Lectura de Agnes Martin Lugand

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Últimamente estoy leyendo lo que todos leen. Intento así captar la psicología popular. Los best-sellers expresan esa relevancia. La novela a reseñar es “La gente feliz lee y toma café”, de la francesa Agnes Martin Lugand. El breve relato tiene gravísimos defectos técnicos y bochornosos problemas de verosimilitud, pero temáticamente sugiere una verdad mítica atractiva: la redención a partir del amor. Un individuo halla nuevas formas de superar una transición muy difícil o traumática (en el caso de la protagonista, la muerte de su marido y su hija en un accidente automovilístico) mediante la esencia vivificadora, plena, mediante la rica aventura de esa fuerza genesíaca del enamoramiento. Si estamos despedazados podemos recuperarnos con este género de ilusiones. El amor te da un sentimiento de participación y comunidad con la vida, significa un futuro utópico, obvia querellas interiores, es un método o experiencia por el que participamos de la excelencia y de la grandeza, donde se repele el trastorno del dolor. Yo nunca tuve una intimidad amorosa con otro ser humano. Mi psique patológica y mi recalcitrante soledad, mi cobardía, mi búsqueda irracional de refugios seguros, han hecho que me convierta en un monstruo. En mí se desecó la fuente del consuelo. Nunca amplié mi visión de las cosas con el potencial amoroso. No padezco dolor pero sé que, en el fondo, Dios me ha excluido. Mis ojos rapaces y lerdos son lastimosos réprobos. Mis únicos sueños son perros de colmillos agudos que desgarran los flancos de ovejas. Mi patética y limitada razón (todo lagunas) no se iluminó por la gracia. Triunfó en mí el arquetipo del pobre depauperado, de los sueños devastados, de la intimidad libresca sin extensión, sin intensidad, seco polvo de tesis doctoral. Es triste observar mi destino como un anfiteatro de potencias y fantasías oscuras. Sin amor, en puridad, no se ha vivido. Sin zafiros orientales invadiendo el aire puro, todo deviene poco más que matices del vacío y la melancolía. No puedo implorar a los dioses la tersura de su piel de puma. Los dioses no atienden mis plegarias. La novelita disparó estas breves consideraciones que aquí consigno. Es una novela fácil, romántica, irritante por sus defectos. Prefiero hablar de mí que de ella.

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