
«La invasión de los ultracuerpos» comienza con imágenes de unas semillas escapando de un planeta lejano, que viajan por el espacio y caen en la Tierra mezcladas con la lluvia. Se ve llover sobre una extraña flor parásita creciendo en una hoja. Uno de los protagonistas ve la flor, la recoge y se la lleva. Con esto, la historia da comienzo.
Benell (Donald Sutherland) es un inspector de sanidad muy capaz de distinguir diferencias en el comportamiento de las personas. Un día, una amiga suya y compañera de trabajo le manifiesta su preocupación por el extraño comportamiento de su marido. Al creer que todo se debe a la ansiedad le pone en manos de otro amigo suyo, un psiquiatra de gran prestigio. Sin embargo, la preocupación continúa agravándose. Además Benell comienza a ver que esa misma preocupación se está extendiendo por la ciudad. Todos sospechan que sus parientes o amigos ya no son los que eran. Cuando cree que todo el mundo se está volviendo loco es cuando él mismo comprueba que unas extrañas vainas de su jardín crecen y se transforman en cuerpos humanos de aspecto idéntico al suyo y el de sus amigos. Horrorizados ante tal descubrimiento tratarán juntos de detener esta extraña amenaza de origen desconocido, pero será demasiado tarde.
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Tengo la misma sensación de posesión ultraterrenal al observar a mis semejantes. Detecto una irreversible estupidez en ellos, una idiocia amaurótica familiar, una idiocia amaurótica de Bielschowsky. Pongo la tele o la radio, y veo u oigo tipos con un notable retraso, mentes rudimentarias con aptitudes en estado vegetativo.
Me recluyo en mi biblioteca. No hay otro remedio. Hace poco más de un mes que vivo en completa reclusión, sin hablar con nadie. Mejor así. Ya no distingo a un ser humano de una vaina extraterrestre.
