MARÍA ANTONIETA
De «El falso aristócrata»
La turbamulta en la plaza
le lanzaba hortalizas e improperios,
pero la reina tenía en los ojos
la tranquilidad profunda de la noche
y la muerte.
Signos aturquesados trenzaban
la gloria del espacio y de las introvertidas nubes.
Invencible e impecable su cuerpo
se deslizaba al fin como tercetos encadenados
o como un destino de minué y luna griega.
Su corona yacía en el barro y, con sorna,
se la probaban en turno
verduleras, mendigos y meretrices.
En el cadalso conspiraba una aurora sin paraíso.
La gentuza, esa turba u horda,
gritaba con su brutez y vulgaridad acostumbrada,
igual a harapientos tiñosos y beodos.
El chusmerío hodierno iba a
disfrutar -cómo no- con la decapitación.
A la reina solo le quedaba
melancólica mirar su último ocaso.
Con usura y plebe analfabeta y zafia
no hubiesen existido las doradas monarquías.
De educación prusiana, el infecto matarife
le pisó su delicado botín, a lo que ella solo dijo:
«Pardon, mesieu».
Fueron sus regias últimas palabras.
