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El alma blanca de los leopardos invernales

atravesaba el Támesis tras venir de dormirse en la luna.

Plomo derretido humeaba en las arterias de la ciudad

como la respiración ronca de un osezno

con un huevo en la tráquea.

Londres, y también en tu lengua gotitas menudas de agua.

No lo supiste, pero hiciste bien

en guardar esa imagen.

Con tu bufanda naranja y tu paraguas de seda y tu libro apolillado

y el caliente corazón de diligente universitario extranjero.

Calaveras de champaña, radiografías de pulmones de pájaros

y obscuras plumas gigantes

vendrán siniestras tras ello…

No lo sabías todavía demasiado bien, pero en años venideros

cuántas veces ocupó tu mente esa imagen:

joven estudiante muy solo y apabullantemente feliz

en medio de la ciudad populosa.

Como un destino esa compacta soledad de harapiento gozoso.

Como si viera el resto de mi vida una echadora de cartas.

Un puente, un río que pasa, un exilio, un libro.

Christian, abre los ojos y regálate esa belleza de la memoria

una vez y mil veces. Siempre. Que no muera y solo en ti viva.

Que sea nieve en la cumbre de tu memoria.

Una imagen que dibujó exacta tu vida.

Eres ese símbolo: un solitario perdido en ciudad hermética

y extranjera rodeado de millones de mudos solitarios.

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