
Un engarce más vital con la experiencia lo tenemos los aldeanos. Marx habló con sarcasmo de «la idiotez de la vida rural». Sí, existen limitaciones y claras torpezas, pero compensa una mayor profundidad espiritual e inmersión en lo inmediato. El sentido de lo profundo y la conectividad natural de las cosas, nuestro cauto conservadurismo, conspira contra esta Era Lateral y Turbocapitalista, contra un ambiente cargado de burda ironía, contra el desprestigio de términos como «verdad», «alma·, «Dios», o «destino». Puede que nuestra perspectiva sea en términos generales más estrecha y menos cosmopolita; pero en las aldeas hay capillas, y donde hay capillas solo puede haber civilización.
