Meditaciones de Erasmo

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A veces la altura de la discordia es capaz de igualarse con el roble más alto,

pero un temperamento demasiado puntilloso suele ser mala vara para medir.

Grecia y Roma son las magnificentes ideas que expresan el amor más vasto por el hombre y por la naturaleza inacabable.

Ayer me ordené presbítero y puedo trasladarme al fin del monasterio

a la corte del obispo de Cambray y en pocos años espero estar en la Universidad de París.

Estuve en París; esos estudios pueden hacer a un hombre obstinado y disputador,

pero dudo mucho, muchísimo, que juicioso.

Tanto tartamudeo e impuro estilo desfigurado lo complican todo y no resuelven nada.

Sus lenguas mustias y asesinas de la elocuencia merecen una especie de mazmorra

o constante mutismo verbal. El odio y la malicia también se hallan en los hueros argumentos.

Me gustan las iglesias que refrescan el mar,

el viento que rompe los ríos y ulula en los capiteles de acanto.

Me gusta la niebla sobre el pelo rubio de las muchachas,

la conversación inteligente y la savia o corazón de la lluvia que te empapa del mismo espíritu divino.

Mis amigos Moro, Grocyn, Linacre y Colet buscan verdades generosas y no esas supersticiones cadavéricas parisinas.

Estudio griego, me enseño el griego, gozo espléndidamente aprendiendo la lengua de Platón.

El tejedor en el telar y el campesino tras el arado también son mis amigos y compinches.

Tuve una disputa libresca y algo agria con Lutero, hombre demasiado pasional, radical, nacionalista;

sus opiniones me desagradan; ese fanatismo, esa intolerancia…

Creo que en mí pesan más las consideraciones humanas que las estrictamente divinas.

Pero ahora me someten a expurgo y el Concilio de Trento me moteja de hereje impío.

¿Puede ser el humanismo un movimiento de paz universal?

Las casas de los cardenales me cierran sus puertas, los príncipes me persiguen.

Pero me consuela el ave que brota fuerte de la rama,

la alegría de estar en unión con Dios,

la corona de fuego que guarda la fe.

Si el afecto es tierno y la devoción sublime nada debemos temer.

Es invicta la dulce patria del mar.

Perdóname a mí y perdónalos a todos.

Que nos reunamos todos en la playa de las estrellas.

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