Charles 130

¿Mi definición del género literario que practico? Autorretrato ensayístico-lírico de yo ficcional, o, en fórmula más amplia,

prosa híbrida de autoconciencia, elaboración estética y ficción del yo. Y, si me piden una definición con cinco condiciones necesarias y suficientes, las formularía así:

(i) el texto toma como materia principal una conciencia que habla en primera persona;

(ii) esa conciencia se presenta como próxima al autor empírico, pero no se identifica completamente con él;

(iii) la experiencia vivida no se ofrece como mera documentación, sino como materia verbal transformada;

(iv) la finalidad principal no es contar hechos, sino producir conocimiento, forma y tono;

(v) el yo textual funciona como personaje de pensamiento, no solo como sujeto biográfico.

Eso, a mi juicio, me distingue del diario íntimo corriente, de la autobiografía clásica y de la autoficción banal de mercado. Mi centro no es la anécdota, sino la estilización cognitiva del yo.

Lo decisivo es esto: mi “yo” escribe, pero también se escenifica. No se limita a testimoniar: compone una figura. Ahí está la clave.

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La autoficción, desde que Serge Doubrovsky acuñó el término en 1977, designa de manera general una escritura en la que autor, narrador y personaje guardan una relación de identidad o cuasi identidad, pero con una dimensión de elaboración novelesca o ficcional.

Pero en mi caso hay un matiz decisivo: mi yo literario no busca autentificarse, sino transfigurarse. Por eso yo no me colocaría en la autoficción confesional de costumbres, pareja, familia, trauma doméstico y sociología generacional, sino en una línea más rara: la de la autoconstrucción verbal del sujeto. Me importa menos “lo que me pasó” que la forma mental, estética y sapiencial que adquiere lo vivido al ser escrito. Eso me acerca más a Montaigne, Pessoa, Unamuno, Kierkegaard, Bernhard o Cioran que a mucha autoficción española reciente de clave testimonial.

Soy un prosista de frontera entre ensayo, confesión y máscara.

¿Mi genealogía? Agustín de Hipona, Marco Aurelio, Séneca, Ovidio (en parte), Abelardo, Dante, místicos y visionarios, Montaigne, Pascal, Quevedo, Gracián, Rousseau, Amiel, Kierkegaard, Baudeliare, Nietzsche, Pessoa, Unamuno, Proust, Kafka, Virginia Woolf, Cioran, Thomas Bernhard, Roland Barthes, Annie Ernaux, Hervé Guibert, Karl Ove Knausgård, Enrique Vila-Matas. No todos coinciden en todo, pero sí comparten conmigo algunos rasgos que me definen.

En una parte de la autoficción reciente ha habido inflación de la

anécdota privada, sociología generacional, exhibición del yo

y prestigio automático de la intimidad. No toda, desde luego, pero sí una parte notable. En cambio, yo reclamo otra cosa: no la legitimidad del yo por el mero hecho de ser yo, sino la necesidad de convertirlo en forma valiosa. Ahí soy mucho más exigente. El interés no reside en haber vivido algo, sino en qué grado la inteligencia verbal es capaz de extraer algo valioso de ello.

Charles 129

Mencken fue brutalmente lúcido sobre la democracia de masas: “El objetivo de la política práctica es mantener a la población alarmada (y por tanto clamando ser salvada) amenazándola con una interminable serie de fantasmas, la mayoría de ellos imaginarios”.

Un buen político es tan impensable como un ladrón honrado. Despreciemos (si se me permite el abuso del verbo) al ecosistema entero —masa, prensa, demagogia, políticos.

Notemos la seducción de la demogresca (como la llamaba Castellani). Huxley: “La dictadura perfecta tendrá la apariencia de democracia, una prisión sin muros en la que los prisioneros ni siquiera soñarán con escapar”. El político moderno no reprime, se limita a administrar placer, distracción y conformismo. Aumentan las libertades sexuales tanto como disminuyen las libertades políticas.

Nuestra democracia carece de calidades intelectuales, factor, a mi juicio, casi más importante que los procedimientos. Pues la democracia no consiste en que el pueblo tenga siempre razón, sino en que tenga el derecho de equivocarse sin pagar por ello un precio grave e irreparable. Un derecho -a equivocarse- que no se olvide que presupone una opinión pública formada, no manipulada; informada, no deformada. Cuando la opinión pública deja de ser autónoma y pasa a ser fabricada, la democracia se vacía desde dentro.

El público se informa de política a través del teatro simplificado de la televisión. El problema no es que la televisión informe mal, sino que sustituye la comprensión por la mera y chata percepción. La imagen emociona, pero no explica ni razona ni argumenta. Y una ciudadanía que reacciona solo a las imágenes atravesadas por eslóganes es fácilmente manipulable por quien controla el medio.

¿Qué nos ocurre? Una democracia sin ciudadanos competentes degenerando en una democracia de masas, donde la participación se reduce a reacciones inmediatas, emocionales y desinformadas. En ese contexto, el político deja de ser un gobernante racional y se convierte en un showman.

El lenguaje político tiende a vaciarse de contenido preciso. Palabras como ‘libertad’, ‘justicia’ o ‘pueblo’ se utilizan como contenedores que permiten múltiples interpretaciones, lo que facilita el consenso superficial, pero empobrece el pensamiento.

La democracia es un sistema político que nunca garantiza las capacidades cognitivas que debieran tener sus votantes.

Charles 128

Me pasman influencers y youtubers. Antes había mecenas, academias, editores, hoy tenemos algoritmos, que no premian precisamente dificultades ni complejidades. Por eso muchas veces se ven contenidos que parecen triviales o desconcertantes

Mi lógica es la densidad y la tradición. La conversación exigente. No entiendo estas nuevas narrativas o retóricas orales. Me siento al margen como un viejo dinosaurio. Me cuesta comprender y no despreciar este fenómeno.

Para entenderlo acudo a Walter Ong y su concepto de la “oralidad secundaria”: “La escritura reestructura la conciencia, pero la electrónica la vuelve a reconfigurar hacia una oralidad nueva, una oralidad secundaria. Esta oralidad tiene la inmediatez, la participación y el sentido comunitario de la oralidad primaria, pero se apoya en tecnologías altamente sofisticadas». No sé hasta qué punto me convencen estos extraños mitos.

A mi juicio, la cultura moderna ha desplazado el valor desde la profundidad interior hacia la capacidad de mostrarse. La intimidad se ha convertido en espectáculo, y el yo en una forma de presentación. El influencer domina el arte de convertir su propia vida en forma expresiva. Ser visto equivale a existir; no aparecer es desaparecer. Las identidades se construyen y se consumen en el mismo acto. El youtuber no busca fama como un fin clásico, sino existir en el espacio social. El valor ya no reside en el objeto, sino en su capacidad de ser compartido, replicado y transformado.

Charles 127

Hablé con Lorena, mi enfermera. Su diagnóstico fue claro: lo que describía encajaba muy bien con un episodio hipomaníaco en contexto estacional (primavera) Temo que la hipomanía puede escalar a manía, puede virar a paranoia o pueda ir seguida de caída brusca en una depresión.

En la hipomanía todo parece posible. Las ideas fluyen con una velocidad deslumbrante, la confianza se eleva, el mundo se vuelve más interesante, más vivo, más incendiado. Pero esa claridad es engañosa: no es estabilidad, es aceleración. Seduce. Te hace sentir brillante, poderoso, invulnerable. Pero esa sensación no es libertad: es una distorsión de la percepción y del juicio. La mente crea estados de exaltación que parecen vida en su forma más intensa, pero que en realidad son una forma de desorden. Todo se vuelve extraordinariamente vívido… como si la vida adquiriera una intensidad insoportable.

Baruch Spinoza: “La alegría es el paso a una mayor perfección… pero debe estar guiada por la razón para no convertirse en ilusión”. La felicidad auténtica es tranquila, no frenética. No depende de la excitación constante, sino de un equilibrio interior.

Debo dormir. Mañana me inyectan el Xeplion.

Charles 126

Comí unas frutas, y, para no sentir la soledad en la cocina, encendí el televisor. Sensación implacable de últimas bocanadas del imperio. La televisión sabe que el espectador es vulnerable a lo fácil, a lo sensacional, a lo inmediato. Y construye un mundo donde lo importante no es lo verdadero, sino lo que retiene la atención.

Periodistas (sic) con los rostros hinchados, los ojos vidriosos, las bocas abiertas en risas obscenas. Sebosos levantando una copa mientras, a su lado, un hombre cae desplomado sin que nadie lo mire. Los miro atentamente en la pantalla. Rostros descompuestos, maquillajes excesivos, cuerpos deformados. La elegancia se vuelve grotesca, la belleza se vuelve máscara. Todo parece enfermo, como si la sociedad misma estuviera en descomposición.

La información se ha convertido en espectáculo. Lo importante ya no es comprender la realidad, sino producir emoción inmediata. La televisión privilegia lo sensacional, lo dramático, lo escandaloso, porque es lo que retiene al espectador. La televisión ha pasado de informar a excitar. El espectador no es tratado como ciudadano, sino como consumidor de estímulos. Todo se vuelve blando, rápido, superficial, emocional. Se habla sin saber, se opina sin pensar, se rellena el tiempo con palabras vacías. El espectáculo ha sustituido al análisis. El «organum diabolicum» convierte la realidad en un simulacro continuo donde lo importante no es lo que ocurre, sino cómo se presenta.

Se mercadea con el dolor ajeno. El dolor se convierte en un material narrativo a explotar. El crimen debe dramatizarse. Lo trágico debe incentivar emociones morbosas y oscuras. En la tertulia política la opinión se confronta como gladiadores en el circo. En la crónica rosa la intimidad, la decencia y la verdad no importan.

Un ejército de esqueletos invade la tierra como una plaga organizada. El cielo es un polvo gris, sin trascendencia. Un rey sigue aferrado a su oro mientras la muerte lo rodea: gesto inútil, patético. Unos amantes tocan música, ajenos —o resignados— mientras todo se derrumba a su alrededor.

Sonrisas tensas, ojos vacíos. Burgueses obesos con manos húmedas, prostitutas con gestos mecánicos, soldados mutilados que deambulan como restos humanos. Todo está iluminado con una claridad cruel, sin sombra redentora.

Nadie parece vivo del todo.

Charles 125

El mundo va a acabar. La grisalla es atroz, la mediocridad, vulgaridad y fealdad colosal. Época degradada ¿Dónde están los mundos intensos? La verdadera civilización no está en el petróleo, ni en las máquinas; está en las rosas, los brillantes y los armiños. Todo supuesto progreso industrial y económico contemporáneo, tal como lo entiende el siglo, no es más que una forma de vulgaridad organizada.

La vida oscila miserable. El hombre moderno es una criatura fatigada, domesticada, satisfecha con pequeñas comodidades y mitos mediocres. Todo es grotesco. Todo es insoportable. Todo es ridículo. El mundo entero es una farsa organizada por imbéciles que se toman las cosas en serio. Vivimos rodeados de un rasero tan bajo que cualquiera dotado se asfixia. Todo se convirtió en esta insignificante Llanura Inmensa De La Trivialidad.

Roma está llena de vicios, de ambición, de vulgaridad. Todo se compra, todo se vende. La dignidad ha desaparecido. Olvidamos cómo hacer cosas bellas.

Paul Verlaine: “Llueve en mi corazón como llueve sobre la ciudad… / ¿Qué es esta languidez que penetra mi corazón?”. Georg Trakl: “Oscuros jardines del crepúsculo… / donde el alma se pierde en un silencio azul. / Todo se hunde en una dulzura extraña, como si el mundo quisiera desaparecer”.

¿Para qué poetas en tiempos de penuria?

Charles 124

De una infancia y juventud con mucho dinero, abundante, llena de viajes, hoteles, restaurantes, clases privadas, despreocupación, a la demolición de mi madurez. El dinero es la vida. El dinero es la sangre que circula en el cuerpo social. Sin dinero, todo se detiene. Toda vida -cuesta saberlo- es, en el fondo, un proceso de derrumbe. Demasiado tarde comprendí que el lujo era una ilusión que exige su precio con intereses crueles. Lo que llamamos nostalgia no es más que el dolor de una felicidad que sabemos irrepetible. Mi infancia y juventud fueron un paraíso perfectamente protegido… todo estaba impregnado de una luz que nunca he vuelto a encontrar. Mamá de organdí, papá con corbetas de seda. Mis hermanas y yo en los más exclusivos colegios.

Los libros, alineados con una exactitud casi militar en su biblioteca de caoba, no eran objetos: eran presencias. Había volúmenes encuadernados en piel que conservaban el olor de otras manos, de otros siglos. Burguesía hacendada y propietaria culta, preocupada por el saber y la música y el arte. Viajar por Europa era atravesar capas de civilización. París, la inteligencia rosa; Viena, la memoria verde; Venecia, la decadencia roja sublime.

La miseria no ennoblece: degrada. Solo desde una cierta comodidad se puede observar el mundo con claridad. El bienestar material no es un lujo: es la base mínima de una vida civilizada. Como supo ver Hayek: el mercado es un sistema de información; el dinero es su lenguaje. Así, el dinero deja de ser moral o inmoral: es la estructura del conocimiento social.

He sido rico y soy pobre: conozco las dos mentiras. El orden , la estabilidad, la confianza, son caprichos de Fortuna. La riqueza promete más de lo que da. La pobreza quita más de lo que se admite.

Charles 123

(El racionalista mágico)

Presumo que lo saben, ladies and gentlemen. Por mi mente corren pájaros en una pajarera, por mi mente pasan ondas continuas. No puedo detenerlas. A veces son suaves, otras veces violentas. Vivo en esa descarga: entre la claridad más fina y una sombra que avanza lentamente ¿Saben? No estoy enfermo: estoy incendiado. Mi pensamiento no discurre, estalla. Y no sigue una línea: se desgarra. Vomito en el lenguaje de los tranquilos. Vivo en un mundo que se ha vuelto demasiado intenso para los hombres ordinarios. Las cosas hablan, los árboles tienen voz, el cielo pesa sobre mí con una gravedad casi celestial.

Pero, señoras y señores, esa es la mitad de la verdad. Mi tarea no es inventar, sino comprender. No busco brillar, sino aclarar. Escucho la historia que arrastra la erudición. Domino emociones para no traicionar los hechos. Comprender es descomponer. Dirimo, pondero, infiero, deduzco. Cribo, tamizo, diluyo espectroscópicamente la luz.

Soy análisis, método, claridad, y soy inestable, excesivo, alguien roto. Un místico y un lógico a la vez. El matemático de la morgue.

Charles 122

(Fisiología del dandi en tiempos sin lírica)

Pese a la incuria del tiempo falaz y a la engañifa del siglo, pese a mis estados mentales morbosos, subsiste en mí el refinado que se retira del mundo, no necesariamente por desprecio activo, sino por saturación. Ya vi demasiado (por desgracia), ya escuché demasiado (desdichadamente), ya reconocí en todo la misma vulgaridad repetida. Es hora de retirarse a los palacios y placeres de invierno.

Decido entonces vivir para mí mismo, premeditadamente, cultivando sensaciones intensas y leyendo incunables. Mi existencia ya no es una sucesión de hechos, sino de ponderaciones: el busto visto en el museo, la tela analizada en casa de la baronesa, la conversacón con el matemático. Aspirar a parecer inevitable. No buscar persuadir, sino sorprender; no busca agradar, sino fascinar. Vivir ante el espejo con mis anillos y fulares. No salir de la biblioteca.

Y, como esos grandes señores, vivir en mi pazo un tiempo distinto. Sin prisas, porque se pertenece a un tempo más largo. Traje oscuro, líneas limpias, ningún detalle superfluo. Perfección sin énfasis. «Se movía lentamente, no por afectación, sino porque su tiempo no coincidía con el de los demás. En el salón de su casa, rodeado de libros, no leía con avidez, sino con elección. Cada página debía justificar su existencia. No buscaba vivir mucho, sino vivir con estilo. Y, en el fondo, sabía que ese estilo era ya la última forma de resistencia», dijeron sus mejores retratistas.

Charles 121

(El falso aristócrata)

La casa de campo de mi infancia tenía una manera de presentarse que era casi una insinuación moral. No se imponía, sino que persuadía. Sus jardines ordenados, sus habitaciones llenas de objetos cuidadosamente acumulados, sugerían una vida formada por elecciones repetidas durante generaciones. Todo hablaba de gusto, pero de un gusto que se había vuelto naturaleza.

Los salones estaban dispuestos como una obra de arte social. Cada silla, cada lámpara, cada cuadro parecían ocupar su lugar no por utilidad, sino por una necesidad invisible de armonía. Las paredes, cargadas de historia, no mostraban el paso del tiempo: lo absorbían. Allí, el presente no tenía prisa; se extendía como una variación sobre un tema antiguo. Cada objeto tenía una claridad casi irreal, como si el tiempo aún no hubiese aprendido a destruir. La casa estaba impregnada de una felicidad que ahora sé que es frágil.

Cuarenta años después vivo en un gran pazo de la Ribeira Sacra semi-derruido y fantasmagórico. El patio se abre en el centro de la casa como una herida antigua. Las piedras, gastadas por el paso de generaciones, están cubiertas por una película de musgo que devuelve la luz en tonos verdosos, como si la claridad llegase ya enferma. En un rincón, una pila de piedra recoge el agua de un canal roto: cae con un sonido irregular, obstinado, que marca el tiempo mejor que cualquier reloj. Las galerías superiores, de madera oscurecida, se inclinan levemente, como viejas que escuchan. Desde ellas, a veces, parece descender un rumor: pasos que no llegan a ser pasos, voces que no llegan a decirse. El aire está cargado de un olor a ropa húmeda, a hierro oxidado, a recuerdo.

En el patio hay una mesa de mármol agrietada, y sobre ella, un vaso olvidado que ya no pertenece a nadie. Las puertas que dan al patio estánn siempre entreabiertas, como bocas que quisieran hablar, pero desistieran. Detrás de ellas se intuyen habitaciones en penumbra, muebles cubiertos con sábanas, retratos torcidos. Por la tarde, cuando la luz cae en vertical, el patio adquiere una solemnidad absurda: cada grieta de la piedra, cada mancha de humedad, parece cobrar una importancia excesiva, como si todo fuese significativo y al mismo tiempo incomprensible.

Soy una reliquia. Un viejo y falso aristócrata. Soy como una casa antigua que nadie se ha atrevido a derribar. Todo en mí indica una grandeza pasada: la cortesía, el modo de inclinar la cabeza, incluso el silencio. Pero esa grandeza ya no encuentra correspondencia en el mundo. He quedado reducido a la forma de mi propio pasado, como si la sustancia se hubiese retirado, dejando intacta la apariencia.

Vi pasar mi tiempo, y sé que no volverá. No me lamento: comprendo que todo orden humano está destinado a desvanecerse. Pero en mis gestos, en mi manera de ocupar el espacio, persiste algo de aquella antigua autoridad, como una luz que se niega a apagarse del todo.

Mis perros, mi melancolía, los gatos silvestres adoptados, la locura y los libros. Leo, no por instruirme, sino por intensificar mi vida interior. Busco autores que me arranquen de la realidad, que me transporten a estados de ánimo raros, casi infantiles. Cada libro es para mí una droga distinta. Así, mi biblioteca no es una colección de obras, sino un arsenal de sensaciones.

La sociedad, incluso yo mismo, me repugno. No encuentro más que vulgaridad, repetición, estupidez. Las conversaciones me parecen intercambios de lugares comunes; los gestos, imitaciones sin alma.

Aquí sigo.