
En el nuevo -lujoso- salón cinematográfico
las parejas acuosas se estremecen
y hay un crujido de rumor de medias
e imperios dormidos en las cálidas
petit-suisses tras su blusa roja y dulce.
En la pantalla dos actores como el universo
se besan, se acarician, se encabalgan, fuman,
y una niebla tenue, rutilante, los encierra.
La maravillosa chica que está contigo
evita tus manos, labios y tus caricias,
busca con la imaginación la boca
rosácea o púrpura del protagonista.
El hombre debe estar solo.
La maravillosa chica que amas y no te ama
con calidades de noche y ocaso en el trópico
se abandona feliz a la pantalla, a su luz
zodiacal y oxigenada de sueños.
Lo aprendiste pronto: el hombre debe estar solo.
