La casa en orden (invierno)

La casa en orden y la sombra del sauzgatillo digetea estremecida sobre el agua.
El mundo en calma, y ancha la avenida de la noche con un punto de tristeza voluptuosa, diversa, innumerable, espesa y adormecida, porque la noche es justo la hora de los amantes.
La casa en orden y el mundo en calma. En el cielo se abre un claro y el día se levanta. Los cacharros limpios y lavados en el fregadero. Gasóleo suficiente hasta febrero. La vajilla tiene luz de agua de invierno como de lejía ácida y oxigenada. El plumón de las aves quieto. La cama recién hecha. El colchón recién comprado recto y apaciblemente duro. Un rastro de resplandor vago el del cuervo negro orensano, como si su cabeza tuviera una curiosidad recalcitrante. Dentro de poco llegará un lejano chubasco que cubrirá de violeta al hórreo, casi se diría un párpado caer ligeramente opaco. Se desliza el crujido de una osamenta con una suavidad esponjada en este frío gallego. La Belleza surge en tanto lo que es también existe. Y ocurre que la casa está en orden, el mundo en calma, y sobre el velo de sarcasmo y fatiga de la vida, sobre el bombín que deja amplios resquicios de alopecia e ictus, sobre la cabeza oscura de una babosa enorme y negra y adormilada, alguien o algo hizo bien su labor. Sapos y ranas no cesan de cantar, de dos en dos cruzan la noche húmeda las salamandras: la casa en orden y el mundo en calma. Leeré bien abrigado hasta muy tarde. ¿Solo era eso? ¿Y todavía algo más basta?

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