Demencia digital 3

Estudié Exactas. Asignaturas complejas y que requerían gran inversión intelectual: «Elementos de Probabilidad y Estadística», «Espacios Vectoriales y Cálculo Matricial», «Análisis», «Ecuaciones diferenciales», «Ecuaciones algebraicas», «Análisis Numérico de Ecuaciones en Derivadas Parciales», «Topología», «Lógica» ETCÉTERA ETCÉTERA. Era un estudiante muy mediocre, del pelotón medio-bajo de mi promoción, aunque estudiaba una barbaridad. La carrera era un sufrimiento africano -también un excitante y un agente provocador- como sobrellevar y llegar a meta en el París-Dakar. Además, en la medida de mis fuerzas, intentaba aprovechar la vida universitaria con pedantescas pelis de arte y ensayo, lecturas literarias y filosóficas, y estudio de idiomas. Pese a la soledad perruna extrema -nunca hice amistades en la Facultad- me lo pasé pipa.

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Meditemos: «Millones de graduados universitarios con un nivel de ingresos superior al promedio de la población, no son grandes lectores. Y si las masas universitarias compran pocos libros, ¿para qué hablar de masas pobres, de su analfabetismo, del poco poder adquisitivo y los precios excesivos? El problema del libro NO está en los millones de pobres que apenas saben leer y escribir, sino en los millones de universitarios que no quieren leer, sino escribir. Lo cual implica (porque la lectura hace vicio, como fumar) que nunca le han dado el golpe a la lectura: que nunca han llegado a saber lo que es leer», Gabriel Zaid.

En las sociedades subdesarrolladas el pedagogo Paolo Freire acuñó el término «analfabetismo funcional». Enzensberger ideó el término «analfabeto de segunda categoría», un tipo de analfabetismo propio de las sociedades desarrolladas, industriales y modernas, y prototipo ideal que forja nuestra universidad española. En palabras de Enzensberger:

«El analfabeto de segunda categoría es afortunado. Su falta de memoria no le causa ningún sufrimiento; el no tener una manera de pensar propia le alivia de toda presión; valora positivamente su falta de concentración para concentrarse en nada; considera una ventaja el no saber y no comprender lo que sucede. Es activo. Es adaptable. Muestra una considerable determinación para conseguir lo que quiere. Así que no hay que sentir lástima por él. El hecho de que el analfabeto de segunda categoría no tenga ni idea de lo que es contribuye a su bienestar. Se considera a sí mismo bien informado, puede entender instrucciones, pictogramas y cheques bancarios, y se mueve en un mundo que le aísla completamente de cualquier desafío a la confianza en sí mismo. Es impensable que pudiera sentirse frustrado por el ambiente que le rodea. Al fin y al cabo, es ese ambiente el que lo ha creado y formado para garantizar su supervivencia sin problemas».

Si el analfabeto funcional, en civilizaciones subdesarrolladas, no sabía muy bien leer debido a la falta de referentes culturales e información contextual, el analfabeto de segunda categoría sabe leer, pero lo abstracto, complejo y profundo le resulta extraño. Desprecia la Cultura y le chifla Netflix, sus placeres son chatos y bajos (y, si puede, caros), sus ideas políticas son como irracionales consignas o tuits astrológicos, no aman la música seria, y meros «puer technologicus» les resulta extranjera la delicadeza de gusto. Se aturullan ante el argumento secuencial, orbitan inconscientes en la bisutería haragana de las ideas fáciles y en la pleitesía del pensamiento mágico. Sustituyen asimismo como fanáticos la religión por el animalismo, o por el feminismo, o por el veganismo, o por la conspicua Era de Acuario.

Nunca la Universidad había creado a tantos analfabetos. La cultura de verdad ayudaría a superar el miedo y la tibieza, pero como vemos –y son sólo pinceladas- la gran cultura, la que toca la fibra íntima y hace crecer, no sólo está de capa caída sino en trance de muerte ¿Seremos los nuevos “últimos romanos”? ¿Somos ya el final de la generación de los libros y de la lectura como instrumentos de placer pero también de pensamiento,de hondura? Filósofos notables son ahora mismo incomprensibles para la inmensa mayoría, la incultura científica es pasmosa, y tiene que ser gran un talento, como Fernando Savater, el que deba rebajarse para hacer divulgación, pura y buena divulgación. Sólo sé decir que naufragamos. Empieza la Edad Media.

Como algunos sabemos, hay que leer a Tácito durante toda nuestra vida, y no dejar de aprender de su obra. Recuerdo ahora dos consideraciones suyas que muy bien le vienen a una descripción de nuestro mundo, de nuestros universitarios: una es del libro LXV de los ANALES, cuando Tiberio dice “Humanidad aparejada y presta a sufrir la servidumbre”; y una expresión que acuña para definir a la mayoría de su pueblo: “Plebs sordida”.

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