De: Diario de un aldeano

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(*) Dice el evangelio que hay que ser astutos como serpientes y mansos como palomas.

Los jesuitas tomaron tan a pecho la máxima, que hoy estuve charlando dos horas con uno, y todavía no averigué qué quiso decirme.

(**) Plumíferos recitando con sus palmeros algún que otro poema empalagoso como “Footprints in the Sand”, de la acuosa e inolvidable Mary Stevenson. Siempre, claro, se divisa a los tipos felices redudir por cocción sus propios problemas (o grandezas)

Tal si escribiesen manuales piadosos, sienten así -creo- que vuelven a salir al mundo radiantes de poder.

Ciertamente yo soy incapaz de representar su cosmos bullente tan enormísimo. Lúcidos y visionarios, su dinamismo vital es fascinante. Seguro que el mundo nunca los abandonará.

(***) Su novela me raptó la testa culo.

(****) Sus poemas con brusquedades de puta y acordeón.

(*****) Si sobreestimara mis capacidades o cuidara mucho de devorar un genio que los dioses nunca me concedieron, podría servirme de mis jugos gástricos para triturar los libros ajenos hasta hacerlos papilla, y a continuación expulsar unas briquetas de tamaño siempre superior a lo ingerido.

Pero me limito a leerlos como Carmen Posadas los escribe; según ella “Me pongo unos “leggins”, unos calcetines de tenis, unos mocasines como los que llevan los sioux y un jersey”.

Me rechifla la literatura de serrana de la Finojosa.

(******) Escritores y escritoras “gaiteros” y “gaiteiras” (otros, que mucho admiro, saben tocar tanto la pandereta como el violín), todos -los “gaiteiros”- igualmente embriagadores o embriagadoras, acongojantes o acongojantas, orgiásticos u orgiásticas.

Sus lectores se sienten presa de una agitación súbita e indomable hasta casi derramar las lágrimas al leerlos, otros un intrépido arrojo, los hay que se impulsan hacia el lugar donde el combate es más bizarro o se desternillan de risa con imbatible y rockera pasión monga.

La respuesta de mi mamá es digna de recordarse: “Mira hijo, si me van a volver tan mema, prefiero no leerlos”

(*******) Se oye al fraile agonizante

en son confuso rezar;

el divieso en su culo deflagrante

también le impedirá hoy pecar.

(********)

a mí n´amás me gusta

que dali gustu al cuerpo;

foliar y exfoliarme como perra

andalmi de paseo por el ma;

a mí n´amás me gusta

que dali gustu al cuerpo

o cascalmi guenos guevos fritis;

sí, la sirena sibarita de manjatán.

(*********) Ese era justamente el pretexto que necesitaba Du Tillot [primer ministro del ducado de Parma, Guillaume du Tillot, marqués de Felino, y que andaba buscando pelea] No solo Parma, sino también las tres grandes monarquías borbónicas de Francia, España y Nápoles reaccionaron furiosas. Sostenían que la prohibición del Papa Clemente les afectaba a ellos lo mismo que al ducado. Porque, efectivamente, Clemente liberaba a todos sus súbditos de su deber para con sus soberanos. Bernardo Tanucci, primer ministro de Nápoles, fue tan lejos como para sugerir privarle de todas sus posesiones en la tierra. El primer ministro francés de Asuntos Exteriores, el duque de Choiseul, dejó por completo de lado el lenguaje diplomático:

“El Papa es un tonto de remate y su ministro un idiota de primer orden. Su insulto no va dirigido únicamente al duque de Parma, sino a toda la Casa de Borbón. Se trata de un acto de venganza, de una represalia contra los monarcas que han expulsado a los jesuitas. Si se tolera este primer y detestable paso, la corte romana, liderada por un hombre que no conoce límites, no se detendrá ante nada. La dignidad de los monarcas y los Pactos de Familia exigen que no permitamos que ningún principe de esta Casa sea insultado impunemente”

[….] Quizá si hubiera sido un Papa mejor de lo que fue, con más confianza en sí mismo y más decisión, habría podido defender a la Compañía de forma mucho más efectiva, aunque aún así es improbable que hubiera habido gran diferencia. El error estaba en la época. Al Siglo de las Luces le gustaba tan poco el Papa, como al Papa [Clemente XIII] el Siglo de las Luces. El Papado había perdido su prestigio y mucho de su poder. La Europa cristiana hablaba de boquilla, pero poco más.

John Julius Norwich, Los Papas, Reino de Redonda, traducción de Christian Martí- Menzel.

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