Ed.), Jean Gerson: Œuvres complètes, vol. III, p. 257 (Tournai: Desclée, 1960)

«Cuando este humor melancólico se asienta y enseñorea en el alcázar del cerebro, extingue al punto la claridad de los espíritus animales y sume a la mente en una niebla espesísima. Es entonces cuando el horizonte del alma se estrecha y oscurece de tal suerte que el hombre no alcanza a divisar salida ninguna a sus cuitas; las cosas que antes le pluguieron muéstransele ahora pavorosas, y el entendimiento, antes libre y veloz para remontar el vuelo, queda como atado con recias cadenas a un pensamiento único, triste y plúmbeo, del cual no puede apartarse por más que el ánimo lo intente», Lemnius, Levinus. De habitu et constitutione corporis, quam Graeci krasin, triviales complexionem vocant, libri duo, Amberes: Apud Guilielmum Simonem, 1561.

«El melancólico es como un hombre metido en una fosa profunda y angosta, donde no entra rayo de sol alguno. Esta frialdad de la bilis negra congela el ardor del espíritu; el alma pierde toda su osadía y aquella natural agilidad que la empujaba a contemplar las cosas celestes y terrenas. Cérranse los caminos del ingenio, y la imaginación, herida por tan espeso humo, no engendra sino figuras monstruosas y desoladas. Siente el cuitado una pesadumbre tal en el pecho que le parece llevar a cuestas el peso de todo el mundo, quedando el espíritu enteramente baldado, sin fuerzas para desear el mañana ni para concebir que su miseria pueda tener fin», Du Laurens, André. Discours des maladies melancholiques, des impressions des deux yeux, et de la vieillesse. París: Chez Iamet Mettayer.

«Esta condición altera de tal modo las acciones del alma que el entendimiento queda privado de su luz natural, y la voluntad, despojada de todo consuelo. El espíritu, que por su propia naturaleza es libre, ligero y capaz de discurrir por la inmensidad del universo, se ve de pronto confinado a los rincones más oscuros del corazón. Es un cautiverio del cual el hombre no sabe cómo escapar, pues el horizonte de su mente se ha vuelto tan angosto que no ve más allá de su propia desdicha. Toda delicia le es amarga, toda acción le fatiga, y el tiempo mismo parece detenerse, pesando sobre el alma como una losa de mármol que sepulta todo pensamiento de alegría», Bright, Timothy. A Treatise of Melancholie: Containing the causes thereof, & reasons of the strange effects it worketh in our minds and bodies. Londres: Thomas Vautrollier, 1586.

«¿Qué es lo que te aflige, qué es lo que te abate y te consume en esta tristeza? Dices que son los males públicos, la ruina de tu patria, las guerras y los tumultos que te rodean. ¡Engaño de la mente! Es tu propia flaqueza la que te oprime, no la condición de los tiempos. Buscas la soledad y huyes de las ciudades, creyendo que con cambiar de lugar mudarás también el estado de tu alma. Pero te equivocas miserablemente: la melancolía y el dolor van contigo en la grupa del caballo, navegan contigo en el navío y se asientan a tu lado en el retiro más escondido. Llevas el enemigo en tu propio pecho. Como el enfermo febril que se revuelve en la cama creyendo encontrar alivio en el lado izquierdo que antes buscaba en el derecho, y no halla descanso alguno porque la causa de su ardor no está en las sábanas, sino en la sangre corrompida de sus venas; del mismo modo te sucede a ti, que arrastras por doquier la herida secreta de tu espíritu. Ese abatimiento que llamas compasión por el mundo no es sino el humo de tu propia debilidad, que nubla el entendimiento y extingue la luz de la razón. Nos quejamos del destino y del estado de las cosas, cuando la verdadera tiranía la ejerce la Opinión sobre nuestra alma, subyugando al Juicio y arrastrándonos a un pozo de perpetua queja y desánimo. Despierta, pues, y comprende que la verdadera paz no se encuentra fuera de ti, sino sometiendo esas pasiones que te gobiernan y visten al mundo con el luto de tu propia melancolía», Lipsio, Justo (2000). Tratado de la Constancia (Edición facsímil de la traducción de Juan Bautista de Mesa de 1616). Madrid: Fundación de Castro.

Cornaro 102

«El dandismo no es amor apasionado por el traje, como creen algunos jóvenes necios. Es, sobre todo, una ardiente necesidad de hacerse una originalidad, contenida dentro de los límites exteriores de las conveniencias. […] El dandismo es el último destello de heroísmo en las decadencias», Charles Baudelaire, «El pintor de la vida moderna».

***

Soy un ave solitaria en un tejado, como un cuervo nocturno que grazna para un rebaño bien pequeño de elegidos por la soledad, igual a un solitario que habla en las tinieblas, en el fondo de un desierto donde no vendrán a escucharme más que aquellos que se han alejado de todos los caminos de la multitud.

Pero soy, no engañemos, poco fascinantemente heterodoxo.

Cornaro 101

La primavera se asienta ahora sin estrépito. Empieza a aparecer como ya hecha. Los bancales amanecen cubiertos de una claridad nueva, y el aire parece lavado y lustroso durante la noche. Los pájaros no cantan: derraman enfervorecidos la mañana sobre los campos y el alba de la ciudad. La primavera catalana tiene algo de milagro doméstico. No es una explosión tropical. Es una aparición lenta. Los árboles se despiertan como personas que han dormido mucho. La noche florece.

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Y, pese al bucolismo, se acrecienta mi adicción a ansiolíticos y barbitúricos. Llega un punto en el que ya no tomas la pastilla para sentirte mejor o para ser feliz, la tomas única y exclusivamente para no temblar, para evitar el síndrome de abstinencia, para poder soportar el mero hecho de existir. Es una muerte en vida. Los frascos de pastillas en la mesilla de noche se convierten en tus amuletos y en tus verdugos. Te dicen que te ayudarán a calmar los nervios, a dormir en paz, pero lo que hacen es robarte tu identidad poco a poco. Te despiertas cada mañana en una niebla espesa, con la cabeza pesada, y tu único pensamiento coherente es cuándo será la próxima dosis. Es una adicción silenciosa, vergonzosa y profundamente solitaria. Cuando estás atrapado en las redes de los tranquilizantes, descubres que el abismo no está afuera, sino dentro de ti, y que la química solo logra hacerlo más profundo.