
Han pasado más de treinta años.
Paseaba por el barrio proletario y vi
a la joven mamá apoyada en el tendedero
tendiendo ropa íntima y de niños pequeños.
Tenía un rostro sumamente bello,
un bonitísimo cuerpo de armonía feudal,
donde la estupidez franca parecía cálida y auténtica,
unos pechos generosos de los que el intelecto
era un retrato falso y pretencioso.
Pero la amé como nunca calculé que se podía amar.
Deseé acariciarla y besarla mil noches, toda la vida,
penetrarla con fuerza salvaje de turbina.
Hasta mezclarse con el cielo esplendía su piel blanca,
frutos de ardientes espuelas vibraban sus pezones.
¿Qué planeta o Dios airado nos separó por siempre?
Un río de soledad como pus negro fue mi vida.
Pero esa visión fugaz acompaña mi vida privada
tal filón miniado de oro dentro de cueva,
como liviano calor de centella oliendo en unas braguitas limpias.
La ropa goteando en el tenderero;
una jovencita mamá con luz de mañana sobre el escote inclinado;
¿No es el ansia y el dolor de la palabra un balcón
por el que caen palabras y voces-bloques sucios que forman islas
rodeados de asfalto y cascotes?
