Lectura de Theodore Dalrymple

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No debiéramos preguntar “¿Qué es la atención?” sino reformular la pregunta hacia otra especie: “¿Qué hacemos cuando prestamos atención?”, y entonces advertiríamos que lo que hacemos no es “prestarla” sino “regalarla”, sustituir un propósito, una línea de acción, apostar por una clase de futuro renunciando a otro.

Leer “Nuestra cultura, ¿qué ha sido de ella?” de Theodore Dalrymple, editado por El Cercano, en lugar de -digamos- sustituir esas horas de lectura por la visión de un programa chismoso de Tele 5, o por escuchar las vacuidades gritonas de la retransmisión de un partido de fútbol por la radio, implica que mi atención conspira por un destino noble frente a un destino apulgarado, que sustituyo la energía plebeya por la persuasión del argumento y la observación inteligente. Gano alma y pierdo barbarie. Gano civilización y conciencia, y resto animalidad y automatismo. Típica propiedad de la buena literatura.

Admirar es admirable en función del admirado; admiro al autor de este libro; por irónico, por no retorcer sus ideas en “obiter dicta” injustificados y de mero hermetismo gongorino o heideggeriano, sino aplanarlas en un tono cortés y sencillo, pero jamás rebajándose innecesariamente, por su lucidez y muy ancha experiencia de mundo (ha trabajado de psiquiatra en prisiones, ha viajado y estudiado), por su disección de las costumbres en las clases populares inspiradas, no ya en el molde de la tradición, sino en memas ideas de sofisticados intelectuales nada ejemplares (ésta es la tesis implícita del libro distribuida con acusada perspicacia)

Nietzsche declaró “Las más grandes ideas son los más grandes acontecimientos”. Las ideas sobre la familia, la educación, el feminismo, el sexo, el arte, las drogas, la emoción, el vínculo, el placer, el orden de los valores relevantes, etcétera, nacen en los gabinetes privilegiados del estudioso o del departamento universitario y, por capilaridad, acaban en el cerebro -y el corazón- del joven obrero o del burgués medio.

Imaginemos que un chaval (o una muchacha) de un barrio marginal desea ser pintor. El humus sobre el que sobrenadará le hará creer que lo importante es expresarse, independientemente de que sea un ignorante o no.  Lo desalentará ante la perspectiva del duro trabajo requerido para alcanzar la excelencia, precisamente porque la idea de mérito ha sido demolida y desacreditada. Buscará un fácil éxito con atajos. Como se verá incentivado al sexo precoz y cinegético o conejero, al consumo festivo de drogas, a un inflamado resentimiento social (o de género), a resumir la humanidad en clichés, a exigir como una obligación ineludible subsidios ministeriales para su obra, a expresarse con canallería jergal para ser “auténtico”, en fin, que nuestro joven imaginario se convertirá -con alta probabilidad- en un compacto mamarracho.

Las palpitaciones de los tiempos en que se han implantado ideas abstractas e ideales desastrosos para las clases bajas es lo que Dalrymple revoca en las dos partes de su ensayo, comparando las contra utopías de Orwell y Huxley, leyendo a Woolf, a Shakespeare, etc… o bien extrayendo inferencias de estampas costumbritas (Lady Dy, la Habana, el París del extrarradio…); todo desde múltiples estrategias retóricas que orbitan y amplían un núcleo o visión del mundo realmente sabia.

La tradición o la ilustración individual, el peso del “common sense” secular o bien la capacidad de dirimir y sopesar de un modo realmente libre, son formas de salir de este cul-de-sac. Mill afirma que “la región propia de la libertad humana […]comprende, en primer lugar, el dominio interno de la conciencia, la libertad de pensar y sentir, la libertad absoluta de opiniones y sentimientos sobre cualquier asunto práctico o especulativo” “Este principio -prosigue- requiere la libertad de gustos e inclinaciones, la libertad de organizar nuestra vida conforme a nuestro modo de ser”…o conforme a las reglas testadas por el tiempo (ensayo y error) y que, transmitidas de generación en generación, resultaron exitosas para la solución de nuestros intríngulis existenciales y para el objetivo de alcanzar la felicidad. Yo me inclino más por la salida liberal -que tiene como espada de Damocles la anarquía-; diría que Dalrymple propende más a lo segundo (la prensa británica lo llama, acaso de forma grosera, el nuevo Burke)

El Estilo Caótico e Informal que nos define disuelve la cortesía, la grandeza, la rectitud y el vigor moral, la lumbre intelectual; parece que lo que leen las lolitas vale lo mismo que “Lolita”, un eslogan publicitario lo mismo que un poema de Cernuda, cuidar de modo sacrificado e implicado a un hijo es lo mismo que abandonarlo, o que es lo mismo cumplir con el deber que transgredirlo.

Contra este estado de cosas que los mandarines intelectuales teorizaron y la plebe (convertida en populacho especialmente por los mass media y el uso de las redes) siguió acríticamente, muchos batallamos. Yo llevo cinco años escribiendo un libro, “El falso aristócrata”, donde reivindico, frente a la basura ambiental, los valores y el mundo de la burguesía hacendada y propietaria culta. Puede que Mr. Dalrymple discrepe de mi solución, pero yo en nada discrepo de su análisis y su muy gozoso y espléndido libro, un verdadero hito en la en general átona vida editorial española.

Enhorabuena a la casa editora y al fascinante autor, un amigo mío más para añadir a mi páramo privado o galería memorable de lúcidos claros y distintos.

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