Cyril 184

Afirmó certeramente Proust: “Nuestros recuerdos más intensos de lectura no se refieren solo a las ideas, sino al lugar, a la luz, al olor del libro, al peso que tenía en nuestras manos. La lectura es una experiencia completa del espíritu y del cuerpo. Separar el texto de su materialidad empobrece esa memoria sensible que hace que un libro nos acompañe toda la vida”.

No se trata solo de lo que dicen los libros, sino de lo que son. Un libro de papel, molecular, es algo que puedes esconder, prestar, regalar, perder y volver a encontrar. Tiene una vida social propia. Las pantallas son eficaces, pulidas y brillantes, pero frágiles; el libro es humilde, pero obstinado. Por eso sobrevivirá a los incendios electrónicos de la historia.

La abundancia digital crea la ilusión de que todo está disponible, pero debilita el vínculo con cada texto. Los entornos digitales, con su ritmo fragmentario y multitarea, dificultan el aprendizaje de la lentitud, la empatía y la complejidad. El libro impreso protege un tipo de silencio interior inaccesible en dispositivos tecnológicos. El libro impreso privilegia la lógica, la secuencia, la argumentación. Las pantallas privilegian la imagen, la fragmentación, la estimulación constante.

Remarquemos lo que afirma Jean-Claude Milner: “El libro digital disuelve la disciplina del lector. La posibilidad permanente de interrumpir, buscar, saltar, abandonar, convierte la lectura en una actividad reversible y frágil. El libro impreso impone un orden y una continuidad que educan el pensamiento. No se trata de nostalgia, sino de estructura”.

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