
Durante gran parte de este siglo, California ha sido nuestro Distrito Encendido. Reemplazó a la reserva occidental de Nueva York. Aunque los cultos de la Nueva Era no cuentan con más de treinta o cuarenta mil miembros, sus compañeros de viaje constituyen una asombrosa y enorme multitud incalculable. En prácticamente todas las librerías hay una sección Nueva Era, en la que encontramos tanto a la inspirada Shirley MacLaine como las memorias espirituales de guerreros que lograron alcanzar la luz. En Estados Unidos hay dos grupos perfectamente interconectados; profesores universitarios políticamente correctos y sofisticados del resentimiento hacia la altura y sublimidad intelectual, y un coro de chiflados tropicales de la conspiración de Acuario, que intentan llevar nuestro planeta volando hacia la conciencia cósmica.
Estos brujos y médiums del orfismo californiano no son exactamente Swedenborg, ni siquiera Madame Blavatsky, de quien Yeats observó de modo supremo: «¡Naturalmente que obra milagros espurios! ¡qué otra cosa va a hacer una mujer de genio en el siglo XIX!” Los espurios milagros de la Nueva Era son los límites y la amalgama de un Religión Cómica Planetaria.
La definición (él la llama Religión Armoniosa), de Sydney Ahlstrom ahora es un clásico:
“La religión armoniosa abarca aquellas formas de devoción y fe en las que queda explícito que la serenidad espiritual, la salud física e incluso el bienestar económico brotan de la comunión de una persona con el cosmos. La beatitud humana y la inmortalidad se cree que dependen en gran medida en que uno esté “en sintonía con el infinito”.
La cronista más importante de la Nueva Era sigue siendo Marilyn Ferguson, que celebró su promesa en “The Aquarian Conspiracy” , de 1980. Su catálogo de gurús incluyen a Teilhard de Chardin, Jung, Huxley, Krishnamurti, sumándole después -entre otros- un batiburrillo de personalidades como Tillich, Buber, Bateson, diversos maestros hindúes, McLuhan, Fuller e incluso Erhard. Ferguson declaró que California era “el laboratorio para la transformación” y el inevitable emplazamiento para desencadenar el retorno del “Dios de nuestro interior”.
La lúcida y hermosa antología comentada de Huxley, “La filosofía perenne”, de algún modo se halla en los orígenes de la Nueva Era. Huxley invocaba grandes maestros espirituales videntes y místicos de todas las épocas; William Law, Traherne, el Bhagavad Gita, Meister Eckhardt, San Agustín o San Juan de la Cruz. Enmarcadas en el esplendor contemplativo de la prosa de Huxley, las profundidades innegables de Law o Eckhardt adquieren un nuevo eco. Por lo demás, los estudiosos de la Nueva Era al comentar a un maestro espiritual deben resignarse al “picnic” del proverbio.
En la inmanencia absoluta del Dios de la Nueva Era uno imagina que el cosmos es como una inmensa naranja, y la conciencia como su jugo, a imitación del clima californiano. El gurú Fox escribe
“La conciencia sacramental del panenteísmo evoluciona hacia una conciencia transparente y diáfana en la que podemos ver los hechos y los seres como divinos”.
Si sustituimos “divinos” por “naranjas”, y “jugo” por “conciencia”, se podría sugerir una nueva comprensión:
“El jugo sacramental del panenteísmo evoluciona hacia un jugo transparente y diáfano en el que podemos ver los seres y los hechos como naranjas”
Por extravagante que sea la Nueva Era, por muy horteras que sean sus confesiones y credos, expresan la cutre exuberancia espiritual planetaria de un mundo desarrollado nada alfabetizado, contra-científico y con una acusada tendencia al hermetismo racional.
Tomado y extractado, con ligeras modificaciones, de: Harold Bloom, “La religión americana”, Taurus.
