Eliot 151

Cabe mencionar las virtudes democráticas. La democracia gestiona los conflictos sin recurrir a la guerra civil; es decir, ideó un tinglado muy sapiente en el que la oposición a su majestad ostenta la misma legitimidad que el gobierno de su majestad. Además, hace de la tensión y la violencia —de la lucha y el odio fratricida o cainita— una suerte de institucionalización real y simbólica que la encauza, la amortigua y la desconcentra. Se sustituye así el garrote por el argumento.

La democracia no consiste en la aniquilación del discrepante ni en la primacía absoluta de la mayoría, sino en el reconocimiento mutuo y en la sustitución de las armas por la palabra deliberativa. La frase decisiva del artículo no es, a mi juicio, la última —«la democracia comienza donde termina el enemigo»—, sino esta otra, quizá menos brillante, pero filosóficamente más fértil: «Gobernar no consiste únicamente en decidir; exige también argumentar». Ahí reside el corazón del texto. El profesor Pérez Garzón entiende la democracia no solo como un procedimiento para contar votos, sino como un régimen en el que el poder está obligado a dar razones ante quienes no lo comparten.

La argumentación no constituye un adorno culto de la democracia; es parte de su mecanismo interno. Un poder que solo comunica decisiones, pero deja de justificarlas; una oposición que solo insulta, pero deja de refutarlas; un Parlamento convertido en una sucesión de consignas destinadas a producir vídeos de treinta segundos: todo ello puede conservar las formas electorales mientras pierde progresivamente la cultura democrática.

La política democrática contiene, por tanto, una modesta pero decisiva obligación epistemológica: debo admitir que puedo estar equivocado, que mi adversario puede poseer razones atendibles y que mis preferencias no se convierten en verdad objetiva por obtener un voto más.

Como señaló Popper: «Debemos adoptar una actitud de racionalismo crítico que admita la posibilidad de estar en el error y que reconozca que la única forma de acercarnos a la verdad es a través de la discusión con otros. La discusión crítica implica el reconocimiento implícito de la igualdad de todos los hombres y de sus derechos a defender sus opiniones. Es la diferencia fundamental entre el método del debate y el método de la fuerza: en la sociedad abierta, dejamos que mueran nuestras hipótesis en lugar de hacer que mueran las personas».

La sociedad abierta es, en este sentido, una gigantesca maquinaria de corrección de errores. Las elecciones, la prensa libre, la oposición parlamentaria, los tribunales y la discusión pública permiten decir al poder: esto quizá esté mal; demuéstrelo; rectifique; sométase a contraste. De ahí que Popper relacionara la democracia no tanto con la cuestión platónica «¿quién debe gobernar?», sino con otra mucho más prudente: «¿cómo podemos librarnos de malos gobernantes sin derramamiento de sangre?». Su filosofía política defiende precisamente las instituciones que permiten reformas y correcciones sin recurrir a la violencia.

Como bien señala Pérez Garzón, negociar y pactar no es una «vergonzosa claudicación», sino la consecuencia lógica de asumir el pluralismo del que escribió Berlin: si los valores legítimos entran en conflicto, la única salida democrática es la transacción deliberada y el compromiso razonado.

A este respecto, resultan reveladoras dos citas finales:

«La primera señal de decrepitud en una democracia ocurre cuando el debate político abandona el terreno de la discusión racional de las ideas para adentrarse en la descalificación moral del adversario. Cuando a quien piensa distinto no se le combate con datos, argumentos o alternativas, sino que se le etiqueta como enemigo de la patria, del pueblo o de la moral, el mecanismo democrático queda paralizado. La democracia no muere necesariamente por un golpe de Estado militar; muere de forma más sutil cuando las palabras pierden su sentido deliberativo y se transforman en proyectiles ideológicos destinados a aniquilar civilmente al discrepante», Jean-François Revel

«La democracia constitucional se caracteriza no por la ausencia de conflictos, sino por el marco institucional dentro del cual estos se expresan y se arbitran. Lo que distingue a un ciudadano libre de un súbdito es la posibilidad de discutir públicamente las decisiones del poder, de exigir cuentas a los gobernantes y de proponer alternativas. La oposición no es una concesión tolerada por la mayoría; es la prueba viviente de que la soberanía no pertenece al gobierno, sino al conjunto de los ciudadanos. Cuando el diálogo es reemplazado por la consigna o la imposición administrativa, el régimen constitucional pierde su alma», Raymond Aron.

Eliot 150

Me puedo burlar de mi insensata prudencia (refrené amores, limité experiencias); puedo pensar en lo poco que gocé pasionalmente mi juventud y maldecir impulsos que contuve, u ocasiones perdidas, y sacrificios. En vista de lo cual, solo lucho por lo único que tengo, por lo único que amo: mi soledad y mi biblioteca.

Mi quinta orensana rebosa de libros, incluso en la cocina y los baños. Un Cervantes magníficamente ilustrado, un ejemplar de Las aventuras de Tom Sawyer o Las mil y una noches (y Coleridge, Wells, Whitehead, Grosseteste, Belloc, Cantor, Euclides, Binswanger, Villalonga, Châtelet, Monterroso…).

Pero mi biblioteca creció al albur del capricho y la bibliofilia, con propensión a las rarezas. Así, encontramos un estudio de J. M. Millás Vallicrosa, Salomón ibn Gabirol como poeta y filósofo. O un libro ilegible: Hoofdlijnen der Theologie van het Oude Testament, de T. C. Vriezen (la nueva edición revisada). O La restaurazione del Diritto di Natura, de Carlo Antoni, sutil y extraña colección de ensayos.

Pero la sección de lógica matemática es la favorita entre mis libros. Lambertus Marie de Rijk: Logica Modernorum: A Contribution to the History of Early Terminist Logic (Assen, Van Gorcum, 1962–1967; 3 volúmenes), encuadernada habitualmente en tela editorial dura. Incluye transcripciones críticas en latín y un exhaustivo aparato crítico. Analiza la evolución de la «lógica terminista» (logica modernorum) en los siglos XII y XIII; De Rijk examina cómo los lógicos medievales desarrollaron teorías semánticas autóctonas (propiedades de los términos como la suppositio, la copulatio y la ampliatio, términos mezclados en la savia de mi sangre) que iban más allá del legado aristotélico.

Cabe mencionar igualmente Thirty Years of Foundational Studies (1966) y Constructible Sets with Applications (1969), ambas del gran Mostowski; otra delicia. ¡Cuántas veces soñé con su cuidada tipografía matemática! Y cuántas veces soñé con el genio de Carl von Prantl. Todo esto da sentido a mi vida.

Eliot 149

(Miscelánea)

Recuerdo con cariño la lectura de Las concepciones de la lógica, de Alfredo Deaño, editado en 1980 por Taurus. Deaño transformó lo que solía ser un árido trámite académico (una memoria de oposiciones) en una verdadera cartografía de la filosofía de la lógica, donde dialogaban el positivismo lógico, la filosofía analítica anglosajona, la lingüística y la epistemología contemporánea.

La prosa de Deaño era clara, irónica y conversacional, dotada de un inusitado talento para la divulgación. Salpicaba sus explicaciones sobre tablas de verdad o deducción natural con comentarios incisivos sobre la burocracia, la pedantería académica o la vida cotidiana. Fue un maestro muerto prematuramente (al igual que Ramón Cirera Duocastella).

El libro recoge, sin apenas modificaciones sobre el texto originario, la memoria de oposiciones preparada por Deaño poco antes de su fallecimiento con el fin de concursar a la plaza de Profesor Agregado de Lógica en la Universidad Autónoma de Madrid. El propósito principal que pretende alcanzar consiste en obtener un concepto de la lógica: encontrar su naturaleza, el plano en el que se mueve, su «lugar» —parafraseando a W. V. Quine—. Toda reflexión sobre la naturaleza de esta disciplina ha de comenzar por la constatación y el reconocimiento de un hecho: que la única lógica existente como ciencia positiva es la lógica formal en su articulación actual.

En la mano tengo ahora, encuadernado en pasta española con lomo ornado en dorados e idilio de gofrados románticos, tejuelo en marroquín rojo con letras doradas y papier vergé, la Discussion médico-légale sur la folie ou aliénation mentale, suivie de l’examen de plusieurs procès criminels dans lesquels l’état moral des accusés a été discuté, de Étienne-Jean Georget (1795–1828).

El volumen versa sobre la monomanía homicida (monomanie homicide) y explora el dilema jurídico de aquellos criminales que cometen atrocidades sin presentar los signos del delirio generalizado o la demencia, planteando que la locura puede afectar exclusivamente a la voluntad y a los impulsos, dejando intacta la facultad del razonamiento. Una intuición asombrosamente vigente.

De Frédéric Paulhan conservo Las potencias de la abstracción. Asevera allí que no debemos figurarnos los elementos como realidades ya hechas y definitivas: los átomos psíquicos son fuerzas móviles, abstracciones vivientes que pueden pertenecer de diferentes maneras a distintas asociaciones, transformándose, enriqueciéndose y empobreciéndose. Concibe el espíritu de un modo dinámico, abundando en su investigación las analogías entre la vida social y los mecanismos íntimos de la mente. El propio autor admite que en su tesis hay una buena dosis de hipótesis.

Por último, conviene dar noticia de un clásico: Combinatory Logic (2 volúmenes), de H. B. Curry. En sus páginas se despliega una formalización completa del cálculo de combinadores, la eliminación de variables ligadas, la teoría de conversión y reducción, y su profunda conexión con el cálculo lambda y la lógica intuicionista.

Eliot 148

Como escritor no triunfé y me ignoraron. ¿Perdono al mundo por hacer como si no existiera y yo fuera completamente innecesario? De alguna manera sí (aunque reside en mi interior un ofuscado resentimiento). Me compensa el reconocimiento de pares y maestros (Álvarez, Lamas, Gracia, etc.), pero no coincidieron el veredicto del mercado y el veredicto de la forma.

Un gran medievalista puede producir una obra intelectualmente extraordinaria que compren 800 personas; alguien puede producir entretenimiento mediocre consumido por ocho millones. El mercado no está afirmando que el segundo posea un alma superior ni que su obra sea estestéticamente mejor: está registrando determinadas preferencias respaldadas por la capacidad de compra. Nada que objetar. El propio intelectual puede tener razón cuando afirma que Fra Angelico vale culturalmente más que determinada mercancía popular; su error empezaría cuando exige que el sistema de precios ratifique esa superioridad estética.

Tenemos noticia de la literatura fast-food, el cine de fórmula ultra-repetitivo, los hits veraniegos de consumo efímero. Lo trágico del asunto es que la inmensa mayoría de la obra humana (con o sin destreza) está destinada al olvido.

Yo fracasé pre-mortem y fracasaré post-mortem. El rechazo del público no es prueba automática de genialidad, ni mucho menos; pero tampoco debemos ser unos filisteos y suponer que la pobreza de ventas es prueba infalible de inutilidad. Existen libros comerciales y buenos, libros comerciales y malos, libros minoritarios y buenos, libros minoritarios y malos. Y casi todos seremos triturados por el tiempo, sin demasiadas distinciones.

Mi principal rencor es hacia mí mismo: creo que, por precipitación, a menudo escribí por debajo de mis posibilidades. Mi principal agravio es que me empequeñecí porque, debido a una muy precaria salud, escribo con el cuchillo de la muerte cada vez más cerca del cuello. Pero creo que no fui mezquino e intenté ser lúcido. En mi obra hay grietas y deficiencias, pero, aun con sus no pocos defectos, es una mesa que se aguanta y se tambalea poco. Me esforcé. Hice lo que pude. La gloria dirá.

Eliot 147

Eclipse astronómico que se aproxima como metáfora a otro eclipse: el de los intelectuales. Intelectuales de izquierda que, por pura ignorancia, no entienden el funcionamiento de la economía ni del mercado, y que padecen el sesgo fatal del orgullo y del resentimiento.

Bertrand de Jouvenel postula que la repulsión intelectual al capitalismo no surge de una falla objetiva del mercado, sino de tres «pecados capitales» de la propia psique del intelectual: la ignorancia de los procesos económicos, la soberbia o arrogancia racionalista y el resentimiento por la valoración que el mercado hace de su trabajo.

«El intelectual no comprende el mecanismo impersonal del mercado. Al desconocer cómo la oferta y la demanda coordinan de forma voluntaria las necesidades humanas, percibe la libertad del mercado como un caos moral que requiere la intervención de una mente clarividente: la suya».

«El intelectual se ve a sí mismo como el custodio del bonum honestum (el bien honesto) y mira con desdén al empresario, a quien percibe motivado únicamente por el beneficio personal. Siente una indignación natural ante el hecho de que el mercado recompense el valor comercial y no el valor intrínseco o intelectual».

«Existe en el intelectual una arrogancia implícita: cree que su comprensión superior de las cosas le otorga el derecho moral de decidir lo que la sociedad debe consumir, leer o apreciar, deplorablemente indignado de que el capitalismo deje esa decisión en manos del consumidor común».

«El intelectual se encuentra en una posición incómoda en la sociedad de mercado: descubre con amargura que el valor económico que la sociedad atribuye a su obra es escaso. De ahí concluye que hay algo profundamente corrupto en un sistema que paga más a quien satisface necesidades vulgares que a quien cultiva las bellas artes o la filosofía».

«El resentimiento del intelectual proviene de un orgullo herido: en un régimen de planificación centralizada o bajo el mecenazgo del Estado, él ocuparía el lugar de un pontífice o consejero real; en el capitalismo, no es más que un vendedor de ideas sujeto al veredicto de la masa».

P. S.: El milagro cotidiano de que no exista desabastecimiento en los supermercados, el ajuste espontáneo entre la oferta y la demanda o la formación orgánica de los precios… todos estos y muchos otros mecanismos los ignora olímpicamente el intelectual.

Asimismo, asume que su criterio cultural debería prevalecer sobre las preferencias agregadas de los consumidores, a quienes juzga sumidos en la más crasa vulgaridad.

Se produce entonces un contraste destructivo: compara sus años de estudio en París y Alemania, sus lecturas políglotas y sus refinadas interpretaciones sobre Fra Angelico o Borges con la figura de un empresario patán que se nutre, a lo sumo, de best-sellers, pero que gana cien veces más al mes que él.

Así, cuando sus novelas no se venden o sus cuadros no encuentran comprador, mientras el mercado premia masivamente a figuras como Alejandro Sanz, el intelectual no puede menos que despreciar a un sistema —el capitalista— que, a sus ojos, lo ignora y lo desprecia a él.

Eliot 146

Con una orfebrería de prompt engineering por mi parte (la inyección de un contexto y coordenadas «semilla», stylistic priming, vocabulary constraint y un toque de RAG, y otro toque de iteración conversacional) logré esta maravilla:

«Marzo de 1983, Manresa, Barcelona, noreste de España. Me hallo sentado en la biblioteca, el universo según Borges, pero no sólo por ser la depositaria de nuestra memoria, sino por su naturaleza similar a un organismo. Me atrapan los brazos de un gigantesco pulpo. Algo de frío, sé que es de mañana, que aún duermen en la casa. Yo y mi biblioteca. Glotón de libros científicos y glotón de farándula literaria. Bienvenidos sean los anaqueles, el polvo, las hojas, los peñascos, los salientes, la grava, las grietas rocosas, el coral. Esas ciudades que bullen de gánsteres y deseos morbosos, de tanques de la Segunda Guerra Mundial, y niños desaparecidos regresando de entre los muertos, y huesos desenterrados que portan terribles maldiciones.

Libros: pasión de mi vida. La edición plantiniana de «De bibliothecis syntagma» posee esa nobleza sobria característica de los mejores productos de la Officina Plantiniana, donde incluso los opúsculos menores parecen concebidos para durar siglos en el silencio de una biblioteca humanista. Un silencio conventual y cartujano. No es un volumen ostentoso. Su elegancia pertenece a otro orden: el de las cosas hechas para lectores verdaderos. El ejemplar —en cuarto pequeño, aunque algunos sobreviven recompuestos en octavo por encuadernadores posteriores— suele aparecer revestido en pergamino flexible ligeramente marfileño, hoy fatigado por el tiempo hacia tonos de miel seca y hueso ahumado. El tiempo es el flagelo del hombre. El lomo, apenas combado, conserva a veces restos de tinta ferrogálica donde una mano del XVII escribió simplemente: «Lipsii de Bibliothecis». Nada más. La desnudez casi monástica de esas cubiertas produce una impresión de gravedad intelectual infinitamente más distinguida que muchos hierros dorados del barroco tardío. Onorate l’altissima bellezza».

Creo que el fragmento cae de lleno en lo que los viejos formalistas rusos llamarían «literaturiedad». Es FASCINANTE la IA. Cuando la técnica de prompting se convierte en arte, sobrarán Garcías Monteros.

***

La IA está lejos de reproducir ese torbellino visual que nuestras neuronas desbocadas nos regalan durante un sueño. Tienes razón, Nuño. Pero solo es cuestión de tiempo.

Periódicos 2

Leí con atención su artículo y creo que no le falta razón: el enrejado rosáceo de la mente de muchos adolescentes se está convirtiendo, insensiblemente, en un erial cenizoso. Las redes, debido a su inmediatez, favorecen la merma expresiva y el acortamiento del argumento. A menudo se transforman en órganos diabólicos de linchamiento y en fuentes de ansiedad y de depresión, o fomentan unas expectativas de vida donde la grandeza cede desolada.

Yo no soy un ludita; más bien lo contrario. Simultaneo una formación científica y una humanista, y leo tanto en digital como en papel. Gracias a Internet se me abrieron expectativas intelectuales inusitadas. Me avergüenza algo confesarlo, pero, además de los miles de libros moleculares de mi biblioteca, tengo miles de libros descargados digitalmente.

Se acabaron los tiempos del evangelismo tecnológico ingenuo; existe un consenso científico sobre sus peligros, en especial para los jóvenes. Desearía terminar esta nota —además de felicitándole por el artículo— con una cita del cardenal Besarión. La vida noble no se cifra solo en el scroll infinito ni en grabarte bailando para colgar el vídeo en TikTok. Pudiera resumirse en leer los cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos (el legado de la importantísima biblioteca del cardenal Besarión), con encuadernaciones con decoración a candeliere y acotaciones en los márgenes al Almagesto, los Elementos o el Timeo. O en poder estudiar el De triangulis omnimodis de Johann Müller, Regiomontano, o escribir un pensamiento mortal que guardara pequeña memoria de uno.

La cita de Besarión procede como sigue:

«Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y, en definitiva, su santidad, que, si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos cancelaría también la memoria de los hombres».

Vale.

Eliot 144

Quise dejar de fumar, y el psicólogo me recomendó una terapia basada o anclada en el mindfulness (sic).

Vándalos y suevos están cruzando ya el Rin. Tipejos acémilas -no todo el mundo son beatíficas hermanitas de la caridad- casi igual a bacterias con mazas, sin un gramo en su sangre de helenización, romanización, cristianización o ilustración ocupan tanto los bungalows, las oficinas, como pobres chabolas. Escribe y memoriza a Adriano, orgulloso de tu aristocrática, gatopardesca soledad:

Animula vagula blandula,

hospes comesque corporis,

quae nunc abibis in loca,

pallidula, rigida, nudula,

nec ut soles dabis iocos.

Mejor ese lugar desnudo que la pelambre sucia del aquí y ahora, con o sin meditaciones para centrarse conscientemente en el ahora.

***

Como me preparé físicamente, subí al Monte Ventoux, con un libro de Agustín en el bolsillo derecho y otro de Petrarca en el bolsillo izquierdo. “Vita Cartesii simplicissima est”, recordaba Valéry en Monsieur Teste. La mía es abrumadoramente más simple.

San Agustín escribió alrededor del año 400 “Los hombres viajan para maravillarse de las gigantes olas del mar, de la altura de las montañas, del curso de los ríos y del movimiento de las estrellas; pero nunca viajan al interior de sí mismos para conocerse”. Flaubert dijo “El movimiento es deletéreo”, Baudelaire declaró “Descreo de las líneas en movimiento”. Descreo de la meditación vendida con el movimiento del marketing.

No hice fotos con un palo selfie. No me tosté en la playa como una gamba vuelta y vuelta. No jugué con raquetas de tenis ni pelotas de Nivea. No caí en las añagazas del mindfulness o del budismo zen. Lectura y un buen arroz negro de vez en cuando, especialmente los sábados como hoy, y caminatas con mi perra por los bosques de la aldea. “Conserver l´esprit libre”. Nada más.

«Hoy, llevado solo por el deseo de ver la extraordinaria altura del lugar, he subido al monte más alto de esta región, al que no sin razón llaman «Ventoso». Hacía muchos años que me rondaba la idea de esta excursión pues, como sabes, el hado, que mueve las cosas de los hombres, me ha hecho rodar por estas tierras desde la infancia, y este monte, visible desde lejos por cualquier parte, está casi siempre ante nuestros ojos. Por fin tuve el impulso de hacer una vez lo que me proponía hacer todos los días, sobre todo después de que, leyendo el día anterior en Tito Livio la historia de Roma, di casualmente con aquel pasaje en el que Filipo, rey de Macedonia -el que hizo la guerra al pueblo romano-, sube al Hemo, un monte de Tesalia, creyendo, como era fama, que desde su cumbre se veían dos mares, el Adriático y el Ponto Euxino […] Por lo demás, dejando aquel monte y volviendo a este, me pareció disculpable en un joven particular lo que no se censura en un rey anciano» Petrarca.

Aunque el monte es una mole pedregosa y escarpada, y yo ya no soy joven, me dije como el poeta: «Todo lo vence un trabajo obstinado». Así es, desde la escritura de un libro, al estudio de la Topología Conjuntista, la labor obstinada recompensa. Así que recuerden, en sus días y noches de desidia y abulia, «Labor omnia vincit improbus» (Virgilio, Geórgicas, I, 145-146) También el trabajo sobre uno mismo sin trucos ni atajos fáciles.

Esto tranquiliza mi mente y no técnicas orientaloides de vendedor de crecepelo. Me calma Petrarca (o Milena Busquets), y no centrar la atención en la respiración o estar plenamente atento a los movimientos de mi mano.

Feliz verano de hamaca y vagancia. Feliz verano de libros y estudio. Menos bodhisattva de escaparate y más rigor latino. Menos mindfulness acomodaticio y más Tácito.

Eliot 143

El liberalismo distingue entre la discriminación arbitraria (por raza, sexo o religión) y la segmentación por perfil o conducta (como las discotecas para adultos, las licencias de conducir por edad o las residencias de ancianos). Los niños no tienen capacidad plena de obrar ni se les atribuye la misma responsabilidad legal, por lo que graduar espacios según la edad es común y legítimo en la sociedad.

Un adulto que busca descansar en sus vacaciones —quizás unos padres exhaustos que han dejado a sus propios hijos con los abuelos un fin de semana— tiene derecho a buscar un entorno de descanso mental. El mercado no «expulsa» a los niños; simplemente diversifica la oferta para que coexistan espacios con distintos propósitos (hoteles familiares, juveniles, de negocios, de lujo, de relajación).

Un liberal argumentaría que las vacaciones pagadas de un particular no tienen por qué convertirse en el «aula de socialización» de los hijos de otros. La crianza y la convivencia comunitaria son responsabilidad primaria de los padres y de las instituciones públicas de la comunidad local (escuelas, parques, plazas), no de la industria turística privada.

***

El humanismo sostiene que la infancia no es una «fase de consumo» ni un riesgo ruidoso, sino la forma más pura de la condición humana en desarrollo. Considerar que un niño salpicando en una piscina es una «incomodidad equiparable a una plaga» deshumaniza la mirada social sobre las etapas de la vida.

El modelo «adults only» presupone que el adulto es un ser plenamente autónomo e independiente que «paga su derecho a no ser molestado». El humanismo recuerda que todos fuimos esos niños ruidosos que otros adultos toleraron. La sociedad funciona por un pacto de solidaridad intergeneracional e implícito: soportamos la fragilidad del niño hoy porque otros soportaron la nuestra ayer y soportarán nuestra vejez o enfermedad mañana.

***

Un debate abierto y muy jugoso.

P.S. El escrito tiene un origen y fin algorítmico. De ahí la estructura simétrica y el léxico pulido o la limpidez formal e impersonal. Carece de frescura e imperfecciones. Mi aportación se limitó a un 10% a lo sumo. Me pareció que acudir a la IA podría elucidar el debate con precisión y ecuanimidad (el problema a analizar sería:¿dónde trazamos el límite entre nuestro legítimo deseo de confort individual y la responsabilidad compartida de vivir en comunidad?). Yo, particularmente, pese a que tengo mis propias ideas, prefiero no tomar partido.

Felicito a Ana Iris. Y pido disculpas a los lectores por tomar fáciles y haraganes atajos tecnológicos.

Eliot 142

Yo, Aleix mi nombre, con más de 50 años de viejo, dispongo de casa decente y limpia, doméstica amable y guapa y, sobre todo, ante todo, lujo en la mente ¿Oficio? Rentista y propietario rural. Si prefieres el supuesto placer cinematográfico al enclaustramiento doméstico, eres un descoyuntado insensato. El estricto aislamiento voluntario es la forma más inteligente para lograr la felicidad; solo conozco una intoxicación digna, la resumida en la palabra «ataraxia» o tranquilidad del alma. La película de Nolan es, obviamente, una bazofia; eso se sabe sin ver previamente un solo fotograma.

En un mundo cultural y social centrado totalmente en el mercado, con un déficit educativo de dimensiones mundiales, donde la información se reviste de entretenimiento, en un mundo donde la explicación científica y técnica se desplaza a favor de la superstición, donde la comprensión de la sociedad pertenece a las ciencias sociales y la crítica política es un eco de los media, en este mundo, dadas las condiciones de este mundo ¿es posible un cine que ya no pacte de un modo definitivo con el entretenimiento, lo burdo y la banalidad?

Me acomodo en la butaca y sostengo entre las manos la Ulixea de Homero, en la primorosa versión que Gonzalo Pérez —secretario real de Carlos I y Felipe II— vertió directamente del griego al castellano. Fue la pionera en nuestra lengua y una de las primeras de toda Europa, solo adelantada por aquella prosa alemana de 1537. Un texto formidable que se reimprimió sin descanso entre Venecia y España durante dos siglos, y el mismo puente venerado en el que Cervantes o Quevedo aprendieron a leer al viejo poeta.

A tomar por c… la bisutería a granel de Nolan.