Me pasman influencers y youtubers. Antes había mecenas, academias, editores, hoy tenemos algoritmos, que no premian precisamente dificultades ni complejidades. Por eso muchas veces se ven contenidos que parecen triviales o desconcertantes
Mi lógica es la densidad y la tradición. La conversación exigente. No entiendo estas nuevas narrativas o retóricas orales. Me siento al margen como un viejo dinosaurio. Me cuesta comprender y no despreciar este fenómeno.
Para entenderlo acudo a Walter Ong y su concepto de la “oralidad secundaria”: “La escritura reestructura la conciencia, pero la electrónica la vuelve a reconfigurar hacia una oralidad nueva, una oralidad secundaria. Esta oralidad tiene la inmediatez, la participación y el sentido comunitario de la oralidad primaria, pero se apoya en tecnologías altamente sofisticadas». No sé hasta qué punto me convencen estos extraños mitos.
A mi juicio, la cultura moderna ha desplazado el valor desde la profundidad interior hacia la capacidad de mostrarse. La intimidad se ha convertido en espectáculo, y el yo en una forma de presentación. El influencer domina el arte de convertir su propia vida en forma expresiva. Ser visto equivale a existir; no aparecer es desaparecer. Las identidades se construyen y se consumen en el mismo acto. El youtuber no busca fama como un fin clásico, sino existir en el espacio social. El valor ya no reside en el objeto, sino en su capacidad de ser compartido, replicado y transformado.
