Contra el profesor Keating

man in white long sleeves reading a newspaper
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Los adolescentes carecen de experiencia, madurez y dirección. Y la madurez lo es todo. Asumir y conocer los propósitos, no desordenarse con incumplimientos, honrar aquellos valores de la naturaleza próximos a nosotros que nos definen, tener flexibilidad e inteligencia en el cambio (el último cambio, el definitivo, la muerte, debemos sabiamente comprenderlo pese a los deseos de inmortalidad difíciles de curar en nosotros), ser capaces de evitar absolutismos simplistas o puerilidades implícitas. Los adolescentes son totalitarios y napoleónicos, ingenuamente idealistas, poco avispados para el matiz y las visiones particulares o no gregarias. Viven abstracciones en blanco y negro,  viven un vitalismo desenfrenado e impaciente, y todo aureolado con una energía caótica. Un niño ante el televisor se convertirá en un adolescente frente a la pantalla del computador (con toda la algarabía e irrelevancia de los entretenimientos irracionales de las redes sociales) y acabará probablemente como un adulto iletrado. El ocio de las nuevas tecnologías resta números a la lectura, y la democracia cultural (sancionada por el mercado y el éxito de ventas) resta calidad a la oferta a favor de libros a menudo groseros.

Un gran profesor es un profesor con grandes conocimientos y exquisita capacidad de transmitirlos. La paródica “El Club de los poetas muertas” es una torcida representación de lo peor. Keating no educa, confunde. Keating no sabe, excepto en la espectacularidad del gesto o la puesta en escena histriónica. Keating no es hondo, su carisma -indudable- es una pátina o apariencia de profundidad. Keating no da fundamentos imperecederos, solo anécdotas vistosas. Keating propone un dionisianismo vitalista (“el carpe diem”) que conecta bien con las expectativas ocasionales y festivaleras de los muchachos, pero es una sabiduría o consejo sin transitividad porque sus verdaderos poderes se adaptan solo a sí mismo. La tradición no es una antigualla y una mera y patética esterilidad como caricaturiza hasta niveles irreales y de cómic inverosímil o de mero trazo grueso el guión de la película y el impostado profesor Keating. Él usa el ingenio y el chascarrillo, la mordacidad simpática, pero sus dardos apuntan solo a un monigote imaginario construido a su imagen y semejanza. Por eso Keating es nefasto y pernicioso: odia la verdad, odia la ponderación, odia la creación, odia la inteligencia; solo es un ejemplo del romanticismo más ñoño e inarticulado (de ahí la popularidad del personaje en estos tiempos de analfabetismo educativo)

¿Qué es la tradición? ¿Qué es la clasicidad? ¿qué es el humanismo? ¿qué es la ilustración? Reglas, poderes e instituciones que comprenden lo mejor de nosotros, un esfuerzo cotidiano por adquirir los grandes logros, el cuidadoso amor a la virtud y a los intereses benévolos, el intento de construcción de una personalidad o un alma no degradada (la mísera sociedad contemporánea convierte al pueblo en el peor populacho), la contención de las emociones desbordadas vulgares y el constante trabajo contra la ignorancia, el no titubear ante el imperio de la corrupción, el concebir las cosas y las ideas de modo plástico, el rigor intelectual, la prudencia política, los hábitos pacíficos y el admirar las grandes acciones, la soberanía intelectual individual, las luces necesarias para conducirse a uno mismo con sabiduría, es decir, saber ordenar convenientemente el propio destino, el deseo de incrementar sin cesar la riqueza interior, etc…; sin miramientos y de modo convulso y doloroso Keating solo ofrece un vaporoso e inexacto “sigue tus instintos” (cuando se precisa antes de seguirlos realmente conocerlos) Keating solo ofrece baratura de bazar y alfalfa espiritual, un poco de ingenio y una nada de genio. Los verdaderos progresos del alma requieren un conocimiento preciso de la memoria. La única gran revolución es nuestro derecho a asumir la herencia cultural. Keating representa las pasiones superficiales del corazón humano. Su corriente puede ser que a algunos arrastre, pero en verdad nos conduce al abismo. En el fondo tiene un alma mediocre que jamás ha sentido una libertad duradera. Además su energía violenta jamás puede tutelar. Compadezco a los alumnos de este mamarracho.

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