Diario de Aquitania 3

“¿En qué consiste la verdadera grandeza? En cerrar tu alma a los pensamientos criminales; en elevar al cielo las manos puras, en no demandar nunca más bienes que los que se puedan obtener sin que un tercero los dé o los pierda; en contemplar los otros bienes, tan estimados por los mortales, cuando la misma suerte nos los procurase, como destinados a marcharse por donde vinieron ¿En qué consiste la verdadera grandeza? En elevarse valientemente por encima de la suerte; en no olvidar nunca que uno mismo es un hombre, con el fin de saber, cuando sea dichoso, que no lo será mucho tiempo, y, cuando sea desgraciado, que no lo será más que cuando se crea no serlo.”, Séneca, “De la ira”.

“Talibus orabat dictis arasque tenebat,
cum sic orsa loqui uates: ‘sate sanguine diuum,
Tros Anchisiade, facilis descensus Auerno:
noctes atque dies patet atri ianua Ditis;
sed reuocare gradum superasque euadere ad auras,
hoc opus, hic labor est. Pauci, quos aequus amauit
Iuppiter aut ardens euexit ad aethera uirtus,
dis geniti potuere. Tenent media omnia siluae,
Cocytusque sinu labens circumuenit atro.
Quod si tantus amor menti, si tanta cupido est
bis Stygios innare lacus, bis nigra uidere
Tartara, et insano iuuat indulgere labori,
accipe quae peragenda prius. Latet arbore opaca
aureus et foliis et lento uimine ramus,
Iunoni infernae dictus sacer; hunc tegit omnis
lucus et obscuris claudunt conuallibus umbrae”.

«Con tales palabras oraba y abrazaba los altares,
cuando así comenzó a decir la vidente: «Nacido de sangre
de dioses, troyano hijo de Anquises, fácil es el descenso al Averno:
de noche y de día está abierta la puerta del negro Dite;
pero dar marcha atrás y escapar a las auras de arriba,
esa es la empresa, ese el esfuerzo. Unos pocos, hijos de dioses,
a los que amó el justo Júpiter o su ardiente valor los sacó al éter,
lo lograron. En medio los bosques todo lo ocupan,
y el cauce del Cocito lo rodea en negra revuelta.
Pero si tu mente tiene tan gran ansia, si tan gran deseo
de surcar dos veces los lagos estigios, de dos veces ver la negrura
del Tártaro y te place emprender una fatiga insana,
escucha primero las cosas que has de hacer. En un árbol espeso
se esconde una rama de oro de hojas y tallo flexible,
según se dice consagrada a Juno infernal; todo el bosque
la oculta y la encierran las sombras en valles oscuros”, Virgilio, “Eneida”, Liber VI, 124-139

«… me ha incitado y movido a escribir esta obra… haber notado que ninguno en mis días había emprendido una historia universal… Veía yo al presente historiadores que han descrito guerras particulares y han sabido recoger varios sucesos acaecidos a un mismo tiempo; pero al mismo paso echaba de ver que ninguno, a lo menos que yo sepa, se había tomado la molestia de emprender una serie universal y coordinada de hechos, cuándo y en qué principios se habían originado y cómo habían llegado a su conocimiento», Polibio.

***

Atisbo, fisgoneo, fijo mi espíritu en el clan de los sobresalientes, escruto sus palabras pesadas con plomada y onza, me sumerjo con fervor en su lectura. Me asombro. Yo siempre perteneceré al mundo enano sin gloria ni oropeles.

Uso unos chapines blancos al leer a los clásicos. Oigo ruido del proyector de candilejas. Como un estudiante candoroso copio sus textos en las libretas. Grecia y Roma tienen algo de mercado árabe, de plaza tolosana, de feria de Bagdad. Grecia y Roma como un pope de novela rusa, como salones de plata y champaña en París a principios del siglo XX, como música de tango en las cámaras de un burdel. Séneca es un zepelín acuoso. Virgilio es el tiempo de los bosques de estatuas. Polibio es el ornamento vegetal en los muros.

Nada hay más alto que la cenizosa ventana rosa que te queda en los ojos al leerlos.

Deja un comentario