
Perdiste el reloj de tu padre, la letra de las
canciones, mujeres que no amaste de veras, no, no es muy difícil
dominar el arte de perder. Perdiste la memoria,
la razón como un guisante peludo en el prado,
las llaves pequeñas en la boca dentada de una luciérnaga.
Las horas que se malgastan frente al televisor.
La soledad que se irrita frente al libro.
Perdiste la voz de Marta como monda podrida de naranja en el suelo.
Perdiste ciudades, casas, amigos, ropa,
dinero, abstracciones, deseo, honor,
oasis, infiernos, sueños, botellas, pastillas
dentro de los sofás, vientos que azotaban helados
la cara, tus bicicletas, tu acné, el murmullo del agua
al hablarnos de cerca.
La vida es un océano encrespado de pérdidas.
Parece difícil dominar el arte de perder
pero es fácil como una amnesia por golpiza.
Toda verdura atropella una contracara de hedor.
Cualquier idea flota en la oscuridad.
Quédate con la suavidad lenta, silenciosa, de la hoja, y acepta y olvida.
Desprecia lo que poseíste; vivir es una acumulación de límites.
Espera la dulce muerte dentro de este oscuro mundo.
Anhela esa hora y esa ganancia.
