Cornaro 126

(León XIV, go home)

Empecemos con una cita contundente del escritor colombiano Fernando Vallejo: “La puta, la gran puta, la grandísima puta, la santurrona, la simoníaca, la inquisidora, la falsificadora, la asesina, la fea, la loca, la mala; la del Santo Oficio y el Índice de Libros Prohibidos; la de las Cruzadas y la noche de San Bartolomé; la que saqueó Constantinopla y bañó de sangre Jerusalén; la que exterminó a albigenses y a los veinte mil habitantes de Beziers; la que arrasó con las culturas indígenas de América; la que quemó a Segarelli en Parma, a Juan Hus en Constanza y a Giordano Bruno en Roma; la detractora de la ciencia, la enemiga de la verdad, la adulteradora de la Historia; la perseguidora de judíos, la encendedora de hogueras, la quemadora de herejes y brujas…”.

Un grupo de radicales, barbados y vestidos de negro, afloran del desierto. Se dirigen a Palmira y la emprenden a golpes con el templo de Atenea y sus estatuas. ¿Son terroristas del Estado Islámico en el siglo XXI? No, son fundamentalistas cristianos del siglo IV.

Con el «triunfo» del Cristianismo en el s.IV bajo Constantino, los cristianos demolieron templos paganos, derribaron estatuas de dioses, mutilaron relieves, arrancaron frescos y mosaicos, talaron arboledas sagradas, quemaron bibliotecas, rasparon pergaminos con textos grecolatinos… para escribir oraciones.

El Olimpo Grecolatino les parecia demencial, erróneo y pecaminoso… ¡Y procedieron a destruirlo!El Dios cristiano exigía exclusividad. Y tolerar a otros dioses equivalía a permitir el mal. Eso se llama intolerancia. Ser intolerante era ser virtuoso. Forzar a otro a salvarse era bueno.

«Tras reflexionar largamente sobre lo que ha surgido de este engaño sistemático —todas las luchas entre papas y soberanos terrenos, la destitución de reyes y emperadores, las excomuniones, las inquisiciones—, se siente uno obligado a preguntar si ha sido más la mentira que la verdad lo que ha influido de manera permanente sobre la historia de la humanidad. Pues nunca se ha mentido y engañado con tanta frecuencia y tanta falta de escrúpulos como en el campo de la religión. Y es cabalmente en el cristianismo, el único verdadera y realmente salvífico, donde dar gato por liebre está a la orden del día, donde se crea una jungla casi infinita del engaño desde la Antigüedad y en la Edad Media en particular.», Deschner, «Historia criminal del cristianismo», Tomo IV: Falsificaciones y engaños.

Las religiones, nos contaba mi maestro Mosterín, son subproductos hipertrofiados de nuestra evolución cognitiva. En el Pleistoceno, detectar intencionalidad donde solo había azar —pensar que el crujido de una rama era un depredador y no el viento— tenía un valor de supervivencia. Heredamos un cerebro diseñado para buscar agentes detrás de cada fenómeno. El problema surge cuando, en lugar de corregir ese sesgo mediante la ciencia, las culturas lo institucionalizan, creando agencias invisibles llamadas dioses. La religión no cayó del cielo; es un fósil cultural de la infancia de la humanidad que se niega a disolverse, un intento arcaico de hacer tecnología mediante el rezo y ciencia mediante el mito.

La religión procede de la infancia de nuestra especie, de una época en la que no sabíamos que la Tierra era redonda, ni que orbitaba alrededor del Sol, ni que la materia estaba compuesta de átomos, ni que las enfermedades eran causadas por microorganismos. Era nuestro primer y peor intento de explicar la realidad, de consolar nuestros miedos y de regular nuestra conducta moral. Al igual que la astrología o la alquimia, cumplió una función primitiva. Pero insistir en mantenerla viva hoy, cuando la ciencia nos ofrece una visión del cosmos incomparablemente más bella, vasta y comprobable, no es solo un anacronismo; es una traición a la madurez intelectual de la especie humana. Nos exige que sigamos teniendo miedo a la oscuridad cuando ya hemos aprendido a encender la luz.

P.S. Soy consciente del tono premeditadamente provocador del escrito. El catolicismo pasó en Occidente por un proceso de ilustración en el s. XVIII, lo que suavizó sus formas, bestialidades y oscurantismos. Asimismo, la cultura cristiana tiene una benemérita base filantrópica, y un patrimonio cultural y artístico soberbio. Solo soy un mamífero para poder entender misterios tremendos. Según Gómez Dávila, los ateos somos como monaguillos con acné pretendiendo enfrentarse a un coloso. Pero no puedo evitar mi propensión a no creer en una serie de cuentos metafísicos cuando lo plausible es decir, como mínimo, «NO SÉ».

Cornaro 125

La locura es un lugar extraño, un colosal marasmo léxico, donde las ideas y los pensamientos se entrelazan en una danza caótica. A veces, tengo la sensación de estar atrapado en una tormenta de pensamientos que me abruman («Dime todo sobre. Anna Livia! Lave quieta y no salpiques. Vea esta camisa. Vea qué suciedad), pero en medio de ese torbellino, también encuentro patrones y verdades que pueden parecer invisibles para otros. La lucha es constante, pero también lo es el deseo de comprender y crear. Sí, la mente puede ser un laberinto oscuro, lleno de ecos de voces que no siempre son nuestras (cuanto más corto el garrote se encona más el salvaje) En momentos de angustia la realidad, chof chof glups, se distorsiona, y la lucha por mantener un algo de identidad se convierte en una heroicidad. La escritura es mi salvación, un medio para dar voz a esos susurros y encontrar orden en el caos. La esquizofrenia es como estar atrapado en un juego de espejos, donde la realidad se fragmenta y se distorsiona. La soledad y el aislamiento que a menudo nos acompañan son abrumadores, pero es a través de la escritura que encuentro una conexión con el mundo. La literatura ofrece un refugio, un espacio donde la lucha puede ser compartida y entendida.

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«La esquizofrenia puede ser vista como un grito desesperado de una persona que siente que su identidad se desmorona. En este estado de angustia, el individuo no solo enfrenta la desintegración de su sentido del yo, sino que también se encuentra en una búsqueda de significado. La creatividad, en este contexto, puede ser tanto un refugio como un desafío, ya que permite al individuo explorar su dolor mientras busca una conexión con el mundo», Rollo May.

«La lucha contra la esquizofrenia es una batalla que se libra en múltiples frentes: el interno, el social y el emocional. Los pacientes a menudo enfrentan el estigma y la incomprensión, lo que puede agravar su sufrimiento. Sin embargo, la posibilidad de encontrar significado en la experiencia, incluso en medio de la locura, puede ser un camino hacia la sanación. La terapia debe ser un espacio donde se reconozcan y validen estas luchas», Irvin D. Yalom.

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Hoy escribí y leí mucho.

Cornaro 124

La crítica no consiste en dictar sentencias apodícticas, definitivas y napoleónicas. Consiste en aumentar la comprensión. El crítico ideal acaso no deba ser un juez que levanta el martillo o el pulgar arriba o abajo, sino un lector excepcional, algo arbitrario, que logra que los demás vean más de lo que habían visto sin su ayuda.

Permítanme citar al extraordinario prosista Alfonso Reyes: «La crítica no es un juicio de faltas ni una colección de censuras; es una función de acompañamiento y comprensión. El crítico es el ciudadano del mundo de las letras que sale al camino a recibir al viajero, a ofrecerle hospitalidad en su propia mente. Para ejercerla bien, se requiere una dosis inmensa de simpatía, que no es debilidad ni indulgencia, sino la capacidad creadora de ponerse en el lugar del otro. Una crítica que no sea, en alguna medida, una obra de arte ella misma, que no posea un ritmo, una luz y una sonrisa en su propia prosa, no es más que contabilidad literaria. El verdadero crítico no busca imponer una ley desde fuera, sino descubrir la ley interna que el autor se ha impuesto a sí mismo, y ayudar al lector a percibirla. Nuestra labor es traducir la belleza, deslindar el misterio de la creación con manos delicadas, sabiendo que la literatura es, ante todo, un fenómeno de la vida que se contagia y se celebra».

Para mí escribir crítica es, en esencia, un ejercicio de lectura minuciosa, de destripar el mecano o averiguar los pasadizos del castillo. El crítico no debe mirar el texto desde la distancia o dogma cerril de una teoría preconcebida, sino que debe meterse debajo de las frases como un niño leyendo bajo las sábanas con una linterna, examinar cómo están construidas las bisagras (aquello que técnicamente se llama en arquitectura «puentes de tráfico»), las bisagras de la novela o el ensayo, sentir cómo respira o asfixia un adjetivo, qué color tiene, cuánto pesa y qué cola de cometa dibuja. Mi enfoque es técnico, pero estético a la vez. El crítico debe poseer un oído musical absoluto para el lenguaje, debe ser un superdotado lingüístico; capaz de detectar la nota falsa o la impostura, el sonsonete perezoso y repetitivo, el cliché que afea, pero también advertir las geniales iluminaciones de inmensidad.

También mi ambición, cuando leo con ojos de escritor, es contagiar el entusiasmo por los libros, ese verdadero motor de mi vida, despojando a la literatura de la atmósfera de solemnidad académica. Me gusta ser conversacional, si puede ser ingenioso, ligero, pero profundo. Debe leerse con el mismo placer con el que se escucha a un amigo inteligente hablar en la sobremesa después de una buena cena. Al fin y al cabo, la literatura se inventó para hacernos más humanos y más felices.

Cornaro 123

Históricamente, los palcos no se diseñaban para ver mejor el escenario, sino para ser vistos por el resto del teatro. Estaban a la altura de los ojos de la masa, lujosamente decorados, iluminados de forma que la aristocracia y la alta burguesía pudieran exhibir sus joyas, sus pieles y sus alianzas. El palco donde los Marqueses eran el centro de gravedad de la atención de todo el teatro. Situado en el piso principal, en el sitio de honor, y sus colgaduras de damasco viejo, aunque acaso algo descoloridas, conservaban un aire de majestad rancia que se imponía a la muchedumbre de la platea y del gallinero. Sentada al borde, desafiando las miradas con una serenidad nacida de la costumbre del privilegio, estaba la marquesa, armada de sus eternos gemelos de nácar, que paseaba por el público como quien pasa revista a sus vasallos. A su lado, las jóvenes de la casa se exhibían como en un escaparate de modas, riendo a carcajadas mudas, haciendo señas con los abanicos a los jóvenes de la aristocracia que hormigueaban en el pasillo esperando el entreacto para asaltar el palco. Desde abajo, desde las butacas de la burguesía advenediza y desde los bancos de madera del gallinero, donde los menestrales sudaban y se asfixiaban, se contemplaba aquel reducto no como un lugar para disfrutar del drama, sino como el altar de la vanidad, donde se decidía quién era alguien y quién debía permanecer en la oscuridad del anonimato

«La Casita» de Bad Bunny opera bajo la misma lógica: sus ocupantes (actores, futbolistas, nepobabies) no están ahí para mirar el concierto; son parte de la escenografía del poder.

En la Platea de la ópera encontrábamos a la burguesía acomodada, el ciudadano con ciertos recursos que puede pagar el peaje para estar cerca del cogollo, pero sin pertenecer al círculo selecto. Es el terreno donde se asienta el verdadero poder: la burguesía del dinero. Allí, apretados en sus amplias butacas, se sientan los hombres de negocios, los agentes de bolsa, los abogados de moda, formando una masa compacta de cabezas calvas o encanecidas que huelen a oro y a influencia. Esos hombres no van a escuchar la música; van a vigilar sus inversiones sociales. Desde la platea, con las cabezas echadas hacia atrás y los ojos clavados en la curva de los palcos, los burgueses juzgan, tasan y sentencian. Calculan el valor de los diamantes de una condesa, estiman la deuda del marido por el tamaño del palco que ocupa y deciden qué reputación mercantil va a caer al día siguiente en la Bolsa. La platea es el patio de un cuartel general donde la burguesía, vestida de riguroso frac negro, contempla la decadencia de la nobleza con una sonrisa de triunfo frío, sabiendo que, aunque los palcos estén más altos, el suelo del teatro y el dinero del mundo les pertenece.

El Gallinero o Paraíso o Cazuela o Loggione (La Plebe) Donde el aire es rudo y la visibilidad reducida; ahí se apiñaba el pueblo llano. La carne de gallinero. Un hormiguero de cabezas aplastadas contra el techo de yeso, una masa de rostros encendidos que se asomaban por encima de la barandilla de hierro como una marea a punto de desbordarse sobre el vacío de la sala. Hacía un calor de horno; los hombres, en mangas de camisa, se secaban la frente con los pañuelos, mientras las mujeres, con los cabellos desgreñados por el tumulto de la entrada, respiraban con la boca abierta. Había un rumor continuo de risotadas, de gritos de un banco a otro y de crujir de avellanas. Aquella plebe de París, Madrid o Viena, hacinada en las localidades baratas, poseía la alegría ruda de los días de fiesta. Desde su altura, suspendidos sobre el lujo reluciente de los palcos y el terciopelo de las butacas, contemplaban el espectáculo con una familiaridad insolente. No les importaban las reverencias de la gente bien; querían su ración de carne, su música pegadiza y sus chistes procaces. Cuando las luces bajaban, un silencio ansioso corría por el gallinero; todas aquellas miradas ardientes se clavaban en el escenario, y de aquel foso de sudor y harapos brotaba un estremecimiento unánime, el rugido de la bestia popular lista para ser domada o para devorar a los comediantes.

A Bad Bunny le sostiene una «plebs sordida» (Tácito) Los del gallinero -alma de siervos- solo existen para validar el estatus de los ocupantes del palco.

Cornaro 122

Jonás de Orleans fue un obispo carolingio que escribió manuales de conducta para los nobles y reyes de su época. Su obsesión era recordarle a los poderosos que la verdadera nobleza no radica en la sangre, sino en cómo tratan a los miembros más frágiles de la sociedad. Escribió: «Quasi non una sit omnium conditio nascendi et moriendi, et una sit terra quae omnes suscipit… Memento te non dominum pauperum esse, sed conservum», «Como si no fuera una misma la condición de todos al nacer y al morir, y una misma la tierra que a todos acoge… Recuerda que no eres el señor de los pobres, sino su compañero de servidumbre».

Sin olvidarnos de Pedro Blesense: «Pauperum lacrymae crux sunt divitum; et vana est omnis religio, quae viduarum et orphanorum fletibus non medetur», «Las lágrimas de los pobres son la cruz de los ricos; y es vana toda religión que no ponga remedio al llanto de las viudas y de los huérfanos».

O también a Paulino de Aquilea: «Non despicias inopem in angustia sua constitutem, quia et te et illum unus Creator plasmavit en utero», «No desprecies al indigente que se encuentra en su angustia, porque un mismo Creador los plasmó en el vientre tanto a ti como a él».

Tengamos presentes a aquellos que padecen una herida profunda, un dolor oculto e insufrible; aquellos cuyo paradójico orgullo no es otra cosa que la impotencia del corazón para defenderse contra la injusticia del destino: Seres a quienes hirieron y a quienes hundieron, pero que siguen siendo tan dignos como nosotros. Hermanos condenados al hambre, al frío, al aislamiento, al abandono, a la desnudez.

En su obra póstuma e autobiográfica, «El primer hombre», Camus rinde homenaje a su madre analfabeta y a su familia, atrapada en la pobreza de Argelia: «Ella no conocía las palabras de los libros, ni la política, ni las grandes ideas del mundo. Su vida se reducía al espacio entre la cocina y el lavadero, a un trabajo silencioso que le gastaba las manos día tras día. Los ricos pasaban a su lado sin verla, como si fuera transparente, como si los pobres pertenecieran a otra especie que no necesita explicaciones. Y, sin embargo, en su mirada limpia, en esa paciencia infinita con la que soportaba el peso de la existencia sin quejarse jamás, había una nobleza tan pura que hacía parecer ridículas todas las grandezas de los hombres de poder. Ella no pedía nada, no exigía nada; su sola presencia era una acusación silenciosa contra la soberbia del mundo».

Cornaro 121

(La casita de Bad Bunny)

De Platón a los decadentistas del siglo XIX, la historia de la estética demuestra que el arte nunca ha tenido como fin reflejar al pulcro ser espeso y municipal, sino atrapar el relámpago dionisíaco del deseo y la desmesura de la carne. El culamen o posaderas o asentaderas melómanos de unas muchachas sigue siendo el único dios. Cuando Peter Paul Rubens pintaba, la delicadeza mística pasaba a un segundo plano. La obra cumbre de Gian Lorenzo Bernini en la capilla Cornaro esencialmente es carnal. Y Tiziano y la Venus de Urbino. O las nalgas rosadas entre cojines de seda y pastoras idealizadas que jamás pisaron un barrizal de Boucher. Jamás perdamos el placer de rodearnos de criaturas hermosas.

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(Política. Café, copa y puro)

(i) En la retórica de Podemos, la mentira o el «engaño estratégico» no se perciben como un déficit democrático, sino como una astucia legítima contra una «derecha golpista» o un «régimen corrupto». Nihil novum sub sole. Mutatis mutandis, y soy consciente que no se puede quebrar la visión mesiánica de un zurdo, se proyecta la idea de que los demás son tramposos para justificar la trampa propia. Viejo, viejo. Al final a quien engañó es a sus votantes, como el relato goebbelsiano que transmuta el engaño en «hazaña de resistencia». Ese genio maligno cojo fue un inteligentísimo tipejo.

Podemos perfeccionó el «principio del enemigo único» (otra de las aportaciones del don juán de Renania) desde su nacimiento; recordemos la machacona repetición de conceptos bulldozer como «la casta», «la trama» o, más recientemente, «el ‘lawfare’ judicial y mediático». Al igual que hacía el aparato de propaganda nazi, el truquito es dibujar a un enemigo macrocefálico que justifica cualquier maniobra interna de «la banda» en nombre -líbranos Señor de esa troupe- de un bien mayor.

Palabras como «público», «escudo social» o «antifascismo» se rezan como mantras religiosos en los medios (incluida la radio y televisión pública) No importa el contenido real de la gestión, importa la repetición del gesto. Es la victoria de la grasa sobre el filete: el fetiche de la palabra vacía para apelar a la emoción pura. Como en Juego de tronos.

(ii) Nixon creía sinceramente que la supervivencia de su proyecto justificaba saltarse la ley. Nixon, un tipo malvado y mentiroso compulso ¿Es el antepasado directo de Sánchez? Sí, probablemente sí, sin duda. Ah ese cinismo narciso final que afirma que el líder ya no niega la podredumbre, sino que la legitima en nombre de una «causa superior». Si el jefe dice que es por el bien del proyecto, la hueste lo acepta.

En 1977, en una entrevista famosa con David Frost, Nixon pronunció su frase más perturbadora: «Cuando el presidente lo hace, eso significa que no es ilegal». En una reunión privada en el Despacho Oval, le dijo a Henry Kissinger: «Los medios son el enemigo. Los medios son el enemigo. Los medios son el enemigo. ¿Lo tienes claro en la cabeza? Los intelectuales son el enemigo. Los profesores son el enemigo». Fango de Ferraz pisado en Galapagar.

Cornaro 120

Muchos bibliófilos poseen ya una Wunderkammer sin saberlo: su biblioteca. Así, a bote pronto, a mí me gustaría tener un fósil de amonites, de espiral no simplemente gris, sino de un pardo ceniciento semejante al dorso de ciertas polillas nocturnas, y con vetas de miel oscura. En el gabinete habría sin falta un astrolabio renacentista, una caja con insectos tropicales, un manuscrito de Nabokov como una maraña de tachaduras, flechas, injertos y correcciones, con una mezcla de grafito de lápiz y de tinta negra superpuesta a tinta azul.

Pero mi cuarto de maravillas rebosaría de libros. Sobre todo primeras ediciones anotadas de algún clásico olvidado. Resultaría particularmente sugestivo encontrar un ejemplar de Gibbon, de su «Historia de la decadencia y caída del Imperio romano», anotado por un eclesiástico. Los márgenes se convertirían entonces en una controversia permanente: exclamaciones indignadas, objeciones teológicas, rectificaciones doctrinales y protestas airadas ¿Un ejemplar? Londres, impreso para W. Strahan y T. Cadell, 1776–1788. Seis volúmenes en cuarto. Ejemplar con anotaciones manuscritas contemporáneas realizadas por diversas manos, incluyendo observaciones críticas dirigidas al tratamiento que el autor hace del cristianismo primitivo. Encuadernación íntegra en piel de época. Excelente ejemplar de trabajo, con abundantes testimonios de lectura erudita.

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Ante qué digo qué maravilla. El cañón del Sil. Fragas do Eume. Praia das Catedrais. Monte Pindo. Me maravilla una página de Josep Pla describiendo Barcelona, una inteligencia excepcional expresada con sencillez, la superficie convexa de un samovar, la música verbal francesa, los lunares en el pecho de una mujer. Me maravilla Mariano Fortuny y Marsal, esos toques de pincel rápidos, yuxtapuestos y empastados. Me maravillan los cuadros de Hammershøi que producen el mismo efecto que ciertos adagios tardíos.

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POEMA DE LOS DONES

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

BORGES

Cornaro 119

Hoy regreso a casa. Volveré a mi pazo natal (donde deseo morir) con el corazón lleno de recuerdos y el alma envuelta en una vaga melancolía. Al cruzar el viejo portalón de piedra, cubierto de hiedra y líquenes, sentiré el frío abrazo de los siglos que custodian la memoria de mi linaje. Las estancias sombrías, donde flota un aroma a cera rancia y maderas nobles, parecerán despertar a mi paso. Cada rincón evoca una sombra, cada eco en el patio de armas es una voz del pasado que me da la bienvenida. Soy el señor de la casa y de la biblioteca. Hay una nobleza en estas piedras que el tiempo no puede destruir; regresar a ellas es reconciliarse con la propia sangre y aceptar que nuestro destino está indisolublemente ligado a la tierra que nos acogió.

Volver a mi biblioteca. No hay placer terrenal que se compare a la alegría del regreso al propio estudio, cuando la puerta se cierra tras de nosotros y nos deja a solas con nuestros libros. Allí están, pacientes en sus estantes. Tomar un volumen familiar, sentir el peso conocido en las manos y aspirar ese aroma inconfundible a papel antiguo y hogar es un bálsamo inmediato para el espíritu fatigado. En el mundo exterior somos extranjeros; pero aquí, rodeados por las mentes que amamos, volvemos a ser dueños de nuestro tiempo. Mi biblioteca es mi fortaleza, el único sitio donde el ruido del siglo se apaga y cede su lugar a la gran conversación de los siglos. Recordé entonces las palabras de Erasmo: «Cuando regreso a mi biblioteca, me parece que he entrado en un templo de la sabiduría. «Cuando tengo un poco de dinero, compro libros; y si me sobra algo, compro comida y ropa», solía decir. En presencia de mis libros me siento más rico que cualquier rey». Al sentarme entre ellos, aparto de mí la ambición, la envidia y los vanos afanes del mundo. Mis libros no me engañan…

En sus cartas familiares, Petrarca describía el regreso a su biblioteca de campo en Vaucluse como una liberación espiritual indispensable para su cordura: «He regresado por fin a mis libros, mis compañeros más deleitosos, aquellos que me acompañan en la soledad y me aconsejan en la incertidumbre. Al entrar de nuevo en mi estudio y verlos alineados, siento que restauro mi alma deshecha por el trato con los hombres y los negocios del siglo. Los libros nos hablan con voz viva, se introducen en nuestros afectos, nos consuelan en la tristeza y nos devuelven la templanza. Volver a ellos es como regresar a un puerto seguro tras una tormenta pavorosa. Aquí, en la quietud de mi biblioteca, rodeado de los antiguos sabios, vuelvo a ser verdaderamente yo, libre de las cadenas del mundo exterior y entregado a la inmortalidad de las letras».

Cornaro 118

La preocupación moderna por el crecimiento personal, por la autenticidad y por el bienestar psicológico no ha hecho necesariamente a las personas más felices. Ha producido individuos cada vez más preocupados por sí mismos, más dependientes de expertos y más inseguros acerca de sus propias capacidades para enfrentarse a la vida.

El hombre psicológico es aquel que ya no se pregunta cuál es su deber ni cuál es el significado de su existencia. Su preocupación principal es cómo se siente. Las categorías morales, religiosas y culturales pierden autoridad y son sustituidas por categorías terapéuticas. El sufrimiento deja de entenderse como parte inevitable de la condición humana y pasa a concebirse como un problema susceptible de tratamiento. La cultura ya no exige carácter; exige bienestar. La pregunta característica de las culturas antiguas era: ¿cómo debo vivir?

Allí donde antes se hablaba de pecado, carácter, destino, virtud o deber, ahora se habla de trauma, autoestima, bloqueo, dependencia emocional o crecimiento personal. La psicología ocupa progresivamente espacios que antes pertenecían a la religión, la moral o la filosofía.

El capitalismo contemporáneo ya no funciona únicamente mediante incentivos económicos, sino mediante emociones cuidadosamente gestionadas. El trabajador ideal debe poseer empatía, inteligencia emocional, capacidad comunicativa, autoconocimiento y flexibilidad afectiva. Las emociones dejan de ser un ámbito privado para convertirse en una competencia económica.

El hombre contemporáneo ya no se confiesa ante un sacerdote ni busca consejo en un moralista; se analiza, se diagnostica, se evalúa emocionalmente. Vive rodeado de podcasts terapéuticos, libros de autoayuda, psicología divulgativa, coaching, mindfulness y discursos de bienestar. Incluso cuando se rebela contra ese mundo, suele hacerlo utilizando el mismo vocabulario psicológico que pretende cuestionar. Ahí reside la verdadera fuerza de la cultura terapéutica: no es una doctrina, sino un lenguaje que ha llegado a parecer natural.

Cornaro 117

El autoestigma es el principal responsable de que los pacientes con esquizofrenia se marquen como una res con un yerro candente ya con solo recibir el diagnóstico. Provoca insociabilidad, tristeza, exagerada soledad, deterioro de la calidad de vida, menor interés en la consecución de metas y un peor proceso de integración. Se ha demostrado de forma concluyente que este estigma internalizado está directamente asociado a mayores tasas de suicidio y depresión, una muy menor adaptabilidad social, y una drástica disminución en la búsqueda de ayuda profesional y en la adherencia al tratamiento. En términos cartesianos claros y distintos: sin estigma público no habría autoestigma.

Un aspecto sumamente tabú es que el rechazo hacia los pacientes psicóticos no solo proviene de la población general sin formación, sino que a veces se perpetúa de forma inconsciente o bien pesimista entre los mismos profesionales de la salud. Es una realidad incómoda que, en contraste con trastornos como la depresión, los propios psiquiatras sostienen a veces opiniones más perjudiciales sobre la esquizofrenia, manifestando un mayor pesimismo sobre la recuperación total de los pacientes y un rechazo social implícito. Muchos entornos asistenciales aún consideran que los trastornos mentales graves son una barrera insalvable para la vida autónoma. Estas creencias erróneas perpetúan un ciclo de silencio y vergüenza

Para muchos pacientes y familias, el verdadero calvario no es tanto la clínica (relativamente tratable con los fármacos), sino nuestra muerte social. El estigma de la enfermedad mental es universal. No hay país, sociedad o cultura donde la gente con una enfermedad mental grave tenga el mismo valor social que las personas sin dicha enfermedad. El 80% de las personas diagnosticadas afirman con rotundidad que el estigma o la discriminación que sufren en su día a día llega a ser considerablemente peor que la propia enfermedad mental. Y más del 70% apunta directamente a los medios de comunicación como los responsables de que el estigma y la exclusión empeoren cotidianamente.

¿Por qué la misma sociedad que hoy presume en redes de «ir al psicólogo para sanar su niño interior» sigue cruzando de acera o apartando la mirada cuando se encuentra con un paciente que sufre un brote psicótico o convive con una esquizofrenia?