
Anhelaba ser redondo y tranquilo,
esa justa tosquedad de espíritu, no en vano
se reforzaba así su creencia de saberse el más
solitario, el más -sin vida- ilimitado.
Contemplar anchamente un día de nubes tímidas,
embobarse con las filigranas doradas y helicoidales
del humo del cigarrillo, ver nevar -sobre todo-
sentado en la galería acristalada junto a la iglesia,
y no pensar, no vivir, no enamorarse, no saber,
no pleitear, no leer, no sentir, no escribir.
Alimentarme, como Epicuro, solo a base
de pan y queso, carecer de habla,
no abrir la luz en busca de ciencia,
no confiar ni en el sí ni el no, intimar con la Luna,
no amar ni místico lujo ni supersticiosa pobreza,
siempre sin amigos, siempre dentro de casa.
Cesar, aniquilarte, desvanecerte, olvidarse,
sin deseo ni sueño de eso mismo,
y acabar como un alto monstre sacré
cuyos hechos, ritmo, ideas y sentimientos
corren (nada pasa) al compás de una piara de rosadas
ratas entre tu sabio y radiante dormitorio.
