(i) No me gustan estos tiempos romos y abajados, tontuelos y memos y tartajas. Carecen de educación y humanismo. Tiempos de fantoches y horteras, de trapisondas y lameculos cucañistas. Crecí en una clase privilegiada, en una burguesía hacendada cultísima, con clases privadas de música, idiomas y dibujo. A esquiar en invierno y a Sitges en verano. Aquel mundo emitía unas radiaciones como un crustáceo desperezándose lentamente, crujía todo como una osamenta articulando mis miembros y mi sangre. Desde poco antes de la crisis el mundo se volvió muy feo, horrible e invivible. Como agitanado. Como de mercadillo balbuciendo baraturas sin calidad. Como de histéricas verduleras berreando. Un muncho chato y vacuo de hombres incultos y maleducados que se vanaglorian de su ignorancia. Yo ya solo vivo en la dulzura intemporal de mi mente. Algo me salva; sé que no envilecí mi vida. Que hay oro en mí. Que hay como un cerebro de Dios y no un engranaje de máquina. Pero una propensión melancólica me ataca pensando en los adorables viajes de antaño por Europa con papá y mamá. Ahora soy un rentista pobre. Escribo -mucho- para mí y leo para la gloria. Lampedusianamente. Y nunca pienso ponerme a trabajar. Eso ni pensarlo siquiera, jamás. A veces en mis poemas, como una estrategia de disposición retórica y de efectos de impresión en el lector, exagero las notas despreciativas y agresivas hacia los diferentes a mí, pero mi natural (os lo aseguro) es de simpatía y bonhomía y serenidad. Si desprecio a los demás es porque también me desprecio a mí mismo. Triste destino ser pobre habiendo sido rico. Ahora mi riqueza es de carácter, de cultura, de nostalgia y sutilezas. El mundo registra fácilmente ideas nuevas; más dificultosamente registra experiencias nuevas. Mi experiencia es de apocalipsis, decadencia, caída y derrumbe. Mi mundo se desmoronó y vivo como en un helado exilio. Mi vida consiste en limpiar de nieve los escarpines de la zarina y defenderla con mi vida de los lobos. Huimos por la estepa en un trineo blanco y recio. Cae cellisca de las nubes.Detesto lo nuevo. Este mundo moderno no será castigado; es el castigo mismo.

(ii)

Me gusta la propiedad y la imaginería burguesa asociada a ella. Me gusta un buen coche, los hotelitos de verano, los pastelitos aromatizados -mirlitons-, el marisco de carne rosácea y titilante, las almendras y el hojaldre, los cangrejos en tabernas de pueblo con mar, organizar mi paraíso material según los sueños de un burgués. Su imperio de utensilios domésticos, limpieza, y gadgets tecnológicos, me reconfortan como estrellas en una noche de verano. Me gusta tanto el bullicio del confort, el enclaustramiento doméstico como ideal o forma alta de felicidad…Y en la arcadia o Antártida espiritual salirme de clichés, estereotipos y convenciones, gozar de los lirios silvestres de la soledad, la energía del silencio, y la meditación de la biblioteca. Bohemio de mente y burgués de posesiones, como un Gatopardo altoburgués en lugar de aristócrata, como si flotara encima de los simples hechos, como si registrara experiencias nuevas, es magnífica la dulzura intemporal de la existencia de un pequeño propietario rural. Me gusta tener algo de dinero, algo de artista, y algo de inteligencia. Feliz 2021.

(iii) La breve y larga noche al sonar guarda silencio de iglesia. El silencio siempre fue la respuesta final ante la enormidad. Después de “El grito” de Munch, juraría que se allega un mar quieto que jamás volverá a moverse. La nieve, por contra, enmudece los sonidos cercanos y amplifica los lejanos con increible claridad. Quiera Dios que no me asorde a estos últimos.

(iv) “Himenópteros que bebían la tardanza”, uno de los versos surrealistas, entre muchos, de que me proveen mis alucinaciones auditivas. Pero al no ser esquizofrénico, sino probablemente bipolar tardío (está en estudio), las voces jamás son atroces e insufribles. La mente divaga y desgrana una serie de imágenes y sonidos a menudo dulces y limpios, nunca contundentes o autoritarios. Con Virginia Woolf lo único que tengo en común es el blanco de los ojos, pero creo que ella a veces oía como le hablaban dentro de su cabeza pájaros en griego, y, la escritora británica feminista Sara Maitland, que es una señora completamente cuerda, narra en libros y explica en entrevistas fenómenos similares.

(v) Mi padre; qué burgués superior y ecuánime. Sin pausa aportaba datos y reflexiones que fluían en una corriente bien ordenada -un pensamiento clásico es un pensamiento bien ordenado- Todo con medida, grabando en la memoria del feliz oyente los pormenores o contornos del problema o tema a dilucidar. Y en el ajedrez era de una riqueza monstruosa, bellamente gigantesca (pero de mal perder) Era un Lavater y un Tartufo al mismo tiempo. Se sacrificó con minuciosidad por el bien común, el bien particular, y el bien familiar. Generoso, intuitivo, trabajador compulsivo. Sus áreas de conocimiento eran el Derecho y las Finanzas, pero amó también el Arte, con énfasis sobre todo en la pintura. Un análisis de su destino prueba que vivió como deseó, que vivió al hilo de sus pensamientos sobre la vida. Su espíritu no está ahora en la nada; resta su memoria en el Universo, su software se añadió o sumó a la computadora cósmica. Fue un alma sintética; unió lo cordial y sensual con lo intelectual, el placer con las rumiaciones. Amó mucho (muchísimo) a mamá -como ella a él-, aunque su relación fue tumultuosa, con altibajos perennes. Vaticinó a estos patéticos decorativistas horteras del nacionalismo radical catalán que pululan por mi tierra como monos subidos a los árboles, a estos atolondrados ignaros. Detestó el arte no figurativo, la ausencia de “mímesis”, la mente en fugas irracionales. Gustó del lujo y tuvo compasión (fue clemente y ayudó) por los desnutridos. Nos educó con severidad temiendo la influencia nociva de la envolvente “tribu”. Más que simpático, sarcástico. Más que católico, teísta. Más que feo, atlético. Más que melancólico, vitalista. Una de los grandes frustraciones de su vida es que yo me saliera de la ruta que preestableció y no estudiara ingeniería. Pero, pese a los disgustos, creo que fui su hijo favorito. Lo quiero y lo quise. Descansa en paz papá.

(vi) Una vez que me comporté muy indignamente con mi padre -prefiero no explicarlo, que todavía duele- éste me llevó a su despacho y más o menos me dijo “El afecto de un padre no es incondicional, y la rectitud pesa más que el amor, o, cuando menos, la inmoralidad deteriora el amor. Si no meditas y cambias -con dolor- te expulsaré de mi comunidad moral.” Mi padre educaba con guante de terciopelo en mano de hierro, con autoridad, rigor, y sin esas beaterías chill out o astrologías mamarrachas a lo Paulo Coelho de la pedagogía posmoderna. Sabía lo que tenía que hacer porque le sobraban convicciones y razones. Me eduqué en un ambiente que adoraba la cultura, exigente, respetuoso, honrado. Mi padre propendía a la intolerancia y una moderada falta de empatía, virtudes que compensaba mi madre (a la que sumaba una ironía inteligentísima). El esfuerzo y la diligencia para todos nosotros eran méritos casi sagrados, como cierto orgullo de clase burguesa que desdichadamente a veces se resolvía en un sarcasmo algo despreciativo por las clases subalternas. Mi vocación de escritor fue fuente -parcial- de conflictos, y mi propensión a la ociosidad y haraganería infinitamente mucho más sancionadas híspidamente. Pero su legado y forma, si pudiera transmitirlo a hijos que nunca tendré (soy hijo sin hijos), sería el mismo, excepto -seguro- el clasismo y la frialdad emocional (insistiré en algo ya dicho, mi mamá es mucho más cálida de lo que lo fue mi papá) Su memoria vive en mí mientras yo viva, una memoria que cada vez me hace más bien, una promesa de felicidad y serenidad, un aguijón de melancolía.

(vii)

La imagen puede contener: una persona, gafas

Papi: nobleza, honor y gloria.

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