Cyril 114

Nada hay más presuntuoso que aquel que, habiendo aprendido unas pocas palabras elementales, cree dominar todas las cosas. Estos tales hablan de todo con idéntica ligereza, y cuanto menos saben, con mayor vehemencia sentencian. Exacto, tertuliano o todólogo, pura «stultitia locuaz».

Vivimos una inflación de opiniones y una deflación de conocimiento. La democracia del ruido no distingue entre el que sabe y el que simplemente reacciona. Definición perfecta del ecosistema tertuliano.

El conocimiento científico procede por demostración; la opinión, en cambio, procede sin necesidad. Por eso la ciencia engendra certeza, mientras que la opinión solo engendra persuasión para incautos. Es un error mayor creer que se sabe cuando solo se cree. Nada hay más arrogante que la ignorancia satisfecha. Roma ya conocía al contertulio de sobremesa… y de foro. Cicerón, «Tusculanae Disputationes»: «Muchos hablan con gran seguridad sobre cosas que jamás han examinado. Confunden la costumbre de oír con la capacidad de juzgar. Así, lo que se repite se vuelve creíble, y lo creíble se toma por verdadero».

Los todólogos hablan sin haber pagado el precio del estudio, de la duda, del error lento. Es el fast-thinking convertido en espectáculo. El tertuliano expropia: habla como si ya no hiciera falta el experto. El experto estorba; el tertuliano fluye. No necesita tener razón; necesita no quedarse callado. El silencio —que para cualquier persona razonable es método— para él es muerte mediática. Es un ignorante funcional. Sabe hablar, sabe activar fórmulas, sabe entonar autoridad. Ha aprendido el acento del saber, no su gramática. Por eso puede saltar sin rubor de la virología a la geopolítica, de la mecánica cuántica a la educación infantil, de la genética del trigo a la ingeniería de caminos: no porque crea que todo sea igual, sino porque todo le sirve igual. Ocupa el hueco que deja el especialista cuando el medio decide que el rigor es lento, caro o antipático.

Cyril 113

Recuerdo la tesis de Nicholas Carr sobre que Internet no nos vuelve estúpidos, pero sí nos vuelve impacientes. Reconfigura nuestro cerebro para procesar información de manera rápida y superficial. Cuanto más usamos la Red, más difícil se vuelve concentrarnos, leer de forma profunda o sostener una idea compleja sin distracciones.

Estamos cada vez más conectados y cada vez más solos. Las redes prometen compañía sin las exigencias de la intimidad. Ofrecen la ilusión de relación sin vulnerabilidad. Pero la conversación real —lenta, incómoda, imprevisible— es insustituible, y estamos perdiendo la capacidad de sostenerla.

Vivimos rodeados de dispositivos diseñados para interrumpirnos. Defender la atención hoy es un acto moral. Es la defensa de la posibilidad misma de una vida interior. La incapacidad para la contemplación es una de las enfermedades fundamentales de la época moderna. El hombre que no puede demorarse, que no puede permanecer atento sin un estímulo inmediato, se vuelve incapaz de comprender la realidad en su profundidad. La distracción permanente no es ocio: es una forma refinada de esclavitud.

Las relaciones digitales son fáciles de establecer y fáciles de abandonar. No requieren compromiso ni paciencia. Precisamente por eso educan en la fragilidad emocional. Acostumbran a conexiones reversibles, a vínculos sin peso. La soledad contemporánea no es ausencia de contacto, sino ausencia de profundidad.

Hemos entregado a los adolescentes un dispositivo que altera el sueño, fragmenta la atención y amplifica la comparación social constante, y luego nos sorprendemos de que aumenten la ansiedad y la depresión. No es una crisis individual: es un experimento social a gran escala cuyos efectos apenas empezamos a comprender.

NOTA BENE: Media de tiempo en redes: 4,8 horas al día en adolescentes estadounidenses (Gallup, datos citados en 2023). Eso equivale a ~33,6 horas/semana y a ~73 días completos al año dedicados solo a redes sociales. A nivel global, el “usuario típico” pasa ~2 h 21 min al día en redes sociales (GWI / DataReportal, 2025). Eso son ~36 días completos al año.

Cyril 112

(Leer II)

Peter Handke

«Cuando no leo, el mundo se vuelve opaco. Los objetos pierden contorno. Leer no me aleja de las cosas: me las devuelve. Después de una buena lectura, una calle, una mesa, una tarde adquieren una nitidez que antes no tenían».

Fernando Pessoa

«Leo como quien se disuelve. El libro me ofrece una conciencia suplementaria, un modo de sentir que no es el mío y, sin embargo, me pertenece mientras leo. No busco en los libros una doctrina, sino una forma alternativa de estar cansado».

Witold Gombrowicz

«La lectura obligatoria mata el libro. Cuando un texto se vuelve respetable, deja de ser legible. Leo para discutir, para burlarme, para resistirme. El lector demasiado respetuoso no lee: se arrodilla».

Sándor Márai

«Con los años he aprendido a leer más despacio y menos libros. Antes quería absorber; ahora quiero acompañar. Un libro leído en el momento justo vale más que cien leídos a destiempo».

Natalia Ginzburg

«Leo sin pensar que estoy haciendo algo importante. Tal vez por eso algunos libros me han marcado para siempre. La lectura solemne me deja indiferente; la lectura distraída, a veces, me transforma».

Julien Green

«Leer es entrar en una habitación cerrada al ruido. No importa lo que el libro diga: importa el silencio que lo rodea. En ese silencio, el alma se ordena sin darse cuenta».

E. M. Cioran

«He leído demasiado y, sin embargo, no podría dejar de leer. Los libros no nos salvan: nos contaminan. Pero esa contaminación es preferible a la higiene del espíritu. Leer es aceptar una fiebre lenta».

Christian Bobin

«Leer es prestar atención a lo frágil. Un libro no grita: espera. El lector verdadero no conquista el texto; se inclina sobre él».

Alejandra Pizarnik

«Leo para no caer del todo. El libro no me sostiene, pero me da algo a lo que agarrarme mientras dura la caída. Leer es una forma de aplazar el silencio».

Cyril 111

(Leer I)

Jules Renard

«Hay días en que no puedo escribir ni pensar. Entonces leo. Leer es una forma modesta de seguir vivo intelectualmente cuando todo lo demás falla. Un libro no exige energía creadora: basta con una atención mínima. Por eso la lectura es un refugio honesto para los días pobres».

Amiel

«Leo para hacer habitable el tiempo. Sin libros, las horas pesan; con ellos, se distribuyen. La lectura no me eleva ni me distrae: me sostiene. No me saca del mundo, me permite permanecer en él sin fatiga excesiva».

Franz Kafka

«Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Si al leer no sentimos un golpe, una sacudida, una herida leve, entonces ese libro no era necesario. No se lee para pasar el tiempo, sino para que algo pase en uno».

Elias Canetti

«La lectura exige una lentitud que el mundo ya no concede. Quien no sabe demorarse en una página no leerá jamás, solo recorrerá textos. Leer es un acto de concentración voluntaria en una época que premia la dispersión».

Cesare Pavese

«Se lee siempre a solas, incluso cuando se está rodeado de gente. El libro no elimina la soledad: la ordena. Por eso la lectura no consuela del todo, pero aclara. Leer es aceptar una forma lúcida de estar solo».

André Gide

«No leo para confirmarme, sino para inquietarme. El libro que me da la razón no me sirve; el que me obliga a dudar, sí. Leer es exponerse a una voz que no piensa como yo. Todo lo demás es consumo de páginas».

Virginia Woolf

«Leer no es obedecer un método, sino seguir una curiosidad. El lector verdaderamente libre entra y sale de los libros sin pedir permiso. Lee mal, lee tarde, lee a destiempo, pero lee con vida. Y esa vida vale más que cualquier programa».

Robert Walser

«Me gustan los libros que no quieren nada de mí. Leo sin esperar transformación ni grandeza. Un libro leído así es como un paseo breve: no lleva a ningún sitio, pero mejora el ánimo».

Georges Perros

«Leo como escribo: a saltos. Una frase basta para un día entero. El resto puede esperar. No me interesa terminar libros, sino quedarme con algo que me acompañe».

Cyril 110

(A una muchacha del Tik Tok)

Era bella de una manera oblicua, como si su hermosura hubiese sido colocada por un demiurgo caprichoso. Hermosa como una onda rumorosa de luz, delicada como sol de paja entre los encinares. No había simetría perfecta, sino un ligero desajuste que volvía inolvidable cada uno de sus gestos, esa ligerísima imperfección que excita, que atrae eróticamente. Su andar parecía una frase escrita con puntuación algo azarosa: pausas inesperadas, énfasis súbitos, un ritmo que no se dejaba anticipar. Un deambular de mar donde se bañan leopardos. La belleza de aquella muchacha no residía solo en su forma, sino en su movimiento, en sus bailes tras la pantalla, en la forma en que el tiempo (o el universo) parecen acomodarse a su paso.

Su hermosura no buscaba únicamente impactar, sino imponerse silenciosamente, como una evidencia incómoda. Se la miraba con una mezcla de admiración y cansancio, como se mira una verdad demasiado profunda. Quien se detiene a mirarla siente que algo en su interior comienza a desplazarse a las alturas.

Una estrella mojada sobre la hierba piadosa.

Senos con volumen de mediana tortuga.

Columnas con frisos donde golpean violines dorados.

Cyril 109

Umberto Eco

«La cultura de masas no debe juzgarse con los criterios de la alta cultura tradicional. No es una degradación de ésta, sino un sistema distinto, con otras funciones y otros lenguajes. La cultura de masas permite una alfabetización simbólica mínima: enseña a millones a decodificar relatos, imágenes, estereotipos. No produce genios, pero crea competencia interpretativa. El peligro no está en la cultura de masas, sino en la ausencia de educación crítica que permita usarla con inteligencia».

Richard Hoggart

«La cultura popular no es un desierto moral ni intelectual. Contiene códigos, ironías, resistencias que los observadores externos no siempre perciben. Muchas críticas a la cultura de masas proyectan nostalgias elitistas. El público no es pasivo por naturaleza. Interpreta, adapta, filtra. Incluso los productos más comerciales pueden ser usados de maneras no previstas por sus productores. La recepción es un acto creativo».

Susan Sontag

«La distinción rígida entre alta cultura y cultura popular es una forma de empobrecimiento de la experiencia. La sensibilidad moderna es necesariamente ecléctica. El gusto por lo popular no implica renunciar a la inteligencia. Muchas formas de la cultura de masas producen placer estético genuino, ironía, juego formal. El error no es disfrutar de ellas, sino exigirles lo que no prometen o negarles lo que sí ofrecen».

Stuart Hall

«La cultura popular es uno de los terrenos donde se libra la lucha por el sentido. No es un simple instrumento de dominación, sino un campo de fuerzas contradictorias. Los productos de la cultura de masas pueden reproducir ideologías dominantes, pero también pueden ser resignificados. La hegemonía nunca es total. La cultura popular es ambigua, inestable, conflictiva: precisamente por eso es políticamente relevante».

***

Harold Bloom

«La cultura de masas es esencialmente amnésica. Vive del presente inmediato y desconfía del pasado porque el pasado exige comparación, jerarquía y juicio. La alta cultura es una conversación entre los vivos y los muertos. No puede reducirse a entretenimiento sin perder su razón de ser. Leer con dificultad, releer, disentir, aburrirse incluso: todo eso forma parte de la educación estética. El placer inmediato es el enemigo más eficaz de la grandeza literaria».

George Steiner

«La alta cultura presupone silencio, soledad y esfuerzo. La cultura de masas, ruido, simultaneidad y distracción permanente. No es una diferencia de contenidos, sino de condiciones mentales. Leer a Homero, a Dante o a Proust exige una retirada del mundo inmediato. La cultura de masas, por el contrario, coloniza cada segundo libre. No deja espacio para la dificultad ni para el fracaso. Y sin fracaso, no hay aprendizaje cultural, solo consumo».

Hannah Arendt

«La cultura de masas no es una cultura popular auténtica, sino una cultura fabricada para el consumo rápido. Las obras dejan de ser objetos durables y se convierten en mercancías perecederas. La alta cultura pertenece a un mundo en el que las cosas están hechas para permanecer y ser juzgadas con el tiempo. Cuando la lógica del entretenimiento invade la esfera cultural, el juicio se sustituye por la reacción. El problema no es que la masa acceda a la cultura, sino que la cultura sea transformada para no exigir nada a nadie».

Cyril 108

Hannah Arendt

«La cultura pertenece al mundo de lo durable, no al de lo utilitario. Las obras culturales existen para permanecer, no para ser consumidas. Cuando la civilización trata la cultura como entretenimiento, la degrada. La alta cultura es una escuela de juicio, no un espectáculo. Su función no es agradar, sino formar criterios capaces de resistir la presión de lo inmediato. Sin esta resistencia, la civilización se vuelve frágil, manipulable, infantil».

Matthew Arnold

«La cultura es el estudio de la perfección, y la perfección consiste en ver las cosas tal como son. Una civilización que desprecia este esfuerzo cae inevitablemente en la vulgaridad satisfecha. La alta cultura no es elitismo social, sino exigencia intelectual y moral. No se opone al progreso, sino a la grosería del progreso sin pensamiento. Allí donde la civilización se enorgullece de su potencia, pero desprecia la reflexión, la barbarie adopta formas respetables».

George Steiner

«La civilización occidental ha demostrado que es posible producir música sublime por la mañana y administrar campos de exterminio por la tarde. Esto no invalida la alta cultura: la vuelve trágica. La cultura no humaniza automáticamente. Exige responsabilidad. El conocimiento sin conciencia es una forma refinada de barbarie. La verdadera alta cultura no consiste en saber más, sino en hacerse más responsable de lo que se sabe. Cuando la cultura se convierte en ornamento social, deja de ser civilizadora y pasa a ser decorativa».

Thomas Mann

«La cultura no es un estado natural del hombre, sino una conquista contra su propia naturaleza. La civilización comienza allí donde el instinto es refrenado, donde la vida se somete a la forma. Todo lo verdaderamente cultural implica una renuncia: renuncia a la espontaneidad bruta, al grito inmediato, a la satisfacción sin mediación. La alta cultura es, por ello, siempre minoritaria. No porque desprecie al pueblo, sino porque exige esfuerzo, demora, educación del gusto y aceptación de la complejidad. El odio moderno a la cultura no nace de la injusticia, sino de la impaciencia. El bárbaro no odia la cultura por cruel, sino por lenta».

T. S. Eliot

«La cultura no puede fabricarse deliberadamente, pero sí puede destruirse con facilidad. Requiere continuidad, transmisión y jerarquía de valores. Allí donde todo se juzga inmediatamente útil o entretenido, la cultura se marchita. La alta cultura no es un lujo superpuesto a la civilización, sino su forma más intensa. Una sociedad puede mantener sus infraestructuras mientras pierde su cultura; cuando esto ocurre, la civilización continúa funcionando como un cuerpo sin memoria».

Cyril 107

El escritor empieza a saber escribir el día en que descubre que nunca escribirá como quisiera. El momento en que crees saber escribir es exactamente cuando dejas de hacerlo bien.

Jules Renard creyó que sabía escribir cuando empezó a corregir menos. Estaba equivocado. Uno sabe escribir cuando cada frase le parece provisional, cuando ninguna se defiende sola, cuando todo pide revisión. La facilidad es una enfermedad infantil del estilo. La verdadera escritura comienza cuando el orgullo ha sido derrotado. Renard señala un umbral claro: el escritor inmaduro confunde fluidez con maestría. El escritor formado sospecha incluso de sus frases logradas.

Joseph Joubert: «Se empieza a escribir creyendo que se tiene algo que decir; se continúa escribiendo cuando se descubre que no se sabe decirlo; se escribe bien solo cuando se acepta que nunca se dirá del todo. El buen estilo nace del respeto por lo que se escapa. El escritor consumado no afirma: circunda».

Yo no sé escribir. Nadie sabe escribir. Algunos han aprendido a soportar mejor que otros el hecho de no saber hacerlo. La escritura no se domina: se padece. El día en que alguien cree haber aprendido a escribir, ese día ha empezado a repetirse, a imitarse, a producir cadáveres de frases.

Se empieza a escribir cuando se acepta el fracaso como método.

NOTA BENE: Este escrito se refuta a sí mismo.

Cyril 106

La lluvia orensana no cae: insiste.

No tiene prisa ni épica,

no irrumpe: se queda.

Es una educación lenta del mundo,

una pedagogía del gris

que enseña a mirar hacia dentro.

Llueve como quien piensa demasiado.

Sobre el tejado, sobre el río,

sobre la paciencia de las piedras.

La ciudad aprende a hablar bajo,

las calles se vuelven interiores,

y el verde —ese verde exhausto—

respira aliviado, confirmado.

La lluvia aquí no limpia: afianza.

No borra: subraya.

Convierte cada gesto en algo reflexivo,

cada espera en costumbre,

cada día en una forma de recogimiento.

Bajo esta lluvia no se sueña con huir.

Se aprende a permanecer.

Poema original de la IA (tras varias versiones)

***

(i) Complaciente. No hay riesgo. No hay caída. No hay frase que se equivoque. Todo está educadamente colocado, como un señor mayor que ya no cruza la calle sin semáforo.

(ii) La lluvia insiste, educa, enseña, afianza, subraya.

La lluvia aquí no moja: da clase.

Y eso es un problema:

cuando el poema empieza a explicar, deja de ocurrir.

(iii) “Pedagogía del gris”, “educación lenta del mundo”, “mirar hacia dentro”.

Lo siento: esto es metáfora de suplemento cultural dominical.

No es falsa, pero está demasiado usada, demasiado reconocible, demasiado segura.

(iv) La lluvia como introspección gallega es ya un lugar común con prestigio, que es la peor clase de lugar común porque nadie se atreve a discutirlo.

(v) Exceso de frases sentenciosas (el poema como profesor jubilado)

“No limpia: afianza.”

“No borra: subraya.”

“Se aprende a permanecer.”

Aquí el poema deja de ser poema y se convierte en aforismo con paraguas.

(vi) El tono es monocorde: gris sobre gris sobre gris

Ironía cruel: escribe sobre la pedagogía del gris…

y el poema es gris en su ritmo, en su riesgo y en su temperatura emocional.

No hay una frase que rompa el clima.

No hay una imagen que moleste.

No hay un verso que desentone.

Todo es perfectamente coherente, y por tanto un poco muerto

(vii) Galicia aparece como postal (peligro grave)

“El verde —ese verde exhausto—”.

Esto roza la autoparodia gallega involuntaria.

El verde exhausto, la lluvia persistente, el recogimiento…

falta solo el hórreo metafísico y el gaitero existencial.

(viii) El final clausura donde debería abrir una grieta

“Bajo esta lluvia no se sueña con huir.

Se aprende a permanecer.”

Este cierre es demasiado redondo.

Demasiado limpio para un poema que dice que la lluvia no limpia.

No hay ambigüedad.

No hay resto.

No hay incomodidad.

El poema termina en acuerdo consigo mismo, que es una forma elegante de la autocomplacencia.

Cyril 105

Andrés de Coimbra, natural de Valladolid, es un caso ejemplar de prosperidad expresiva sin pensamiento. No escribe mal: escribe exactamente como se espera que se escriba cuando no se quiere pensar demasiado. Su lenguaje es intercambiable. Podría firmarlo él o cualquier otro: da lo mismo.

Coimbra nunca piensa a fondo. No porque no tenga tiempo, sino porque el fondo le resulta incómodo. El pensamiento prolongado le produce una ligera irritación, una impaciencia física. Necesita que las frases se agoten en la primera lectura, que no exijan retorno, que no pidan respiración. Una frase que resiste, que obliga a releer, le parece sospechosa, casi ofensiva.

Piensa en consignas. Escribe consignas. Vive rodeado de fórmulas breves que le protegen contra la necesidad de pensar. No argumenta ni razona: sintoniza. Su pensamiento no se despliega, se activa. Funciona por reflejos lingüísticos. Cuando habla, no elige palabras: selecciona plantillas.

Su lenguaje está reconciliado con la superficialidad. No lucha contra ella; la ha aceptado como horizonte natural. Privilegia la velocidad, favorece formas de expresión fragmentarias, celebra la frase que se consume de inmediato y deja una sensación vaga de acuerdo. No es que su contenido sea falso: es superficial por diseño. Ha aprendido —como se aprende un oficio— que lo complejo no circula, que la subordinación ralentiza, que el matiz estorba.

En todos sus formatos escritos hay una brevedad perenne, militante. El pensamiento, reducido a eslóganes, se vuelve manejable, compartible, rentable. Coimbra no formula ideas: las empaqueta. Y como los pensamientos no se expresan naturalmente en consignas, lo que produce no son pensamientos, sino señales. Señales rápidas, tranquilizadoras.

Allí donde el lenguaje se convierte en fórmula repetible, el juicio individual tropieza. En Coimbra, simplemente, no llega a nacer. No porque haya sido reprimido, sino porque nunca fue necesario. El algoritmo no se lo pidió. Sus seguidores tampoco. El juicio individual es una carga inútil cuando basta con coincidir.

Coimbra triunfa. Triunfa mucho. Tiene miles y miles de seguidores. Cada frase suya recibe una avalancha de adhesiones inmediatas. Es celebrado por su “claridad”, por su “capacidad de síntesis”, por “decir lo que todos pensamos”. Y, en efecto, dice exactamente eso: lo que ya estaba pensado antes de ser dicho. Su éxito no es accidental: es estructural. Ha entendido que la red no premia el pensamiento, sino el reconocimiento inmediato.

Su obra —si puede llamarse así— no es solo una pobreza estilística. Es una pobreza política y moral. No porque defienda ideas detestables, sino porque ha renunciado a tener ideas propias. La estandarización de su lenguaje es una forma de obediencia dulce. No impone: se adapta. No cuestiona: confirma. No incomoda: acompaña.

Coimbra no se da cuenta de que su lenguaje ha perdido la capacidad de demora, de matiz, de profundidad. No percibe la amputación porque nunca ha sentido el miembro. Ignora que el pensamiento verdadero necesita frases largas, respiración sintáctica, subordinación, rodeos, correcciones. Todo eso le parece literatura innecesaria, elitismo, ruido.

A veces inventa fragmentos de biografía, pequeñas escenas de vida, anécdotas prefabricadas. No para narrarse, sino para ilustrar consignas. La experiencia no precede a la frase: la frase dicta la experiencia. Vive de acuerdo con el lenguaje que circula, no al revés. Su vida es material auxiliar de su discurso, no su origen.

La decadencia del lenguaje, en Coimbra, no consiste en usar palabras incorrectas, sino en su incapacidad para formular pensamientos complejos. Su habla es automática, empobrecida, eficiente. Frases hechas, expresiones prefabricadas, fórmulas breves sustituyen el esfuerzo de pensar. No hay error: hay renuncia.

Y, sin embargo, Coimbra duerme tranquilo. Está satisfecho. Se siente escuchado, validado, acompañado. El mundo le responde con rapidez. No sospecha que ese aplauso constante es el eco de una habitación vacía. No sabe —y quizá no podría soportarlo— que ha cambiado el peso del pensamiento por la ligereza del éxito